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Iniciativas Europeas y Análisis de las Resistencias Masculinas a los Cambios |
Sociologo, fundador de la red de Hombres Profeministas
En
mi intervención, voy a hablar de las iniciativas europeas, del análisis de las
resistencias masculinas a los cambios. Pero, ante todo, es importante aclarar el
análisis profeminista europeo, saber cómo, en Toulouse, en el Equipo Simone/SAGESSE
y en mi equipo de investigación, analizamos lo masculino como género hegemónico
y prevaleciente.
Las
relaciones hombres / mujeres, hombres / hombres, consideradas como relaciones
sociales de sexo, parecen ser, eso es al menos nuestra hipótesis, el producto
de un doble pragmatismo naturalista:
-
La seudo naturaleza superior de los hombres, que remite a la dominación
masculina, al sexismo y a fronteras rígidas e infranqueables entres los géneros
masculinos y femeninos.
-
La visión hetero-asexuada del mundo en el que la sexualidad considerada como
“normal” y “natural” está limitada a las relaciones sexuales entre
hombres y mujeres. Las demás sexualidades, bisexualidades, sexualidades
transexuales... se definen, incluso admiten, en el mejor de los casos, como
“diferentes”.
Son las reivindicaciones de las mujeres feministas y la crítica del heterosexismo (por, entre otras cosas, el descubrimiento del “coste” de la masculinidad por parte de algunos hombres) las que, cuestionando la estructuración jerárquica de los hombres entre sí – en articulación con el fenómeno de la dominación masculina – nos llevan a replantearnos las modalidades de análisis de los hombres y de lo masculino.
La
dominación masculina y las relaciones hombres /mujeres
No voy a insistir aquí. Los análisis son conocidos y ampliamente compartidos. La existencia de la dominación masculina se ha convertido, hoy en día, en una evidencia, incluso en sociología. La época en que algunos miembros del jurado de mi tesis la analizaban como una fantasía “arqueo-paleo-marxista” [según la expresión utilizada en mi defensa de la misma] parece haber pasado a la historia. Muchos colegas, incluidos algunos sociólogos, recurren hoy en día a ese paradigma para describir lo social de forma comprensiva 1 .Y la aportación de los estudios feministas para profundizar y enriquecer el análisis 2 se incluye, en la actualidad, en muchos textos. Así, en Francia, existe cierto consenso para designar las relaciones hombres / mujeres comorelaciones sociales de sexo.
1
Ver, al respecto, los análisis de Michel Bozon (1998), François de
Singly (1987, 1993, 1996, et.), Pierre Bourdieu (1990, 1998), Jacques Comailles
(1992), etc.
La
utilización del marco de dominación masculina, o de las relaciones sociales de
sexo, por parte de los sociólogos, recurso ya muy antiguo para algunos autores
como Maurice Godelier y François de Singly, hasido en algunos casos denunciada
por sociólogos feministas, como constitutivas de un nuevo rechazo del trabajo
realizado por sociólogos feministas (Devreux, 1995). En cuanto a los trabajos
de Bourdieu, recomiendo leer las interesantes críticas recientes (Mathieu,
1999; Louis, 1999).
En
lo que a mi respecta, abordo el tema de las relaciones entre los hombres y las
relaciones sociales de sexo en un artículo publicado (Welzer-Lang 1999).
2
En particular, en los trabajos realizados en el marco del APRE (Taller de
Producción-Reproducción) que, tras un primer trabajo colectivo (colectivo,
1984) se reúne entre 1985 y 1987, así como los análisis de la ATP “Mujeres,
Feminismo, Investigación” (Kurtig Kail, 1991)..
Es
decir, la dominación no debe analizarse como un bloque monolítico, en el que
todo queda zanjado para siempre, en el que las relaciones se reproducen de forma
idéntica 3
.
Si
no que el análisis, ya sea global o centrado en un ámbito específico o en
interacciones particulares, debe articular el marco global, societal (la
dominación masculina) y las luchas objetivas o subjetivas de las mujeres y de
sus aliados, tendientes a transformar las relaciones sociales de sexo, y, por
consiguiente, a modificar la dominación masculina.
Los
hombres dominan colectivamente e individualmente a las mujeres. Esa dominación
se ejerce en el ámbito privado o público y otorga a los hombres ciertos
privilegios materiales, culturales y simbólicos. Buena parte de los estudios
feministas actuales se afanan precisamente en cifrar esos privilegios y ponen
concretamente de manifiesto los efectos de la dominación masculina 4
. La política actual que
pretende, en nuestras sociedades, reducir esas “desigualdades” no debe
hacernos olvidar que éstas perduran, pues se correría el riesgo de confundir
nuestros sueños con realidades y de ya no entender nada.
Y
digo desigualdades para simplificar las cosas, pero conviene desconfiar
de este término. Ya que tiende a mostrarnos las situaciones referentes a
hombres y a mujeres como resultantes neutrales de un sistema global, en el que
cada grupo de sexo, cada género, sería simétrico e igual, de cara al análisis.
Un sistema que nos vendría impuesto, sin posibilidad de cambios. Y no es así.
La opresión de las mujeres por parte de los hombres es un sistema dinámico, en
el que las desigualdades que sufren las mujeres son consecuencia de las
ventajas otorgadas a los hombres. Cuando el reparto del pastel atribuye siete
partes a los hombres y una a las mujeres, la lucha por la igualdad implica que
se debe repartir el pastel en porciones iguales. Y, por lo tanto, ¡los hombres
conseguirán menos!
Por
supuesto, este análisis debe articularse en torno a otras relaciones sociales,
tales como las divisiones jerárquicas ligadas a la pertenencia a clases
sociales, grupos étnicos, a la edad. Resumiendo, nuestras vidas, nuestras
situaciones materiales, son el resultado de un conjunto de relaciones sociales.
Yo
mismo, al igual que otros 5 , he demostrado
la asimetría que provoca la dominación de los hombres. No solo hombres y
mujeres no perciben de la misma manera los fenómenos sin embargo designados con
los mismos términos 6 , sino que el
conjunto de lo social está divido en base a la misma simbólica, que atribuye a
los hombres y a lo masculino las funciones nobles, y a las mujeres y a lo
femenino las tareas y las funciones consideradas como de menor valor.
3
Idea que aún se desprende del
análisis fixista de Pierre Bourdieu (1998).
4
Ver, en particular, el
importante trabajo que lleva actualmente a cabo el grupo de investigación
MAGE (Mercado del trabajo y Género) en el ámbito del trabajo
asalariado.
5
Me refiero, en particular, a
los análisis de N-C Mathieu (1985, 1991) sobre los efectos diferenciados que
produce la dominación masculina en la conciencia, la percepción y el
conocimiento social; a los textos de Maurice Godelier (1982, 1995), que muestra
cómo en la dominación masculina subyacen secretos colectivos que comparten los
dominantes, secretos que, en algunos casos, como entre los Baruyas que ha
estudiado, no pueden ser desvelados a las mujeres, bajo pena de muerte.
