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CUSTODIA
COMPARTIDA La crisis de la familia
tradicional y Página web: www.heterodoxia.net Página personal: www.telefonica.net/web2/sword/default.htm
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En fechas recientes está arreciando, con especial virulencia, una campaña sostenida por una miríada de pequeñas organizaciones de padres divorciados y separados, a los que suelen llamar asociaciones de padres y madres divorciados, pero que vienen a representar los intereses de una serie de grupos masculinos que ven cuestionada su autoridad y privilegios asociados a un modelo tradicional de familia. Son grupos especialmente activos ya que en ellos se concentran hombres con unas elevadas cargas de frustración asociadas a procesos personales de separación y concentran sus iras en la desestimación más frecuente que viene realizando la jurisprudencia de sus solicitudes de custodia de los hijos frente a las madres.
El eje de sus
argumentaciones pretende situar a lo que denominan “custodia compartida”
como la mejor defensa de los intereses del menor. Defienden que los niños y las
niñas necesitan en su procesos socializador del efecto benéfico psicológico
del acceso tanto al modelo paterno tanto como el modelo materno, envolviendo así
su discurso de un aura de rotundidad de incuestionada verdad científica.
Se trata de un
fenómeno relativamente novedoso en nuestro pais teniendo en cuenta que la fecha
de la que data nuestra actual ley de divorcio es de 1981, que debe ser enmarcado
dentro de los procesos contemporáneos de reconstitución de las masculinidades
y las paternidades, de manera que el rol del cabeza de familia, sus privilegios
y autoridad está siendo cuestionada desde diversos ángulos.
La familia ha
sido uno de los lugares centrales donde la autoridad del hombre ha sido
cuestionada, pero donde al mismo tiempo se ha perpetuado. Ya sea como hijos,
padres, pareja o pariente en general, los hombres están sufriendo -o
protagonizando- transformaciones en los modelos de masculinidad y la forma como
construyen su autoridad en la familia.
El
“trabajo” ha representado una de las fuentes de poder y recursos más
importantes para la generalidad de los hombres, así como una forma de
identidad. En un escenario de desempleo, empleo precario o subempleo; en
definitiva, en un escenario dónde no acceden al “salario familiar”,
“se produce un sentimiento de demasculinización –no equiparable al caso de
las mujeres-“ (Sánchez-Palencia e Hidalgo, 2001: 15), debido a sus
resistencias y dificultades para adaptarse a una nueva situación social y
psicológica en la que ya no son el único sostén de la familia, ya no son los
que traen el pan a casa[1][1].
Consiguientemente su autoridad, fraguada en la compenetración entre provisión
y masculinidad, ha perdido su soporte: los hombres ya no pueden afirmar
alegremente que “aquí, quien lleva los pantalones soy yo”[2][2],
o “niño, cuando seas mayor comerás huevos”. Estos “dichos populares”
pueden servir de expresión sobre la dimensión de género y edad sobre la que
se ha construido la autoridad y dominación masculina en la cultura de nuestro
país (entre otras).
La provisión económica y la protección familiar del cabeza de familia,
que se ha presentado como un mandato[3][3]
central de los modelos hegemónicos de masculinidad, corresponde cada vez menos
con las experiencias de los hombres. Pero no es únicamente el nuevo escenario
posfordista del empleo para los hombres, sino los crecientes niveles de empleo
de las mujeres, lo que está socavando las bases de la autoridad masculina en la
familia.
En primer lugar, el creciente empleo de las mujeres está produciendo
nuevos acuerdos en las relaciones conyugales, ya que la existencia de una doble
renta posibilita que los arreglos convivenciales se vean modificados. Se ha señalado
(Oakley y Rigby, 1998) que la implicación masculina en las tareas domésticas
depende más de la falta de disponibilidad del trabajo doméstico de la mujer
-habitualmente porque ésta desarrolle una vida laboral-, que del empleo o
desempleo del hombre -su presencia y disponibilidad de tiempo para el cuidado-.
En segundo lugar, el empleo de las mujeres –unido al empuje del movimiento de
liberación sexual-, está posibilitando la emergencia de una diversidad de
nuevos modelos familiares (familias monoparentales, familias reconstituidas,
familias basadas en parejas homosexuales y en uniones de hecho, etc) que
cuestionan el carácter heterosexista del proyecto de la familia tradicional.
Así, los hombres pierden: por un lado, la legitimidad como proveedores
–ganapanes-; por otro, los privilegios asociados a la condición de
progenitores (dados los avances en las técnicas de reproducción
asistida); y finalmente, la autoridad como supuestos inexcusables referentes
simbólicos en la crianza de los niños.
Como venimos señalado
las condiciones sociales, económicas y culturales, que han sostenido
tradicionalmente los significados de la paternidad –en especial aquellos
significados asociados al varón ganapanes, su autoridad moral y su paternidad
indiscutida-, han cambiado. Las transformaciones en las prácticas e ideas
sobre este aspecto de la masculinidad no son tan recientes. Para Collier (Collier,
1995, 1996) es posible enmarcar las transformaciones del significado de la
paternidad, dentro del intento de “modernizar
la masculinidad” durante todo el siglo XX, y de re-situar las
masculinidades, fijándolas a los derechos del hombre y las responsabilidades
dentro de la familia. La importancia dada al papel de los hombres como padres si
es nueva, y se eleva, en los discursos sociales y políticos, por encima del
papel de los hombres como trabajadores, ciudadanos, maridos/compañeros,
soldados, etcétera. Hasta cierto punto, la paternidad se ha convertido en la
lente a través de la que comprendemos y significamos estos otros roles (con la
posible excepción del soldado).
