HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO

LAS INVESTIGACIONES SOBRE MASCULINIDAD Y LENGUAJE EN EL MUNDO ACADÉMICO:

UNA ASIGNATURA PENDIENTE EN LOS ESTUDIOS SOBRE LA CONDICIÓN MASCULINA

Eduardo de Gregorio Godeo
Universidad de Castilla-La Mancha

dgrego@fimo-cr.uclm.es

Este trabajo tiene el objetivo fundamental de reivindicar el estudio del lenguaje como parámetro de análisis básico en las investigaciones sobre la condición masculina. Tras repasar los trabajos más significativos de las investigaciones sobre Lengua y Género de los últimos cinco lustros, se pone de manifiesto la atención prácticamente nula que en el mundo académico se ha prestado a la relación existente entre lo masculino y el lenguaje, fruto de la impronta feminista sobre las aproximaciones lingüísticas a la dimensión del género. Tomándose lo masculino como norma incuestionable y apriorística en el lenguaje, son muchas las investigaciones que han tratado de definir la especificidad del lenguaje de las mujeres, y la manifestación lingüística de los mecanismos de opresión y dominio de los hombres en la sociedad. Sin embargo, la falta de atención a la relación de los hombres con el lenguaje ha significado que, a comienzos del siglo XXI, el conocimiento que poseemos sobre la relación de los hombres con el lenguaje se vea reducido a los enfoques que han investigado las estrategias de hegemonía masculina en sociedad. No pretendemos aquí restar validez a dichos estudios, sino más bien dejar constancia del enorme vacío de conocimiento que en el mundo académico existe sobre el modo en que el lenguaje contribuye a la construcción de la masculinidad. La falta misma de una tradición de estudio sobre lo masculino desde la ciencia lingüística, y el déficit de datos científicos sobre esta relación, suponen ya una situación de desigualdad entre hombres y mujeres de la que pocos parecen haberse percatado hasta no hace mucho tiempo. Con esta aportación, pretendemos, pues, dejar constancia del modo en que le tradicional androcentrismo del canon de conocimiento occidental se torna en elemento de discriminación contra los propios hombres. Mediante la denuncia del caso concreto de las investigaciones sobre Lengua y Género, esperamos contribuir a unas relaciones más equitativas entre hombres y mujeres.

De entrada, hay que admitir que una de las consecuencias más sobresalientes de lo que se ha dado en llamar segunda oleada feminista del mundo occidental vino dada por la extensión al ámbito académico de sus reivindicaciones por alcanzar una total igualdad entre hombres y mujeres, y luchar contra la hegemonía y el dominio patriarcal tradicionalmente incuestionable de los varones en las diversas esferas de la vida social del mundo contemporáneo. La acción política feminista supo ver en la universidad, a partir de las décadas de los sesenta y los setenta, una plataforma indispensable para difundir sus desafíos contra el orden social establecido, de modo que la perspectiva de análisis feminista se iría consolidando poco a poco, pero con paso firme, en las investigaciones de Sociología, Ciencias Políticas, Derecho o Historia.

En el ámbito filológico, ha sido notable la perspectiva de análisis feminista en los acercamientos teóricos y críticos a la obra literaria, y, aunque en menor medida, la ciencia del lenguaje no ha permanecido tampoco ajena a esta tendencia. En 1973, Robin Lakoff publica su artículo ya clásico “Language and woman’s place”. A partir del intento de definir lo que la autora consideraba como un lenguaje prototípicamente femenino, se va a inaugurar un nuevo campo de investigación sobre Lengua y Género, que, con la aparición durante esos mismos años de estudios comparativos entre el modo de hablar de hombres y mujeres como el de Key (1972), van a despertar un interés inusitado hasta entonces por la relación entre el género de los individuos y su modo de hablar. El influjo feminista de estas investigaciones es más que evidente. De un lado, lo que se ha dado en llamar Lingüística Feminista se marcaría como objetivo el trasladar al ámbito del lenguaje la necesidad de sacar a la luz la tradicional ocultación de la experiencia y la cultura femenina, elaborándose estudios en que se trataba de desvelar la especificidad del lenguaje de las mujeres, como los de la propia Lakoff (1973), McConnell-Ginet et al. (1980) o Dubois y Crouch (1975); y, en concreto, de comparar los modos interaccionales de hombres y muejeres, con trabajos como los de Key (1972, 1975), Thorne y Henley (1975), Eakins y Eakins (1978), Haas (1979), Goodwin (1980), Kramarae (1981), Maltz y Borker (1982), Coates (1986), Coates y Cameron (1989), Graddol y Swann (1989) o Tannen (1991). Por otro lado, fieles al ideario feminista de luchar contra los mecanismos de opresión y dominio de los hombres en sociedad, se van a multiplicar los estudios en que se han tratado de identificar las estrategias de domino de los hombres en el lenguaje, surgiendo trabajos como los de Zimmerman y West (1975), O’Barr y Atkins (1980 o West y Zimmerman (1983).

