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LA CRISIS DE LAS MASCULINIDADES: ENTRE CUESTIONAMIENTOS FEMINISTAS Y CRÍTICAS CONTRA EL HETEROSEXISMO” Daniel Welzer-Lang |
En mi intervención, voy a hablar de las iniciativas europeas, del análisis de las resistencias masculinas a los cambios. Pero, ante todo, es importante aclarar el análisis profeminista europeo, saber cómo, en Toulouse, en el Equipo Simone/SAGESSE y en mi equipo de investigación, analizamos lo masculino como género hegemónico y prevaleciente.
Las
relaciones hombres / mujeres, hombres / hombres, consideradas como relaciones
sociales de sexo, parecen ser, eso es al menos nuestra hipótesis, el producto
de un doble pragmatismo naturalista:
-
La seudo naturaleza superior de los hombres, que remite a la dominación
masculina, al sexismo y a fronteras rígidas e infranqueables entres los géneros
masculinos y femeninos.
-
La visión hetero-asexuada del mundo en el que la sexualidad considerada como
“normal” y “natural” está limitada a las relaciones sexuales entre
hombres y mujeres. Las demás sexualidades, bisexualidades, sexualidades
transexuales... se definen, incluso admiten, en el mejor de los casos, como
“diferentes”.
Son
las reivindicaciones de las mujeres feministas y la crítica del heterosexismo
(por, entre otras cosas, el descubrimiento del “coste” de la masculinidad
por parte de algunos hombres) las que, cuestionando la estructuración jerárquica
de los hombres entre sí – en articulación con el fenómeno de la dominación
masculina – nos llevan a replantearnos las modalidades de análisis de los
hombres y de lo masculino.
La
dominación masculina y las relaciones hombres /mujeres
No
voy a insistir aquí. Los análisis son conocidos y ampliamente compartidos.
La
existencia de la dominación masculina se ha convertido, hoy en día, en una
evidencia, incluso en sociología. La época en que algunos miembros del jurado
de mi tesis la analizaban como una fantasía “arqueo-paleo-marxista” [según
la expresión utilizada en mi defensa de la misma] parece haber pasado a la
historia. Muchos colegas, incluidos algunos sociólogos, recurren hoy en día a
ese paradigma para describir lo social de forma comprensiva1.
Y la aportación de los estudios feministas para profundizar y enriquecer el análisis2
se incluye, en la actualidad, en muchos textos. Así, en Francia, existe
cierto consenso para designar las relaciones hombres / mujeres como relaciones
sociales de sexo.
Es
decir, la dominación no debe analizarse como un bloque monolítico, en el que
todo queda zanjado para siempre, en
el que las relaciones se reproducen de forma idéntica3.
Si
no que el análisis, ya sea global o centrado en un ámbito específico o en
interacciones particulares, debe
articular el marco global, societal (la dominación masculina) y las
luchas objetivas o subjetivas de las mujeres y de sus aliados, tendientes
a transformar las relaciones
sociales de sexo, y, por consiguiente, a modificar la dominación
masculina.
Los
hombres dominan colectivamente e individualmente a las mujeres. Esa dominación
se ejerce en el ámbito privado o público y otorga a los hombres ciertos
privilegios materiales, culturales
y simbólicos. Buena parte de los estudios feministas actuales se
afanan precisamente en cifrar esos privilegios y ponen concretamente de
manifiesto los efectos de la
dominación masculina4. La política
actual que pretende, en nuestras sociedades,
reducir esas “desigualdades” no debe hacernos olvidar que éstas perduran,
pues se correría el riesgo de confundir nuestros sueños con realidades
y de ya no entender nada.
Y
digo desigualdades para simplificar las cosas, pero conviene desconfiar
de este término. Ya que tiende a
mostrarnos las situaciones referentes a hombres y a mujeres
como resultantes neutrales de un sistema global, en el que cada grupo de
sexo, cada género, sería simétrico
e igual, de cara al análisis. Un sistema que nos vendría impuesto,
sin posibilidad de cambios. Y no es así. La opresión de las mujeres por
parte de los hombres es un sistema
dinámico, en el que las desigualdades que sufren las mujeres son consecuencia de las ventajas otorgadas a los hombres. Cuando
el reparto del pastel atribuye
siete partes a los hombres y una a las mujeres, la lucha por la igualdad implica
que se debe repartir el pastel en porciones iguales. Y, por lo tanto, ¡los
hombres conseguirán menos!
Por
supuesto, este análisis debe articularse en torno a otras relaciones sociales,
tales como las divisiones jerárquicas
ligadas a la pertenencia a clases sociales, grupos étnicos,
a la edad. Resumiendo, nuestras vidas, nuestras situaciones materiales,
son el resultado de un conjunto de relaciones sociales.
Yo
mismo, al igual que otros5, he
demostrado la asimetría que provoca la dominación
de los hombres. No solo hombres y mujeres no perciben de la misma manera
los fenómenos sin embargo
designados con los mismos términos6,
sino que el conjunto de lo social está divido en base a la misma simbólica,
que atribuye a los hombres y a lo masculino
las funciones nobles, y a las mujeres y a lo femenino las tareas y las
funciones consideradas como de menor valor. Esa división del mundo, esa cosmogonía basada en el género,
se mantiene en vigor, regulada por
las violencias: violencias múltiples y variadas que, desde las violencias
masculinas domésticas, hasta las violaciones de guerra, pasando por las
violencias en el trabajo, tienden a
preservar los poderes que se atribuyen colectivamente e
individualmente los hombres a costa de las mujeres.
Todo
esto no es nada nuevo y aunque los debates persisten – sobre la naturaleza de
las violencias7,
las relaciones entre división por sexo y por género8,
el papel de los hombres, el análisis
de las transformaciones actuales9,
etc. – emerge un nuevo consenso para
designar la división entre dos grupos (o clases) de sexo, en géneros, como
fundamento de la dominación masculina.
Desde
hace varias décadas, las mujeres en primer lugar, y algunos hombres después,
han luchado y/o llevado a cabo análisis tendientes a sacar a la luz y
explicar estos fenómenos.
Remitimos a los textos que, desde hace ya tiempo en Francia y en Europa,
sirven de base a dichos análisis, redactados por Christine Delphy,
Colette Guillaumin, Nicole-Claude
Mathieu y Paola Tabet10. Cada una
de ellas, a su manera, muestra como la
dominación se nos presenta como una evidencia, como un fenómeno natural,
integrado en cierto modo en la división social y jerárquica por sexo.
Del análisis crítico de la opresión
de las mujeres nacieron las luchas contra el sexismo, el patriarcado y el
viriarcado.
La
dominación masculina y las relaciones hombres / hombres
Si bien es cierto que la dominación
masculina es hoy en día una evidencia, y que para
describirla se recurre a menudo a las relaciones sociales de sexo, éstas
suelen a menudo considerarse como
relaciones sociales entre los sexos, entre hombres y mujeres. Esa
división naturalista y esencialista queda así reflejada en el propio análisis.
Ya en 1994 (Welzer-Lang, Dorais,
1994), demostramos cómo el grupo de hombres está asimismo
estructurado en base a los mismos procesos. He descrito cómo la educación
de los chicos en lugares
monosexuados estructura lo masculino de forma paradojal e inculca a
los jovencitos que para ser un (auténtico) hombre deben combatir los
aspectos que podrían asemejarlos a
las mujeres. He sugerido, en referencia a los trabajos de Maurice Godelier (1982), que se designe el conjunto de esos lugares y
espacios como la “Casa de los
hombres”. Y creo que sería útil resumir aquí, en parte, lo que describí
entonces, a la luz de nuestro
estudio sobre la homofobia.