Paternidades: el problema de la “ausencia” y el problema de la “distancia”.
Como ya hemos
señalado, las condiciones sociales, económicas y culturales que han sostenido
tradicionalmente los significados de la paternidad –en concreto aquellos
significados asociados al varón ganapanes, su autoridad moral y su paternidad
indiscutida- han sido objeto de cuestionamiento y de transformación,
especialmente durante la última década (Knijn, 1995). Este proceso ha
generado, y ha sido generado por una diversidad de discursos sobre la familia,
el divorcio, las madres solteras, la infancia, la criminalidad, la educación,
el desempleo y la sexualidad, que comparten la intención de cuestionar y
evaluar la naturaleza y papel de la paternidad.
Querría aquí
hacer un repaso de algunas posiciones discursivas contemporáneas que han
ayudado a producir su significado e importancia en la configuración de las
masculinidades. Algunos de los discursos sobre la paternidad han resultado más
centrales que otros en la creación e implementación de políticas. Siguiendo a
Williams (En Popay et al., 1998) se podría diferenciar posiciones sobre la
paternidad como “tradicionales”, “progresistas”, “anti-feministas” o
“profeministas”, pero tales distinciones son demasiado simplistas y
descansan frecuentemente en discursos compartidos sobre la masculinidad y la
normalidad en relación con la vida familiar. La categorización de Knijn (Knijn,
1995, 11-17) distingue entre explicaciones feministas –que suelen
problematizar el poder masculino en la familia y requieren una igualdad más
profunda en la división del trabajo doméstico-, y una posición
estructuralista -que identifica la transición a una economía post-industrial
como el mecanismo que ha desprovisto a muchos hombres de su capacidad de cumplir
su principal rol como padres -el proveedor-[4][4].
Esta conceptualización es útil pero acarrea el problema de sobrestimar las
diferencias entre estas explicaciones y pasar por alto las formas en que se
solapan.
Lo interesante
puede ser examinar el efecto de imbricación y solapamiento de los discursos
sobre los hombres, las masculinidades y la paternidad. He utilizado la distinción
de Williams (1998) que resulta altamente específica al debate en sí y que
representa dos de las vías históricas recientes que han marcado el desarrollo
en este terreno. Por una lado, se ha dado un desarrollo en torno al pánico
sobre el “padre ausente”, especialmente en un sentido moral y económico.
Por el otro lado, se han hecho llamados a la reconstrucción de la masculinidad
paternal en términos de una mayor implicación con el cuidado de los niños y
mayor equiparación en los papeles de crianza. En este caso el problema es la
distancia del padre en su capacidad emocional y de cuidado. Esta distinción
gira en torno a los discursos de ausencia y distancia pero como veremos cada
discurso lanza puentes entre ambos.
La
problematización de la paternidad es, en cierta manera novedosa, lo que indica
los términos realmente contingentes sobre los que se ha venido construyendo a
lo largo del ultimo siglo. Siguiendo a Hearn (Hearn, 1992) es importante señalar
que se produjo, durante el siglo diecinueve, primero en los estratos acomodados,
una separación de hecho y simbólica, de la esfera pública y privada que
concedió a la maternidad una relevancia especial dentro del ámbito privado. La
maternidad se construyo como un estado natural de actividad y envolvimiento,
necesitado sin embargo de control y supervisión. Así los expertos de la
psicología, la pedagogía y la salud infantil, jugaron un papel fundamental en
la construcción del ama de casa “profesionalizada” y del hogar
“tecnificado” (Ehrenreich y English, 1973). Mientras, la paternidad fue
“reconstituida” como un estado contingente sobre otras condiciones de
actividad. La capacidad masculina como proveedor económico fue central a estas
condiciones durante todo el siglo. Derivado de su poder económico, se concedió
a los hombres responsabilidades de provisión y protección de esposa e hijos,
pero también se legitimaron su autoridad, derechos legales e informales de
control sobre los mismos. Adjunto a estas dimensiones económicas, morales y
legales, el matrimonio aseguró a los hombres la paternidad indiscutida de sus
hijos y de esta forma aseguró la legitimidad de su descendencia. Históricamente,
habia sido el matrimonio mas que la paternidad lo que determinaba los derechos
económicos, legales y sociales, y las responsabilidades que han formado parte
de la paternidad (Collier, 1995, p.185).
Como ya señalamos
anteriormente, el Estado de Bienestar británico[5][5]
ha desarrollado un fuerte régimen masculino de provisión económica, y una
diferenciación de políticas, ya fueran enfocadas a los hombres o las mujeres,
fruto de la combinación de políticas paternalistas y maternalistas. Este
Estado priorizó en sus políticas los roles de los hombres como trabajadores,
ciudadanos y soldados, más que los roles como padres. El papel de los hombres
como padres se fundamentó en su implicación con el trabajo remunerado en la
esfera pública, y hasta muy recientemente, sus prescripciones fueron vagas y
generales más que precisas.
Esto contrasta
con las políticas maternalistas, que han emplazado a las mujeres en términos
de sus roles como madres y esposas por encima de sus roles como ciudadanas y
trabajadoras. La adquisición y consolidación de derechos sociales (las
asignaciones familiares, servicios sanitarios y otros) han fluido a partir las
“responsabilidades naturales de las mujeres” (como esposas y madres). Es
dentro de este contexto cuando las prescripciones sobre la “buena
maternidad” en la esfera doméstica se vincularon al bienestar de los niños y
las niñas, especialmente a través del desarrollo de la salud en la maternidad,
las medidas de bienestar de las primeras dos décadas de siglo, y posteriormente
con la influencia de la psicología del cuidado infantil (Ehrenreich y English,
1973).
