GENERO Y SEXUALIDAD
ALTERNATIVAS AL COITOCENTRISMO
COMO ACTITUD QUE DIFICULTA
LAS RELACIONES HUMANAS Julián Fernández de Quero |
ACTITUDES
COITOCENTRICAS DE LOS VARONES QUE DIFICULTAN LAS RELACIONES HUMANAS (LA
PULSION COPULATORIA)
En el Grupo de Estudio de la Fundación Sexpol que con regularidad
mensual se reúne con actitudes hedonistas y creativas para debatir y
reflexionar sobre los más diversos temas del ámbito sexológico, este curso
nos hemos centrado en un tema: ¿Puede el coitocentrismo dificultar las
relaciones humanas o no? Después de cinco reuniones intensas de debate han
salido ideas perfiladas a
medias y un interés que ha merecido que lo elijamos como tema monográfico para
los II Encuentros de la Fundación Sexpol que se han celebrado el 28 de Junio
con cinco ponencias que amplían la visión y y enriquecen un debate que
permanece abierto a nuevas aportaciones. Esta
es la ponencia presentada por el Presidente de la Fundación Sexpol y que ahora
publicamos dentro del monográfico de la Revista Sexpol dedicado a los II
Encuentros.
Partiendo de la herencia filogenética sexo-reproductiva de la especie
humana, de los cambios evolutivos acaecidos en el origen de la especie que luego
el patriarcado se encargaría de convertir en pautas de conducta, atribuyéndoles
una categoría de poder masculino que antes no tenían,
consideramos que los comportamientos sexuales de los varones
regidos por la pulsión copulatoria y convertidos en pautas de poder
masculino en la construcción social y cultural de la sexualidad humana que
realiza el patriarcado, dificultan las relaciones entre las personas y favorecen
un permanente estado de incomunicación y agresividad debido a las siguientes
consideraciones:
1.
El celo permanente de la hembra
humana la convierte en una persona
con un atractivo erótico permanente y eso hace que el macho humano la perciba
como objeto erótico prioritario por encima de otras consideraciones.
Esta percepción prioritaria genera
un estado de tensión sexual que puede llegar a convertir la expectativa de
descarga en una idea obsesiva. Lo
mismo puede ocurrir cuando el objeto erótico es homosexual, pues la cosificación
como objeto prioritario de deseo es
la misma.
2.
Aparece entonces un deseo obsesivo
de descargar la tensión sexual con el objeto erótico (el/la otro/a) mediante
un coito rápido que lleve a una eyaculación relajante.
Las relaciones quedaran mediatizadas por ese objetivo obsesivo y todo el
comportamiento del varón estará en función de su empeño (lo que diga, lo que
haga, serán recursos para seducir o dominar al/la otro/a
con el fin de que se preste a satisfacer su deseo)
3.
Aplicando el principio de que el
fin justifica los medios, el varón
intentará seducir mediante la
manipulación, el engaño, el chantaje emocional, etc. Las relaciones entre las
personas se verán dificultadas por estas actitudes de engaño y manipulación y
la desconfianza mutua establecerá
un juego de poder que aumentará el narcisismo del/la poderoso/a y generará
complejos de inferioridad en el/la vencido/a, con los consiguientes sentimientos
de envidia, rencor, rechazo, aislamiento, etc.
4.
Cosificado/a el/la otro/a
como objeto erótico y justificado el fin y los medios, si los recursos
anteriores no fueran suficientes, puede recurrir a la fuerza para conseguir lo
que se propone, bien mediante el uso de la fuerza física, en el caso de la
violación, bien mediante el uso de la fuerza económica, en el caso de la
prostitución. Es evidente que el uso
de la violencia en las relaciones eróticas es rechazable como recurso para las
relaciones humanas, pero no aparece tan socialmente claro el rechazo
a la mercantilización de la erótica si tenemos en cuenta la abundancia
de la prostitución y de la mercadotecnia erótica, tanto abierta como enmascarada.