La
“casa de los hombres” En
nuestras sociedades, cuando los niños-machos abandonan el mundo de las mujeres12,
cuando empiezan a agruparse con otros chicos de su edad, atraviesan una
fase de homosocialidad13,
durante la cual emergen fuertes tendencias y/o grandes presiones a
vivir momentos de homosexualidad. Competiciones de tamaño de polla,
maratones de pajas (masturbación),
juegos para ver quién mea (orina) más lejos, excitaciones sexuales
colectivas en base a pornografía hojeada en grupo, o incluso realizando
strip-teases electrónicos en los
que el juego consiste en desnudar a mujeres... Lejos de la mirada de
hombres y mujeres de otras generaciones, los hombrecitos se inician en
los juegos del erotismo.
Utilizando, para ello, estratagemas, preguntas (tamaño del sexo, capacidad sexual) heredadas des las generaciones anteriores. Aprenden y
reproducen así los mismos modelos
sexuales, en lo que se refiere a la aproximación y a la expresión del
deseo.
Esa
“casa de los hombres”, en cada edad de la vida, en cada etapa de la
construcción de lo masculino, está
relacionada con un lugar, una habitación, un bar, un estadio de fútbol.
Es decir, un lugar propio en el que la homosocialidad puede vivirse y
experimentarse en el grupo de iguales. En esos grupos, los mayores, los que ya
han sido iniciados por los adultos,
muestran, corrigen y modelizan a los aspirantes a la virilidad. Al salir de la
primera “habitación” (de esa “casa”) cada hombre se convierte a
su vez en iniciador e iniciado.
Aprender
a sufrir para ser un hombre, a aceptar la ley de los mayores
Aprender
a estar con los hombres, o en el caso de los primeros aprendizajes deportivos
al entrar en la “casa de los hombres”, a estar con los aspirantes al
estatuto de hombre, obliga al
chico a aceptar la ley de los mayores, de los más antiguos. Los que le muestran y enseñan las reglas y el saber comportarse, el saber ser
hombre. La forma en que algunos
hombres recuerdan esa época y la emoción que sentían entonces, parece indicar
que esos periodos constituyen una forma de rito de iniciación.
Aprender
a jugar al jockey, al fútbol, al baloncesto, es ante todo una forma de decir:
“Quiero ser como los demás tíos. Quiero ser un hombre y, por lo
tanto, quiero distinguirme de su
opuesto (ser una mujer). Quiero disociarme del mundo de las
mujeres y de los niños14.”
Es, también, aprender a respetar los códigos, los ritos, que se convierten en operadores jerárquicos. Integrar códigos y
ritos, denominados reglas en deporte,
obliga a integrar corporalmente (incorporar) lo no-dicho. Uno de esos no-
dichos, que relatan algunos años más tarde los chicos ya convertidos en
hombres, es que el aprendizaje se
hace sufriendo. Sufrimientos síquicos, por temor a no conseguir jugar
tan bien como los demás. Sufrimiento de los cuerpos que deben
blindarse para poder jugar
correctamente. Los pies, las manos, los músculos... se forman, se modelan, se
endurecen, en una especie de juego sadomasoquista con el dolor. El
hombrecito debe aprender a aceptar
el sufrimiento – sin decir ni palabra y sin “maldecir” - para integrar
el círculo restringido de los hombres. En eso grupos monosexuados se
incorporan los gestos, los
movimientos, las reacciones masculinas, todo el capital de actitudes que
servirán para ser un hombre. Cada
hombre va, individualmente y colectivamente, a realizar su iniciación. A través
de esa iniciación se aprende la
sexualidad. El mensaje dominante es: ser hombre es ser
diferente, diferente de una mujer. En
los primeros grupos de chicos, se “entra” en una lucha “amistosa”
(aunque no tan amistosa como
parece, teniendo en cuenta la gran cantidad de lágrimas vertidas, de
decepciones, de desilusiones profundas asociadas con esa época) para
conseguir llegar al mismo nivel que
los demás y, a continuación, ser el mejor. Para ganarse el derecho de
estar con los hombres o de ser como los demás hombres. Tanto en los
hombres como en las mujeres, la
educación se adquiere por mimetismo. Y el mimetismo de los hombres
es un mimetismo de violencia. De violencia, en primer lugar, hacia sí
mismo, contra sí mismo. La guerra
que aprenden los hombres en sus propias carnes es ante todo una
guerra contra sí mismos. Luego, en una segunda etapa, es una guerra
contra los demás. Asimismo, he
demostrado como el análisis de “la primera habitación” de la “casa de
los hombres”, que he denominado
el vestíbulo de la “jaula de la virilidad”, es un lugar de
alto riesgo de abusos. En realidad, hablar de “la primera habitación”
de la “casa de los hombres”
constituye ya una forma de abuso de lenguaje. Habría que decir “las primeras
habitaciones”, debido a que la geografía de las “casas de los
hombres” es muy variada.
A
cada cultura o microcultura, incluso a veces a cada ciudad o pueblo, a cada
clase social, le corresponde una
forma de “casa de los hombres”. El tema de la iniciación de
los hombres se conjuga de muy diversas maneras. El concepto es constante
pero las formas variables.
Lo
masculino es a la vez sumisión al modelo y consecución de los privilegios del
modelo. Algunos mayores se aprovechan de la credulidad de esos nuevos
reclutas y esa primera “habitación”
de la “casa” es vivida por muchos chicos como la antecámara del
abuso. Y en una proporción que puede, a primera vista, sorprender no
solo, ya lo he mencionado, el
hombrecito empieza a descubrir que para ser viril hay que sufrir, sino que en
esa “habitación” (o en las demás, se trata aquí solo de una metáfora),
el joven puede ser, en algunos casos, iniciado por un mayor. Iniciado
sexualmente, lo que quiere decir también violado. Verse obligado – por coacción
o bajo amenazas – a acariciar, a chupar o a ser penetrado analmente por un
sexo o un objeto cualquiera. Masturbar al otro. Dejarse acariciar... Se puede
entender, por lo tanto, que los hombres, sometidos a tal iniciación impuesta,
conserven marcas imborrables de esa experiencia.
Todo
parece indicar, en base a las entrevistas realizadas en el marco del estudio
sobre la homofobia, así como, más tarde, en el estudio realizado sobre la cárcel
(Welzer-Lang,
Mathieu,
Faure, 1996), que muchos hombres que han sido tomados por otro hombre más mayor
no han dejado de reproducir esa forma particular de abuso. Como si quisiesen
repetirse a sí mismos: “Puesto que yo he pasado por esto, que él también
pase por lo mismo”. Y el abuso, además de los beneficios que proporciona,
reviste, en este caso, también una forma de exorcismo, un conjuro de la
desgracia vivida anteriormente.
Más
adelante, con el paso de los años, cuando el recuerdo del dolor y de la vergüenza
se van atenuando, el abuso inicial funcionaría como elemento de compensación,
un poco como en el caso de la apertura impuesta de una cuenta bancaria: los demás
abusos perpetrados serían algo así como los intereses que viene a reclamar el
ex hombre abusado. Y esto ocurre tanto en los casos de abusos realizados a
hombres como, en otros lugares, a mujeres.
Otros
se acorazan. Asumen, de una vez por todas16,
que la competición entre hombres es una jungla peligrosa en la que hay que
saber esconderse, resistir y, en resumidas cuentas, en el que la mejor defensa
es el ataque.