6
Una de las enseñanzas de mis
trabajos es precisamente la doble definición de los hechos sociales, el
“doble estándar asimétrico”. Así, he demostrado, tras el análisis de
varios centenares de testimonios detallados (Welzer-Lang, 1988, 1991, 1992), que
no solo los hombres violentos y las mujeres violentadas no hablan siempre de lo
mismo cuando, tanto ellos como ellas, describen las violencias, sino que, además,
en cuanto superan la negación, actitud defensiva primera, los hombres violentos
pueden definir mayores violencias que sus compañeras. Es decir, nuestras
categorías de definición de la violencia constituy en también prenociones que
hay que desconstruir. Asimismo, junto con Jean Paul Filiod (Welzer-Lang, Filiod,
1994), hemos demostrado que ese calcetín tirado constantemente en la pareja,
pero también la ausencia de espacio adecuado para el hombre “ordinario” en
la casa, son signos sorprendentes pero tangibles de las relaciones sociales de
sexo actuales. Nos ha resultado relativamente fácil demostrar que, en lo que se
refiere a la limpieza y al orden, los hombres y las mujeres se rigen por dos lógicas
distintas, dos simbólicas diferentes... Las mujeres son preventivas
y los hombres son curativos. Al menos en las construcciones sociales habituales,
ligadas a la dominación. Por supuesto, se trata solo de construcciones sociales
.
Pero constituyen un auténtico problema epistemológico en el estudio de las
relaciones entre géneros. Los investigadores e investigadoras deben aceptar
como postulado que no solo nuestras informaciones sobre las formas de
dominación son diferentes, sino que, además, ellos y ellas deben establecer
sus consecuencias científicas. Dejar ya de buscar, a cualquier precio, lo que
marca la diferencia entre los sexos, para describir y entender cómo la
diferencia se construye socialmente para ocultar las relaciones sociales de
sexo.
Esa
división del mundo, esa cosmogonía basada en el género, se mantiene en vigor,
regulada por las violencias: violencias múltiples y variadas que, desde las
violencias masculinas domésticas, hasta las violaciones de guerra, pasando por
las violencias en el trabajo, tienden a preservar los poderes que se atribuyen
colectivamente e individualmente los hombres a costa de las mujeres.
Todo
esto no es nada nuevo y aunque los debates persisten – sobre la naturaleza de
las violencias 7 , las relaciones
entre división por sexo y por género 8 ,
el papel de los hombres, el análisis de las transformaciones actuales 9
, etc. – emerge un nuevo
consenso para designar la división entre dos grupos (o clases) de sexo, en géneros,
como fundamento de la dominación masculina.
Desde
hace varias décadas, las mujeres en primer lugar, y algunos hombres después,
han luchado y/o llevado a cabo análisis tendientes a sacar a la luz y explicar
estos fenómenos. Remitimos a los textos que, desde hace ya tiempo en Francia y
en Europa, sirven de base a dichos análisis, redactados por Christine Delphy,
Colette Guillaumin, Nicole-Claude Mathieu y Paola Tabet 10
. Cada una de ellas, a su
manera, muestra como la dominación se nos presenta como una evidencia, como un
fenómeno natural, integrado en cierto modo en la división social y jerárquica
por sexo. Del análisis crítico de la opresión de las mujeres nacieron las
luchas contra el sexismo, el patriarcado y el viriarcado 11 .
7
Algunos, como Bourdieu, siguen
considerándolas ante todo simbólicas, a pesar de que los trabajos de las
mujeres feministas intelectuales o activistas, los trabajos de los hombres que
han estudiado el tema, como los míos (Welzer-Lang, 1988, 1991, 1992, 1998)
muestran cómo, sin ni siquiera hablar de violencia económica que limita la
autonomía de las mujeres, la violencia física está presente diariamente –
en particular a través del miedo a que se (re)produzca –, convirtiéndose en
un auténtico freno para la autonomía de las mujeres.
8
En particular, para determinar
cuál de las dos, sexo o género, precede a la otra y/o qué análisis sociológicos
y políticos subyacen en las representaciones de las relaciones entre sexo y género.
Ver, al respecto, los escritos de Christine Delphy (1991, 1998), Nicole-Claude
Mathieu (1989, 1991).
9
¿Conviene validar la hipótesis
de un backlash generalizado (Faludi, 1993), incluso pensar, tal y como lo
postulan Anne-Marie Devreux y Huguette Dagenais, que el cambio social es “a
menudo, e incluso muy a menudo [subrayado por mi], una agravación de la situación
de las dominadas y oprimidas”? (Dagenais, Devreux, 1998).
10
Los textos de estas autoras, en
los que se sustenta en la actualidad el análisis feminista, están nuevamente
disponibles y reunidos en diferentes obras: Mathieu (1991), Guillaumin (1992),
Delphy (1998), Tabet (1998). Su lectura constituye un paso previo para quién
desee conocer las bases de la deconstrucción feminista.
11
Ese concepto de patriarcado,
definido por Delphy en 1970, ampliamente recuperado por el movimiento social
(feminismo, antisexismo...) siempre me ha molestado. En particular para trabajar
sobre los hombres, que no era el objetivo de Delphy. En su aceptación de
sentido común, el término recogido de la antropología, lleva como connotación
el poder de los padres (los patriarcas) sobre las mujeres y los niños.
Al
pretender ser descriptivo de la dominación masculina, no consigue poner de
relieve los cambios en las relaciones sociales de sexo y, en particular, las
modificaciones que afectan a las relaciones de poder (el derecho de custodia
otorgado a las madres, por ejemplo) y de apropiación de los hijos. Sin embargo,
en ese ámbito – y es precisamente en lo que se basan las críticas de los
movimientos reaccionarios de padres
divorciados,
como el Movimiento para la Condición Masculina – los años 80-90 han visto
modificarse las leyes en detrimento del poder patriarcal (ver Théry, 1998). En
lo que a mi respecta, durante mucho tiempo he preferido, y utilizado, el término
de viriarcado, propuesto por Nicole-Claude Mathieu (1985) y que ésta define
como el poder de los hombres, ya sean padres o no, y sean las sociedades
patrilineales y patrilocales o no.
La
dominación masculina y las relaciones hombres / hombres
Si
bien es cierto que la dominación masculina es hoy en día una evidencia, y que
para describirla se recurre a menudo a las relaciones sociales de sexo, éstas
suelen a menudo considerarse como relaciones sociales entre los sexos,
entre hombres y mujeres. Esa división naturalista y esencialista queda así
reflejada en el propio análisis. Ya en 1994 (Welzer-Lang, Dorais, 1994),
demostramos cómo el grupo de hombres está asimismo estructurado en base a los
mismos procesos. He descrito cómo la educación de los chicos en lugares
monosexuados estructura lo masculino de forma paradojal e inculca a los
jovencitos que para ser un (auténtico) hombre deben combatir los aspectos que
podrían asemejarlos a las mujeres. He sugerido, en referencia a los trabajos de
Maurice Godelier (1982), que se designe el conjunto de esos lugares y espacios
como la “Casa de los hombres”. Y creo que sería útil resumir aquí, en
parte, lo que describí entonces, a la luz de nuestro estudio sobre la homofobia.
La
“casa de los hombres”
En
nuestras sociedades, cuando los niños-machos abandonan el mundo de las mujeres 12
, cuando empiezan a agruparse
con otros chicos de su edad, atraviesan una fase de homosocialidad 13
, durante la cual emergen
fuertes tendencias y/o grandes presiones a vivir momentos de homosexualidad.
