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La
lucha contra las agresiones también es cosa de hombres |
Un año más, llega el 25 de Noviembre, día contra las agresiones a las
mujeres. Por desgracia, no podemos decir que la situación haya cambiado mucho
con respecto a los últimos tiempos: el número de agresiones siendo similar al
del año pasado y las sesenta y nueve mujeres asesinadas sólo son la punta del
iceberg de la violencia sexista.
Aunque
las agresiones siguen siendo noticia, estos casos de maltrato van siendo
digeridos progresivamente por la sociedad como una noticia más. La alarma
social no ha desaparecido, pero sí ha disminuido, y con ella los grandes
titulares y las preocupaciones de quienes dirigen nuestra sociedad.
Las
agresiones a las mujeres son una constante enmarcada en una realidad producida
por unos valores sociales que asignan a la mujer un estatus de inferioridad, una
ciudadanía de segunda categoría. Esta consideración de ciudadanas de segunda
no está en la ley, pero sí en los valores sociales dominantes y en la
estructura mental de muchas personas. Contra esta realidad han luchado los
movimientos feministas, y uno de los resultados de la misma ha sido el que las
mujeres diesen el paso de denunciar las agresiones, dejando de ser algo privado,
en el caso de las domésticas, y algo vergonzante en el resto de los casos.
Pero
no basta sólo con que las mujeres denuncien los casos de agresiones; son
necesarios cambios profundos en todas las personas y en la sociedad. Por lo
tanto, es una lucha de muy largo recorrido, la principal preocupación tiene que
orientarse a la defensa y apoyo de las víctimas. A las instituciones hay que
exigirles una mayor cantidad de medios para la protección de las agredidas,
para que puedan recibir tratamientos globales que les permitan rehacer sus
vidas. También, que se acabe con este maltrato o ninguneo que a veces sufren
por las diversas instituciones; como en algunos juicios, en los que los jueces
se rigen por los mismos valores que discriminan a las mujeres.
Dentro
de la defensa de las víctimas están las medidas empleadas con los agresores.
No podemos estar a favor de quienes piden mayor castigo para terminar con la
violencia de género. Aunque a veces la cárcel sea la única opción ante
algunas agresiones, debemos buscar alternativas siempre que sean posibles. Las
soluciones represivas a problemas sociales pueden ocultarlos momentáneamente,
pero no solucionan las causas que originan estos problemas.
La
rehabilitación también es una forma de proteger a quienes han sufrido maltrato
consiguiendo que la víctima no esté amenazada y atemorizada por el día en que
su agresor salga de la cárcel. Actualmente existen algunas experiencias de
rehabilitación de agresores; hacia dinámicas de este tipo debemos de avanzar
para cambiar los valores que convierten a la mujer, a los ojos de algunos
hombres, en una persona sin derechos sobre la que ejercen su poder de dominación.
Tradicionalmente,
los hombres de izquierda han visto al feminismo y la lucha de la opresión de
las mujeres como algo externo a ellos. La relación era y es contradictoria; por
una parte, de cercanía, en la medida en que sus compañeras de militancia tenían
un discurso y una práctica englobada en los diferentes planteamientos del
movimiento feminista; y, por otra, de lejanía, en cuanto a su puesta en práctica.
El resultado de estos años es cierto acriticismo frente a estas ideas y, por
tanto, poca reflexión sobre ellas. Con estas dos premisas es difícil no ver la
conclusión: poca o nula implicación de la mayoría de los hombres en la lucha
contra la opresión de las mujeres y contra las agresiones.
Que
las vivencias de hombres y mujeres con las agresiones sexistas sean diferentes
no significa que no se pueda realizar un trabajo conjunto contra ellas. Es
verdad que difícilmente un hombre sentirá miedo a una agresión sexual en
muchas situaciones en las cuales una mujer sí lo sentirá; pero esa realidad no
nos puede llevar a no comprometernos en acabar con las agresiones y con las
causas de estas, del mismo modo que nos implicamos en la lucha contra el racismo
aunque no tengamos las mismas vivencias que quienes lo sufren y no padezcamos la
marginación y sufrimiento que produce el racismo.
La
responsabilidad en la lucha contra las agresiones la planteamos en un plano de
igualdad entre hombres y mujeres, sin delegar en quien más sufre, ni en nadie.
Sólo desde este plano horizontal podremos conseguir el compromiso de todas las
personas que queremos cambiar, oyéndonos, debatiendo y caminando juntas.
La implicación de los hombres no sólo es un acto de responsabilidad para luchar contra una injusticia. Los hombres que queremos cambiar esta situación tenemos una posición privilegiada para discutir con otros hombres que no ven la situación de desigualdad existente. Acabar con la complicidad masculina entendida como mantenimiento de privilegios o de roles que colocan a las mujeres como ciudadanas de segunda es clave para cambiar esta situación.
El 25 de Noviembre es una buena oportunidad para que los hombres salgamos a la calle rompiendo con un pasado de pasividad. Nos veremos el 25-N; por solidaridad, por responsabilidad y por justicia.