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CHICOS,
PADRES, PROFESORES,...
Por
Juanjo Compairé
Profesor de Ciencias
Sociales en el IES Carrasco i Formiguera, de Horta-Guinardó, Barcelona.
Soy
profesor y también padre. Padre, además, de hija adolescente (14 años, 2º de ESO). Son dos maneras complementarias de acercamiento
al mundo juvenil. Como padre, oigo cada día los comentarios que hace mi hija de la mayoría de los chicos de su clase: que si son unos críos, que si siempre piensan en lo mismo,
que si el profesor está hasta el gorro de la mayoría, que si son unos engreídos, que si sólo saben relacionarse entre ellos a base de golpes y empujones...
Podemos,
si queréis, quitarle todo lo que de anecdótico tengan sus anotaciones. Pero observaciones muy parecidas como tutor las he ido oyendo infinidad de veces. Además, las estadísticas
confirman que, excepto para una franja muy determinada de carreras técnicas, las chicas tienen un mayor éxito en los estudios, que se acomodan mejor al sistema escolar.
Hay
quien se apresura a sacar consecuencias negativas hacia el alumnado varón: proporcionalmente hay entre ellos más rechazo hacia la escuela y los estudios, más problemas de disciplina, más casos de absentismo....
Pero
¿no será quizá que la escuela como tal no les sirve. que carece de interés para ellos?
La
institución escolar, tal como había sido concebida desde el principio del Estado liberal, está en abierta crisis. Como institución burocrática, encargada de administrar títulos;
(títulos que abren caminos al mundo laboral y que servían en gran medida para situar a la persona – sobre todo si era varón, que se definía por su carrera y estudios- en el
mundo) todavía existe, pero su monopolio de antaño se lo disputan otras muchas instituciones, formales o no: academias de idiomas, medios audiovisuales,... Evidentemente, su
función instructora está en declive: para un joven de hoy día, hay otros medios de obtener información de manera más completa e inmediata.
Como
institución adoctrinadora, , generadora de valores de acuerdo con la ideología dominante, la escuela deja mucho que desear. Por un lado, convendremos que una cosa son los valores
declarados y otra los valores que realmente se practican en la escuela. Y hemos de recordar que la escuela de masas surge en plena época
industrial: los timbres, los horarios preparan para la disciplina laboral. El problema es que este “entrenamiento” para la vida obrera por una parte está desfasado en una
sociedad posindustrial y por otro lado es rechazado por bastantes estudiantes porque, a diferencia del trabajo, no proporciona ganancias inmediatas.
Además, en el mundo de la empresa posmoderna se valora más la iniciativa y la creatividad (al menos en los cargos directivos) que la disciplina de antes.
Si
este “entrenamiento” (¡ay, la insistencia de algunos discursos pedagógicos en los “procedimientos”, como si se tratara de ratones de laboratorio y no de seres humanos!)
se hace en el vacío, en contenidos sin funcionalidad a ojos de los alumnos, podemos entender por qué algunos de ellos la rechazan.
Esta
desvalorización social de la institución educativa coincide con su “feminización”, con el predominio cada vez mayor de mujeres en los cuerpos docentes. ¿Tiene que ver el
rechazo de la institución escolar de algunos alumnos varones con el rechazo de la autoridad docente femenina?
Y,
sin embargo, la escuela sigue siendo un ámbito fundamental en la construcción de la masculinidad de los alumnos. En su seno (a veces en contra de lo oficialmente previsto por la
institución), se suelen solucionar los conflictos generalmente por la vía de la imposición (sanciones, expulsiones, reglamentos de disciplina,...), Los grupos de alumnos varones
se refuerzan con mecanismos de cohesión interna y de exclusión (véase, si no, lo que pasa en un patio un día cualquiera).
En
efecto, una investigación que estoy llevando a cabo entre mis alumnos confirma que, en general, a grandes trazos, los chicos tienden a
negar los conflictos, a dejar pasar el tiempo o, en muchos casos, a solucionarlos por la vía de la violencia. Aunque también hay
chicos que actúan de otro modo, ésta es la tendencia mayoritaria. a diferencia de las chicas que suelen actuar de otro modo.