Competiciones de tamaño de polla, maratones de pajas (masturbación), juegos
para ver quién mea (orina) más lejos, excitaciones sexuales colectivas
en base a pornografía hojeada en grupo, o incluso realizando strip-teases
electrónicos en los que el juego consiste en desnudar a mujeres... Lejos de la
mirada de hombres y mujeres de otras generaciones, los hombrecitos se inician en
los juegos del erotismo. Utilizando, para ello, estratagemas, preguntas (tamaño
del sexo, capacidad sexual) heredadas des las generaciones anteriores. Aprenden
y reproducen así los mismos modelos sexuales, en lo que se refiere a la
aproximación y a la expresión del deseo.
Esa
“casa de los hombres”, en cada edad de la vida, en cada etapa de la
construcción de lo masculino, está relacionada con un lugar, una habitación,
un bar, un estadio de fútbol. Es decir, un lugar propio en el que la
homosocialidad puede vivirse y experimentarse en el grupo de iguales. En esos
grupos, los mayores, los que ya han sido iniciados por los adultos, muestran,
corrigen y modelizan a los aspirantes a la virilidad. Al salir de la primera
“habitación” (de esa “casa”) cada hombre se convierte a su vez en
iniciador e iniciado.
Aprender
a sufrir para ser un hombre, a aceptar la ley de los mayores
Aprender
a estar con los hombres, o en el caso de los primeros aprendizajes deportivos al
entrar en la “casa de los hombres”, a estar con los aspirantes al estatuto
de hombre, obliga al chico a aceptar la ley de los mayores, de los más
antiguos. Los que le muestran y enseñan las reglas y el saber comportarse, el
saber ser hombre. La forma en que algunos hombres recuerdan esa época y la
emoción que sentían entonces, parece indicar que esos periodos constituyen una
forma de rito de iniciación.
12
O de algunos hombres que cuidan
de los niños pequeños.
13
Que podríamos definir como las
relaciones sociales entre las personas del mismo sexo, es decir las relaciones
entre hombres o las relaciones entre mujeres..
Aprender
a jugar al jockey, al fútbol, al baloncesto, es ante todo una forma de decir:
“Quiero
ser como los demás tíos. Quiero ser un hombre y, por lo tanto, quiero
distinguirme de su opuesto (ser una mujer). Quiero disociarme del mundo de las
mujeres y de los niños 14
.” Es, también, aprender a
respetar los códigos, los ritos, que se convierten en operadores jerárquicos.
Integrar códigos y ritos, denominados reglas en deporte, obliga a integrar
corporalmente (incorporar) lo no-dicho. Uno de esos no- dichos, que relatan
algunos años más tarde los chicos ya convertidos en hombres, es que el
aprendizaje se hace sufriendo. Sufrimientos síquicos, por temor a no
conseguir jugar tan bien como los demás. Sufrimiento de los cuerpos que
deben blindarse para poder jugar correctamente. Los pies, las manos, los músculos...
se forman, se modelan, se endurecen, en una especie de juego sadomasoquista con
el dolor. El hombrecito debe aprender a aceptar el sufrimiento – sin decir ni
palabra y sin “maldecir” - para integrar el círculo restringido de los
hombres. En eso grupos monosexuados se incorporan los gestos, los movimientos,
las reacciones masculinas, todo el capital de actitudes que servirán para ser
un hombre.
Cada
hombre va, individualmente y colectivamente, a realizar su iniciación. A través
de esa iniciación se aprende la sexualidad. El mensaje dominante es: ser hombre
es ser diferente, diferente de una mujer.
En
los primeros grupos de chicos, se “entra” en una lucha “amistosa”
(aunque no tan amistosa como parece, teniendo en cuenta la gran cantidad de lágrimas
vertidas, de decepciones, de desilusiones profundas asociadas con esa época)
para conseguir llegar al mismo nivel que los demás y, a continuación, ser el
mejor. Para ganarse el derecho de estar con los hombres o de ser como los demás
hombres. Tanto en los hombres como en las mujeres, la educación se adquiere por
mimetismo. Y el mimetismo de los hombres es un mimetismo de violencia. De
violencia, en primer lugar, hacia sí mismo, contra sí mismo. La guerra que
aprenden los hombres en sus propias carnes es ante todo una guerra contra sí
mismos. Luego, en una segunda etapa, es una guerra contra los demás.
Asimismo,
he demostrado como el análisis de “la primera habitación” de la “casa de
los hombres”, que he denominado el vestíbulo de la “jaula de la
virilidad”, es un lugar de alto riesgo de abusos. En realidad, hablar de “la
primera habitación” de la “casa de los hombres” constituye ya una forma
de abuso de lenguaje. Habría que decir “las primeras habitaciones”, debido
a que la geografía de las “casas de los hombres” es muy variada. A cada
cultura o microcultura, incluso a veces a cada ciudad o pueblo, a cada clase
social, le corresponde una forma de “casa de los hombres”. El tema de la
iniciación de los hombres se conjuga de muy diversas maneras. El concepto es
constante pero las formas variables.
Lo
masculino es a la vez sumisión al modelo y consecución de los privilegios del
modelo. Algunos mayores se aprovechan de la credulidad de esos nuevos reclutas y
esa primera “habitación” de la “casa” es vivida por muchos chicos como
la antecámara del abuso. Y en una proporción que puede, a primera vista,
sorprender 15
. No solo, ya lo he mencionado,
el hombrecito empieza a descubrir que para ser viril hay que sufrir, sino que en
esa “habitación” (o en las demás, se trata aquí solo de una metáfora),
el joven puede ser, en algunos casos, iniciado por un mayor. Iniciado
sexualmente, lo que quiere decir también violado. Verse obligado – por coacción
o bajo amenazas – a acariciar, a chupar o a ser penetrado analmente por un
sexo o un objeto cualquiera. Masturbar al otro. Dejarse acariciar... Se puede
entender, por lo tanto, que los hombres, sometidos a tal iniciación impuesta,
conserven marcas imborrables de esa experiencia.
14
En algunos grupos masculinos,
alrededor de una pelota o de un stick de jockey, aparecen en la actualidad
algunas mujeres. Tras haber observado a esa chicas, que sus padres califican de
“marimachos”, todo parece sugerir que ellas también, de momento, desean
acceder al estatuto de “tíos”, de machos... Veremos lo que nos deparan los
próximos años, respecto a los efectos de una mixtidad real de dichos
aprendizajes, en la evolución de la homofilia y del estatuto de la virilidad.
15
En Québec, en 1984, un comité
contra las infracciones sexuales sobre niños y jóvenes señalaba que, a pesar
del número extremadamente reducido de denuncias por violación presentadas por
hombres, un estudio canadiense ponía de manifiesto que una de cada dos mujeres
y uno de cada 3 hombres confesaban haber sido víctimas de actos sexuales no
deseados (42,1% de las personas en Canadá y 40,2% en Québec). La mayoría de
esas personas han sido agredidas durante su infancia o su adolescencia (Badgley,
1984). Para compararlos con los datos franceses, no contradictorios
con el estudio realizado en Québec, remito a mi texto sobre la homofobia
(1984).
