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El aborto y los hombres |
José
Ángel Lozoya Gómez
Programa Hombres por la Igualdad
Delegación de Salud y Género del Ayuntamiento de Jerez
Los
motivos para abortar se pueden resumir en dos: hay mujeres que no quieren y
mujeres que no pueden culminar su embarazo. Las primeras necesitan una ley que
les permita interrumpirlo sin riesgo para su salud, su dignidad o su libertad, y
las segundas, salvo cuando su imposibilidad se deba a problemas de salud, una
política de apoyo a la natalidad que elimine los obstáculos materiales que les
impiden satisfacer sus deseos de maternidad.
La
ley tipifica el aborto como delito, salvo en tres supuestos: el peligro para su
salud, los casos de violación y las malformaciones fetales. Esta circunstancia
provoca que miles de mujeres pasen cada año a engrosar la lista de personas con
antecedentes psiquiátricos significativos (mentirosas y desequilibradas por
imperativo legal) y convierte a quienes realizan los informes y las
intervenciones en cómplices, encubridores y presuntos delincuentes. Esta ley
que obliga a las mujeres y quienes las atienden en este trance a forzar la
interpretación más permisiva de la norma a costa de poner en peligro su
libertad.
Los
conciertos que mantiene la Junta con algunas clínicas privadas convierten a
Andalucía en una de las comunidades autónomas donde más cerca se está del
aborto libre y gratuito. Pero las decisiones judiciales (Málaga, Granada,..)
nos obligan a recordar una y otra vez las limitaciones de la ley y la necesidad
de reconocer de una vez por todas los derechos reproductivos de las mujeres.
El
aborto nos plantea a los hombres no pocos problemas que van más allá de la
solidaridad con las afectadas: El primero, de responsabilidades. Los hombres no
parimos pero si embarazamos. Siempre que eyaculamos en una vagina sin usar
preservativo ni tener hecha la vasectomía asumimos la posibilidad de provocar
un embarazo. Estamos buscándolo aunque neguemos desearlo o estamos delegando el
control de nuestro futuro.
El
segundo de libertades, porque se trata de una reivindicación democrática
insatisfecha que limita la libertad de las mujeres y fuerza a los hombres a
asumir paternidades que ni sus parejas desean, incluso cuando la causa es un
fallo anticonceptivo.
El
tercero de equidad de género. Las mujeres no necesitan el consentimiento de su
pareja para abortar. Cuando es requerida por la gestante la opinión del
fecundador suele ser determinante en su toma de decisión, pero anteponer su
criterio cuando no existe acuerdo equivaldría a imponérselo a la embarazada.
La
sexualidad es sin duda el ámbito de las relaciones entre los sexos más
resistente a la igualdad, el modelo masculino apenas si se ha cuestionado, la
mayoría de los embarazos no deseados tienen su origen en la resistencia
masculina al uso del condón y la educación sexual es una de las grandes
asignaturas pendientes.