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Presentación
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El sexismo
es un problema de los hombres
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Nuestra
participación y la autonomía del movimiento de las mujeres
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No queremos
ser machistas, la falta de modelos
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Anexo
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Bibliografía
La intimidad creció y rompió el tono perentoriamente helado de mi discurso, mi
papel: el intenso ‘Yo’ y ‘Nosotros hombres’, proyectado en los otros sin
desear escuchar sus respuestas. Aprendí a dudar sobre mis certidumbres, a
relativizarlas en contacto con otros hombres. Allí, en el grupo, el deseo
latente de hablar para enseñar lo que sabía, que tenía una respuesta para
todo o para casi todo... no funcionó. Esto no era porque hubiera encontrado
gente que supiera más que yo (forzándome a escuchar con admiración hacia un
conocimiento superior al mío), yo no estaba allí para ser escuchado sino para
escuchar e intentar comprender. Este descubrimiento podía parecer banal. Sin
embargo, no fue para nada una experiencia fácil. Estar atento, para no entrar
en competición –la permanente lucha entre hombres- era algo que no me preocupó
en el pasado dentro de las estructuras militantes.
Presentación.
Me gustaría ofrecer en este artículo una aproximación al
proceso de toma de conciencia de los hombres con respecto a la discriminación
de género, analizando el papel que han tenido los grupos de hombres de toma de
conciencia. Como varón que se dedica a la investigación y la docencia, me
resulta muy difícil resistirme al discurso teórico en el que solemos
envolvernos para evitar cuestionar los aspectos personales más dolorosos de
nuestra implicación con la dominación masculina. Con la humildad del que se
sabe mil veces equivocado y sin más preámbulo desearía ofreceros una
aproximación personal a los grupos de hombres y el proceso de toma de
conciencia y comenzaré presentándome.
Actualmente formo parte de Heterodoxia: Red de Hombres Profeministas, y también me he
reunido con otros hombres en varios grupos
de reflexión de hombres, como el Grupo de Reflexión y Estudio sobre
Masculinidad en el año 97/98 y con
otro grupo que decidió no tener una visibilidad pública ni un nombre y que se
vino reuniendo en Madrid durante el año 2002.

Heterodoxia.
Red de Hombres Profeministas
es un foro público de debate e intercambio en internet, de hombres que apoyamos
las reivindicaciones feministas y cuestionamos la dominación masculina y el
machismo. Ofrecemos una weblog o foro para que entre todos analicemos lo que
significa ser hombre aquí y ahora, intercambiemos y promovamos campañas y
acciones que amplíen el marco de acción de los grupos de hombres.
Los grupos de hombres en los que he participado han
sido grupos informales que se han reunido con cierta periodicidad para, desde el
intercambio de las vivencias personales de sus miembros, discutir sobre los
problemas de incomunicación que los modelos tradicionales de masculinidad nos
han producido. En el grupo hemos buscado abrirnos y ensayar nuevas formas de
relacionarnos entre hombres, rompiendo ese discurso teórico e impersonal que
utilizamos siempre para des-responsabilizarnos de nuestra participación
cotidiana en el sexismo. No solo hemos tratado de comprender cuales han sido las
condiciones y expectativas que han marcado nuestras vidas, sino que el grupo es
una herramienta de auto-apoyo en el cambio, teniendo en cuenta los entornos
altamente agresivos que vivimos en la sociedad para aquellos varones que no
queremos cumplir con lo que se nos exige por el hecho de haber nacido con unos
determinados genitales. Estos grupos tienen por lo general un efecto terapéutico
importante y suelen ser la savia de un compromiso con el feminismo más
consciente y basado en un replanteamiento personal real.
Frecuentemente cuando mis amistades, conocidos, compañeros
de trabajo o de agrupación deportivas han sabido de mi compromiso con el
feminismo surgía la sorpresa ¿Qué hace un hombre defendiendo las
reivindicaciones feministas? ¿Pero que hacéis un grupo de tíos hablando
de intimidades? ¿Para qué hacéis eso? Etcétera.