Más
adelante, con el paso de los años, cuando el recuerdo del dolor y de la vergüenza
se van atenuando, el abuso inicial funcionaría como elemento de compensación,
un poco como en el caso de la apertura impuesta de una cuenta bancaria: los demás
abusos perpetrados serían algo así como los intereses que viene a reclamar el
ex hombre abusado. Y esto ocurre tanto en los casos de abusos realizados a
hombres como, en otros lugares, a mujeres.
Otros
se acorazan. Asumen, de una vez por todas 16 , que la competición entre hombres es una jungla peligrosa en la que hay
que saber esconderse, resistir y, en resumidas cuentas, en el que la mejor
defensa es el ataque.
Conjurar
el miedo agrediendo al otro, y gozar de los beneficios del poder sobre el otro,
ese es el postulado que parece estar inscrito en el frente de todas las
“habitaciones” de la “casa”.
Pero,
no nos engañemos. Esa unión que hace la fuerza, ese aprendizaje de lo
colectivo, de la solidaridad, de la fraternidad – los hombres de un mismo
grupo pueden asimilarse a hermanos – no solo presenta aspectos negativos. A
pesar de que en la “casa de los hombres”, interviene la solidaridad
masculina para evitar el dolor de ser uno mismo víctima, esa “casa” es el
lugar de transmisión de valores que, si no estuviesen al servicio de la
dominación, resultarían valores positivos. Disfrutar juntos, descubrir el
interés de lo colectivo sobre lo individual, son valores humanistas sobre los
que se basa la solidaridad humana.
El
caso es que, en la socialización masculina, para ser un hombre, hay que
conseguir no ser asimilado a una mujer. Lo femenino se convierte, incluso, en el
elemento de rechazo central, en el enemigo interior a combatir, bajo pena de
verse uno mismo asimilado a una mujer y ser (mal) tratado como tal.
Y
sería un error limitar el análisis de la “casa de los hombres” a la
socialización infantil y juvenil. Ya en pareja, el hombre, aún “asumiendo”
su papel de hombre abastecedor, de padre que dirige la familia, de marido que
sabe lo que es bueno, y lo que está bien para la mujer y los hijos, sigue
frecuentando “habitaciones” de la “casa de los hombres”: los bares, los
clubes, incluso a veces la cárcel, en los que debe siempre distinguirse de los
débiles, de las “mujercitas”, de los “maricones”, o sea, de los que se
puede considerar como no hombres.
1
Así,
en la cárcel, un segmento particular de la “casa de los hombres”, los jóvenes,
los hombres detectados o designados como homosexuales (los hombres tildados de
afeminados, travestís...), los hombres que se niegan a pelear, incluso los que
han sido pillados violando a dominadas 18 , son tratados como mujeres, tomados sexualmente por los “grandes
hombres” que son los cabecillas, y son chantajeados, violados. A menudo,
incluso, se ven simplemente colocados en posición de “mujer para todo”, al
servicio de los que los controlan, y obligados a realizar tareas domésticas
(limpieza de la celda, de la ropa...) y servicios sexuales.
En
esa perspectiva, he sugerido definir la homofobia como la discriminación de
cara a las personas que demuestran, o a las que se les atribuyen, algunas
cualidades (o defectos) atribuidos al otro género. La homofobia cimienta las
fronteras de género.
Cuando,
junto con Pierre Dutey, interrogamos a unas 500 personas para saber cómo
reconocían a personas homosexuales en la calle, constatamos que la gran mayoría
solo habla de hombres homosexuales (el lesbianismo es invisible). Incluso,
asimilando a los homosexuales los hombres con ciertos signos de feminidad (voz,
vestimenta, físico).
Los
hombres que no muestran signos evidentes de virilidad son asimilados a las
mujeres y/o a sus equivalentes simbólicos: los homosexuales.
El
paradigma naturalista de la dominación masculina divide a hombres y mujeres en
grupos jerarquizados, otorga privilegios a los hombres en detrimento de las
mujeres y, de cara a los hombres que no deseen, por una u otra razón,
reproducir esa tendencia (o, incluso peor, que la rechacen para sí mismos), la
dominación masculina provoca la homofobia, con el fin de que, bajo amenazas,
los hombres repitan los esquemas establecidos como normales de la virilidad.
Asistimos, así, a un clara estratificación entre y dentro de los grupos
sociales: es decir, la homofobia permitiría estructurar las relaciones entre
los propios hombres, reafirmando sus “auténticos valores” masculinos.
Acabo de mencionar a los cabecillas de la cárcel, considerados como “Grandes Hombres”. Puede que la influencia del análisis marxista que ha privilegiado las clases sociales, o del análisis feminista post-marxista que nos ha hecho adoptar un análisis análogo para estudiar la dominación masculina (Delphy, 1970; Guillaumin, 1978), junto con algunos estudios sobre los hombres y lo masculino, nos hayan ocultado lo que todo hombre sabe. Por muy hombre que uno sea, por muy dominante, no deja de estar sometido a las jerarquías masculinas. Todos los hombres no gozan del mismo poder, ni de los mismos privilegios. Algunos, que yo denomino Grandes Hombres, gozan de privilegios que se ejercen a costa de las mujeres (los otorgados a todos los hombres), pero también a costa de los hombres. El análisis transversal de las relaciones sociales de sexo ofrece pistas para el análisis y la reflexión, que me parecen importantes y que me gustaría abordar aquí.
17
Encontramos aquí el fetichismo
fálico de la virilidad.
18
Idealmente, en la ideología
masculina, uno debe apropiarse de las mujeres respetando el mandamiento de
que “no se debe pegar a una mujer, ni siquiera con una rosa”. El encanto y
la seducción natural del macho
superior debería ser suficiente. Incluso si esa “seducción” consiste en
acoso, más o menos insistente.
He
utilizado la metáfora / concepto de la “casa de los hombres” para describir
la socialización masculina. Pero, de momento, no he abordado la estructuración
funcional de lo masculino.
¿Quiénes
son los Grandes Hombres? ¿Cómo se retribuye su estatuto? Con dinero, honor
(que refuerza la virilidad, según P. Bourdieu) y estatutos de poder. Empíricamente
[ver mis estudios sobre el cambio de parejas y el comercio del sexo
(Welzer-Lang,
1988, a, b], sabemos que para un hombre el hecho de ser visto en compañía de
“bellas” mujeres hace que se le clasifique como Gran Hombre; al igual que el
que tiene dinero y/o poder sobre hombres y mujeres. Todo hombre tiene, o puede
tener, si acepta los códigos de la virilidad, poder sobre las mujeres (que
queda aún por cuantificar); algunos (jefes, Grandes Hombres) tienen además
poder también sobre los hombres. Y en torno a ese doble poder se estructuran la
jerarquías masculinas. Podemos, y debemos, asimismo, articular esas divisiones
con las clases sociales. Un ejecutivo o una ejecutiva, un empresario o un
empresaria tiene – de hecho – poder en el ámbito profesional sobre otros
hombres y mujeres. Sin duda – ver los trabajos de los sociólogos feministas y
los de François de Singly – no resulta indiferente, en este caso, ser hombre
o mujer. Queda aún por analizar el tema de las relaciones entre poderes
profesionales y poderes (y privilegios) domésticos. Pero todo eso es aún muy
abstracto.