Algo
interesante, es la diferente constitución de los derechos sociales adheridos a
la maternidad y la paternidad. Para los hombres las responsabilidades han sido
predicadas sobre la existencia de los “derechos naturales de los hombres”
–obtener un sueldo, ejercer el control sobre esposa e hijos-. Por ejemplo,
Collier demuestra que la creencia en que es necesario fortalecer a los hombres
con derechos con la expectativa de que cumplan con sus responsabilidades, ha
marcado la historia de la intervención legal en la responsabilidad económica
masculina hacia sus familias (Collier, 1995, p.209). Por otro lado, la tendencia
en las mujeres, es que han reclamado o se les ha garantizado derechos en virtud
de responsabilidades y obligaciones pre-existentes. En otras palabras, para
Collier es posible descubrir una historia diferenciada según el género, de
derechos (masculinos) y responsabilidades (femeninas), en la historia moderna de
la parentalidad.
Sin embargo, la
existencia de una masculinidad sustentada en el “orden económico y familiar
de la jerarquía de género y la heterosexualidad compulsiva” (Collier,
p.176), ha representado un ideal universal, más que una realidad general.
Durante este siglo el ideal del ganapanes no ha sido accesible para muchas
familias pobres, o de clase trabajadora. En estas familias las mujeres han
complementado la renta del hombre e incluso han obtenido salarios similares a
las del proveedor. De forma similar, las guerras, la alta tasa de mortalidad
masculina, y los vaivenes de la migración y de los controles racistas sobre la
migración han supuesto que las madres solteras, las mujeres proveedoras y las
familias reconstituidas no fueran tan extraordinarias. Las representaciones de
los padres como protectores y proveedores, habían sido cuestionadas ya por las
mujeres en las campañas contra la ebriedad, el derroche en los bares y el
alcohol en el siglo XIX[6][6],
y en las campañas de los 60 contra la violencia doméstica. No solo las campañas
feministas sino las transformaciones sociales y económicas han desmontado las
bases de esta masculinidad “paternal”.
La decadencia
de la base productiva industrial y el incremento del desempleo masculino han
socavado la capacidad de los hombres para actuar como ganapanes. El poder económico
de los hombres ha sido también reducido por el creciente poder económico de
sus esposas. Las reivindicaciones de autonomía de las mujeres[7][7],
junto a los avances hacia la democratización de las relaciones entre los niños
y los adultos, han desafiado los presupuestos masculinos sobre su autoridad
natural sobre las mujeres y los niños. La visibilización de la violencia doméstica
y el abuso sexual de menores en el marco de la familia ha oscurecido las
representaciones de los padres como protectores. Finalmente, las tecnologías
reproductivas han posibilitado la separación de la sexualidad no sólo de la
reproducción, sino de la paternidad (a pesar de que frecuentemente han sido
utilizadas para reforzar la paternidad).
Además, las
nuevas representaciones culturales de los padres como compañeros igualitarios,
activos e implicados en el cuidado de los hijos, ya sea en el matrimonio o en la
pareja de hecho, han forzado la refiguración de la imagen tradicional del semi-implicado,
presente-pero-distante, hombre de familia y ganapanes. En gran parte la imagen
del hombre nuevo que ha sido fundamentalmente desarrollada en los medios de
comunicación se sustenta sobre lo que se ha denominado la nueva paternidad.
En algunos
casos la polémica sobre la paternidad representa una causa o un síntoma de
otro problema social, o una constelación de problemas: por ejemplo, pánicos
morales en torno a la emergencia de la nueva pobreza, el incremento de los
divorcios y de la monoparentalidad. Para otros la polémica abre nuevas
oportunidades para relaciones familiares nuevas, basadas en identidades
diversas, fluidas y negociadas individualmente. Tomo el punto de vista de
Collier (1995,1996) de que la pregunta representa un nuevo terreno discursivo en
el que la reconstrucción del “hombre moderno” está siendo atacada.
El problema de
la ausencia.
Existe un
espectro de discursos que destacan la especial significación que tiene la
presencia del padre en la familia. En estos discursos la problematización de la
ausencia se basa en la discriminación entre los buenos padres y los malos
padres –o la separación entre los padres peligrosos de los seguros- (Collier,
1995, capítulo 6). Esta división replica la división que se hizo de la
maternidad a comienzos del siglo XX entre “buenas-adecuadas” madres y
“malas-inadecuadas” madre. Esta división es enmarca bajo arcaicos y fuertes
prejuicios de superioridad de clase y raza. La ausencia o la paternidad errante
representa en este escenario el papel del malo, frente al buen padre presente.
Por ejemplo,
Murray, en “The emerging british
underclass” comienza la caracterización de los malos padres como ociosos
borrachos, incapaces de proveer ingresos y disciplina a sus hijos, que acaban
siendo unos gamberros y delincuentes por culpa de la ausencia del padre. Compara
una cita, de Henry Mayhew[8][8],
sobre los “pobres no merecedores (de ayuda y asistencia social)” de mediados
del siglo XIX, con su propia experiencia actual. Su preocupación central es el
rol de modelo del padre: ”Se hace claro
que los clichés sobre su papel como modelo son ciertos... Los niños no crecen
naturalmente aprendiendo a ser padres y maridos responsables. No crecen
naturalmente sabiendo como levantarse temprano cada día para ir a trabajar... Y
lo que es más, los niños no llegan a la adolescencia naturalmente deseando
reprimir el sexo, así como las niñas no se convierten naturalmente en
adolescentes que se cuidan de no tener hijos... los niños y las niñas acaban
siendo padres, vecinos y trabajadores irresponsables porque están imitando a
los adultos que les rodean. (p.10-11).