5.
La necesidad de expresión
afectiva que el varón siente, tanto en el sentido de amar como de ser amado,
queda relegada a un segundo plano en forma de deseo insatisfecho. La
imposibilidad de tratar al/la otro/a como
una persona igual a él, impide la comunicación (que nunca se puede llevar a
cabo entre desiguales) así como la expresión de ternura ( que supone reconocer
sus debilidades y pedir afecto en lugar de imponer el coito).
6.
También las relaciones entre los
varones queda dificultada al considerarlos como competidores en la conquista
del/la otro/a , manejando un discurso competitivo, de exhibición de sus
conquistas, de alarde de sus habilidades como conquistador y de desprecio hacia
los varones fracasados.
7.
La única comunicación afectiva
que se permiten entre varones es la camaradería, como compañeros de
conquistas, luchas y trabajos, lo que expresan con gestos rudos (palmadas,
abrazos fuertes, cachetes y empujones)
8.
La pareja estable la conciben como
una rendición y pérdida de libertad, motivada por el deseo socializado de
acceder al estatus del padre (que le supone reconocimiento social y perpetuación
del linaje). Así,
las famosas despedidas de soltero se convierten en un duelo a la pérdida
de libertad, un homenaje a la promiscuidad perdida (con chicas en ropa ligera
incluídas) y un canto al desmadre alcohólico.
9.
Concebir la pareja estable como
rendición les lleva a muchos a una actitud de rebeldía que expresan
persiguiendo las relaciones extrapareja de forma fraudulenta (engañando a la pareja) y comentando
con los demás varones de forma jocosa las concesiones a las que se ven
sometidos para mantener la armonía de la relación.
Se hacen abundantes chistes sobre el asunto, en los que los cuernos y los
celos son la expresión de una actitud vivida.
10.
Todo esto les lleva a ser
incapaces de compartir los afectos y las caricias en una plano de igualdad y
amistad, percibiendo al/la otro/a
como sujeto y no como objeto. Consideran
que estas relaciones son cosa de afeminados e impropias de la masculinidad.
ACTITUDES
COITOCENTRICAS DE
LAS MUJERES QUE DIFICULTAN LAS RELACIONES HUMANAS (PULSIÓN
REPRODUCTIVA)
En
el apartado anterior aportamos
algunas ideas acerca de las actitudes coitocéntricas de los varones fomentadas
por la cultura de género que ideológicamente justifica la permanencia del
modo de producción patriarcal. El conjunto de estereotipos, prejuicios y
comportamientos que conforman dichas actitudes se pueden resumir en el concepto
PULSIÓN COPULATORIA cuya definición
sería: “La concepción cultural reduccionista de las relaciones eróticas
humanas como unidireccionales (de
Sujeto a Objeto), asimétricas (de Poseedor a Poseída) y cuyo fin es la
descarga orgásmica y eyaculadora del macho mediante la penetración de la
hembra”. Esta consideración de
Objeto cosifica a la mujer y la convierte en una mercancía sexual que se puede
comprar y vender y cuyo valor de cambio varía en función del grado de
atractividad erótica que posea.
Pero para tener una comprensión completa del movimiento dialéctico de
las relaciones eróticas humanas, es preciso analizar también el otro polo
complementario y, a la vez, contradictorio que genera está dinámica de género.
Si el polo masculino centra su energía en la satisfacción de su pulsión
copulatoria, el polo femenino organiza su actividad en busca de la satisfacción
de su PULSIÓN REPRODUCTIVA , que podemos definir como “La concepción
cultural reduccionista de las relaciones eróticas humanas como unidireccionales
( dirigidas a la reproducción), asimétricas ( el macho sólo ejerce una función
instrumental de fecundador mientras que la hembra asume el resto de las
funciones de crianza) y cuya
finalidad es la satisfacción femenina en el ejercicio de la maternidad como
tarea exclusiva y excluyente que le confiere sentido a su vida”.