El
estudio de los “Grandes Hombres” proporciona, asimismo, otros medios para
analizar la distribución de los poderes masculinos sobre las mujeres y los
hombres. Tomemos como ejemplo, el de los legionarios 19 . A su vuelta de misión en el extranjero, se les permite algunas
libertades con el alcohol y las mujeres. Todos, o algunos 20
tienen derecho a “traer
mujeres en su equipaje”21 . Estas,
inmigrantes, a menudo ilegales, no siempre hablan francés, incluso son
analfabetas, y dependen por lo tanto totalmente de los guerreros que las han traído.
“Hay que entender a los legionarios, se les traslada a cualquier sitio y se
les dice: ¡matad! Por lo tanto, hay que dejarles alguna libertad después...”,
me dijo un oficial del ejército. Esas mujeres (o esos chicos), procedentes de
países pobres, son un privilegio asociado al estatuto de guerrero
post-colonial.
Convendría
sin duda llevar a cabo un detallado examen para saber quienes son los Grandes
Hombres y cómo se distribuyen los poderes masculinos, incluso entre los propios
Grandes Hombres. Recurriendo a los trabajos de Maurice Godelier y adaptándolos
a nuestras sociedades, podríamos distinguir entre los Grandes Hombres los que
ostentan un poder político, religioso (o mágico), económico, guerrero,
administrativo, científico, universitario... establecer el peso de dicho poder,
instituido e instituyente, de cara a los privilegios que sus funciones otorgan a
esos hombres en sus relaciones con los hombres y las mujeres. Una cuestión muy
importante para el estudio de los cambios masculinos. Algunos hombres
(desempleados), que viven del subsidio social, aún ejerciendo de hombres en sus
relaciones con las mujeres, debido a su reducida movilidad social, se encuentran
muy cercanos a la situación de exclusión, de precariedad de algunas mujeres,
mientras que otras mujeres, de movilidad ascendente, tienden a copiar los
esquemas de competencia viril de los hombres.
19
Estamos, en la actualidad,
llevando a cabo un estudio sobre el “tráfico” de mujeres por los
legionarios.
20
La investigación para precisar
el marco exacto de dichos privilegios aún no ha finalizado.
21
Más tarde, he descubierto
(secreto muy bien guardado) que algunas “mujeres” tenían “un pene entre
las piernas”, según uno de mis informadores (un legionario homosexual)..
Lo
que oculta, a fin de cuentas, el análisis naturalista de la división social en
géneros es la historicidad y la contingencia de dicha división. Y que, muy
probablemente, como consecuencia de las luchas feministas y de la evolución
igualitarista de nuestras sociedades, acabará volviéndose obsoleta 22
, y se vera sustituida, quizás,
por otras formas de dominación entre humanos y humanas.
Pero
la dominación masculina no constituye el único paradigma que condiciona
nuestras representaciones y nuestras prácticas. Vamos a abordar, ahora, el tema
de la heterosexualidad.
La
heterosexualidad: un marco naturalista para dividir a hombres y mujeres
La
historia reciente de las ideas en Francia, en particular las que critican las
construcciones sociales del género masculino y/o de las sexualidades
masculinas, ofrece un doble análisis. Por un lado, los trabajos en torno al ámbito
feminista, que privilegian el análisis de las relaciones sociales de sexo, la
dominación masculina. Por otro lado, los textos, inspirados por Michel Foucault
(1976, 1984), de historiadores como Philippe Ariès (1973), J.L. Flandrin (1981,
1982, 1984)..., cuestionándose el marco hetero-asexuado de la normalidad
masculina.
La
aparición de la scientia sexualis (Foucault, 1976), la definición de
los individuos, no ya a través de un dato fisiológico (el aparato genital),
sino a través de una categoría sicológica que es el deseo sexual, ha
contribuido a instaurar entre los hombres 23 un
marco heterosexual presentado, asimismo, como una forma natural de
sexualidad.
Asimilando
la sexualidad, y su lote de juegos, de deseos, de placeres en la reproducción
humana, el paradigma heterosexual se ha impuesto como línea de conducta para
los hombres. Y es la base, hoy en día, del heterosexismo. El heterosexismo –
y ahora adopto la definición americana – es discriminación y opresión,
basadas en la distinción establecida respecto a la orientación sexual. El
heterosexismo es la “promoción continua, por parte de las instituciones y/o
de los individuos, de la superioridad de la heterosexualidad y de la subordinación
simultánea de la homosexualidad. El heterosexismo da por hecho que todo el
mundo es heterosexual, salvo que se demuestre lo contrario.”24
Pero
sería un error limitar el marco de exclusión que genera el heterosexismo a la
homosexualidad. Cualquier forma reivindicada de sexualidad que se
distingue de la heterosexualidad se menosprecia y se considera como diferente de
la norma de sexo, que se impone como modelo único. Y lo mismo ocurre con la
bisexualidad, las sexualidades transexuales...
22
Ver, al respecto, el excelente
artículo de Christine Delphy de 1991.
23
Este análisis sobre los
beneficios del modelo heterosexual debe matizarse en lo que respecta a las
mujeres. El marco heterosexual, que también les viene impuesto, se combina con
una atracción masculina por amores sáficos bajo control. Basta con ver la gran
cantidad de vídeos pornográficos con escenas – para hombres espectadores –
de lesbianas. Estas – la homofobia manda – son conformes a los criterios
masculinos y homófobos del erotismo.
24
Esta definición, publicada en
1994, es una adaptación (libre) de la definición propuesta por Joseph Neise
(1990)..
Está
claro que nos encontramos ante a un modelo político de gestión de los cuerpos
y de los deseos. Y los hombres que desean vivir sexualidades no heterocentradas,
se ven estigmatizados como hombres anormales, sospechosos de “pasivos” y
amenazados de ser asimilados y
tratados como mujeres. Porque, de eso se trata: ser hombre significa ser activo.
Y no es casualidad que algunos violadores de hombres entrevistados (Welzer-Lang,
1988), activos y penetrantes, no se consideran homosexuales. Michael Pollack lo
menciona también en su obra Los homosexuales y el Sida. Hace referencia
a “la jerarquía tradicionalmente establecida [...] entre el “follado” y
el “follador”, el primero soportando mayor reprobación social, por
el hecho de transgredir abiertamente el orden “natural” de las cosas,
organizado en torno a la dualidad femenina (dominada) y masculina (dominante),
hasta el punto que en algunas culturas solo es considerado como “auténtico
maricón” el que se deja penetrar y no el que penetra” (Pollak 1988).
Una
vez más, el heterosexismo establece sus categorías. Distingue a los
dominantes, que son los hombres activos, penetrantes, de los demás, los
penetrados y la penetradas y, por lo tanto, dominados y dominadas 25 . Y es claramente homofobia lo que se aplica a los y las homosexuales, a
los y las bisexuales bisexuales, a los y las transexuales... desvalorizándoles,
porque no adoptan, o son sospechosos /sospechosas de no adoptar, configuraciones
sexuales naturales.
Las
luchas contra las políticas del macho
Por
razones históricas, las luchas de los hombres contra la dominación masculina y
las luchas para criticar el heterosexismo, han constituido dos realidades
sociales disociadas. Cada paradigma naturalista genera y reproduce su propio
sistema jerárquico de clasificación, en el que la homofobia divide, segmenta
en parejas opuestas, a los que se asemejan al retrato del dominante y a los demás.
Uno es hombre O mujer, macho heterosexual (es decir “normal”) U otra cosa.