Conjurar
el miedo agrediendo al otro, y gozar de los beneficios del poder sobre el otro,
ese es el postulado que parece estar inscrito en el frente de todas las
“habitaciones” de la “casa”.
Pero,
no nos engañemos. Esa unión que hace la fuerza, ese aprendizaje de lo
colectivo, de la solidaridad, de la fraternidad – los hombres de un mismo
grupo pueden asimilarse a hermanos – no solo presenta aspectos negativos. A
pesar de que en la “casa de los hombres”, interviene la solidaridad
masculina para evitar el dolor de ser uno mismo víctima, esa “casa” es el
lugar de transmisión de valores que, si no estuviesen al servicio de la
dominación, resultarían valores positivos. Disfrutar juntos, descubrir el
interés de lo colectivo sobre lo individual, son valores humanistas sobre los
que se basa la solidaridad humana.
El
caso es que, en la socialización masculina, para ser un hombre, hay que
conseguir no ser asimilado a una mujer. Lo femenino se convierte, incluso, en el
elemento de rechazo central, en el enemigo interior a combatir, bajo pena de
verse uno mismo asimilado a una mujer y ser (mal) tratado como tal.
Y
sería un error limitar el análisis de la “casa de los hombres” a la
socialización infantil y juvenil. Ya en pareja, el hombre, aún “asumiendo”
su papel de hombre abastecedor, de padre que dirige la familia, de marido que
sabe lo que es bueno, y lo que está bien para la mujer y los hijos, sigue
frecuentando “habitaciones” de la “casa de los hombres”: los bares, los
clubes, incluso a veces la cárcel, en los que debe siempre distinguirse de los
débiles, de las “mujercitas”, de los “maricones”, o sea, de los que se
puede considerar como no hombres.
Lo
masculino, las relaciones entre hombres, están estructuradas en base a una
imagen jerarquizada de las relaciones hombres / mujeres. Los que no pueden
demostrar que “los tienen bien puestos”17
corren el riesgo de verse marginados y consideraros como dominados, como
las mujeres. Y se les señalará con el dedo.
Así,
en la cárcel, un segmento particular de la “casa de los hombres”, los jóvenes,
los hombres detectados o designados como homosexuales (los hombres
tildados de afeminados, travestís...), los hombres que se niegan a pelear,
incluso los que han sido pillados violando a dominadas18,
son tratados como mujeres, tomados sexualmente por los “grandes hombres” que
son los cabecillas, y son chantajeados, violados. A menudo, incluso, se ven
simplemente colocados en posición de “mujer para todo”, al servicio de los
que los controlan, y obligados a realizar tareas domésticas (limpieza de la
celda, de la ropa...) y servicios sexuales.
En
esa perspectiva, he sugerido definir la homofobia como la discriminación de
cara a las personas que demuestran, o a las que se les atribuyen, algunas
cualidades (o defectos) atribuidos al otro género. La homofobia cimienta las
fronteras de género.
Cuando,
junto con Pierre Dutey, interrogamos a unas 500 personas para saber cómo
reconocían a personas homosexuales en la calle, constatamos que la gran mayoría
solo habla de hombres homosexuales (el lesbianismo es invisible). Incluso,
asimilando a los homosexuales los hombres con ciertos signos de feminidad (voz,
vestimenta, físico).
Los
hombres que no muestran signos evidentes de virilidad son asimilados a las
mujeres y/o a sus equivalentes simbólicos: los homosexuales.
El
paradigma naturalista de la dominación masculina divide a hombres y mujeres en
grupos jerarquizados, otorga privilegios a los hombres en detrimento de las
mujeres y, de cara a los hombres que no deseen, por una u otra razón,
reproducir esa tendencia (o, incluso peor, que la rechacen para sí mismos), la
dominación masculina provoca la homofobia, con el fin de que, bajo amenazas,
los hombres repitan los esquemas establecidos como normales de la virilidad.
Asistimos, así, a un clara estratificación entre y dentro de los grupos
sociales: es decir, la homofobia permitiría estructurar las relaciones entre
los propios hombres, reafirmando sus “auténticos valores” masculinos.
Los
“Grandes Hombres”
Acabo
de mencionar a los cabecillas de la cárcel, considerados como “Grandes
Hombres”. Puede que la influencia del análisis marxista que ha privilegiado
las clases sociales, o del análisis feminista post-marxista que nos ha hecho
adoptar un análisis análogo para estudiar la dominación masculina (Delphy,
1970; Guillaumin, 1978), junto con algunos estudios sobre los hombres y lo
masculino, nos hayan ocultado lo que todo hombre sabe. Por muy hombre que uno
sea, por muy dominante, no deja de estar sometido a las jerarquías masculinas.
Todos los hombres no gozan del mismo poder, ni de los mismos privilegios.
Algunos, que yo denomino Grandes Hombres, gozan de privilegios que se ejercen a
costa de las mujeres (los otorgados a todos los hombres), pero también a costa
de los hombres. El análisis transversal de las relaciones sociales de sexo
ofrece pistas para el análisis y la reflexión, que me parecen importantes y
que me gustaría abordar aquí.
He
utilizado la metáfora / concepto de la “casa de los hombres” para describir
la socialización masculina. Pero, de momento, no he abordado la estructuración
funcional de lo masculino.
¿Quiénes
son los Grandes Hombres? ¿Cómo se retribuye su estatuto? Con dinero, honor
(que refuerza la virilidad, según P. Bourdieu) y estatutos de poder.
Empíricamente
[ver mis estudios sobre el cambio de parejas y el comercio del sexo (Welzer-Lang,
1988, a, b], sabemos que para un hombre el hecho de ser visto en compañía de
“bellas” mujeres hace que se le clasifique como Gran Hombre; al igual que el
que tiene dinero y/o poder sobre hombres y mujeres. Todo hombre tiene, o puede
tener, si acepta los códigos de la virilidad, poder sobre las mujeres (que
queda aún por cuantificar); algunos (jefes, Grandes Hombres) tienen además
poder también sobre los hombres. Y en torno a ese doble poder se estructuran la
jerarquías masculinas.
Podemos,
y debemos, asimismo, articular esas divisiones con las clases sociales. Un
ejecutivo o una ejecutiva, un empresario o un empresaria tiene – de hecho –
poder en el ámbito profesional sobre otros hombres y mujeres. Sin duda – ver
los trabajos de los sociólogos feministas y los de François de Singly – no
resulta indiferente, en este caso, ser hombre o mujer. Queda aún por analizar
el tema de las relaciones entre poderes profesionales y poderes (y privilegios)
domésticos. Pero todo eso es aún muy abstracto.
El
estudio de los “Grandes Hombres” proporciona, asimismo, otros medios para
analizar la distribución de los poderes masculinos sobre las mujeres y los
hombres.
Tomemos
como ejemplo, el de los legionarios19.
A su vuelta de misión en el extranjero, se les permite algunas libertades con
el alcohol y las mujeres. Todos, o algunos 20
tienen derecho a “traer mujeres en su equipaje”21.
Estas, inmigrantes, a menudo ilegales, no siempre hablan francés, incluso son
analfabetas, y dependen por lo tanto totalmente de los guerreros que las han traído.