Bueno, mi compromiso cuajó en el asociacionismo
universitario. La Universidad me abrió muchas puertas y dejó una honda
huella en mi. Yo vengo de una familia con un padre muy autoritario y
tradicional, con una situación conflictiva que desembocó en el divorcio de mis
padres y en la ruptura familiar. Además me formé en una escuela religiosa
masculina. Fueron diversas experiencias las que me llevaron a querer conocerme
mejor y mis problemas de comunicación. Entre ellas tuve algunos problemas de
pareja, contradictorias experiencias con homosexuales, una relación conflictiva
con mi padre, pero sobretodo una gran ignorancia sobre las relaciones y la
sexualidad. Y fue en la Universidad dónde tuve acceso al discurso feminista,
que ha sido el que realmente me permitió comprender mis malestares y puñeterías.
Pero ¿por qué tomar un papel activo a favor del feminismo?
Porque mis malestares personales lejos de ser individuales
forman parte de un conjunto de problemas sociales
mucho más amplio, el sexismo, del que soy parte y víctima al mismo
tiempo. Sin embargo la mayor parte de los hombres no entienden qué significa el
sexismo, e incluso aquellos que reconocen que las mujeres están discriminadas
en nuestra sociedad, en pocos casos entienden que este sea un problema de o para
los hombres.
Han sido
generalmente las mujeres, no sólo como movimiento social y político, sino como
parejas, amigas, compañeras o familiares, las que nos han enfrentado con quiénes
somos y cómo nos comportamos, ya que en realidad parece que hemos cambiado bien
poco y seguimos siendo “los hombres” el problema: hombres que ejercen la
violencia contra las mujeres que se niegan a seguir siendo dominadas (ola de
asesinatos), hombres que ejercen la violencia contra otros hombres que se salen
de la versión oficial de lo que debe ser todo un hombre (la homofobia, los
blandos, etc), hombres que detentan la hegemonía y el poder en definitiva.
Parece que no somos capaces de ver cómo estamos implicados en el
sexismo si no es por la fuerza con la que ellas nos han confrontado con nuestras
puñeterías y privilegios. Pero creo que sería también muy importante partir
de la idea de que el feminismo nos ha abierto un nuevo campo en positivo para
redescubrirnos.
Muchos
empezamos a sospechar desde pequeñitos que había algo que fallaba,
generalmente por nuestra incomodidad con aquello que se supone que nos daba
acceso a ser esos seres tan importantes, ser todo un hombre.
Muchos hombres
viven mal esa presión que continuamente nos auto-inflingimos, nos inflingen
e infligimos a otros hombres. Pocos somos capaces de romper el silencio, y
menos son los que podemos acceder a la información que nos permita identificar
certeramente el origen de nuestros malestares, comprenderlos y cambiar. En
general, tenemos poco contacto con nuestras emociones y hemos sido educados para
dar respuestas inmediatas, mediante la acción. Nuestra socialización nos ha
supuesto una traba para comprender nuestro papel como agentes de la discriminación
y estamos cargados de resistencias.
Tendemos a
buscar chivos expiatorios, que para mayor desgracia suelen ser nuestras víctimas.
Estamos llenos de resistencias y cuando se habla de los hombres parece que no
somos capaces de distanciarnos y ser autocríticos. En cuanto se habla de los
hombres solemos saltar a la defensiva y buscar todo tipo de agravio comparativo
estúpido -y marginal al debate-, para defender que “yo” no soy culpable.
Siempre nos sentimos aludidos personalmente ¿Por qué?
Aunque fuera doloroso reconocer mi culpabilidad en el dolor
que he causado, o simplemente reconocer el dolor sufrido por no adecuarme a lo
que esperaban de mí como varón, fue cuando empecé a interesarme y escuchar
las reclamaciones de las mujeres, cuando muchas de mis experiencias comenzaron a
cobrar sentido.