Murray combina
discursos naturalistas y esencialistas sobre la masculinidad, la feminidad y la
sexualidad con ideas psicológicas sobre la importancia de la presencia de los
padres como “modelos de referencia”, que limitan y disciplinan a sus hijos
en la responsabilidad económica y sexual. Pero no sólo la presencia del padre
es importante, sino que el rol de padre debe ejercerse dentro del matrimonio:
“Así como el trabajo es más importante
que el mero hecho de ganarse la vida, casarse y sacar adelante una familia es
mucho más que un entretenimiento. Sostener una
familia es un medio fundamental del hombre para probarse a sí mismo que
es un hombre de verdad. Los hombres que no sostienen una familia encuentran
otras forma, que tienen a ser más destructivas, de probar su virilidad. Como
muchos han anotado a través de los siglos, los jóvenes son esencialmente
salvajes para los que el matrimonio –queriendo señalar no sólo la boda sino
el hecho de hacerse responsable de una esposa y los hijos- es una fuerza
civilizatoria indispensable. (p.22-23)
Lo que Murray
está diciendo es que la presencia del padre es importante, no sólo porque que
socialice a los hijos, sino también porque hay tres elementos –trabajo, mujer
y responsabilidad- que civilizan y socializan al padre. Esto coloca a la mujer
en una inexplicable, peculiar y ambigua posición, ya que si tiene el suficiente
saber hacer para actuar como una
fuerza civilizatoria para sus maridos, debería poseer la suficiente autoridad
para disciplinar a los hijos en lugar de delegar en la autoridad del hombre que
ella ha “civilizado”. En este escenario la presencia del hombre en la
familia denota jerarquía, disciplina, responsabilidad financiera y orden
heterosexual.
Podemos
encontrar este tipo de discursos no sólo en autores abiertamente reaccionarios
sino en diversas disciplinas en las que se enfatiza la relación entre
criminalidad y crecimiento de la monoparentalidad. El individualismo de mercado
ha traspasado la esfera pública y ha alcanzado la esfera privada de las
relaciones sociales y sexuales. ”El
ethos de la privacidad y el apetito individualista” ha promovido
“una variedad sin fin de relaciones sexuales y procreativas que carecen de
estabilidad interna y de una clara articulación dentro de la sociedad” (Davies,
1993, 99). Su razonamiento es que los hombres se han hecho innecesarios por la
reestructuración económica y los cambios en los estilos de vida de las
mujeres, y que esto ha destruido las comunidades de clase trabajadoras y sus
familias, así como los valores asociados al trabajo duro, la respetabilidad y
la cooperación. Así se sueldan los discursos sobre el trabajo, la
respetabilidad de la clase trabajadora, la autoridad de los hombres y una
heterosexualidad ordenada, a valores éticos socialistas de cooperación en las
relaciones comunitarias y en la familia. El orden social y la paternidad
autoritaria masculina están amenazadas por el desempleo masculino, la
independencia económica femenina y la irresponsabilidad moral y sexual.
Estas ideas han
influido a los decisores. Collier (1995, p.227) comenta unas declaraciones, del
entonces ministro conservador, John Redwood: tras una visita a un bloque de
viviendas sociales en Cardiff, en Julio del 93: el ministro, atónito de haber
encontrado tan alto número de madres solteras, declaró que las ayudas sociales
deberían ser suspendidas hasta que el padre errante fuese encontrado y pudiera
brindar su “apoyo y amor” a esas familias. Este tipo de declaraciones no han
sido infrecuentes en nuestro país donde destacan por su locuacidad el
presidente de la Xunta de Galicia, Manuel Fraga (“cociña, casa e catelos”)
y el alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, ambos del Partido Popular.
Pero estas
declaraciones tienen frecuentemente una traducción en las políticas, que en el
caso británico fue la “Ley de Apoyo a la Infancia” de 1991. Esta ley dio
poderes a la Agencia para la Protección de la Infancia, para localizar a padres
biológicos errantes/ausentes y hacerles responsables del mantenimiento de sus
hijos. Era evidente que con esta medida se pretendía desplazar los costes del
mantenimiento de los niños desde el Estado a los padres, bajo el contexto
discursivo de una llamada a los valores familiares, a la que se le daba tono de
urgencia mediante el pánico moral generado en torno a las madres sin compañero
(solteras, divorciadas, separadas) y los padres ausentes. Son varios los
desplazamientos discursivos que se producen. Uno es el intento de convertir a
los padres ausentes en padres responsables, según una noción de
responsabilidad limitada a su contribución económica, lo que reincorpora la
responsabilidad bajo el régimen de provisión y no cuestiona los derechos
adheridos. Al mismo tiempo extiende la responsabilidad para englobar tanto a
padres casados como aquellos no casados, lo que desplaza la vieja dicotomía
hombre casado –buen padre, seguros y disciplinado-, hombre soltero –mal
padre, peligroso y libre-, reemplazándose ésta dicotomía por una nueva del
(buen) hombre de familia y el (mal) padre ausente.