“Hay que entender a los legionarios, se les traslada a cualquier sitio y se
les dice: ¡matad! Por lo tanto, hay que dejarles alguna libertad después...”,
me dijo un oficial del ejército. Esas mujeres (o esos chicos), procedentes de
países pobres, son un privilegio asociado al estatuto de guerrero
post-colonial. Convendría sin duda llevar a cabo un detallado examen para saber
quienes son los Grandes Hombres y cómo se distribuyen los poderes masculinos,
incluso entre los propios Grandes Hombres. Recurriendo a los trabajos de Maurice
Godelier y adaptándolos a nuestras sociedades, podríamos distinguir entre los
Grandes Hombres los que ostentan un poder político, religioso (o mágico), económico,
guerrero, administrativo, científico, universitario... establecer el peso de
dicho poder, instituido e instituyente, de cara a los privilegios que sus
funciones otorgan a esos hombres en sus relaciones con los hombres y las
mujeres. Una cuestión muy importante para el estudio de los cambios masculinos.
Algunos hombres (desempleados), que viven del subsidio social, aún ejerciendo
de hombres en sus relaciones con las mujeres, debido a su reducida movilidad
social, se encuentran muy cercanos a la situación de exclusión, de precariedad
de algunas mujeres, mientras que otras mujeres, de movilidad ascendente, tienden
a copiar los esquemas de competencia viril de los hombres.
Lo
que oculta, a fin de cuentas, el análisis naturalista de la división social en
géneros es la historicidad y la contingencia de dicha división. Y que, muy
probablemente, como consecuencia de las luchas feministas y de la evolución
igualitarista de nuestras sociedades, acabará volviéndose obsoleta22,
y se vera sustituida, quizás, por otras formas de dominación entre humanos y
humanas.
Pero
la dominación masculina no constituye el único paradigma que condiciona
nuestras representaciones y nuestras prácticas. Vamos a abordar, ahora, el tema
de la heterosexualidad.
La
heterosexualidad: un marco naturalista para dividir a hombres y mujeres
La
historia reciente de las ideas en Francia, en particular las que critican las
construcciones sociales del género masculino y/o de las sexualidades
masculinas, ofrece un doble análisis. Por un lado, los trabajos en torno al ámbito
feminista, que privilegian el análisis de las relaciones sociales de sexo, la
dominación masculina. Por otro lado, los textos, inspirados por Michel Foucault
(1976, 1984), de historiadores como Philippe Ariès (1973), J.L. Flandrin (1981,
1982, 1984)..., cuestionándose el marco heteroasexuado de la normalidad
masculina.
La
aparición de la scientia sexualis (Foucault, 1976), la definición de
los individuos, o ya a través de un dato fisiológico (el aparato genital),
sino a través de una categoría sicológica que es el deseo sexual, ha
contribuido a instaurar entre los hombres23
un marco heterosexual presentado, asimismo, como una forma natural de
sexualidad.
Asimilando
la sexualidad, y su lote de juegos, de deseos, de placeres en la reproducción
humana, el paradigma heterosexual se ha impuesto como línea de conducta para
los hombres.
Y
es la base, hoy en día, del heterosexismo. El heterosexismo – y ahora adopto
la definición americana – es discriminación y opresión, basadas en la
distinción establecida respecto a la orientación sexual. El heterosexismo es
la “promoción continua, por parte de las instituciones y/o de los individuos,
de la superioridad de la heterosexualidad y de la subordinación simultánea de
la homosexualidad. El heterosexismo da por hecho que todo el mundo es
heterosexual, salvo que se demuestre lo contrario.”24
Pero
sería un error limitar el marco de exclusión que genera el heterosexismo a la
homosexualidad. Cualquier forma reivindicada de sexualidad que se
distingue de la heterosexualidad se menosprecia y se considera como diferente de
la norma de sexo, que se impone como modelo único. Y lo mismo ocurre con la
bisexualidad, las sexualidades transexuales...
Está
claro que nos encontramos ante a un modelo político de gestión de los cuerpos
y de los deseos. Y los hombres que desean vivir sexualidades no heterocentradas,
se ven estigmatizados como hombres anormales, sospechosos de “pasivos” y
amenazados de ser asimilados y tratados como mujeres. Porque, de eso se trata:
ser hombre significa ser activo. Y no es casualidad que algunos violadores de
hombres entrevistados (Welzer-Lang, 1988), activos y penetrantes, no se
consideran homosexuales. Michael Pollack lo menciona también en su obra Los
homosexuales y el Sida. Hace referencia a “la jerarquía tradicionalmente
establecida [...] entre el “follado” y el “follador”, el
primero soportando mayor reprobación social, por el hecho de transgredir
abiertamente el orden “natural” de las cosas, organizado en torno a la
dualidad femenina (dominada) y masculina (dominante), hasta el punto que en
algunas culturas solo es considerado como “auténtico maricón” el que se
deja penetrar y no el que penetra” (Pollak 1988).
Una
vez más, el heterosexismo establece sus categorías. Distingue a los
dominantes, que son los hombres activos, penetrantes, de los demás, los
penetrados y la penetradas y, por lo tanto, dominados y dominadas25.
Y es claramente homofobia lo que se aplica a los y las homosexuales, a los y las
bisexuales bisexuales, a los y las transexuales... desvalorizándoles, porque no
adoptan, o son sospechosos /sospechosas de no adoptar, configuraciones sexuales
naturales.
Las
luchas contra las políticas del macho
Por
razones históricas, las luchas de los hombres contra la dominación masculina y
las luchas para criticar el heterosexismo, han constituido dos realidades
sociales disociadas.
Cada
paradigma naturalista genera y reproduce su propio sistema jerárquico de
clasificación, en el que la homofobia divide, segmenta en parejas opuestas, a
los que se asemejan al retrato del dominante y a los demás. Uno es hombre O
mujer, macho heterosexual (es decir “normal”) U otra cosa.
Entre
los hombres, los movimientos sociales han reproducido esa división. Por un
lado, en Francia, en los últimos diez años, han surgido numerosos grupos,
numerosas asociaciones dirigidas a los hombres. Algunos con una clara voluntad
de integrar a los hombres y mejorar su forma de vida (las redes de hombres
influenciadas por Guy Corneau), otros pretenden luchar contra el sexismo
ejercido, según ellos, en detrimento de los hombres (en su mayoría
asociaciones de padres divorciados26,
el Movimiento para la Condición Masculina...). Prácticamente todas esas
asociaciones o agrupaciones pretenden luchar contra los sufrimientos de los
hombres. Si añadimos a esa lista también algunos grupos de hombres que luchan
al lado de las feministas, del antisexismo, contra la homofobia, contra la
virilidad obligatoria, obtendremos una imagen bastante fiel de las reacciones
masculinas frente a los cambios deseados por el feminismo.
Esos
mismos hombres, unos años más tarde, se han definido en Francia y en Europa
como profeministas. El término profeminista ha sido adoptado por consenso entre
los hombres y las mujeres presentes en el coloquio del GREMF de 1996, en Québec.
Pretende
reunir a los hombres anteriormente denominados antisexistas, masculinistas27...
marcar la solidaridad de los hombres de cara a los análisis feministas y
respetar la autonomía del movimiento de las mujeres, dejándole la exclusividad
del término feminista. Y marca también una ruptura importante. Los
hombres profeministas se consideran personas construidas socialmente como
hombres, y por lo tanto dominantes con las mujeres. Su existencia cuestiona la
capacidad de alianzas y de análisis comunes entres hombres y mujeres,
dominantes y dominados. El profeminismo europeo plantea tanto el problema de la
opresión de las mujeres como el de la alineación de los hombres dominantes.