La radical división del trabajo que efectúa el patriarcado entre
trabajo productivo para los hombres y trabajo reproductivo para las mujeres,
convierte la crianza en la única forma de realización personal femenina,
necesitada del concurso masculino en su inicial etapa fecundante y
posteriormente como sostén económico de la crianza. Esta necesidad le lleva a
organizar sus relaciones eróticas a partir de las actitudes coitocéntricas
siguientes:
Las
mujeres patriarcales tienden a cosificar a los varones como simples machos
reproductores, necesarios exclusivamente para la fecundación y como agentes
económicos para el sostenimiento de los costes de la maternidad.
Para
conseguir el semental necesario, las
mujeres patriarcales aprenden desde niñas a cultivar y desarrollar su
atractividad física como la única forma de sentirse deseada y buscada por
los varones . Es decir, ellas mismas introyectan las normas de género que
les lleva a desear convertirse en Objetos sexuales
y para conseguirlo mantienen una actitud activa y creativa de
autocosificación.
En
las relaciones eróticas, las mujeres patriarcales priorizan las
vinculaciones afectivas estables, necesarias para la protección y provisión
de la maternidad, mediante el cultivo de sentimientos amorosos, tiernos, de
cuidado y protección, pero, para conseguirlas, utilizan incorrectamente
conductas de seducción erótica y
lo que consiguen de los varones es provocar su deseo sexual y su pulsión
copulatoria, en vez de la respuesta afectiva que
buscan.
Entre
las mujeres patriarcales, las relaciones se encuentran dificultadas por el
afán competitivo de convertirse en los Objetos eróticos más atractivos
para los varones. Continuamente se están comparando en su atractivo físico,
en su indumentaria, en las
formas de maquillarse y de resaltar los aspectos más llamativos de su cuerpo, y derrochan tiempo y energía generosamente en
lograr el máximo grado de atractividad
para conseguir el macho
más procreador, proveedor y protector del mercado de la fertilidad. Los
concursos de belleza son la máxima expresión de esta actitud.
Esta
obsesión por mantener su atractividad física como elemento central de su
vida (sobre todo, en la juventud, cuando aún no ha conseguido la meta de la
maternidad) influye
negativamente en el conjunto de sus relaciones sociales (laborales,
familiares, amistosas, etc.) generando una serie de conflictos de mayor o
menor intensidad, pero siempre desagradables y desestructurantes de su
equilibrio psíquico.
El
cumplimiento de su pulsión reproductiva mediante el ejercicio de la
maternidad puede llevar a las mujeres patriarcales
a desarrollar actitudes erotofóbicas de abandono de su atractividad
física, rechazo de las relaciones eróticas con los varones y dedicación
exclusiva a sus tareas de crianza. Conseguido el fin deseado, ya no
necesitan gastar tiempo y energía en mantenerse como Objeto sexual y menos
ahora que todo su tiempo es requerido por las crías.
Este
abandono de su papel de Objeto erótico
al centrarse en la
maternidad, induce al varón a romper
los lazos de fidelidad establecidos en la pareja estable y buscar
otros Objetos sexuales que satisfagan su Pulsión Copulatoria. Algunas
mujeres patriarcales, ante el
temor de perder el sostén económico y material masculino necesarios para
que ella pueda dedicarse a la crianza en exclusividad, las lleva a tratar de
compatibilizar ambas funciones,
de crianza y de objeto sexual, mostrándose calculadoramente seductoras
y fingiendo los orgasmos para mantener satisfecho al varón.