Otra segunda
traducción en las políticas (en el caso británico), fue la “Ley de la
Infancia” de 1989, cuyos objetivos fundamentales eran minimizar el conflicto
en procesos de separación y divorcio, reclamando el compromiso de ambos
progenitores en el cuidado de sus hijos tras el divorcio o separación. Existen
varias claves discursivas cuestionadas por Williams (1998), se presupone que los
niños están mejor cuidados por ambos progenitores, y que el cuidado parental
contemporáneo es una actividad compartida y complementaria entre madres y
padres. La “Ley de la Infancia” británica del 89, no explica que quiere
decir con “compromiso” de los padres, y no aclara que quiere decir con
implicación tanto de las madres como de los padres. A pesar de que esta imagen
es preferible a la del “paterfamilias” y la mujer “sirviente”, tiene el
peligro de esconder las desigualdades existentes en el ámbito doméstico en términos
de ingresos, tiempos y división del trabajo[9][9].
Estos supuestos
se apoyan en un viejo discurso: la superioridad de la familia nuclear
heterosexual (rota-pero-todavía-reunida), junto a una nueva imagen del papel de
los hombres dentro de la familia, ya no sólo como un ganapanes (distante pero
presente), sino como un pilar fundamental en un sistema familiar simétrico,
afectuoso, compasivo, comprometido y disponible a la ayuda y el apoyo. Varias de
las lineas discursivas enfatizan la superioridad sino la absoluta necesidad de
la presencia de ambos progenitores, hombre y mujer. En unos casos se enfatiza el
carácter problemática de las familias monoparentales, apoyándose en estadísticas
que muestra el superior riesgo de pobreza de éstas, y su incapacidad para
proporcionar un entorno estable para la crianza de los niños. Otras lineas
enfatizan la necesidad de la presencia del padre como figura simbólica y
referente másculino al desarrollo psicológico de la educación de los niños.
Una voz muy
influyente en este debate, de los padres ausentes en el Reino Unido, ha sido la
de los padres ausentes en sí. Las organizaciones de divorciados y de lucha por
la custodia de los hijos han tendido a movilizar un tipo de discurso que se basa
en la idea de que ambos, hombres y mujeres, están igualmente implicados
emocionalmente en la ruptura y en el cuidado de los hijos, y en los procesos de
custodia se privilegia a una parte. Es algo comúnmente aceptado que las
rupturas producen dolor a ambas partes, pero la idea del compromiso igual de los
hombres en el cuidado de los hijos, ha resultado cuestionable y cuestionada.
Las
organizaciones de “padres”, en la década de los noventa, fueron
especialmente influyentes al desacreditar las operaciones de localización de
padres errantes, de la “Agencia de Protección de la Infancia (CSA)”. La CSA
tenía en su punto de mira a todos los padres que no vivieran con la madre de
sus hijos, lo que significó que se aglutinase a hombres blancos de clase media,
respetables trabajadores, ex-hombres de familia o hombres de familia
reconstituida; junto con los padres ausentes de la subclase (a menudo
racializada), y que por primera vez estos hombres estuvieran bajo un marco de
vigilancia (Collier, 1994). El énfasis del CSA en las contribuciones económicas
de los padres ofendió a las organizaciones de padres y sus intentos de
reconstruir la masculinidad paternal en términos de emocionalidad y autoridad,
lo que reveló las presunciones clasistas subyacentes a las imágenes del padre
errante, que estaban presentes en el pensamiento de Murray.
El problema de la distancia.
Una segunda vía del debate se ha interesado por las características cualitativas en los roles de la paternidad, más que en la presencia del padre. La bibliografía sobre los “nuevos” padres o la nueva paternidad se remonta a finales de los 70. Uno de los discursos presentes en el debate, es el de los grupos mitopoeticos inspirados por Robert Bly. En la raíz de los rituales de confraternización de estos grupos, se encuentra el dolor del recuerdo por los padres que fueron demasiado distantes con sus hijos como para intimar y conectar emocionalmente con estos. En un principio estos grupos de hombres apoyan una transformación social de la paternidad y dan razón de la necesidad de acercar más a los hijos con los padres, pero como ya se ha señalado en otros lugares (Whelehan, 1995), el enfoque de Bly, además de configurarse como un enfoque esencialista sobre la masculinidad y la feminidad, identifica el movimiento de liberación de las mujeres como el elemento que está socavando la fortaleza de la auténtica masculinidad.
Parece que lo
que está en juego aquí es la restricción emocional en la educación de los
hombres o el dolor infringido a los hombres por los propios modelos hegemónicos
de masculinidad, pero el tipo de propuestas de estos grupos parece dirigirse a
un equilibrio o equiparación de la inversión subjetiva emocional del padre y
deja incuestionado el problema central de la subordinación femenina que es el
desequilibrio de género en las prácticas de cuidado. En la investigación de
Ferri y Smith (1996, 23), los hombres afirman que están más implicados en
“la enseñanza de la buena educación y comportamiento”, que en “acompañar
y cuidar de los niños” o “cuidar de los niños cuando están enfermos”,
lo que indica que el tipo de roles de cuidado que desempeñan los padres,
requieren un tiempo menos intensivo.
