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DIARIO DE JEREZ
Miercoles, 1 de septiembre de 1999 Carlos Santos |
El valenciano José Angel Lozoya, educador sexual que lleva diez
años impartiendo cursos sobre esta materia para sanitarios y enseñantes
es la persona que, desde hoy, dirige el programa para hombres del Ayuntamiento.
Es la primera experiencia de este tipo en España, con carácter
permanente además, y las experiencias internacionales tampoco son
demasiadas según afirma. Para Lozoya resulta especialmente satisfactorio
que en esta ciudad se le haya dado respuesta a «algo que llevo reclamando
en el desierto desde hace años: que las administraciones públicas
monten servicios de atención a los hombres». En su Opinion,
«como precedente político es una apuesta pionera. Lo que temo
es no estar a la altura de las circunstancias. Es una apuesta bonita».
«¿Por qué no va a venir un violento
a pedir ayuda?»
José Angel Lozoya, director del programa municipal
para hombres
P.: ¿Cuáles
van a ser las prioridades dcl curso?
R.: Una de nuestras principales prioridades es la lucha contra la violencia. Detrás
de un violento suele haber la idea de que ser hombre es más importante
que ser mujer, y que la mujer tiene que «dejarle su sitio’. El hombre
es quien lleva los pantalones y quien manda en última instancia.
Si todo esto es verdad, el hombre piensa que tiene derecho a dirigir y controlar
la vida de su pareja. La misma lógica de los que emplean
la violencia con los niños la aplican con la mujer: «Lo hago
por tu bien’. Muchos hombres siguen viéndolo como necesario. Saben
que la calle no les apoya, que eso está socialmente deslegitimado,
pero culturalmente no.
P.: Pero los malos tratos
también han tenido su repercusión política.
R: Son las
políticas las que han dado la cara, y no los políticos. Entonces,
la percepción del agresor es que si ellos callan es porque también
le comprenden, que los hombres le comprenden, que las protestas son sólo
cosas de mujeres.
P.: ¿Cómo
pretende trabajar usted con un violento?
R: En las agresiones
hay muchos niveles: Está el que le pega siete puñaladas a
su pareja, al que luego el juez le dice que es sólo una falta, no
delito, como he visto hoy en la prensa, y también está el
chaval de instituto que piensa que tiene derecho a ser celoso y a decirle
a su novia el largo de falda y de escote que tiene que llevar. Al primero
es dificilísimo tratarlo. Al segundo no.
«Para las mujeres hay cursos de todo tipo pero, cuando llegan a sus casas, les toca mirar al marido de toda la vida»
P.: Sin llegar a las siete
puñaladas, si hay muchos que les pegan a sus mujeres. ¿Para
éstos también hay solución?
R.: Tampoco es lo
mismo el que le ha pegado un par de veces a su mujer, luego reconoce
que ha metido la pata y pide ayuda. El colectivo que me interesa es lo
que hay antes de llegar a las siete puñaladas, la punta del témpano
como yo le llamo, por-que no me gusta utilizar la pala-bra iceberg. hay
conductas de riesgo entre los jóvenes como el consumo de sustancias
tóxicas, la conducción a alta velocidad... Todo esto lleva
a situaciones tensas. Hay que tener en cuenta que si el pasado año
murieron 91 mujeres a manos dc su pareja, también hubo trescientos
varones muertos de forma vio-lenta. Lo que hay que hacer es deslegitimar
la violencia en general. No sólo con una política de igualdad
se puede acabar la violencia, ya que ésta se ejerce contra los débiles:
mujeres, niños, ancianos... Un hombre violento no suele agredir
a su jefe, aunque éste sea un tapón, porque es poderoso.
P.: Pero, ¿de verdad
cree que un hombre que maltrata a su mujer va a venir aquí?
R.: La violencia
se da entre todas las clases sociales, y cuanto más culto es uno
tiene más capacidad de análisis y entiende que no pasa nada
por pedir ayuda. ¿No va a uno al dentista cuando le duele una muela
o a salud mental cuando tiene una depresión? ¿Por qué
no van a «Vamos a enseñar a ser un hombre de verdad y no morir
en el intento» venir aquí? Se puede tratar por qué
les desborda esa agresividad. Quiero pensar que son lo bastante inteligentes
para hacerlo si saben que hay un servicio que les puede ayudar.
P.: ¿Qué
afluencia de público cree que va a tener?
R.: Lo más
difícil será conseguir los primeros casos. También
es bonito trabajar con los hijos, con las parejas... Algunos hombres vienen
no por cambiar, sino por recuperar a su pareja, pero bueno, lo importante
es que vengan. Además, si es sólo por recuperar a su pareja,
en dos o tres sesiones ya se ve. Cuando trabajas un tema no te puedes dirigir
sólo a un colectivo.
P.: Nos hemos centrado
en la violencia, pero, ¿qué otros asuntos va a tratar en
su programa para hombres?
R.: La adicción por ejemplo, pero a las drogas legales y a las ilegales. Hay que tener
en cuenta que el porcentaje de hombres alcohólicos y drogadictos
es mucho mayor que el de las mujeres. Eso tendrá algunos motivos,
y habrá que estudiar esos motivos. También vamos a trabajar
con la vejez. Si te das cuenta por ejemplo hay abuelos que son mucho más
cariñosos con sus nietos de lo que nunca fueron con sus hijos. Yo
he analizado esto y he llegado a la conclusión de que ya no tienen
que demostrar lo machos que son y nadie les puede quitar nada aunque su
pensión sea una miseria. En nuestra cultura se ha perdido el respeto
a los mayores que existía antes. También vamos a trabajar
con el deporte.
P.: ¿iCon
el deporte!?
R.: Sí. El
deporte es sanísimo, pero la alta competición es una locura.
Hay que aprender a no superar los propios limites. Otro tema será
el de la salud, la sexualidad, la anticoncepción... En definitiva,
cómo ser un hombre de verdad y no morir en el intento.
P.: Si no he entendido
mal, el programa para hombres ¿será una especie de centro
asesor del hombre?
R.: Es un programa
para intentar hacer cambiar las actitudes de los hombres. Más que
asistencial, educativo. Es complementar el trabajo que se viene realizando
desde hace años con las mujeres.