En
algunas mujeres patriarcales, el aprendizaje desde la infancia del cultivo
de su atractividad física puede convertirse por exceso en una actitud
compulsiva por el mantenimiento de la estética, perdiendo su carácter de
medio para conseguir el fin reproductor
para pasar a ser un fin en sí
mismo. Estas mujeres pueden llegar a renunciar a la maternidad y centrar sus
actividades en cultivar su rol de Objeto erótico, atractivo y deseante para
los varones, con carácter permanente y sustitutivo de la maternidad. Para
este grupo de mujeres la decadencia física a partir de una determinada edad
se convierte en su peor enemiga, fuente de angustias, traumas y actividades
compulsivas de evitación mediante
el uso de toda la parafernalia restauradora inventada por el mercado, desde
las dietas, gimnasios y maquillajes, hasta la cirugía estética en sus múltiples
modalidades. Este afán neurótico por permanecer con una apariencia
de juvenil atractivo, les impide relacionarse desde la sinceridad, la
igualdad y la honestidad, dificultando sus relaciones con el engaño, la
hipocresía y el ocultamiento.
Para
las mujeres patriarcales cuya finalidad es la maternidad exclusiva y
excluyente, las tareas de
crianza las realizan con actitudes tan posesivas y sobreprotectoras que
ejercen una influencia muy negativa en sus crías, bloqueando su desarrollo
hacia la autonomía adulta y convirtiéndolas en personalidades inmaduras y
dependientes. El momento de emancipación de las crías lo viven como
ruptura y pérdida, generando en ellas el síndrome del “nido vacío”.
Por otro lado, la ausencia de relaciones adultas con sus iguales en otros ámbitos
sociales debido a la exclusividad de sus tareas maternales, se convierten en
el principal impedimento para reintegrarse en la vida social cuando las crías
se emancipan, lo que les induce a ofrecerse como madres sustitutas para
cuidar de las crías de sus hijos e hijas, ejerciendo de abuelas
criadoras, no por solidaridad sino
por propia necesidad psíquica de recuperar una función perdida.
Por
último, la autocosificación como Objeto erótico por y para los varones,
supone la ausencia de un verdadero desarrollo autoerótico, centrado en el
cultivo de su propia sexualidad y no en ser atractiva para despertar el
deseo de los otros y no el suyo propio. Esta carencia asociada al
prejuicio de que el deseo sexual es una necesidad biológica
masculina y no femenina, les lleva a no cultivar prácticas autoeróticas
como el cultivo de las fantasías y la masturbación,
impidiéndoles sentirse eróticamente autónomas y autosuficientes
y llevándoles a generar
actitudes pasivas y dependientes en sus relaciones sexuales a partir de
considerar que son los varones los que saben hacer las cosas y los
responsables de su placer.
Las
actitudes coitocéntricas de las mujeres patriarcales son el complemento
necesario de las que desarrollan los
varones patriarcales, permitiendo la formación de parejas tradicionales en cuyo
seno saltarán las contradicciones como cortocircuitos eléctricos que generarán
los conflictos de pareja y las disfunciones sexuales que abarrotan las consultas
de psicólogos, sexólogos y juzgados de familia. La televisión y el cine
mantienen y fomentan estas actitudes con películas y programas basados en ellas
y la prensa del corazón se alimenta de sus consecuencias. Una compleja y
extensa industria cuyos suculentos beneficios dependen de que las personas sigan
siendo educadas y socializadas según los parámetros de la Cultura de Género,
convierte en una tarea de titanes algo que, en principio, aparece como sencillo
y claro: Educar para ser personas, individualmente
diferentes y socialmente iguales.
Es
difícil pensar en
cómo podría ser una SOCIEDAD DE PERSONAS en la que el Género dejara de tener sentido, pero
precisamente ese es el movimiento dialéctico de la inteligencia que genera
Civilización y Cultura Humana. Si como dice José Antonio Marina, “llevamos
doscientos mil años saliendo de la selva de la Naturaleza e inventándonos a
nosotros mismos” , ello es debido a la capacidad humana de contraponer a las
carencias de la realidad, la
imaginación de las posibles soluciones que satisfagan los deseos.