Mucho de ese dolor y experiencias no compartidas hasta ese
momento surgían en todos nosotros cuando comenzábamos a abrirnos en las
reuniones de hombres: la crueldad con el débil, con el que transgrede la norma
y hace cosas de chicas, el colegio y el respeto y admiración a través de los
éxitos deportivos, las difíciles primeras relaciones con chicas, las no menos
difíciles primeras relaciones con hombres, los celos, las complejas relaciones
con nuestros padres, las dificultades para establecer amistades íntimas con
varones, el tan falso "mito del mejor amigo", los problemas de la
homofobia, los mandatos de competitividad ("complejo de llanero
solitario"), la prevención contra toda relación afectiva en todo ámbito
excepto en el sexual heterosexual, la sexualización de lo afectivo, la primacía
de la demostración de la virilidad en las relaciones con los amigos (colegueo
por encima de la amistad), la supuesta
autosuficiencia, la tendencia a no reconocer aquellos sentimientos que nos
producen vergüenza, etc.
Es cierto que
hubo algunas posturas dentro del feminismo que han podido frenar una mayor
implicación de los hombres con el feminismo. El feminismo es y ha sido un movimiento de mujeres y para las
mujeres, en el que los hombres no deberían meter las narices, dada nuestra tan
probada tendencia a saberlo todo y dar consejos a troche y moche sobre como
solucionar los problemas del mundo.
Nuestra participación
y la autonomía del movimiento de las mujeres.
Deseaba
entonces incorporarme de alguna manera al proceso de cambio, pero desconocía cómo,
y comencé a acudir a charlas, leer libros, buscar información y tener
conversaciones en las que tuve que comprender por qué no me dejaban formar
parte de sus organizaciones. Así tuve que comprender la importancia de la
autonomía del movimiento feminista.
Responder
positivamente a las demandas de la mujeres no era fácil, ya que como hombres
estamos acostumbrados a dar soluciones en lo público y con la razón. Y resulta
que fuimos al feminismo y nos encontramos que ellas nos reenviaban al ámbito de
lo personal y nos pedían que no hiciéramos nada en sus organizaciones, sino
que nos replanteásemos nuestra forma de ser en lo personal y nos responsabilizásemos
de nuestras emociones y nuestros problemas de comunicación. El feminismo era un
movimiento de mujeres para las mujeres. Resultaba duro comprender por qué no
nos dejaban unirnos cuando deseábamos fervientemente formar parte de su
movimiento al que vivíamos como prioritario y justo.
Imelda Whelehan
dice que los debates
iniciales del feminismo de los 60 se centraron sobre si los hombres podían ser
excluidos de las organizaciones y si se aceptaba que 'la
creación de la nueva mujer pasaba necesariamente por la creación del nuevo
hombre'. La mayoría del feminismo de la segunda ola señalaba a los hombres
como el 'enemigo', lo que fue aceptado, tácitamente, como un posicionamiento
temporal y socio-histórico, que sería abierto a transformación posterior.
La mayoría de las feministas no preveía el separatismo
total como una solución de trabajo a largo plazo. Ellas deseaban autonomía
para construir un movimiento para las mujeres,
querían su movimiento, no tanto expulsar a los varones como ser
independientes de ellos, dado que los problemas de las mujeres eran siempre
postergados y arrinconados de las agendas de las principales agencias políticas
dominadas por hombres. Esto implicó que sólo las mujeres pudieran denominarse
feministas y que se creara un espacio segregado sexualmente para compensar las
recalcitrantes prácticas excluyentes de los hombres en partidos políticos,
empresas y organizaciones sindicales. Y desde entonces esta autonomía ha sido
una de las tácticas feministas menos comprendidas.