Asimismo,
en torno a los movimientos “squats” y diferentes grupos libertarios y
antifascistas, han ido surgiendo últimamente varios colectivos antisexistas (en
Nantes, Lille, París, Lyon, Montpellier...), que plantean el problema, de forma
mixta o no, de las luchas contra el sexismo, la homofobia y la lesbofobia.
Además,
en espacios muy diferentes, van surgiendo hombres que, desde el FHAR [un
movimiento creado por mujeres), o el PACS, pasando por la abrogación de las
leyes restrictivas contra la homosexualidad28,
luchan contra la heteronormatividad y sus efectos discriminatorios. Como grupo
dominado, los homosexuales masculinos han sacado a la luz las condiciones de
opresión que padecen: represión en numerosos países, incluida Francia,
derechos diferentes a los de los demás hombres, con la impresión de ser
tratados como ciudadanos de segunda clase, agresiones en el espacio público,
invisibilidad en los libros de texto, lo que contribuye a su aislamiento...
Entre
esas dos corrientes, no existe nada, o poca cosa29.
Algunos intentos de acercamiento, pero que se reduce a menudo a un grupo, los
gays, que se declara – con razón - dominado y se niega a aceptar que, incluso
dominados, siguen siendo hombres y, por lo tanto, dominantes de cara a las
mujeres. O algún otro grupo de dominantes, que afirman asumirse como tales,
pero preocupados por el problema de la evolución de las relaciones hombres /
mujeres. Y, sin embargo, para ser completo, el análisis crítico de lo
masculino debe asumir la crítica del conjunto del modelo macho. La distancia
que separa ambas tendencias críticas se ve incluso reforzada por la misoginia
de algunos hombres homosexuales, o por la utilización de diatribas homófobas
contra algunos gays afeminados (la “locas”), que reproducen, para algunos, a
través del juego y de la burla, los estereotipos de la feminidad.
Para
las mujeres, la situación, sin ser idéntica - puesto que las mujeres lesbianas
se han definido en su mayoría como feministas desde hace tiempo -, pone también
de manifiesto la dificultad de articular ese doble paradigma. Los recientes
trabajos del seminario de Toulouse “Gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros,
“queers”; Orientación e identidades sexuales, cuestiones de género”, han
demostrado la complejidad de las relaciones entre mujeres lesbianas y feministas
no lesbianas, dentro de movimiento de mujeres. Las homosexuales se quejan a
menudo de la invisibilidad de la que parecen ser objeto por parte de las demás
feministas.
El
feminismo agrupa hoy en día tendencias diversas y variadas. ¿Cómo favorecer
un amplio debate entre mujeres y hombres, para hacer avanzar los temas
igualitaristas y antisexistas? ¿Cómo evitar, en las asociaciones de hombres,
que se produzcan desviaciones reaccionarias y sexistas a costa de las mujeres?
Nos
enfrentamos, hoy en día, a una carencia. Carencia de análisis de las
construcciones sociales de lo masculino en su totalidad, carencia para entender
las evoluciones de los hombres en sus relaciones con las mujeres. Y en sus
relaciones con los hombres.
Lo
masculino en toda su amplitud y en mil pedazos
El
paisaje social de los hombres ha cambiado. Por supuesto, existen (algunos)
hombres progresistas o
igualitarios, que se hacen cargo de todo o de una parte del trabajo
doméstico, en particular cuando viven solos. Los que luchan junto con
las mujeres por la paridad en la
política, los que, frente al doble estándar asimétrico de lo limpio y lo
ordenado, o del amor, intentan negociar, como pueden, un acuerdo
igualitario con las mujeres. Los
que, criados en un ambiente mixto, se han tenido que enfrentar muy pronto
con la necesidad de encontrar un planteamiento común con sus amigas
mujeres, el aproximadamente
centenar de hombres profeministas...
Pero
no son las únicas transformaciones visibles. El surgimiento de nuevas figuras
de transgenders30,
que aparecen en los estudios sobre la prostitución, la confusión
momentánea o permanente31 de
las identidades asexuadas y sexuales ofrecidas, por
ejemplo, a través de los ordenadores, los centenares de SNAG (Sensitive
New Age Guys), como se les denomina
en Australia32, por no hablar de
las drag queens, esos hombres
que se visten de mujer y que no se definen ni como homosexuales, ni como
travestís, todo ello nos coloca ante la presencia de nuevas figuras del
desorden (Balandier, 1988) que
parece reinar en la masculinidad.
Los
modelos, las reivindicaciones y las vivencias del conjunto de esos hombres
ofrecen una enorme variedad, pero
tienen en común su cuestionamiento objetivo y/o subjetivo
de las definiciones homófobas y heterosexistas de “la masculinidad”,
su trasgresión de las definiciones
sociales. Las fronteras de género tienden, por el lado de los hombres, a
descomponerse, a explosionar, haciendo saltar en mil pedazos lo
masculino.
¿Qué
ocurre? Varias hipótesis parecen interesantes para explicar los cambios, y la
historia nos dirá si se trata solo de un fenómeno de moda o de una auténtica transformación de lo masculino como género.
Las
luchas de las mujeres y el feminismo han reprobado, con importante éxito pero
nunca de forma definitiva, la supremacía masculina. Ciertamente, la
dominación perdura, pero tiende a desmoronarse y a perder su agudeza
opresiva. Al mismo tiempo, el género
masculino ha buscado otros contenidos, otros valores. Lo que no quiere decir,
en absoluto – para nada – que no exista una recomposición de la
dominación masculina y que el cuestionamiento de la masculinidad sea lineal, o que
tengamos que olvidarnos de la
articulación entre relaciones sociales de sexo y de la estructuración en
clases sociales.
Paralelamente,
y de forma acelerada con la homosexualización del sida, el movimiento
gay ha criticado las bases homófobas de lo masculino y algunas jerarquías
de las relaciones entre hombres.
Aunque, como ya lo he mencionado, los gays no son los
últimos en querer esconder la emergencia de lo que se califica como
femenino en los hombres, el FHAR (y
sus famosas “gazolines”), el GLH, el CUARH (Comité de Urgencia Anti-Represión Homosexual) en su época militante,
el comercio gay y las asociaciones
de lucha contra el sida, han sacado a la luz, hoy en día, otros modelos de
“la” masculinidad. Por supuesto, una vez más, esas transgresiones de
la masculinidad, esas variaciones
de lo masculino, no significan de por sí cuestionamientos de las
relaciones sociales de sexo (o de género). Janis Raymond ya lo había señalado
en el caso de las transexuales (1981); la dificultad de algunos
gays para aceptar que lo que viven
las mujeres homosexuales es diferente de los que ellos mismos viven constituye
otro ejemplo33. Tal y como
lo subraya, acertadamente, Nicole-Claude Mathieu (1994):
“No sabemos si existe una categoría de “hombres”, solo se habla de
lo masculino”.
Al
analizar algunas formas de emergencia de nuevas figuras masculinas, a la luz de
las relaciones sociales de sexo,
los ejemplos de no cuestionamiento de las posiciones de
dominación masculina son numerosos: en el contexto de la prostitución,
los transgenders pretenden,
como hombres, saber más que las mujeres respecto a lo que
desean los hombres-clientes, saber responder mejor a sus peticiones.
Algunos de los hombres que se
autodefinen como “feministas” no se resisten a dar lecciones de
feminismo a sus amigas, pero se niegan a hablar de ellos como hombres.
