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CLAVES PARA UNA SEXUALIDAD MASCULINA, SALUDABLE Y NO DISCRIMINATORIA |
JORNADAS
DE GENERO Y SEXUALIDAD, LA LAGUNA, MAYO 2002
José
Ángel Lozoya Gómez
Hombres por la Igualdad
Delegación de Salud y Genero
Jerez
El
modelo sexual masculino esta en crisis y no acaban de aparecer alternativas
igualitarias.
Sin
cuestionar la heterosexualidad, el coito vaginal ni las metas, se esta
produciendo un cambio importante. Cada vez son más los hombres que relajan su
protagonismo en el encuentro sexual y se muestran dispuestos a servir de
complemento a sus parejas para facilitar su iniciativa y con ella su excitación
y su orgasmo.
Es
un cambio contradictorio que ayuda a los hombres a sentirse eficaces sin tener
que conocer la respuesta sexual de su pareja mejor que ella misma, al tiempo que
favorece la expresión de algunas facetas de la sexualidad de las mujeres.
Este
proceso de autonomía sexual de las mujeres las convierte en protagonistas y
responsables de su propia satisfacción sexual. Un cambio que asusta a muchos
hombres pese a ser la condición que les permitirá dejar de vivir cada
encuentro sexual como un examen.
Se
trata de tentativas, formulas provisionales que admiten lecturas menos
igualitarias, al tiempo que evidencian la necesidad de una teoría sexual que
legitime la diversidad de orientaciones, favorezca los experimentos y los
cambios, legitime todas las conductas y prácticas que no impliquen
coacción
o imposición. Una teoría que permita vivir el deseo como algo positivo y lo
potencie como forma de obtener y compartir el máximo de placer.
Los
seres humanos somos sexuados gracias al deseo y no cabe duda que la obtención
del placer lo estimula al tiempo que nos ayuda a conocernos. No podemos decir
que la sexualidad es buena y limitar su disfrute a determinadas prácticas o
edades, por eso quiero romper una lanza a favor de recuperar la normalización
de la masturbación y la libertad sexual de la infancia o la juventud.
La
bata negra de los curas ha sido sustituida por la blanca de la medicina o la
ciencia en el mensaje del miedo, antaño
a la degradación moral y al infierno, hoy a los embarazos no deseados, las ETS
y el SIDA.
Ni
las familias ni las instituciones ven con buenos ojos la sexualidad de la
juventud pero saben que no pueden impedirla y tratan de retrasarla o limitarla
con mensajes disuasorios que ponen el énfasis en los problemas y peligros
asociados a ciertas a ciertas prácticas y conductas.
Cuando
se dice que la homosexualidad conlleva sufrimiento se esta ocultando que y
cuando se defiende que la monogamia es el único método seguro frente a las
infecciones se nos olvida que la gente no suele contar a su pareja las
“canitas al aire” ni usar preservativo si no es su método habitual.
Se
dice que los padres quieren lo mejor para sus hij@s pero parece que este
deseo no incluye la sexualidad, como se deduce de lo poco que hacen para
educarlos en el placer y de lo poco que presionan para que la escuela asuma esta
tarea, condenándolos con esta actitud a tener aprender de sus propios errores.
En
estas condiciones esperar de la juventud una responsabilidad anticonceptiva y
profiláctica que la mayoría de sus mayores no tuvieron ni tienen y
considerarla por ello inmadura resulta cuanto menos cínico.
Una
educación sexual de calidad puede acabar con la dificultades como la masculina
para controlar la eyaculación o la femenina para conseguir el orgasmo, ayudándonos
a vivir las relaciones sexuales como una experiencia que tenemos cuando
coincidimos en el deseo con nuestra pareja y no cuando nos las proponen o nos
apetecen.
Con
una buena educación sexual el orgasmo de la mujer puede ser un acontecimiento
tan grato como previsible, que depende de su voluntad y dejar de ser vivido por
la mayoría de los hombres heterosexuales como:
Medida
del éxito o fracaso de la experiencia.
Responsabilidad
que convierte el encuentro en un examen.