Además
resultaba difícil sentirse cómodo cuando se hablaba de los hombres como un
conjunto absolutamente homogéneo, y esencialmente violento y opresor, cuando
nos decían que éramos privilegiados, pero no éramos conscientes de cuáles
eran nuestros privilegios; y no sólo eso, sino que además estábamos
percibiendo lo negativo que resultaba ser varón y todas las dificultades
emocionales y de relación que teníamos por nuestra educación. Por ejemplo,
Seidler señaló que durante años el análisis feminista radical insistió en
que los hombres no podían cambiar y que cualquiera que sugiriera lo contrario
no estaba tratando con la dureza y severidad que se debe a los hombres. Este análisis
implicaba que todos los hombres eran potenciales violadores y jamás se
debería confiar en ellos. Así, los hombres que se presentaban como hombres
diferentes resultaban aún más sospechosos para las feministas (lo cual tiene
un base). De esta forma parece que los hombres no podíamos escapar de un
esencialismo que paradójicamente era el que nosotros habíamos utilizado para
legitimar la opresión de las mujeres, gays, lesbianas, esclavos, etc.
Muchas de las dudas y precauciones de las feministas ante los
hombres que pretenden presentarse como feministas tienen una base importante. Ya
desde los comienzos de feminismo de los 60 muchos hombres centraron sus energías
en atacar este exclusionismo por parte de las feministas, en el plano académico
diversos autores reivindicaron su derecho a ser parte del feminismo, y la
respuesta feminista fue tajante: el feminismo cumple una función importante
como modelo alternativo a la mística de la feminidad que el sexismo ha impuesto
a las mujeres. Ellas han tenido que hacer un trabajo muy importante de reflexión
conjunta para lograr identificar como el sexismo estaba íntimamente instalado
en la subjetividad, ideas y formas de ser de las mujeres, y el feminismo ha
servido para proponer nuevas formas de ser mujer fuera de su subordinación como
reproductoras y cuidadoras dentro de la familia tradicional. Pero ¿Qué es lo
que reivindica un hombre “feminista”?.
Merece especial mención como hace un par de años desde
AHIGE se lanza el debate sobre el “masculinismo”. Quizá por nuestro
aislamiento y falta de coordinación, quizá por nuestra falta de memoria histórica,
quizá por nuestra falta de humildad, se viene repitiendo con incesante
estupidez la ceremonia de la reinvención de la sopa de ajo.
Cada vez que uno de nosotros “nace” a la luz, resulta que
el movimiento de hombres comienza en España con uno mismo, nunca antes nadie
pensó en cuan necesario es fundar el movimiento de hombres en España y el
primer gran debate es darnos un nombre, que en este caso, como si fuéramos el
reverso olvidado de la discriminación de género, era el de masculinistas, ya
que no nos querían dejar llamar feministas.
En
mi opinión, y así la expresé, debemos seguir reservando el sentido fuerte del
término y de la iniciativa al feminismo, y no necesitamos ser armados
caballeros "masculinistas" para organizarnos y realizar una labor de
cambio por la justicia que vivimos tan necesaria. Es más en mi opinión
llamarse masculinistas es pretender fundar un movimiento como un reflejo espejo
de "feminismo" y la discriminación de género no afecta de igual modo
a unas y otros, y aunque creo firmemente en la necesidad del compromiso de los
varones para transformar la discriminación de género,
no creo que:
1º sea tan fundamental al movimiento darse
un nombre,
2º menos un nombre con un referente poco
claro,
3º
menos un nombre que parece querer implicar un protagonismo 50%/50% con los
movimientos de las mujeres.
En el caso de Heterodoxia, preferimos acoger un término que
ya estaba consagrado en el ámbito anglosajón: profeministas. Con ello queremos
indicar que explícita y activamente apoyamos el feminismo y los
esfuerzos por hacer realidad la justicia de género y la igualdad.
Muchos hombres
“progresistas” dicen que son feministas, y muchos además tienden a
considerar que los grupos de hombres son una actividad privada e intrascendente,
un pasatiempos de sensiblones egocéntricos. De esta manera se puede reinstalar
de nuevo la distinción entre la política seria, la pública, por un lado; y lo
emocional y personal como el ámbito
degradado, desvirtuando lo que ha sido una máxima de los movimientos sociales:
lo personal es político.