Las drag queens se
consideran más bellas que las mujeres. En cuanto a los hombres en Internet,
esas mujeres telemáticas, organizan espacios en los que pueden evitar
los enfrentamientos con mujeres y
en los que creer que hombres y mujeres buscan
satisfacer instrumentalmente los mimos deseos y erotismos. Y, por
supuesto, también podría hacer
referencia a las reivindicaciones de los “padres divorciados” que, para
algunos, pretenden controlar no su paternidad (como ocurrió con los
militantes del ARDECOM), sino la anticoncepción y el derecho al aborto de
sus compañeras. Algunos llegan
incluso a reivindicar que se demuestre menor credulidad en caso de denuncia
femenina por violación. En
resumidas cuentas, transgredir socialmente las categorías sociales de la
masculinidad, cuestionar la unicidad del modelo, marca sin duda una
crisis profunda de la identidad
masculina, enfrentada a los efectos del feminismo y a las críticas de los
gays. Y traduce, asimismo, las transformaciones de las relaciones intragénero,
que pueden no tener consecuencias en las relaciones intergénero,
en la relaciones sociales de sexo
entre hombres y mujeres.
Pero
considerar esa parte de los hombres y de lo masculino denominados gays,
homosexuales, “maricones”, “bi”, transgéneros ... pasa por la
liberalización de los esquemas de comprensión de la inteligencia de lo social.
Abrirse a las cuestiones gays y lesbianas
para los antisexistas y los profeministas, entender el marco feminista y
profeminista para los y las que se muestran interesados / interesadas por
las problemáticas gays y
lesbianas, nos lleva a dudar de nuestras dulces certezas, heredadas
de un pasado sexista, homófobo y lesbófobo; la problemática
“queer”34 constituye un
buen ejemplo de ello.
Los
activistas “queers”35se
definen como antiasimilacionistas y pretenden agrupar a
todos y todas los / las que adopten identidades sexuales y/o identidades
de género diferenciadas de las
normas heterosexuales: gays, lesbianas, transgéneros, bisexuales...
Al
criticar, al mismo tiempo, el binarismo hombre / mujer, así como el
heterosexismo de la clasificación
en categorías, el análisis “queer” saca a la luz una parte de los
cambios actuales. Queda aún, para percibir dichos cambios, por“queerizar”
las investigaciones llevadas a
cabo: aceptar superar el simple discurso de los hombres,
recogido en las grandes encuestas sobre la sexualidad, para ir más allá
y ver lo que ocurre en la acera,
superar el oprobio moral, el estigma (Pheterson, 1992) que provoca la pertenencia al grupo de personas prostituidas, escuchar a
los / las transexuales y lo que nos
revelan respecto a nuestras certidumbres, investigar en los lugares de consumo
sexual para admitir la ineficacia de nuestras taxonomías, etc. Es decir,
salir de nuestros laboratorios para acercarnos a las gentes, a sus discursos y
a sus prácticas. Lo que no suele
ser, por desgracia, la metodología más habitual en los estudios sobre las
sexualidades de hoy. Tal y como recalcaba un Gran Sociólogo, en las
peripecias que salpicaron mi
Habilitación para Dirigir Investigaciones: “Estudiar el comportamiento de
un taller de fabricación de automóviles es, en sociología, algo
corriente: aplicar ese mismo método
a militantes de extrema derecha o a los adeptos de una secta es algo más
temerario; seguir la misma vía para los prostitutos o los intercambios
de pareja es algo escandaloso y
sospechoso de perversidad”. Podemos
imaginar que el término, la palabra-imagen o el concepto queer,
afrancesado, se convierta rápidamente
en federativo del desorden que reina en los análisis críticos de
lo masculino. Pierre Bourdieu señalaba (1997) que el movimiento gay y
lesbiano carecía de un portavoz
emblemático. Se plantea también la carencia de signo distintivo,
de bandera36 de los
movimientos que critican la heteronormatividad, que engloban en su
seno a gays y lesbianas de las nuevas generaciones militantes, pero también
a personas que desean situarse
fuera de ese binarismo sexual. Basta, al respecto, recordar el amplio
público asistente a los Lesbian and gais Pride en Francia, que no
podemos reducir à la atracción de los comercios gays37,
el movimiento de apoyo suscitado por el PACS, para constatar el eco alcanzado por esta problemática, que
desborda ampliamente las poblaciones
homosexuales.
Los
hombres y lo masculino a debate
De
hecho, el doble paradigma naturalista que define la superioridad masculina sobre
las mujeres, por un lado, y la
norma que impone cómo debe ser la sexualidad masculina,
tienen en común el hecho de producir una norma política andro-heterocentrada
y homófoba, que nos dice cómo
tiene que ser el auténtico hombre, el hombre normal. Ese
hombre, el hombre viril en su representación de sí mismo y en sus prácticas,
por lo tanto no afeminado, activo,
dominante, puede beneficiarse de los privilegios de género. Los
demás, los que se distinguen, por una u otra razón, por sus apariencias
o sus preferencias sexuales hacia
hombres, representan una forma de insumisión al género, a
la normativa heterosexual, a la “doxa” de sexo (Haicault, 1992) y se
ven simbólicamente excluidos del
grupo de hombres, por pertenecer a los “otros”, al grupo
de dominados /dominadas, que incluye a las mujeres, a los niños y a
cualquier persona que no sea un
hombre normal.
En
las ciencias sociales también, al igual que en el sentido común, el análisis
que prevalece es el heterocentrista.
En el mejor de los casos, hoy en día, tras las luchas por
sacar a la luz la homosexualidad, tras la aparente compasión de cara a
la homosexualización del sida (Defert,
1990), vemos aparecer un “heterosexismo diferencialista”,
una “tolerancia opresiva” según Altmann (1971), que acepta el hecho
de que existen seres diferentes: los /las homosexuales y, por
consiguiente, es normal, progresista,
otorgarles algunos derechos38.
Los
debates recientes, y aún de actualidad al publicar este texto, sobre la
homoparentalidad39 ponen
de manifiesto los límites objetivos de ese análisis naturalista
diferencialista.
La
crítica por parte de las feministas de la dominación masculina había hecho
temer a algunos/ algunas la aparición
de un modelo único (El uno es el otro), de un andrógino
indiferenciado. Y es precisamente lo contrario lo que surge entre los
hombres. Trangenders, transgéneros,
drag queens, SNAG, “gender fuckers” ... son algunos de
esos ejemplos. Opuestos a la dualidad de los modelos de masculinidad y de
feminidad, los cuestionamientos
masculinos del sexismo y/o de la homofobia y/o del patriarcado
/viriarcado, dan lugar a la aparición de nuevos modelos, en los que las
luchas internas relacionadas con
las relaciones sociales de sexo encuentran otros foros de debate.
¿Cómo
analizar esas transformaciones, esas fluctuaciones, esas aparentes
transgresiones de modelo? ¿Qué
herramientas teóricas utilizar para saber lo que, en esas evoluciones,
constituye auténticos cambios, o lo que solo son cambios cosméticos,
incluso formas de recuperación de
un poder macho, heteronormalizado o no, criticado por las feministas?
La
adopción de una problemática crítica, en lo que respecta al doble paradigma
naturalista que estructura lo masculino, ofrece asimismo una renovación
de los debates en curso en las
ciencias sociales, así como en otros campos. La consideración de un
análisis no heteronormativo abre espacios de discusión, cuestiona
nuestras presuposiciones sobre los
hombres y lo masculino. De momento, en los textos que se
declaran progresistas y no excluyentes, en los que se destaca el
heterosexismo diferencialista, una
nota a pie de página nos informa que el autor considera que su
análisis es también válido para los / las homosexuales40.