Entre los hombres, los movimientos sociales han reproducido esa división. Por
un lado, en Francia, en los últimos diez años, han surgido numerosos grupos,
numerosas asociaciones dirigidas a los hombres. Algunos con una clara voluntad
de integrar a los hombres y mejorar su forma de vida (las redes de hombres
influenciadas por Guy Corneau), otros pretenden luchar contra el sexismo
ejercido, según ellos, en detrimento de los hombres (en su mayoría
asociaciones de padres divorciados 26 , el Movimiento
para la Condición Masculina...). Prácticamente todas esas asociaciones o
agrupaciones pretenden luchar contra los sufrimientos de los hombres. Si añadimos
a esa lista también algunos grupos de hombres que luchan al lado de las
feministas, del antisexismo, contra la homofobia, contra la virilidad
obligatoria, obtendremos una imagen bastante fiel de las reacciones masculinas
frente a los cambios deseados por el feminismo.
Esos
mismos hombres, unos años más tarde, se han definido en Francia y en Europa
como profeministas. El término profeminista ha sido adoptado por consenso entre
los hombres y las mujeres presentes en el coloquio del GREMF de 1996, en Québec.
Pretende reunir a los hombres anteriormente denominados antisexistas,
25
A menudo se menosprecian las
representaciones ligadas a la heterosexualidad. Así, en un curso de formación
de altos responsables de una gran asociación humanitaria sobre la sexualidad
relacionada con el Sida, unos de los responsables, médico, se permitía
presumir de la atracción erótica que ejercía sobre él la sodomización de
una mujer, mientras declaraba, respecto a las relaciones anales entre hombres
que eran “antinaturales y, sobre todo, sucias y repugnantes”.
26
Recomendamos, sobre este tema,
la lectura del trabajo innovador de Germain Dulac (1993).
masculinistas
27
... marcar la solidaridad de los
hombres de cara a los análisis feministas y respetar la autonomía del
movimiento de las mujeres, dejándole la exclusividad del término feminista.
Y marca también una ruptura importante. Los hombres profeministas se consideran
personas construidas socialmente como hombres, y por lo tanto dominantes con las
mujeres. Su existencia cuestiona la capacidad de alianzas y de análisis comunes
entres hombres y mujeres, dominantes y dominados. El profeminismo europeo
plantea tanto el problema de la opresión de las mujeres como el de la alineación
de los hombres dominantes.
Asimismo,
en torno a los movimientos “squats” y diferentes grupos libertarios y
antifascistas, han ido surgiendo últimamente varios colectivos antisexistas (en
Nantes, Lille, París, Lyon, Montpellier...), que plantean el problema, de forma
mixta o no, de las luchas contra el sexismo, la homofobia y la lesbofobia.
Además,
en espacios muy diferentes, van surgiendo hombres que, desde el FHAR [un
movimiento creado por mujeres), o el PACS, pasando por la abrogación de las
leyes restrictivas contra la homosexualidad 28 , luchan contra la heteronormatividad y sus efectos discriminatorios.
Como grupo dominado, los homosexuales masculinos han sacado a la luz las
condiciones de opresión que padecen: represión en numerosos países, incluida
Francia, derechos diferentes a los de los demás hombres, con la impresión de
ser tratados como ciudadanos de segunda clase, agresiones en el espacio público,
invisibilidad en los libros de texto, lo que contribuye a su aislamiento...
Entre
esas dos corrientes, no existe nada, o poca cosa 29 . Algunos intentos de acercamiento, pero que se reduce a menudo a un
grupo, los gays, que se declara – con razón - dominado y se niega a aceptar
que, incluso dominados, siguen siendo hombres y, por lo tanto, dominantes de
cara a las mujeres. O algún otro grupo de dominantes, que afirman asumirse como
tales, pero preocupados por el problema de la evolución de las relaciones
hombres / mujeres. Y, sin embargo, para ser completo, el análisis crítico de
lo masculino debe asumir la crítica del conjunto del modelo macho. La distancia
que separa ambas tendencias críticas se ve incluso reforzada por la misoginia
de algunos hombres homosexuales, o por la utilización de diatribas homófobas
contra algunos gays afeminados (la “locas”), que reproducen, para algunos, a
través del juego y de la burla, los estereotipos de la feminidad.
Para
las mujeres, la situación, sin ser idéntica - puesto que las mujeres lesbianas
se han definido en su mayoría como feministas desde hace tiempo -, pone también
de manifiesto la dificultad de articular ese doble paradigma. Los recientes
trabajos del seminario de Toulouse “Gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros,
“queers”;
Orientación
e identidades sexuales, cuestiones de género”, han demostrado la complejidad
de las relaciones entre mujeres lesbianas y feministas no lesbianas, dentro de
movimiento de mujeres. Las homosexuales se quejan a menudo de la invisibilidad
de la que parecen ser objeto por parte de las demás feministas.
27
Este término, adoptado por los
grupos de hombres franceses progresistas en los años 1980, no tenía, por aquel
entonces, ninguna connotación revanchista ni reaccionaria.
28
Antes de 1981, la edad de la
mayoría sexual era más tardía, en lo que se refiere a las relaciones
homosexuales.
29
Salvo una marcada excepción:
la revista Star, que establece relaciones entre feminismo y luchas contra la
homofobia: “Hetero u homo, sin cuartel para los machos”. Star tiende cada
vez más hacia una crítica “queers” de las identidades de género: “Somos
“Queers” porque no somos heteros, sino bisexuales,, lesbianas, gays, travestís,
transexuales...” se lee en uno de sus anuncios publicado en 1994. Sin olvidar
asociaciones como el MFPF (Movimiento Francés de Planificación Familiar) que,
desde hace tiempo, incorpora, bajo diferentes formas, las luchas feministas y
los análisis antidiscriminatorios sobre los homosexuales..
El
feminismo agrupa hoy en día tendencias diversas y variadas. ¿Cómo favorecer
un amplio debate entre mujeres y hombres, para hacer avanzar los temas
igualitaristas y antisexistas? ¿Cómo evitar, en las asociaciones de hombres,
que se produzcan desviaciones reaccionarias y sexistas a costa de las mujeres?
Nos
enfrentamos, hoy en día, a una carencia. Carencia de análisis de las
construcciones sociales de lo masculino en su totalidad, carencia para entender
las evoluciones de los hombres en sus relaciones con las mujeres. Y en sus
relaciones con los hombres.
Lo
masculino en toda su amplitud y en mil pedazos
El
paisaje social de los hombres ha cambiado. Por supuesto, existen (algunos)
hombres progresistas o igualitarios, que se hacen cargo de todo o de una parte
del trabajo doméstico, en particular cuando viven solos. Los que luchan junto
con las mujeres por la paridad en la política, los que, frente al doble estándar
asimétrico de lo limpio y lo ordenado, o del amor, intentan negociar, como
pueden, un acuerdo igualitario con las mujeres. Los que, criados en un ambiente
mixto, se han tenido que enfrentar muy pronto con la necesidad de encontrar un
planteamiento común con sus amigas mujeres, el aproximadamente centenar de
hombres profeministas...
