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El
suicida, por Eduardo Haro Tecglen. |
Se sabe que el guerrero suicida es
irreprimible. Los vengadores de esta guerra no son los primeros, y se les llama
kamikazes por algunos japoneses en la guerra pasada. Pienso igual que los que se
llaman, muy mal, “ crímenes domésticos” o “ de género”: los crímenes no están
domesticados, y el género es más de gramática que de vida. Se quiere evitar
decir que son de hombres contra mujeres, porque equivaldría a poner muy en duda
las formas de relaciones actuales, la estructura de la familia, y habría que
buscar el fondo de la cuestión. Quiero decir que este tipo de asesinato de
esposa ( uxoricidio, parricidio) no se va a evitar con más cárcel, más policía,
más seguimiento: el suicida, o el que se entrega a la autoridad, es como el de
guerra: imparable. Alguna vez he recomendado a los maridos sulfurados que se
suiciden sin matar: a matarse tienen derecho, a matar, no... Naturalmente, no
están sus ánimos para leerme, y menos para atenderme: les mueve otra cosa. En
esa “ otra cosa” no creo de ninguna manera, como no creo en la del sarraceno
mártir. Éstos creen que están al
servicio de una causa superior y que el cielo los premiará; los otros que son
víctimas de una injusticia de sexo, sea por el honor, la honra, la sensación de
traición, incluso la pérdida de inversiones de su vida por una forma de castigo
al hombre que se fijó en las leyes del divorcio. Son viejas creencias juntas:
honor y patria, familia cristiana, sensación de elegido: como su pueblo, su
patria; pero también por un sexo que se cree eternamente superior en todas las
culturas históricas basadas en la primacía de la fuerza.
Desgraciadamente, las ideas de igualdad de
derechos, de propiedad del cuerpo, de nuevo sentido de la familia, de honor
cambiante y de moral según nuevos conceptos no se han extendido de la misma
manera que el feminismo práctico: salarios, acceso a empleos, comportamientos,
defensa frente al acoso. El progreso de una parte de las costumbres no ha
vencido el retraso de otras ideologías fantásticas y opresoras. No basta con
tener tantas ministras como ministros, ni siquiera con abolir la ley de
educación que mantiene morales obsoletas. Ni con pulseras sonoras, contactos
inalámbricos, guardias en la esquina. Ha de ser fruto de una educación fuerte y
libre. Es difícil: pero rendirá mucho más.