Además, las
representaciones del padre cuidador, responsable y dispuesto a apoyar, se
centran en el cuidado de los hijos y, en cierta medida, de las esposas, pero
excluyen el cuidado de ancianos y padres, o de parientes enfermos. Todo esto
sugiere que el discurso del cuidado que subyace se sitúa mucho más cerca de la
idea de la autoridad moral que del cuidado como una forma práctica y emocional
de atención. Así, el “cuidado paternal/maternal” se caracteriza por una
división sexual, en la que la inversión subjetiva emocional de la identidad
del padre puede ser bien cercana o igual a la de la madre, pero en la que el
coste efectivo en tiempo y trabajo implicados en el cuidado son sin discusión
mucho mayores por parte de las madres.
Para algunos
grupos –especialmente profesionales implicados en el desarrollo de grupos de
autoapoyo sobre paternidad, y profesionales preocupados por la política pública-
el problema real estriba en la escasez de iniciativas políticas[10][10],
legales y apoyos prácticos -y actitudinales- para padres que quieren ser padres
activos. Estos discursos defienden que las representaciones culturales de la
paternidad son frecuentemente negativas y desalentadoras, y que las principales
instituciones sociales –como la educación, el mercado de trabajo y la ley- no
reconocen las necesidades potenciales de apoyo de los padres y su derecho a
cuidar. Por ello proponen una política para los padres que: amplíe el rango de
las imágenes culturales de la paternidad, que mejore la educación y apoye la
formación de los padres como tales, que asuma una perspectiva de los derechos
de los niños, que desarrolle un marco legal que aliente la implicación de los
hombres con sus hijos, que reduzca el conflicto entre exconyuges en casos de
separación, y que mantenga el contacto entre los niños y sus padres.
Estos
principios se llevarían a cabo a través de la educación para los chicos y
futuribles padres, animando a profesionales -de la salud, del bienestar y de la
atención a la infancia- a dirigir sus servicios de apoyo y orientación a
padres así como a madres; promocionando que los empresarios implementen políticas
de conciliación de la vida familiar y laboral, con medidas tales como los
permisos de paternidad (parental leave), excedencias (career-break), planes para
compartir el empleo (job-shares) y otros; mediante la creación de “Centros de
Recursos para Padres” y “Centros de apoyo”. Se deberían introducir
reformas legales para extender los derechos y responsabilidades de los padres
dentro del matrimonio a los padres fuera del mismo, defendiéndose tanto la
promoción de la implicación de los padres en la crianza como el derecho de los
niños a una identidad. Se recomiendan penalizaciones a los progenitores que no
cumplan intencionalmente con el sostenimiento del niño y las obligaciones de la
custodia, junto con un cambio de marco que reconozca dentro de los costes de
mantenimiento de un niño los costes del progenitor no residente para estar en
contacto con éste.
Es posible
identificar estas recomendaciones en la filosofía de la “Ley de la
Infancia” (1989 Children Act) y en un importante documento programático del
IPPR (Instituto de investigación sobre las políticas públicas) denominado “Los hombres y los niños: Propuestas para una política pública” (Burgess
y Ruxton, 1996). Las claves discursivas de este conjunto de propuestas se
centran en la pérdida de poder de los hombres y /o de derechos (más que la
entrega de privilegios por parte de los hombres o la falta de poder y derechos
de las mujeres). Se dice que los padres no sólo están perdiendo oportunidades
como proveedores, sino que están perdiendo las oportunidades para implicarse en
la crianza de sus hijos. Esto es, se están marginando y descualificando como
padres y trabajadores. Estas propuestas pretenden compensar a los hombres dando
apoyo práctico y legal y reconocimiento moral en su papel de padres. Se
pretende que la pérdida de poder o privilegios en un área
(la autoridad del ganapanes) sea compensada mediante la extensión de los
derechos en otra área.
En la década
de los ochenta, cuando las feministas reclamaban políticas que crearan las
condiciones materiales para hacer posible el cuidado por parte de los hombres;
se reconocía como agentes de este cambio tanto a los hombres como a las
mujeres, tanto individualmente –en las relaciones cotidianas-, como
colectivamente -en los sindicatos de trabajadores y otras organizaciones-. En el
documento del IPPR, se excusa a los padres de la responsabilidad del cambio y se
coloca en el lugar de chivo expiatorio a las instituciones–la educación, los
profesionales del bienestar, los jueces, los políticos y decisores, los
empresarios-. Parece como si los padres no tuvieran responsabilidad en la tan
cacareada y tan poco practicada paternidad activa, como si les retuvieran
actitudes y estructuras. Williams (1998) señala que ciertas objeciones del
documento señalado apuntan incluso a la “responsabilidad de las mujeres” en
la falta de implicación masculina. Para Burgess y Ruxton, “los debates recientes sobre el trabajo en la familia... han sido
dirigidos principalmente en una voz feminista” y esto ha supuesto que el
cuidado de los niños se haya retratado como algo pesado y desagradable, en
lugar de una dimensión de disfrute. Además se quejan de que los intentos de
implicar a los hombres, no se han enmarcado en los beneficios emocionales para
los hombres, de su compromiso con sus hijos, sino en términos de justicia para
las mujeres en cuanto al reparto de tareas. Estas posiciones discursivas
plantean que ambos argumentos han sido contraproducentes al no apelar a los
beneficios del feminismo para los hombres.
Se podría
cuestionar si los hombres que ganan y los hombres que pierden en este escenario
son los mismos. La decadencia de la actividad industrial ha afectado
principalmente a los derechos económicos de los hombres de clase trabajadora.