Pero
no son las únicas transformaciones visibles. El surgimiento de nuevas figuras
de transgenders 30
, que aparecen en los
estudios sobre la prostitución, la confusión momentánea o permanente 31
de las identidades asexuadas y
sexuales ofrecidas, por ejemplo, a través de los ordenadores, los centenares de
SNAG (Sensitive New Age Guys), como se les denomina en Australia 32
, por no hablar de las drag
queens, esos hombres que se visten de mujer y que no se definen ni como
homosexuales, ni como travestís, todo ello nos coloca ante la presencia de
nuevas figuras del desorden (Balandier, 1988) que parece reinar en la
masculinidad.
Los
modelos, las reivindicaciones y las vivencias del conjunto de esos hombres
ofrecen una enorme variedad, pero tienen en común su cuestionamiento objetivo
y/o subjetivo de las definiciones homófobas y heterosexistas de “la
masculinidad”, su trasgresión de las definiciones sociales. Las fronteras de
género tienden, por el lado de los hombres, a descomponerse, a explosionar,
haciendo saltar en mil pedazos lo masculino.
¿Qué
ocurre? Varias hipótesis parecen interesantes para explicar los cambios, y la
historia nos dirá si se trata solo de un fenómeno de moda o de una auténtica
transformación de lo masculino como género.
Las luchas de las mujeres y el feminismo han reprobado, con importante éxito pero nunca de forma definitiva, la supremacía masculina. Ciertamente, la dominación perdura, pero tiende a desmoronarse y a perder su agudeza opresiva. Al mismo tiempo, el género masculino ha buscado otros contenidos, otros valores. Lo que no quiere decir, en absoluto – para nada – que no exista una recomposición de la dominación masculina y que el cuestionamiento de la masculinidad sea lineal, o que tengamos que olvidarnos de la articulación entre relaciones sociales de sexo y de la estructuración en clases sociales.
30
Hemos
definido como “transgenders, transgéneros” a las prostitutas, hombres de
nacimiento que se prostituyen como mujeres. En nuestro trabajo de investigación,
llevado a cabo en 1992 en Lyon, junto con Odette Barbosa y Lillian Mathieu,
representaban una de cada tres mujeres [esta cifra es habitual en las grandes
ciudades europeas), pero sobre todo, captaban gran parte de los clientes,
considerados por los investigadores como heterosexuales.
31
Nada novedoso, por cierto:
Kacques Revel (1984) ofrece algunos ejemplos históricos.
32
Con sus equivalentes, en
Francia y en Québec: la Red-Hombres-Québec o la Red-Hombres-Francia, creada
por Guy Corneau, es decir hombres que utilizan grupos de expresión y/o de
terapia para vivir mejor sus masculinidades y sus relaciones con las mujeres.
Paralelamente,
y de forma acelerada con la homosexualización del sida, el movimiento gay ha
criticado las bases homófobas de lo masculino y algunas jerarquías de las
relaciones entre hombres. Aunque, como ya lo he mencionado, los gays no son los
últimos en querer esconder la emergencia de lo que se califica como femenino en
los hombres, el FHAR (y sus famosas “gazolines”), el GLH, el CUARH (Comité
de Urgencia Anti-Represión Homosexual) en su época militante, el comercio gay
y las asociaciones de lucha contra el sida, han sacado a la luz, hoy en día,
otros modelos de “la” masculinidad. Por supuesto, una vez más, esas
transgresiones de la masculinidad, esas variaciones de lo masculino, no
significan de por sí cuestionamientos de las relaciones sociales de sexo
(o de género). Janis Raymond ya lo había señalado en el caso de las
transexuales (1981); la dificultad de algunos gays para aceptar que lo que viven
las mujeres homosexuales es diferente de los que ellos mismos viven constituye
otro ejemplo 33 . Tal y como lo
subraya, acertadamente, Nicole-Claude Mathieu (1994):
“No
sabemos si existe una categoría de “hombres”, solo se habla de lo
masculino”. Al analizar algunas formas de emergencia de nuevas figuras
masculinas, a la luz de las relaciones sociales de sexo, los ejemplos de no
cuestionamiento de las posiciones de dominación masculina son numerosos: en el
contexto de la prostitución, los transgenders pretenden, como hombres,
saber más que las mujeres respecto a lo que desean los hombres-clientes, saber
responder mejor a sus peticiones. Algunos de los hombres que se autodefinen como
“feministas” no se resisten a dar lecciones de feminismo a sus amigas, pero
se niegan a hablar de ellos como hombres. Las drag queens se consideran más
bellas que las mujeres. En cuanto a los hombres en Internet, esas mujeres telemáticas,
organizan espacios en los que pueden evitar los enfrentamientos con mujeres y en
los que creer que hombres y mujeres buscan satisfacer instrumentalmente los
mimos deseos y erotismos. Y, por supuesto, también podría hacer referencia a
las reivindicaciones de los “padres divorciados” que, para algunos,
pretenden controlar no su paternidad (como ocurrió con los militantes del
ARDECOM), sino la anticoncepción y el derecho al aborto de sus compañeras.
Algunos llegan incluso a reivindicar que se demuestre menor credulidad en caso
de denuncia femenina por violación.
En
resumidas cuentas, transgredir socialmente las categorías sociales de la
masculinidad, cuestionar la unicidad del modelo, marca sin duda una crisis
profunda de la identidad masculina, enfrentada a los efectos del feminismo y a
las críticas de los gays. Y traduce, asimismo, las transformaciones de las
relaciones intragénero, que pueden no tener consecuencias en las relaciones
intergénero, en la relaciones sociales de sexo entre hombres y mujeres.
Pero
considerar esa parte de los hombres y de lo masculino denominados gays,
homosexuales, “maricones”, “bi”, transgéneros ... pasa por la
liberalización de los esquemas de comprensión de la inteligencia de lo social.
Abrirse a las cuestiones gays y lesbianas para los antisexistas y los
profeministas, entender el marco feminista y profeminista
para los y las que se muestran interesados / interesadas por las problemáticas
gays y lesbianas, nos lleva a dudar de nuestras dulces certezas, heredadas de un
pasado sexista, homófobo y lesbófobo; la problemática “queer”34
constituye un buen ejemplo de
ello.
33 Basta con ver, al respecto, las dificultades para hacer aceptar el término de lesbofobia.
34
El análisis crítico de esa
corriente, realizado por Sylvie Tomolillo, está a punto de ser publicado.
Los
activistas “queers”35
se definen como
antiasimilacionistas y pretenden agrupar a todos y todas los / las que adopten
identidades sexuales y/o identidades de género diferenciadas de las normas
heterosexuales: gays, lesbianas, transgéneros, bisexuales...
Al
criticar, al mismo tiempo, el binarismo hombre / mujer, así como el
heterosexismo de la clasificación en categorías, el análisis “queer” saca
a la luz una parte de los cambios actuales. Queda aún, para percibir dichos
cambios, por“queerizar” las investigaciones llevadas a cabo: aceptar
superar el simple discurso de los hombres, recogido en las grandes encuestas
sobre la sexualidad, para ir más allá y ver lo que ocurre en la acera, superar
el oprobio moral, el estigma (Pheterson, 1992) que provoca la pertenencia al
grupo de personas prostituidas, escuchar a los / las transexuales y lo que nos
revelan respecto a nuestras certidumbres, investigar en los lugares de consumo
sexual para admitir la ineficacia de nuestras taxonomías, etc. Es decir, salir
de nuestros laboratorios para acercarnos a las gentes, a sus discursos y a sus
prácticas. Lo que no suele ser, por desgracia, la metodología más habitual en
los estudios sobre las sexualidades de hoy. Tal y como recalcaba un Gran Sociólogo,
en las peripecias que salpicaron mi Habilitación para Dirigir Investigaciones:
“Estudiar el comportamiento de un taller de fabricación de automóviles es,
en sociología, algo corriente: aplicar ese mismo método a militantes de
extrema derecha o a los adeptos de una secta es algo más temerario; seguir la
misma vía para los prostitutos o los intercambios de pareja es algo escandaloso
y sospechoso de perversidad”.