Por supuesto que ellos /ellas existen.
Pero no se trata tanto de sacar a la luz su existencia sino más bien de
integrar su presencia en los análisis,
de cuestionar las presuposiciones naturalistas que organizan su
invisibilización. Cambiar
nuestros paradigmas críticos, aceptar, por lo menos, relacionar los análisis
antisexistas y no heteronormativos, ofrece herramientas para deconstruir
nuestras representaciones unívocas,
y a menudo uniformes, de los hombres y de lo masculino.
Escuchar a los hombres y a las mujeres que, hoy en día, viven, ponen en
escena o sugieren otros tipos de
sexualidad y de género41 contribuye
a ello.
Daniel Welzer-Lang
1
Ver, al respecto, los análisis de Michel Bozon
(1998), François de Singly (1987, 1993, 1996, et.), Pierre Bourdieu (1990,
1998), Jacques Comailles (1992), etc. La utilización del marco de dominación
masculina, o de las relaciones sociales de sexo, por parte de los sociólogos,
recurso ya muy antiguo para algunos autores como Maurice Godelier y François de
Singly, ha sido en algunos casos denunciada por sociólogos feministas, como
constitutivas de un nuevo rechazo del trabajo realizado por sociólogos
feministas (Devreux, 1995). En cuanto a los trabajos de Bourdieu, recomiendo
leer las interesantes críticas recientes (Mathieu, 1999; Louis, 1999). En lo
que a mi respecta, abordo el tema de las relaciones entre los hombres y las
relaciones sociales de sexo en un artículo publicado (Welzer-Lang 1999).
2
En particular, en los trabajos realizados en el
marco del APRE (Taller de Producción-Reproducción) que, tras un primer trabajo
colectivo (colectivo, 1984) se reúne entre 1985 y 1987, así como los análisis
de la ATP “Mujeres, Feminismo, Investigación” (Kurtig Kail, 1991).
3
Idea que aún se desprende del análisis fixista de
Pierre Bourdieu (1998).
4
Ver, en particular, el importante trabajo que lleva
actualmente a cabo el grupo de investigación MAGE (Mercado del trabajo y Género) en el ámbito del trabajo
asalariado.
5
Me refiero, en particular, a los análisis de N-C
Mathieu (1985, 1991) sobre los efectos diferenciados que
produce la dominación masculina en la conciencia, la percepción y el
conocimiento social; a los textos de Maurice
Godelier (1982, 1995), que muestra cómo en la dominación masculina subyacen
secretos colectivos que comparten los dominantes, secretos que, en
algunos casos, como entre los Baruyas que ha
estudiado, no pueden ser desvelados a las mujeres, bajo pena de muerte.
6
Una de las enseñanzas de mis trabajos es
precisamente la doble definición de los hechos sociales, el
“doble estándar asimétrico”. Así, he demostrado, tras el análisis
de varios centenares de testimonios detallados
(Welzer-Lang, 1988, 1991, 1992), que no solo los hombres violentos y las mujeres
violentadas no hablan siempre de lo
mismo cuando, tanto ellos como ellas, describen las violencias, sino que, además,
en cuanto superan la negación, actitud defensiva primera, los hombres
violentos pueden definir mayores violencias
que sus compañeras. Es decir, nuestras categorías de definición de la
violencia constituyen también
prenociones que hay que desconstruir...
Asimismo,
junto con Jean Paul Filiod (Welzer-Lang, Filiod, 1994), hemos demostrado que ese
calcetín tirado constantemente en
la pareja, pero también la ausencia de espacio adecuado para el hombre
“ordinario” en la casa, son signos sorprendentes pero tangibles de
las relaciones sociales de sexo actuales.
Nos
ha resultado relativamente fácil demostrar que, en lo que se refiere a la
limpieza y al orden, los hombres y
las mujeres se rigen por dos lógicas distintas, dos simbólicas diferentes...
Las mujeres son preventivas y los hombres son curativos. Al menos en las
construcciones sociales habituales, ligadas a la
dominación. Por supuesto, se trata solo de construcciones sociales ...
Pero
constituyen un auténtico problema epistemológico en el estudio de las
relaciones entre géneros. Los investigadores
e investigadoras deben aceptar como postulado que no solo nuestras informaciones
sobre las formas de dominación son
diferentes, sino que, además, ellos y ellas deben establecer sus
consecuencias científicas. Dejar ya de buscar, a cualquier precio, lo
que marca la diferencia entre los sexos,
para describir y entender cómo la diferencia se construye socialmente para
ocultar las relaciones sociales de
sexo.
7
Algunos, como Bourdieu, siguen considerándolas
ante todo simbólicas, a pesar de que los trabajos de las mujeres feministas intelectuales o activistas, los trabajos
de los hombres que han estudiado el tema, como
los míos (Welzer-Lang, 1988, 1991, 1992, 1998) muestran cómo, sin ni
siquiera hablar de violencia económica
que limita la autonomía de las mujeres, la violencia física está presente
diariamente – en particular a
través del miedo a que se (re)produzca –, convirtiéndose en un auténtico
freno para la autonomía de las
mujeres.
8
En particular, para determinar cuál de las dos,
sexo o género, precede a la otra y/o qué análisis sociológicos y políticos subyacen en las representaciones
de las relaciones entre sexo y género. Ver, al
respecto, los escritos de Christine Delphy (1991, 1998), Nicole-Claude
Mathieu (1989, 1991).
9
¿Conviene validar la hipótesis de un backlash
generalizado (Faludi, 1993), incluso pensar, tal y como lo
postulan Anne-Marie Devreux y Huguette Dagenais, que el cambio social es
“a menudo, e incluso muy a menudo
[subrayado por mi], una agravación de la situación de las dominadas y
oprimidas”? (Dagenais, Devreux,
1998).
10
Los textos de estas autoras, en los que se sustenta
en la actualidad el análisis feminista, están
nuevamente disponibles y reunidos en diferentes obras: Mathieu (1991),
Guillaumin (1992), Delphy (1998),
Tabet (1998). Su lectura constituye un paso previo para quién desee conocer las
bases de la deconstrucción
feminista.
11
Ese concepto de patriarcado, definido por Delphy en
1970, ampliamente recuperado por el movimiento
social (feminismo, antisexismo...) siempre me ha molestado. En particular
para trabajar sobre los hombres,
que no era el objetivo de Delphy. En su aceptación de sentido común, el término
recogido de la antropología, lleva
como connotación el poder de los padres (los patriarcas) sobre las mujeres y
los niños. Al pretender ser
descriptivo de la dominación masculina, no consigue poner de relieve los
cambios en las relaciones sociales
de sexo y, en particular, las modificaciones que afectan a las relaciones de
poder (el derecho de custodia
otorgado a las madres, por ejemplo) y de apropiación de los hijos. Sin embargo,
en ese ámbito – y es
precisamente en lo que se basan las críticas de los movimientos reaccionarios
de padres divorciados, como el Movimiento para la Condición Masculina – los años
80-90 han visto modificarse las leyes en detrimento del poder patriarcal (ver Théry, 1998).
En lo que a mi respecta, durante mucho tiempo
he preferido, y utilizado, el término de viriarcado, propuesto por Nicole-Claude
Mathieu (1985) y que ésta define
como el poder de los hombres, ya sean padres o no, y sean las sociedades
patrilineales y patrilocales o no.
12
O de algunos hombres que cuidan de los niños pequeños.