La reclamación y ejercicio de derechos legales de custodia y paternidad tras el
divorcio y la resistencia a las pensiones compensatorias ha venido siempre de
las organizaciones de hombres lideradas por hombres de clase media. Es más, los
sentimientos de exclusión, perdida y marginación de la paternidad han sido
articulados precisamente por hombres de clase media y trabajadora en situación
de separación legal y divorcio. Sin embargo, se puede cuestionar si estos
sentimientos de dolor y perdida se pueden generalizar a todos los padres en
cualquier tipo de situación. En el momento de la separación es cuando más
clara resulta la pérdida de los privilegios legales adheridos a la condición
de cabeza y hombre de familia[11][11].
La jurisprudencia británica, al igual que la española, suele reconocer a las
madres como el progenitor “residente” (que se queda al niño), y reconoce en
parte la mayor inversión práctica que las mujeres hacen en el cuidado de sus
hijos.
Una postura
feminista diferente sobre la crisis de la paternidad es la de Beatriz Campbell (Campbell,
1993, 1996). Propone analizar el problema social de las madres solteras y los
padres ausentes, a través de las diferentes respuestas de hombres y mujeres
ante las perturbaciones que los cambios económicos han traído consigo
(especialmente en el marco de las comunidades mineras del norte del Reino
Unido). Mientras que los teóricos británicos de la exclusión social suelen
tender a responsabilizar a las madres, especialmente las madres solteras, de los
malestares sociales, Campbell sitúa la raíz del problema en las respuestas
masculinas y masculinistas al desempleo y la pobreza: “Si
la Nueva Derecha se adentrara en los realojos y echara un vistazo a las calles
llenas de niños palidos y delgados, no vería la dañina respuesta a la abolición
del trabajo por parte de los varones, ni vería la megalomanía callejera de niños
que intentan ser hombres, en todo caso, no ve una respuesta masculina a la
crisis económica, sólo ha visto el fracaso de las madres para manejar a los
hombres. (Campbell, 1993, 303).
Para Campbell,
las mujeres han respondido a la crisis económica mediante estrategias de
supervivencia y solidaridad tanto colectivas como individuales. Sin embargo la
respuesta de los hombres, especialmente los jóvenes, –en sus formas extremas
con la delincuencia callejera, el control violento de los espacios urbanos, y el
tráfico y consumo de drogas- representa una esfuerzo de reafirmación de su
poder vinculado a la masculinidad: “En
lugares empobrecidos, los hombres no tienen otra opción que compartir con
mujeres y niños la casa y el barrio, y la masculinidad se defiende en forma de
dominación y diferencia. Este es el legado que la masculinidad hegemónica nos
ha dejado” El problema no es que los hombres hayan perdido sus identidades
o la ausencia de modelos, sino que han elegido reafirmarlas por medios
ortodoxos, mediante la violencia callejera[12][12].

La violencia
callejera ha evitado que los hombres ofreciera lo que mujeres y niños estaban
demandando: cooperación. Campbell afirma que para los hombres
independientemente de su origen social, hay algo que les preocupa más que la
cooperación con las mujeres: su masculinidad. La crisis económica ha tenido
consecuencias diferentes para hombres y mujeres. Así para las mujeres, ha
permitido romper las barreras de la domesticación y la dependencia, cruzando la
división de lo público y lo privado. Para los hombres sin embargo, ha borrado
los fundamentos políticos, personales, culturales e institucionales para su
cooperación con las mujeres. Las estrategias para superar este nuevo impás serían
continuar apoyando a las mujeres y continuar denunciando a los hombres y sus
violentos modelos de masculinidad (p.253). A pesar de que no desglosa lo que
pueda significar esto, representa un enfoque diferente al del IPPR, que enfatiza
metas de apoyo y compensación a los hombres por las pérdidas y alienta a las
mujeres para liberar su poder en los hogares.
Es necesario
ser escéptico con el excesivo optimismo del escenario de masculinidades
presentado por el IPPR, así como con el excesivamente pesimista punto de vista
de Campbell, junto con las concepciones de la paternidad tradicionalista que
hemos repasado.
Necesitamos
cuestionar hasta qué punto estos discursos descansan sobre nociones fijadas y
separadas sobre los roles de cuidado maternal y paternal así como nociones
unitarias sobre la identidad masculina y femenina. Algunos de los argumentos están
basados en prenociones sobre las aportaciones diferenciales de padres y madres,
que oscurecen cómo esta diferencia sustenta la desigual distribución de las
tareas de cuidado de los hijos –en tiempos y espacios-. Estos argumentos también
han servido para reforzar la marginación de formas familiares que no se basan
en paternidades-maternidades definidas según el orden heterosexista. Estas
posiciones ignoran las diferentes formas de masculinidad y los diferentes
intereses de los padres para sustentar o abandonar viejas y nuevas formas de
poder y privilegio.
El
cuidado combina habilidades prácticas y compromisos afectivos que están
abiertos a todos independientemente del género. Esto significa que, al margen
de la lactancia y el nacimiento, no es necesario que exista ningún tipo de rol
separado o distintivo para los padres de ambos sexos. Esto implica que los
beneficios que provienen de tener dos padres no son que el niño tiene modelos
masculinos y femeninos sino que hay potencialmente dos fuentes de ingresos y
tiempo socialmente validadas, y dos pares de manos, ojos y orejas así como dos
corazones.
(Basado en la revisión de la bibliografía citada)
José María Espada Calpe © 2004
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autor los derechos para emprender acciones legales contra el uso no autorizado
de este documento.