Además,
en la escuela secundaria, los contenidos curriculares siguen siendo en su gran mayoría androcéntricos: se privilegia, por ejemplo, la esfera pública y productiva sobre la
privada y reproductiva de las personas. Yo, como profesor de “Sociales”, veo lo que pasa en mi materia ¿cómo aprenden a ser hombres mis alumnos si la Historia que enseñamos
muestra que la forma “normal” de solucionar conflictos es la violencia y la guerra, si la protagonizan reyes, políticos y
militares que recurren a ella contínuamente? ¿Qué modelos de masculinidad aparecen en los libros de Historia? ¿Dónde quedan los hombres “no poderosos”– y los niños, y
las mujeres, evidentemente - ?
En
realidad, noto en muchas ocasiones entre mis alumnos adolescentes un cierto desconcierto (como nos pasa a los adultos, por otro lado). Han aprendido una manera de actuar que creen
masculina y el grupo se la refuerza, pero por otro lado, esa forma de comportarse no responde a sus anhelos y, además, los más inteligentes notan el rechazo
de las chicas más interesantes.
¿Podríamos
ayudarles- y, de paso, ayudarnos- si habláramos de ello con ellos? Si es necesario, ¿en espacios aparte, profesor y chicos solos? ¿Y si presentáramos en clase otros modelos de
hombre, (científicos, poetas, voluntarios de causas humanitarias, pacifistas, desertores de las guerras, homosexuales - artistas o no -, padres inmigrantes anónimos, qué sé yo,
etc)? En definitiva, hombres que no se movían, que no se mueven en la órbita del poder. ¿Cómo podríamos desangustiar a los adolescentes, mostrándoles que no hay un único
patrón de masculinidad?
Ellas nos llevan bastante trecho de delantera. Algunas maestras, algunas profesoras (también algún profesor, pero pocos, creo) hace tiempo que han cambiado los objetivos, los contenidos, los métodos de enseñanza. Conciben la enseñanza como resultado de un tejido de relaciones, en el que se aprende a negociar, a dialogar. Aunque pueda parecer cursi, no les da empacho reconocer que en la relación educativa fluye una corriente de reconocimiento mutuo, de confianza y de amor.
Me siento identificado con esa concepción educativa. Quiero aprender de ellas, de esas maestras. Me fijo mucho en cómo lo hacen. Tengo la sensación de que para ellas resulta casi natural. .Pero, por otro lado, siento, como hombre educado en la distancia personal, miedo al compromiso, a la cercanía, a las relaciones.. Saltar sin red a lo desconocido, perder de alguna manera el control, estar atento a lo que manifiestan mis alumnos, todo ello me da algo de vértigo.
¿Cómo recuperar una autoridad basada en mi diferencia (yo soy el profesor, el adulto), pero no en el poder? ¿Cómo aprender a mandar obedeciendo – en frase del subcomandante Marcos -? En eso, mi experiencia como padre me sirve de guía. También el recuerdo de mi padre, que me guió, que me enseñó a ser hombre, responsable, protector y al mismo tiempo consciente de mi fragilidad., que me mostró autoridad muchas veces sin violentarme.
Mis alumnos adolescentes, mis chicos de clase, necesitan, buscan el intercambio con personas adultas (aunque no lo reconozcan); guías masculinas, padres, profesores que establezcan con ellos una corriente de fuerza, una fuerza que ha de ser protectora y no destructora. una fuerza amorosa. Esa autoridad masculina es la que tenemos, que tengo que descubrir y de desarrollar. Es difícil (¡nos han educado tanto en la imposición y la violencia, sobre todo contra nosotros mismos!), pero creo que vale la pena.
Soy
consciente de que he planteado más interrogantes, más puntos suspensivos que afirmaciones. Pero para eso están estas primeras Jornadas, que espero con ilusión, para poder
intercambiar mis intuiciones, mis incertidumbres, con otros hombres que quieran. Veamos.
Juanjo Compairé