 De todos estos trabajos se desprende ya un conocimiento implícito sobre el lenguaje de los hombres; sin embargo, en ninguno de ellos existe una voluntad inicial de abordar el binomio lenguaje-masculinidad. Antes bien, lo masculino en el lenguaje se toma como un punto de partida incuestionable, en función de lo cual se intenta desvelar lo particular del lenguaje de las mujeres. Este hecho se explica por el androcentrismo imperante en el canon epistemológico de la cultura occidental, que ha elevado lo masculino a la categoría de lo universal, lo no marcado y lo genérico. Esta falacia da cuenta de una carencia fundamental de las investigaciones sobre Lengua y Género, puesto que, desde el momento en que no se han llevado a cabo estudios sobre lo masculino como tal en el lenguaje, no existen garantías de que los presupuestos iniciales de partida de donde parten éstos y otros estudios respondan a hechos veraces.

Resulta, pues, sorprendente, y hasta alarmante, que haya tenido que transcurrir casi un cuarto de siglo, desde el surgimiento de los estudios sobre Lengua y Género, para que se produjera un intento real de plantearse la necesidad de analizar lo masculino per se en el lenguaje. Será en 1997 cuando Johnson y Meinhof editen su obra Language and Masculinity, colección de ensayos que, por primera vez tras años de investigaciones sobre género en Lingüística, da el paso de analizar el lenguaje producido por hombres en diversos contextos comunicativos orales y escritos. La obra de Johnson y Meinhof da carta de naturaleza a algún otro estudio que, a lo largo de la década de los noventa, había mostrado ya un tímido interés por desentrañar las claves que rigen el modo de hablar y escribir de los hombres y la producción de discursos sobre lo masculino. Así, por ejemplo, Kuiper (1991) analiza las estrategias de cortesía de y de creación de solidaridad en la conversación entre varones; Herring et al. (1995) estudian la interacción verbal en el discurso electrónico en que han venido a constituirse los foros de debate de internet o chat-rooms; Jahr (1992) se introduce en el campo de la sintaxis masculina; y Harvey (1997) se interesa por la especificidad del léxico amoroso masculino. Todos estos trabajos suponen ya una reacción contra la aprioricidad de lo masculino en las investigaciones sobre Lengua y Género de las décadas anteriores. De hecho, Henton (1992) llevará a cabo una feroz crítica contra la consideración del lenguaje de los hombres como lo normativo y lo no marcado, reivindicando la anormalidad de lo que se ha entendido como rasgos lingüísticos característicos de los hombres respecto al empleado por las mujeres, que, según este lingüista, es el que debería haber sido considerado como norma estándar.