El movimiento
de hombres parece abarcar una multiplicidad de grupos en muchos casos aliados y
en otros enfrentados. Una descripción sobre un movimiento altamente
desarrollado en comparación con lo que sucede en España nos la da Michael
Flood, que distingue cuatro corrientes en el movimiento australiano: Movimiento
de liberación del hombre, movimiento mitopoetico, movimiento profeminista o
antisexista, y grupos de defensa de los derechos del padre y del hombre. (Tienes
una explicación mayor al final del artículo).
Los profeministas participamos en el activismo político. Por
ejemplo, uno de los temas más comunes de compromiso es la violencia de género
y el maltrato doméstico. Hay grupos de hombres en Europa, Australia, los
Estados Unidos, Canadá, Sudamérica y África, (y muchos otros lugares)
comprometidos en la lucha contra la violencia de género. Existen campañas
internacionales como la del “Lazo Blanco”. En España, una serie de
fundaciones, grupos y asociaciones se unieron a la campaña europea del “Lazo
Blanco”. Entre ellos se encuentra el Proyecto Mercurio o el Grupo de Hombres
de Sevilla, pero existen más profesionales, ciudadanos y asociaciones
implicados.
Los profeministas, a nivel internacional, hacemos campañas
de educación comunitaria y talleres con niños y jóvenes en las escuelas sobre
la discriminación de género, las
relaciones sexuales, la prevención del SIDA y el uso de los preservativos, la
lucha contra la homofobia; ofrecemos charlas en los lugares de trabajo sobre el
acoso sexual, el riesgo y la masculinidad, el trabajo doméstico y el cuidado.
También damos orientación y terapia a otros hombres que perpetran agresiones,
y hacemos mediación en situaciones de conflicto en procesos de separación o
divorcio, por citar otras actividades más controvertidas. También estamos
preocupados por la salud masculina, realizamos activismo por los derechos
humanos, luchamos por los derechos de las prostitutas y en contra del tráfico
de “blancas”, nos preocupa además el tráfico de armas, el creciente
militarismo y los valores que se cultivan en los ejércitos, realizamos
investigación sobre las masculinidades a todos los niveles, y trabajamos en el
desarrollo de currículos coeducativos en las escuelas. Solemos trabajar en
colaboración con las feministas y los servicios para las mujeres (por ejemplo
en los Centros de crisis para mujeres violadas y maltratadas, Casas de Acogida,
etc.), apoyamos sus campañas y la consecución y consolidación de sus derechos
civiles, educativos, laborales y sociales.
Algunos también participan o han participado en “grupos de
toma de conciencia”. En todo caso, nuestro compromiso con el feminismo se
manifiesta intentando vivir nuestra cotidianeidad de forma respetuosa e
igualitaria con las mujeres y otros hombres, ya sea en nuestros hogares, lugares
de trabajo, en la familia, en el ocio o en las calles.
No queremos ser
machistas, la falta de modelos.
Esta distinción
entre lo político como lo público, y lo personal como lo privado, puede
reforzar la falta de compromiso de los hombres con la igualdad de género.
Es fácil apoyar la igualdad en un plano formal, pero resulta más comprometido
cuestionarse a uno mismo y ser consecuente en la vida privada y personal.
Nuestro primer paso puede ser tomar conciencia de en qué medida somos cómplices
del estado de cosas.
"Creo que esta
experiencia de retraerse de definir nuestros deseos y necesidades ocurrió a
muchos hombres en los primeros años del movimiento de mujeres. Nos vimos
abandonados sintiéndonos culpables, casi porque existíamos y éramos hombres.
No queríamos que nos creyeran sexistas, por lo que nos analizamos muy
cuidadosamente".
Victor Seidler.
Esta tensión
entre un supuesto igualitarismo de carácter más político y el trabajo más
terapéutico, es una falsa distinción que muestra la incapacidad de la
izquierda para comprender la discriminación no como una mera cuestión
redistributiva de los privilegios y riquezas sino como una dimensión que se
construye en las relaciones interpersonales a todos los niveles y que requiere
un trabajo específico de exploración, auto-conocimiento y auto-apoyo en el
cambio.
El feminismo requirió de este tipo de trabajo y mostró que
el análisis en grupo de las historias y experiencias de vida era una
herramienta potencialmente liberadora, acompañada, como estaba, por esfuerzos
de cambio en la dinámica de las relaciones entre hombres y mujeres.