Podemos
imaginar que el término, la palabra-imagen o el concepto queer,
afrancesado, se convierta rápidamente en federativo del desorden que reina en
los análisis críticos de lo masculino. Pierre Bourdieu señalaba (1997) que el
movimiento gay y lesbiano carecía de un portavoz emblemático. Se plantea también
la carencia de signo distintivo, de bandera 36 de
los movimientos que critican la heteronormatividad, que engloban en su seno a
gays y lesbianas de las nuevas generaciones militantes, pero también a personas
que desean situarse fuera de ese binarismo sexual. Basta, al respecto, recordar
el amplio público asistente a los Lesbian and gais Pride en Francia, que
no podemos reducir à la atracción de los comercios gays 37
, el movimiento de apoyo
suscitado por el PACS, para constatar el eco alcanzado por esta problemática,
que desborda ampliamente las poblaciones homosexuales.
35
Las Brigadas Rosas, las
Fracciones del Ejército Rosa, los Corazones del Ejército Rosa, las revistas
Androzine y, sobre todo, la revista Star (Lyon) son algunas de esas nuevas
apariciones entre los activistas; el seminario Zoo de París ha desarrollado análisis
“queer” durante dos años consecutivos (Marie-Hélène Bourcier, 1998). En
Toulouse, varios debates han sido organizados sobre ese mismo tema, en
particular con ocasión de la investigación sobre las Hermanas de la
Indulgencia Perpetua, llevada a cabo con Sylvie Tomolillo e Yves Le Talec.
36
Lo que, conviene recalcarlo, va
en contra de la voluntad de los activistas “queer” americanos y americanas,
que nunca han querido que el término queer se convierta en una bandera o un
emblema.
37
A pesar de que la centralidad
de los establecimientos gays en los comercios nocturnos constituye también una
forma de integración del modo de vida homosexual en la población en general, y
entre los jóvenes en particular..
Los
hombres y lo masculino a debate
De
hecho, el doble paradigma naturalista que define la superioridad masculina sobre
las mujeres, por un lado, y la norma que impone cómo debe ser la sexualidad
masculina, tienen en común el hecho de producir una norma política andro-heterocentrada
y homófoba, que nos dice cómo tiene que ser el auténtico hombre, el
hombre normal. Ese hombre, el hombre viril en su representación de sí mismo y
en sus prácticas, por lo tanto no afeminado, activo, dominante, puede
beneficiarse de los privilegios de género. Los demás, los que se distinguen,
por una u otra razón, por sus apariencias o sus preferencias sexuales hacia
hombres, representan una forma de insumisión al género, a la normativa
heterosexual, a la “doxa” de sexo (Haicault, 1992) y se ven simbólicamente
excluidos del grupo de hombres, por pertenecer a los “otros”, al grupo de
dominados /dominadas, que incluye a las mujeres, a los niños y a cualquier
persona que no sea un hombre normal.
En
las ciencias sociales también, al igual que en el sentido común, el análisis
que prevalece es el heterocentrista. En el mejor de los casos, hoy en día, tras
las luchas por sacar a la luz la homosexualidad, tras la aparente compasión de
cara a la homosexualización del sida (Defert, 1990), vemos aparecer un
“heterosexismo diferencialista”, una “tolerancia opresiva” según
Altmann (1971), que acepta el hecho de que existen seres diferentes: los /las
homosexuales y, por consiguiente, es normal, progresista, otorgarles algunos
derechos 38
.
Los
debates recientes, y aún de actualidad al publicar este texto, sobre la
homoparentalidad 39 ponen de
manifiesto los límites objetivos de ese análisis naturalista diferencialista.
La
crítica por parte de las feministas de la dominación masculina había hecho
temer a algunos/ algunas la aparición de un modelo único (El uno es el otro),
de un andrógino indiferenciado. Y es precisamente lo contrario lo que surge
entre los hombres.
Trangenders,
transgéneros, drag queens,
SNAG, “gender fuckers” ... son algunos de esos ejemplos. Opuestos a la
dualidad de los modelos de masculinidad y de feminidad, los cuestionamientos
masculinos del sexismo y/o de la homofobia y/o del patriarcado /viriarcado, dan
lugar a la aparición de nuevos modelos, en los que las luchas internas
relacionadas con las relaciones sociales de sexo encuentran otros foros de
debate.
¿Cómo
analizar esas transformaciones, esas fluctuaciones, esas aparentes
transgresiones de modelo? ¿Qué herramientas teóricas utilizar para saber lo
que, en esas evoluciones, constituye auténticos cambios, o lo que solo son
cambios cosméticos, incluso formas de recuperación de un poder macho,
heteronormalizado o no, criticado por las feministas?
La adopción de una problemática crítica, en lo que respecta al doble paradigma naturalista que estructura lo masculino, ofrece asimismo una renovación de los debates en curso en las ciencias sociales, así como en otros campos. La consideración de un análisis no heteronormativo abre espacios de discusión, cuestiona nuestras presuposiciones sobre los hombres y lo masculino. De momento, en los textos que se declaran progresistas y no excluyentes, en los que se destaca el heterosexismo diferencialista, una nota a pie de página nos informa que el autor considera que su análisis es también válido para los / las homosexuales 40 . Por supuesto que ellos /ellas existen. Pero no se trata tanto de sacar a la luz su existencia sino más bien de integrar su presencia en los análisis, de cuestionar las presuposiciones naturalistas que organizan su invisibilización.
Cambiar
nuestros paradigmas críticos, aceptar, por lo menos, relacionar los análisis
antisexistas y no heteronormativos, ofrece herramientas para deconstruir
nuestras representaciones unívocas, y a menudo uniformes, de los hombres y de
lo masculino.
Escuchar a los hombres y a las mujeres que, hoy en día, viven, ponen en escena o sugieren otros tipos de sexualidad y de género 41 contribuye a ello.
38
Ese heterosexismo
diferencialista produce también a veces “la homofobia diferencialista”
cuando, por ejemplo, se admite que los /las homosexuales (u otros grupos específicos)
poseen cualidades colectivas e individuales (sensibilidad, gustos...) algo
diferentes de los hombres y mujeres normales.
39 La capacidad jurídica y social para hombres y mujeres homosexuales de traer al mundo y/o criar hijos..
40 El método es conocido. Es a menudo utilizado por los autores y autoras que se resisten a feminizar sus textos y se limitan a declarar que, incluso escrito en masculino, su texto integra, no obstante, a las mujeres.
41
Me refiero a los / las que
provocan, falsifican, desvían los atributos del género y que, de hecho,
demuestran así su no-naturalidad.
Daniel Welzer-Lang