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Mientras
que el tipo « hombre » o « mujer » está determinado por
la biología, la construcción del género varía de un extremo al otro del
planeta, e incluso en la vida de una misma persona, en función de las
relaciones socio-culturales que rigen las diversas comunidades humanas. E
incluso si el modelo patriarcal es ultra dominante, es posible evolucionar hacia
una construcciòn diferente. Nosotros somos el patriarcado !.
« Las
relaciones sociales entre los sexos se apoyan tanto sobre la ilusión
naturalista de la superioridad masculina como sobre la reproducción entre los
hombres de una visión jerárquica de las relaciones hombre/mujer. Para los
propios varones, ser hombre es ser el más fuerte, el mejor, el sujeto activo.
El resto, -ciertos homosexuales, los débiles, aquellos que no pueden o no
quieren ganar-, son asimilados a las mujeres »[1][1].
Y cuando nos encontramos, tras diversos procesos de construcción social,
aprendizaje, relaciones de poder, en la posición dominante, no hay
objetivamente ninguna razón para bajar del pedestal. Nosotros -los hombres en
general- tenemos la opción de elegir, puesto que ocupamos el escalón más alto
del sistema patriarcal, lo que significa que nosotros oprimimos a aquellos, o más
exactamente a aquellas que están por debajo. Como en las relaciones
amo/esclavo, los hombres no cambian más que forzados a ello. Forzados por quién y
por qué ?. En primer lugar por las consecuencias de las luchas y
reflexiones feministas, pero también porque entre los hombres la guerra es
despiadada y no sólo hay vencedores. Normalmente se piensa que los hombres
tienen mucho que perder con la liberación de las mujeres y sin embargo hay
hombres que participan en las luchas anti-sexistas y anti-patriarcales. Es por
solidaridad desinteresada ? son los rechazados? lo hacen para expiar sus
pecados? son espías? tienen intereses ocultos ?. Las luchas feministas han
creado una nueva situación de cuestionamiento de la superioridad masculina.
« Los hombres han visto pulverizarse sus certezas una a una a lo largo de
los últimos decenios. Su identidad, su pareja, sus roles sociales y familiares
han sido cuestionados e incluso transtornados. Ahora que las mujeres reclaman,
tanto en el ámbito privado y como en el público, autonomía e igualdad, muchos
hombres sienten tambalear su lugar en el mundo. Sin embargo, este nuevo
equilibrio entre los sexos puede ser la ocasión de que los hombres piensen y
organicen de manera diferente su existencia[2][2] ». De cara a estas
transformaciones, los hombres deberían buscar otras referencias. Esta dimensión
colectiva puede ir de la mano de un acercamiento más individual, especialmente
cuando se vive, se trabaja, se milita, se conversa, etc con feministas y que le
recuerdan a uno su papel de macho y opresor. Esta confrontación es dolorosa,
pero es saludable para nosotros mismos y para el resto.
Otro
vector de toma de conciencia es nuestra relación con otros hombres, la imagen y
las actitudes que se nos suponen en tanto que tíos normales. Algunos, porque no
llegan a representar su papel de macho, seguro de sí mismo etc o porque son
considerados como sub-hombres (un marica, un nena, etc) por el resto de los
hombres a causa de su físico, su carácter, su sexualidad... se cuestionan a si
mismos. Se puede ser hombre y sentir nauseas ante la violencia masculina, la
homofobia, la apología de la virilidad, etc.
Las
luchas de liberaciòn de las mujeres han traido las condiciones favorables al
cambio, pero hay reticencias por parte de los hombres. El cambio no es automàtico.
Nosotros somos todavìa los garantes y los beneficiarios de esta sociedad en la
que vivimos ; sociedad hecha por los hombres para los hombres. A partir de
ahì, podemos preguntarnos por nuestro lugar, inevitablemente particular, en la
lucha por la aboliciòn del patriarcado. Tenemos mucho que ganar con el final
del patriarcado !.
La
abolición del patriarcado significa para los hombres el final de un modelo.
Esto no quiere decir el vacío sino, por el contrario, la búsqueda de otros
modelos. Si, parafraseando a Simone de Beauvoir, « no se nace hombre, se
llega a serlo », cada uno de nosotros y la colectividad tiene la
posibilidad de de-construirse. La primera etapa consiste en cuestionarse
diariamente nuestras actitudes, comportamientos y valores. Este cuestionamiento
de facetas enteras de nuestra vida no es fácil. Conocerse mejor, saber
expresarse mediante otras formas alternativas a la violencia o el mutismo,
modificar las relaciones con las mujeres o los otros hombres, etc es en cierto
modo explorar lo desconocido, pero puede ser una perspectiva gratificante que
sin embargo no está muy extendida a excepción de algunos grupos no-mixtos de
hombres.
Los
hombres libertarios deberían formar parte del proceso antipatriarcal puesto que
defienden valores como el anti-autoritarismo, la igualdad, la emancipación...
pero la realidad es que muchas veces se acantonan en un antisexismo
circustancial, un tanto artificial que no va más allá de vigilar su
lenguaje y sus actitudes, sin cuestionarse a si mismos verdaderamente.
Se
supone que los hombres deben demostrar cada día que lo son, sobre todo
afirmando su dominación sobre las mujeres. Esta dominación se ejerce de múltiples
maneras, más o menos identificables, reforzadas y difusas. Afirmarse como macho
dominante implica también una amarga competición entre los propios hombres, el
culto a la virilidad, a las marcas, la carrera por el poder y también
relaciones extremadamente superficiales donde las emociones o los sentimientos
no tienen un lugar.
Si
somos solidarios con las luchas feministas no es para hablar en su nombre, ni
para reapropiarnos de los escasos espacios en los que no somos protagonistas.
Christine Delphy señala que « la liberación de los oprimidos es lo
primero, si no únicamente, obra de los propios oprimidos [...] los opresores no
sabrían jugar el mismo papel en las luchas de liberación que los oprimidos »[4][4].
[1][1]
M. F. Pichevin, D. Welzer-Lang ; « Préambule » Des
hommes et du masculin. Ouvrage collectif , Presses universitaires
de Lyon, 1992, p. 11.
[2][2] M. Dorais, Pour une approche masculiniste, op. cit., p. 193
[3][3] ibid. p.193
[4][4] Nos amis et nous. Fondements cachés de quelques discours pseudo-féministes. L'ennemi principal. Economie politique du patriarcat, Syllepse, 1998, pp 167-215.