Las feministas radicales recalcaron las repercusiones que tenía
el sexismo en las vidas domésticas y sexuales de las mujeres. Ellas analizaron
sus vidas y experiencias personales, y encontraron que el problema de las
mujeres estaba, a grandes rasgos, en los hombres -no sólo aquellos que
sustentaban los mecanismos de poder en el gobierno, sino también los padres,
los compañeros y coetáneos- y su androcentrismo.
Analicemos un caso: Uno de los panfletos más importantes en
circulación durante el final de la década de los sesenta fue el 'El mito del
orgasmo vaginal' de Anne Koedt. Hasta
entonces el intercurso coital representaba el símbolo central de la unión
heterosexual, cuyo mito cúlmen modernizado vino a ser el orgasmo simultáneo en
la penetración vaginal. Sin embargo para Koedt la penetración vaginal era una
práctica sexual definida exclusivamente en términos del deseo y placer
masculino. La sexología al uso certificaba a la penetración vaginal como la
relación normal, condenando cualquier otro tipo de práctica como parafílica y
generando toda una nueva serie de enfermedades y malestares para aquellos que
fallaban en el rendimiento y eficacia en la penetración: vaginismo, frigidez o
falta de deseo “para la penetración”, problemas de erección, eyaculaciones
a destiempo (precoz o retardada), y un largo etcetera.
En su extremo, al defender el derecho al placer de las
mujeres independientemente de los hombres, algunas feministas radicales
lesbianas preconizaron el separatismo extremo, que sin embargo no era
contemplado por la mayor parte de las mujeres heterosexuales como una
alternativa feminista viable para su orden social cotidiano.
Pero lo fundamental es que al analizar cómo las normas
heterosexistas hegemónicas reafirman la subordinación de las mujeres, se
permitió que las relaciones heterosexuales fueran revisadas y se posibilitó
hablar a las mujeres sobre su sexualidad, en sus propios términos, escapando de
las definiciones masculinas de la 'normalidad' y la 'frigidez'; y sintiendo que
se tenía el derecho de hacer reivindicaciones, al percibir que lo que
anteriormente parecían ser paranoias y problemas personales de las mujeres
formaban ahora parte de un patrón que, en realidad, era esencialmente político.
La
ideología androcéntrica forma parte del suelo mental, del sentido común de
mujeres y hombres, y en su invisibilidad consiste su fuerza. Fueron las
feministas radicales las que señalaron la importancia del trabajo de los grupos
de reflexión para desterrar los efectos de este androcentrismo lejos de cada
mujer, y surgieron grupos de toma de conciencia y exploración en el ámbito de
las mujeres. Ellas exploraron la
complejidad de sus necesidades, y desafiaron a los hombres a analizar cómo
estaban organizando sus vidas.
Ellas se negaron a hacer nuestro trabajo
emocional e insistieron en que nosotros teníamos que encontrar nuevas formas de
apoyarnos y estimarnos. Y también nos mostraron lo poco que parecíamos saber,
ya que por diversas razones los hombres no tenemos contacto con partes
importantes de nuestra vida de las que somos especialistas en su
ocultamiento/negación. Las formas de masculinidad que hemos aprendido nos han
llevado a tener el mínimo contacto posible con nuestra intimidad y a tener
grandes dificultades para establecer relaciones íntimas igualitarias con otros
hombres y mujeres.
Sería muy fácil
pensar que uno puede cambiar mediante una suerte de voluntad y determinación
personal como nos han enseñado a pensar. El “self-made-man”, el hombre que
se hace a sí mismo, el Robinsón Crusoe de Daniel Defoe.
Además, en el
comienzo de la toma de conciencia nos hemos sentido terriblemente desorientados
ante la falta de modelos. Estábamos deseando encontrar un modelo de cómo debíamos
ser, para agarrarnos a él, cuando ni siquiera apenas sabíamos quienes éramos
ni quiénes deseábamos ser. En términos freudianos estábamos impelidos
constantemente a tomar la posición de nuestro superego: No quiero que digan que
soy un machista, qué es lo que debo de hacer para ser un tio anti-sexista.