Desde “La República” de Platón, pasando por la “Utopía” de Tomás
Moro, hasta los falansterios de los socialistas utópicos del siglo XIX,
“El Mundo Feliz” de Huxley
, las comunas hippies y las
distintas propuestas que nos hace la literatura y el cine de ciencia ficción,
los humanos intentamos proyectar hacia el futuro
la solución de los problemas del presente o las consecuencias trágicas
de su permanencia. Esa tensión dialéctica entre lo que queremos y lo que
tenemos, es la rica matriz de la que surgen los cambios y las transformación
sociales y personales.
Desde
la Cultura de Género presente, dominada por los estereotipos y prejuicios
coitocéntricos, podemos pensar y reflexionar acerca de las actitudes que permitirían
superarlos y así facilitar unas relaciones humanas armónicas y felices.
La
premisa inicial y básica para esa Sociedad de Personas, implica que hombres
y mujeres se relacionan desde
el reconocimiento de la igualdad social y la diferencia individual.
A cada individuo se le reconocen sus valores y sus defectos en cuanto
pertenecientes a sí mismos
y no por el hecho de pertenecer al género femenino o masculino. Una persona puede ser inteligente o
torpe, simpática o
antipática, dulce o bruta,
no por ser
mujer u hombre, sino porque
ella es así. Estereotipos como “todos los hombres son unos brutos” o
“todas las mujeres son unas histéricas”
desaparecerían del discurso común por falsas y vacías de
contenido. Este reconocimiento
de la diferencia individual implica la
instauración de una regulación social basada en la igualdad de derechos,
desde “igual trabajo,
igual salario” hasta
“equipos paritarios para la
administración política de lo público”
por poner solo dos ejemplos relevantes.
En
el ámbito de la erotofilia, la
educación sexual y afectiva incidiría
en el desarrollo de las capacidades de autocontrol
para evitar comportamientos inducidos por las pulsiones copulatoria y
reproductiva. Estereotipos como “follar es una necesidad biológica”
o “la maternidad es el
fin sublime de la mujer” dejarían de tener sentido en una sociedad en la
que tanto las relaciones eróticas
como reproductivas partirían de la consciente
y voluntaria decisión de las personas y no como impulsos irracionales
imposibles de controlar.
Las
relaciones humanas se organizan dando prioridad a las empatías psíquicas
como punto de partida de las vinculaciones afectivas y las demostraciones de
afecto. Esto no anula
la capacidad de relación que surge a partir de la atracción física,
pero la incluye como un elemento más, sin darle más importancia ni
relevancia que la que tiene. La
relación Sujeto – Objeto erótico desaparece porque es más
importante la
simpatía que la belleza, querer
que poseer. Lo importante es
amar y ser amado, no desear y ser deseado.
El
clima afectivo fomenta la autoestima y permite que las relaciones se
establezcan desde la sinceridad, la autonomía, el cooperar y compartir y no desde la seducción engañosa,
la apariencia histriónica,
la dependencia afectiva y la
manipulación del poder. La sinceridad y la honestidad
fomentan las estabilidad de las relaciones y
el logro de vinculaciones afectivas duraderas.
Cuando
una persona madura se siente atraída eróticamente por otra, pide sin
tapujos (lo que no está reñido con la seducción sincera, la amabilidad y
la poesía) y acepta las negativas sin frustración, porque tiene en cuenta
la libertad de la otra para decidir la aceptación o el rechazo y porque es
consciente de que su deseo sólo puede verse cumplido si coincide con el
deseo de la otra, es decir, si hay mutuo acuerdo en las propuestas, única
forma de que la relación sea de Sujeto a Sujeto y no de Sujeto a Objeto.