13
Que podríamos definir como las relaciones sociales
entre las personas del mismo sexo, es decir las relaciones entre hombres o las relaciones entre mujeres.
14
En algunos grupos masculinos, alrededor de una
pelota o de un stick de jockey, aparecen en la actualidad algunas mujeres. Tras
haber observado a esa chicas, que sus padres califican de “marimachos”, todo
parece sugerir que ellas también, de momento, desean acceder al estatuto de
“tíos”, de machos...
Veremos
lo que nos deparan los próximos años, respecto a los efectos de una mixtidad
real de dichos aprendizajes, en la evolución de la homofilia y del estatuto de
la virilidad.
15
En Québec, en 1984, un comité contra las
infracciones sexuales sobre niños y jóvenes señalaba que, a pesar del número
extremadamente reducido de denuncias por violación presentadas por hombres, un
estudio canadiense ponía de manifiesto que una de cada dos mujeres y uno de
cada 3 hombres confesaban haber sido víctimas de actos sexuales no deseados
(42,1% de las personas en Canadá y 40,2% en Québec). La mayoría de esas
personas han sido agredidas durante su infancia o su adolescencia (Badgley,
1984). Para compararlos con los datos franceses, no contradictorios con el
estudio realizado en Québec, remito a mi texto sobre la homofobia (1984).
16
O más exactamente, durante un tiempo más o menos
largo, en función de la capacidad que se les brinde de escucha y de justicia.
Todo hombre abusado se culpabiliza y se responsabiliza de lo que ha vivido. Se
ha mostrado incapaz de defenderse. Ha fracasado de cara a esa regla primera de
los hombres que dicta no dejarse meter o dejarse tomar. Además de los traumas físicos,
es muy fuerte la vergüenza de haber sido engañado, de haber sido tomado
“como una mujer”.
17
Encontramos aquí el fetichismo fálico de la
virilidad.
18
Idealmente, en la ideología masculina, uno debe
apropiarse de las mujeres respetando el mandamiento de que “no se debe pegar a
una mujer, ni siquiera con una rosa”. El encanto y la seducción natural del
macho superior debería ser suficiente. Incluso si esa “seducción” consiste
en acoso, más o menos insistente.
19
Estamos, en la actualidad, llevando a cabo un
estudio sobre el “tráfico” de mujeres por los legionarios.
20
La investigación para precisar el marco exacto de
dichos privilegios aún no ha finalizado.
21
Más tarde, he descubierto (secreto muy bien
guardado) que algunas “mujeres” tenían “un pene entre las piernas”, según
uno de mis informadores (un legionario homosexual).
22
Ver, al respecto, el excelente artículo de
Christine Delphy de 1991.
23
Este análisis sobre los beneficios del modelo
heterosexual debe matizarse en lo que respecta a las mujeres. El marco
heterosexual, que también les viene impuesto, se combina con una atracción
masculina por amores sáficos bajo control. Basta con ver la gran cantidad de vídeos
pornográficos con escenas – para hombres espectadores – de lesbianas. Estas
– la homofobia manda – son conformes a los criterios masculinos y homófobos
del erotismo.
24
Esta definición, publicada en 1994, es una
adaptación (libre) de la definición propuesta por Joseph Neise (1990).
25
A menudo se menosprecian las representaciones
ligadas a la heterosexualidad. Así, en un curso de formación de altos
responsables de una gran asociación humanitaria sobre la sexualidad relacionada
con el Sida, unos de los responsables, médico, se permitía presumir de la
atracción erótica que ejercía sobre él la sodomización de una mujer,
mientras declaraba, respecto a las relaciones anales entre hombres que eran
“antinaturales y, sobre todo, sucias y repugnantes”.
26
Recomendamos, sobre este tema, la lectura del
trabajo innovador de Germain Dulac (1993).
27
Este término, adoptado por los grupos de hombres
franceses progresistas en los años 1980, no tenía, por aquel entonces, ninguna
connotación revanchista ni reaccionaria.
28
Antes de 1981, la edad de la mayoría sexual era más
tardía, en lo que se refiere a las relaciones homosexuales.
29
Salvo una marcada excepción: la revista Star, que
establece relaciones entre feminismo y luchas contra la homofobia: “Hetero u
homo, sin cuartel para los machos”. Star tiende cada vez más hacia una crítica
“queers” de las identidades de género: “Somos “Queers” porque no
somos heteros, sino bisexuales,, lesbianas, gays, travestís, transexuales...”
se lee en uno de sus anuncios publicado en 1994. Sin olvidar asociaciones como
el MFPF (Movimiento Francés de Planificación Familiar) que, desde hace tiempo,
incorpora, bajo diferentes formas, las luchas feministas y los análisis
antidiscriminatorios sobre los homosexuales.
30
Hemos definido como “transgenders, transgéneros”
a las prostitutas, hombres de nacimiento que se prostituyen como mujeres. En
nuestro trabajo de investigación, llevado a cabo en 1992 en Lyon, junto con
Odette Barbosa y Lillian Mathieu, representaban una de cada tres mujeres [esta
cifra es habitual en las grandes ciudades europeas), pero sobre todo, captaban
gran parte de los clientes, considerados por los investigadores como
heterosexuales.
31
Nada novedoso, por cierto: Kacques Revel (1984)
ofrece algunos ejemplos históricos.
32
Con sus equivalentes, en Francia y en Québec: la
Red-Hombres-Québec o la Red-Hombres-Francia, creada por Guy Corneau, es decir
hombres que utilizan grupos de expresión y/o de terapia para vivir mejor sus
masculinidades y sus relaciones con las mujeres.
33
Basta con ver, al respecto, las dificultades para
hacer aceptar el término de lesbofobia.
34
El análisis crítico de esa corriente, realizado
por Sylvie Tomolillo, está a punto de ser publicado.
35
Las Brigadas Rosas, las Fracciones del Ejército
Rosa, los Corazones del Ejército Rosa, las revistas Androzine y, sobre todo, la
revista Star (Lyon) son algunas de esas nuevas apariciones entre los activistas;
el seminario Zoo de París ha desarrollado análisis “queer” durante dos años
consecutivos (Marie-Hélène Bourcier, 1998). En Toulouse, varios debates han
sido organizados sobre ese mismo tema, en particular con ocasión de la
investigación sobre las Hermanas de la Indulgencia Perpetua, llevada a cabo con
Sylvie Tomolillo e Yves Le Talec.
36
Lo que, conviene recalcarlo, va en contra de la
voluntad de los activistas “queer” americanos y americanas, que nunca han
querido que el término queer se convierta en una bandera o un emblema.
37
A pesar de que la centralidad de los
establecimientos gays en los comercios nocturnos constituye también una forma
de integración del modo de vida homosexual en la población en general, y entre
los jóvenes en particular.
38
Ese heterosexismo diferencialista produce también
a veces “la homofobia diferencialista” cuando, por ejemplo, se admite que
los /las homosexuales (u otros grupos específicos) poseen cualidades colectivas
e individuales (sensibilidad, gustos...) algo diferentes de los hombres y
mujeres normales.
39
La capacidad jurídica y social para hombres y
mujeres homosexuales de traer al mundo y/o criar hijos.
40
El método es conocido. Es a menudo utilizado por
los autores y autoras que se resisten a feminizar sus textos y se limitan a
declarar que, incluso escrito en masculino, su texto integra, no obstante, a las
mujeres.
41
Me refiero a los / las que provocan, falsifican,
desvían los atributos del género y que, de hecho, demuestran así su
no-naturalidad.