Una de mis
primeras conferencias en la Universidad Complutense, fue allá por el 95. Para mí
era una situación compleja porque las organizadoras querían que un chico enseñase
a otros, una forma distinta de ser hombre. Con lo que tenía un problema ya que
no tenía claro ni que yo fuera ese modelo alternativo, ni que existiera un
modelo, ni que fuera conveniente incluso que hubiese un
modelo claro y único frente al existente tradicional. Lo único que yo podía
exponer, en aquella charla, era que es lo que no me gusta de lo que tengo y por
qué. Podemos aprender de la experiencia del feminismo.
Para
las mujeres, los grupos de reflexión y toma de conciencia, resultaban una
respuesta política natural porque por su socialización estaban acostumbradas a
realizar trabajo colectivo informal como parte de una subclase o subcultura del
cuidado. Se suele entender que las mujeres estaban acostumbradas a cooperar,
mientras que los hombres son impulsados a competir entre sí en todos los
frentes. En contraste, los gays también se encontraron cómodos, en los
comienzos de su movimiento de liberación, con las prácticas de sensibilización
y toma de conciencia, y desarrollaron redes de apoyo mutuo entre varones. La política
y experiencia de los grupos de mujeres facilitó que nosotros adoptásemos esta
forma de discusiones basadas en la propia experiencia.
En
este sentido los grupos de toma de conciencia cobran importancia como lugar
donde construir una nuevas relaciones no-competitivas con otros varones, lugar
donde podamos ensayar un
grado mayor de honestidad sobre nuestras experiencias personales. Los grupos de
hombres han servido además como marco útil para las feministas que creían que
el feminismo transformaría las vidas de los hombres, pero que necesitaban
mantener el separatismo al nivel de los grupos de toma de conciencia, la
prospectiva y la acción política.
Anexo
La
tipología de 4 tendencias en el movimiento de hombres (Michael Flood).
Uno de los
creadores de la revista australiana ‘XY, hombres, sexo y política’, Michael
Flood clasifica las tendencias dentro del movimiento de hombres australiano en
cuatro tendencias: Hombre anti-sexistas y profeministas (dentro de estos algunos
distinguen profeministas radicales y profeministas liberales), grupos del
movimiento de liberación del hombre, grupos mito-poéticos y espirituales, y en
cuarto lugar grupos de derechos de los hombres y los padres. Intenta describir
éstas y cuales son las relaciones entre sí para intentar dejar claro quién es
quién, teniendo claro que él se sitúa dentro de los grupos pro-feministas.
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ANTI-SEXISTAS, O PRO-FEMINISTAS. -Defienden que el modelo dominante de masculinidad es opresivo
para las mujeres, así como constrictivo para los hombres. -La sociedad está cruzada por injusticias y discriminación de género
y los hombres deben responsabilizarse de su sexismo y trabajar por el
cambio de otros hombres. -Simpatizan con diversos feminismos. -Son aliados de los grupos ‘Men’s liberation’ a pesar de
ciertas diferencias en la forma de entender la ‘opresión’ que sufren
los hombres. -Comparten objetivos básicos de igualdad y justicia. Ambas ramas
aprenden una de la otra. -K. Clatterbaugh denomina a éstos como ‘Pro-feministas
radicales’, que a diferencia de los profeministas liberales, enfatizan
el papel de la violencia y la agresividad en la masculinidad y en que
reconocen que los hombres gozan de privilegios frente a las mujeres. -Ambos coinciden en las campañas contra la violencia hacia las
mujeres y el trabajo educativo y terapéutico en relación a la agresión
y la violencia masculina. |
GRUPOS DE DEFENSA DE LOS DERECHOS DE LOS HOMBRES. -Consideran que los roles masculinos son dañinos y letales para los
hombres. Niegan el poder de los hombres y sostienen que los hombres son
las auténticas víctimas. -Apuntan a las mujeres y el feminismo como las responsables y a los
hombres como las víctimas. El feminismo para éstos, ha perdido su carácter
liberador para ambos sexos y se propone privilegiar a las mujeres sobre
los hombres y discriminan entre feministas igualitarias (las buenas) y
feministas victimistas (las malas). - Defienden que existe la violencia de mujeres hacia los hombres que es
promovida y tolerada por las feministas, y que los hombres son
discriminados en la custodia de los hijos en separaciones y divorcios. - 2 secciones: 1.- grupos defensa de los derechos de los hombres, con
mayor vinculación con grupos religiosos carismáticos y la defensa
de la familia patriarcal tradicional, 2.- grupos de separados y
divorciados. Tienen una visión más laxa de la familia tradicional.