Todos estos trabajos de investigación sobre la relación entre el sexo del hablante y el lenguaje empleado evidencian un claro desequilibrio en los órdenes cuantitativo y temporal. Cuantitativamente, el número de estudios sobre la construcción de la feminidad en el lenguaje supera ostensiblemente a los correspondientes sobre el papel del lenguaje en la construcción de la condición masculina. De otro lado, esta última línea de investigación es mucho más reciente que la que ha venido abordando la relación entre lenguaje y feminidad desde comienzos de la década de los setenta. Lo que bien cabría calificarse como déficit masculino en las investigaciones sobre Lengua y Género podría explicarse si tenemos en cuenta la mayor visibilidad que los movimientos de liberación feministas han tenido en comparación con los correspondientes grupos de liberación masculinos desde los años setenta. De hecho, el mismo año en que Robin Lakoff (1973) publicara uno de los artículos que se pueden considerar inaugurales de las investigaciones genéricas en lingüística, Dell Hymes, editor de la revista donde se publica, reivindica en una nota del trabajo de Lakoff (1973:79) la necesidad de estudiar también lo que él estimaba lenguaje de hombres. Con todo, a la vista del estado actual de los estudios sobre Lenguaje y Masculinidad, puede comprobarse el escaso alcance de aquella apreciación.

En un momento de plena efervescencia feminista, no es de extrañar este empleo inicial de los instrumentos científicos de la lingüística para contribuir a la igualdad entre hombres y mujeres sacando a la luz y denunciando los sesgos sexistas presentes en el lenguaje y la discriminación contra las mujeres. Sin embargo, resulta difícil comprender la casi total indiferencia de los lingüistas por la lucha contra el androcentrismo del canon de conocimiento occidental. Ésta ha sido, sin duda, una de las tareas principales de los Estudios sobre la Condición Masculina, tal y como señala Harry Brod en una definición ya clásica:

La noción más general de Estudios sobre la Masculinidad es que se trata del estudio de las masculinidades y la experiencia masculina como formaciones social e históricamente cambiantes. Estos estudios sitúan las masculinidades como objeto de análisis al mismo nivel que las feminidades, en lugar de elevarlas a normas universales (1987: 49). 

Ahora bien, la proyección que los Estudios sobre la Condición Masculina han tenido en campos como el sociológico, el psicológico, el antropológico o el de la teoría política, no ha encontrado un reflejo paralelo en el ámbito de la ciencia del lenguaje; y sólo muy recientemente está surgiendo un cierto interés por explorar la relación entre lenguaje y masculinidad. Nos encontramos así con que, a pesar de la valiosa aportación de la lingüística feminista para desentrañar las claves que presiden los vínculos de los hombres con el lenguaje, existe un amplio vacío en lo referente al modo en que el lenguaje contribuye a la construcción de la identidad masculina. La mayor parte de los estudios de la lingüística feminista siguen un enfoque tendente a identificar los mecanismos de hegemonía de los varones en el lenguaje, o la especificidad de lo femenino desde un punto de vista lingüístico. Por el contrario, poco es lo que sabemos sobre el lenguaje producido por hombres o los discursos sobre lo masculino, ya que no son muchos los que se han detenido a reflexionar sobre el modo en que el androcentrismo de muchas otras disciplinas se materializa en la ciencia del lenguaje.

Resulta, por tanto, incuestionable la necesidad de combatir dicho androcentrismo, y sus efectos perniciosos para los propios hombres, haciendo visible así la especificidad de lo masculino en el lenguaje. No se trata de concebir, como en décadas pasadas, la existencia de modos diferenciados de hablar y escribir por parte de hombres y mujeres, superados ya los modelos correlativos que establecían diferencias radicales en el lenguaje de los individuos en función de su sexo. En un momento en que las investigaciones sobre Lengua y Género se orientan cada vez más hacia perspectivas que tratan de explicar la función del lenguaje el la construcción de la identidad de género de los individuos, “todo enfoque sobre los cambiantes modos en que se forman las identidades masculinas, y en particular sobre el papel del lenguaje en la construcción de esas identidades, es un proyecto que merece la pena” (Johnson, 1997: 25). Los análisis lingüísticos coadyuvarán así a alcanzar una visión más completa de la condición masculina, y a luchar contra el desequilibrio en las relaciones entre hombres y mujeres generado por el menor conocimiento de la comunidad científica sobre la labor que cumple el lenguaje en la construcción de la masculinidad que sobre el correspondiente papel del lenguaje en la definición de lo femenino.

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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