La
pareja estable se concibe como una forma, no exclusiva, de satisfacer el
deseo de vinculación afectiva, recuperando las vinculaciones de apego
familiar, y por ello, como una forma de crecimiento personal. Por lo tanto,
no cabe la añoranza por etapas anteriores vividas como mejores, ni
sentir la pareja como una pérdida de libertad sino todo lo
contrario, como el acceso a una etapa vital de mayor libertad, mayor
seguridad afectiva y mayor capacidad de proyectos compartidos que antes no
se tenían.
Desde
la consideración de que las relaciones sexuales tienen
una función de comunicación
afectiva y placer compartido
entre Sujetos, la tensión
sexual generada por la afluencia
de estímulos externos o fantaseados, tan abundantes en una sociedad que
comercializa con el sexo, se
descarga habitualmente mediante el autoerotismo, que genera estados de
placidez y bienestar personal que
ayuda a las personas a desarrollar actitudes pacíficas,
comunicativas y respetuosas, permitiendo que las relaciones con las
demás se planteen sin obsesiones de posesión ni urgencias de descarga.
La masturbación es la alternativa
para superar la pulsión copulatoria y debería ser
rehabilitada como comportamiento erótico humano e incluída en los
programas de educación sexual con especial énfasis.
El
fomento de la empatía, definida como la capacidad natural de ponerse en el
lugar de las otras personas, desarrolla sentimientos altruistas que permiten
la cooperación y el reparto, la solidaridad y el apoyo mutuo. En las
relaciones de pareja este desarrollo empático es imprescindible para
cultivar la comunicación y la negociación pacífica de los
conflictos que surgen de la idiosincrasia individual de cada
sujeto y permite que las relaciones vayan tiñéndose de complicidad
y apego, elementos
imprescindibles para la estabilidad de la pareja.
La
empatía y el altruismo sólo son positivos desde una personalidad
madura, es decir, que se siente capacitada para la autogestión, la
autoestima y la creatividad. Una
persona segura de sí misma, con
un nivel de amor propio adecuado y una buena autoimagen, es la que puede
establecer relaciones eróticas y afectivas con las demás desde la empatía
y el altruismo y no desde la subordinación
cognitiva, la dependencia afectiva y la sumisión conductual
Las
relaciones eróticas se convierten en holísticas
y hedonistas, el placer y el
afecto se pueden compartir de múltiples maneras,
desde una forma de bailar, una
comida compartida, un paseo a
la luz de la luna , una lluvia
de besos, una masaje sensual,
caricias bucogentiales, heteromasturbación,
coito anal y vaginal, pseudocoito, etc., etc. En el marco de este
erotismo global, el coito se integra como una técnica erótica más, ni más ni menos importante que
las demás, que puede estar presente en una relación sexual o no estarlo,
sin ansiedades, ni miedos al
desempeño, ni imposiciones.
La
pulsión copulatoria desaparece como resultado de la combinación de varios
cambios actitudinales: Primero, la
tensión sexual producida por
los estímulos eróticos habituales se descarga
preferentemente mediante la masturbación (algo que ya se hace ahora pero no se reconoce) y se
integra como un elemento más de la relación erótica. Segundo, las
relaciones se establecen desde la prioridad de los atractivos
biopsicosociales, buscando más el placer que produce la comunicación empática
y afectiva que no el mero atractivo físico.
Tercero, la comunicación es placentera en la medida que se
desarrolla entre iguales, desde la sinceridad y la honestidad y no desde la
engañosa seducción que manipula el poder.
Por último, la pulsión reproductiva desaparece desde la educación que lleva a concebir la maternidad como una posibilidad de realización personal, libre y voluntaria y, por lo tanto, opcional, que no es incompatible con otros proyectos de realización personal (laboral, profesional, literaria, artística, etc.) y que no es exclusiva ni excluyente sino que necesita de la cooperación, el reparto y la ayuda mutua. Opción que no todas las mujeres tienen por qué elegir, sin ningún menoscabo de su personalidad ni de su reconocimiento social.