Se organizan en forma de lobby y atacan la existencia de servicios
estatales exclusivos para mujeres. Apoyan a otros hombres en procesos de
separación y custodia de los niños. - Algunos incluyen los lobbies de supremacistas blancos y de defensa de
las armas. |
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LIBERACIÓN DEL HOMBRE. -Defienden que los hombres están heridos por el rol masculino en
el que han sido socializados, que es alienante, empobrecedor y va contra
la salud de los hombres. Enfatizan que ambos hombres y mujeres están
constreñidos por los roles de género, y algunos dicen que están
oprimidos como hombres. -Se hace hincapié en el daño, el aislamiento y el sufrimiento
inflingido a los niños y hombres a través de su socialización. -Centran su actividad en grupos de crecimiento, cambio y
auto-apoyo. Es una actividad menos relevante públicamente pero constituye
la savia del movimiento de hombres. Grupos altamente formativos que
proveen profundas experiencias que ayudan al cambio personal-social. -En su vertiente más pública se organizan acciones relacionadas
con la terapia y la orientación en relación a la salud de los hombres y
la violencia masculina. -K. Clatterbaugh denominaría a estos ‘Pro-feministas
liberales’. |
GRUPOS ESPIRITUALES Y MITOPOETICOS. -Derivan
su pensamiento del psicoanálisis y el trabajo de Carl Jung y Robert Bly.
En España hay ciertas tendencias al trabajo con terapia gestalt y una
herencia reichiana fuerte. -La
masculinidad está enraizada en pautas inconscientes y arquetipos que se
revelan a través de mitos, historias y rituales. Centran su trabajo en la
recuperación de la unidad originaria de la persona que ha sido dañada y
que se ha fragmentado. Es necesario conectar con los arquetipos del
inconsciente y curar las heridas inflingidas hasta alcanzar un estado de
paz, integridad y salud psico-espiritual. -No
es una corriente abiertamente política pero mantiene vínculos con el
ecologismo y el pacifismo. -Sus
terapias de recuperación del guerrero pueden reforzar no sólo posturas
pro-feministas sino posturas abiertamente sexistas relacionadas con los
grupos de defensa de los derechos de los hombres. |
Flood,
Michael. (1996)
Four Strands: Diversity and dissent in the
men's movement. XY, Men, sex, politics. 6(3), Spring, Sydney.
Seidler, V.J.
(1991) The Achilles Heel Reader,
London, Routledge.
Seidler,
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Recreating sexual politics: Men, feminism and politics, London, Routledge.
Seidler,
V.J. (1994) Unreasonable
men. Masculinity and Social Theory. Routledge, London. (Existe
traducción al castellano)
Vilchez
Cambronero, J. (1991)
Desde el corazón: el camino de los Grupos
de Hombres. En "Ayer, hoy y mañana: IV Congreso Estatal de Sexología".
Valencia. Generalitat Valenciana.
Villadangos, F. (1991) Grupo de hombres. Una experiencia liberadora. En "Ayer, hoy y
mañana: IV Congreso Estatal de Sexología". Valencia. Generalitat
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Whelehan,
Imelda. (1995) Modern feminist thought:
>From the second wave to 'Post-feminism'. Edimburgh, Edimburgh University
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José María Espada Calpe © 2004
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