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[1][1] “... la película británica “The full monthy”
(analizada en términos lacanianos por David Buchbinder) puede verse como un
claro ejemplo de narrativa compensatoria. En la medida en que el desempleo
se cierne sobre estos obreros como una forma de castración simbólica, su
striptease final puede entenderse como un espectáculo de reafirmación
masculina, más que como un acto de supervivencia económica.” (Sánchez-Palencia
et al: 15).
[2][2] Este ha sido una de las representaciones de la autoridad
masculina que se ha denunciado y se ha utilizado como motivo de una serie de
actividades en las que he participado. Así la asociación universitaria
GAES organizó el “Primer día de la
falda” (14 de mayo de 1996), y el Grupo de Hombres GREM organizó el
“Segundo día de la falda” (29 de abril de 1998) como forma de
provocar una reflexión sobre la necesidad de desenmascarar los atributos de
la masculinidad sobre los que se construye su poder. En estas actividades se
invitaba a levar falda a los varones, pero también a participar en
talleres, charlas, exposiciones, video-forums, y cocinando y sirviendo para
el “festival”.
[3][3] Para un desarrollo de la idea de “mandato”, véase
Kuper (1995).
[4][4] Otra explicación, vinculada con la “nueva escuela” de
sociólogos (Giddens, 1991), enmarca las transformaciones dentro de una
explicación cultural de los cambiantes estilos de vida.
[5][5] Utilizaremos fundamentalmente ejemplos del contexto británico
dado la riqueza de fuentes y análisis disponibles. Cabe recordar que esta
tesina, más que un informe descriptivo de las políticas y procesos
sociales en España, se propone a modo de ensayo, por lo que nuestro interés
central es la elaboración conceptual a falta de una necesaria investigación
empírica.
[6][6] Véase Cristina Pérez Fuentes La familiarización de la clase obrera en la primera industrialización
vasca, en Revista de Historia
Social, Universidad del Pais Vasco.
[7][7] Especialmente a través de la maternidad en soltería, la
cohabitación, la separación, el divorcio y las relaciones (y la
paternalidad) homosexuales.
[8][8] “(...) existían
dos clases de pobres. Una clase de pobres nunca fue llamada como tal.
Comprendí que era gente que simplemente vivía con ingresos muy bajos
(...). Existe otro tipo de pobres. Son sólo una parte de éstos. A éstos
pobres no les falta el dinero, sino que son definidos por sus
comportamientos. Sus casas son un caótico basurero. Los hombres de la
familia son incapaces de conservar un empleo más de unas semanas. La
ebriedad es común. Los niños crecen des-escolarizados y maleducados y
contribuyen de una forma desproporcionada a la chusma de delincuentes
juveniles del lugar”. (Murray, 1990:1)
[9][9] Carol Smart (1991) defiende que existe una organización
jerárquica, en los discursos morales y legales sobre el cuidado, en los
casos de custodia. Distingue entre las formas de cuidado que las madres
reconocen proporcionar y proporcionan (caring for, cuidar con afecto y
dedicación-), y el que los hombres proporcionan (caring about,
preocuparse). Sin embargo, en los discursos legales las madres reivindican
que las formas en que han cuidado de sus hijos no encuentran modos de
expresión legítimos mientras que los modos en que los hombres reclaman
haberse “preocupado” por sus hijos se encuentran perfectamente
ensamblados en un discurso de los derechos.
[10][10] Por ejemplo, el Gobierno Británico se ha
desmarcado continuamente de las directivas de la Comunidad Europea sobre el
permiso de paternidad. En el ‘Guardian Europe’ del día 17 de mayo del
2000, aparecía una reciente polémica sobre el precio de los primeros años
de los niños (The price of missing child’s early years –by PM’s wife).
Así el Tratado de Amsterdam ha forzado que la legislación británica amplíe
el período de ‘permiso de paternidad/maternidad sin sueldo’ hasta las
trece semanas, para hijos hasta cinco años de edad. Pero bajo la presión
de la patronal británica, la administración ha adaptado la directiva de
forma restrictiva creando un doble rasero para las familias. Así sólo se
beneficiarán de esta ampliación los hijos/as que hayan nacido después del
15 de diciembre de 1999, momento en que la administración británica
reconoce que entra en vigor la directiva. Así el TUC ha abierto un
procedimiento contra el Secretario de Industria y Comercio, Stephen Byers
solicitando que la medida sea efectiva con carácter retroactivo para todos
los padres con edades incluidas hasta los cinco años. Y todo esto teniendo
en cuenta que son permisos que no incluyen el mantenimiento del sueldo sino
que correspondería a lo que en España se denomina ‘excedencia con
reserva a puesto de trabajo’.
[11][11] Por ejemplo, Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim
(1995, 154) señalan que es tras el divorcio cuando los hombres deben
enfrentar las consecuencias de la desigualdad con la que habían contado y
vivido felizmente hasta ese momento:
“Convertirse en padre no es difícil, pero ser un hombre divorciado
es otra cosa. Cuando ya es demasiado tarde, la familia personificada en el
niño se convierte en el centro de todas las esperanzas y esfuerzos, se
ofrece al niño una atención y tiempo que durante el matrimonio estaba
fuera de cuestión se pudiera ofrecer”.
[12][12] La autora documenta y disecciona la oleada de violencia callejera y disturbios que sacudió Gran Bretaña en el verano de 1991, especialmente los suburbios de Cardiff, Oxford y Tynesdine, en la que tomaron parte principalmente jóvenes blancos y que tuvo como resultado la destrucción aleatoria de ciertas partes de esas comunidades.