Meta
que supone el final de la relación y provoca sensación de fracaso si no se
consigue.
Experiencia
asociada al coito que con frecuencia lo dificulta e impide desarrollar otras
posibilidades.
Es
difícil ser feliz sin conocernos ni aprender a normalizar y expresar los
propios sentimientos afectivo sexuales, sin sentirnos aceptados tal como somos,
sin libertad para expresar nuestras preferencias, si nos sentimos cuestionados
por no ajustarnos a las expectativas de la gente.
El
cambio hacia unas relaciones saludables y no discriminatorias nos plantea el
problema de la solidaridad entre los hombres que cuestionamos el modelo
tradicional, en especial la necesidad de apoyar a aquellos colectivos que como
los homosexuales y las mujeres nos allanan tantos caminos. Necesitamos
profundizar en lo privado sin olvidar que lo personal es político y necesita de
cambios sociales para consolidarse.
No
tendría que resultarnos difícil ver la libertad de las mujeres, los
homosexuales y otros colectivos discriminados con la misma naturalidad que la
nuestra, y apostar por unas relaciones sexuales donde los papeles activo y
pasivo, protagonista o complemento, sean junto a la responsabilidad, compatibles
e intercambiables.
En
nuestras relaciones, los hombres tenemos que decidirnos entre colaborar o
competir, ser competentes o competitivos, hacer amigos o intentar triunfar. En
las relaciones con las mujeres lo mismo.
Solo
compartiendo las dificultades y los esfuerzos seremos eficaces en la denuncia de
las fisuras del modelo masculino tradicional y la búsqueda de alternativas.
Podemos empezar señalando y rechazando lo que no nos gusta y experimentar con
todo lo que nuestras vivencias y nuestra imaginación nos sugieran.
La
crisis del modelo heterosexual plantea la necesidad de:
Desacralizar
el coito y relativizar la importancia de la genitalidad, sin cuestionar la
que tenga para cada cual.
Incorporar
la afectividad y el conjunto del cuerpo a la experiencia sexual, aprendiendo
a fundir las sensaciones físicas y emocionales.
Conciliar
las fantasías con la vida cotidiana.
Responsabilizar
a los hombres de la necesidad de incorporar el condón a sus relaciones
cotidianas.
El
control de la eyaculación es tan importante como expectativas dependan del
mismo. Es fácil conseguir un grado de control razonable que permita no sentirse
hipotecados biológicamente, disfrutar relajados de ciertas prácticas o elegir
entre una relación lenta u otra pasional y compulsiva. Aunque conviene aclara
que nunca esta asegurado en situaciones extraordinarias (largo periodo de
abstinencia, la primera vez con, etc).
Con
frecuencia se olvida el carácter fluctuante del deseo y que las tensiones de la
vida son los grandes verdugos del erotismo y la perdida de la excitación o la
erección es vivida como problema de la respuesta sexual cuando es un síntoma
de su buena salud.
El
periodo refractario, consecuencia (al parecer) no tanto del orgasmo como de la
eyaculación, nos permite, sin renunciar al sueño, aprender a disfrutar de unas
caricias y un encuentro libres de la ansiedad que provoca la excitación.
Quienes
vivimos o hemos vivido en pareja sabemos que su sexualidad es un reflejo de cómo
va la relación, que en una pareja estable sin problemas sexuales significativos
la frecuencia y el nivel de bienestar forman parte de esa buena amistad con
momentos eróticos.
El
coito y otras prácticas como la felación nos plantean el problema de la
responsabilidad y la prevención de embarazos no deseados, las ETS y el SIDA. El
preservativo o condón es la única alternativa fiable ante estas amenazas para
la salud, la sexualidad y la vida. Su uso mide el grado de responsabilidad y
compromiso masculino en su prevención y erradicación. No usarlo implica
delegar nuestra seguridad en manos de ajenas. Cada embarazo no deseado y cada
infección son la consecuencia de la actitud de un hombre que ha delegado en
alguien, que no es capaz de cuidar de si misma, su salud y su vida. Un eslogan
clave “Si no te proteges no eres de fiar”.