|
HACIA
MODELOS DE MASCULINIDAD MÁS POSITIVOS |
Seis
mil millones de seres humanos formamos actualmente la humanidad, repartidos
entre los dos sexos disponibles: el masculino y el femenino. Una vez que el
fogoso espermatozoide paterno, portador de ventitrés cromosomas, atraviesa
victorioso la envoltura gelatinosa del apacible óvulo materno que lo espera a
la entrada del útero, cargado de otros tantos cromosomas, todos o casi todos
quedamos irremediablemente destinados al grupo de ellos, construidos de células
que albergan un cromosoma sexual equis y otro ye (XY), o al grupo de ellas,
dotadas de dos cromosomas equis (XX).
Congreso Internacional “Los hombres ante el nuevo orden
social”,
organizado por EMAKUNDE, San Sebastián, Junio 15, 2001.
* Luis Rojas Marcos dirige el Sistema
Sanitario
y Hospitalario Público de la ciudad de Nueva York, USA.
Me
imagino que desde el mismo instante en que el Homo sapiens adquirió
conciencia de la inexorable dualidad sexual de nuestra especie, hace unos
cuatrocientos mil años, milenio más, milenio menos, no pocas personas han
disputado la conveniencia de este arreglo divisorio. Algunas lo cuestionan a
manera de incógnita curiosa en algún momento en que se sienten filosóficos.
No obstante, el grupo que, en mi experiencia, se hace en voz alta más a menudo
la pregunta de por qué no somos todos hombres o todas mujeres, está compuesto
de personas desilusionadas o atenazadas por algún conflicto amargo o doloroso
en sus relaciones con el sexo “contrario”.
Nadie
duda de que a lo largo de nuestra historia ambos sexos hemos convivido
felizmente. Hemos compartido todo tipo de bienes, proyectos y experiencias, y
hemos participado juntos en el desarrollo de la civilización. Pero no es menos
cierto que en muchas otras ocasiones también hemos competido con egoísmo y
luchado con rencor entre nosotros por acaparar los recursos, el poder y la
propia autonomía incluso a costa de la subyugación despiadada del otro.
Hasta
las parejas más dichosas pueden terminar como perros y gatos al cabo de algún
tiempo. En Estados Unidos la mitad de los matrimonios concluyen en divorcio, lo
mismo que en otras naciones industrializadas. Como decía el dramaturgo irlandés
y premio Nobel, George Bernard Shaw “para enterarnos de las obras que se hacen
por amor hay que leer la página de sucesos”. Y es que las desavenencias entre
hombres y mujeres a veces tienen un desenlace fatal.
Hoy
conocemos bastantes motivos de peso que justifican que la especie humana se
divida en ellos y ellas. De hecho, esta partición es un triunfo biológico y
social que nos ayuda a añadir años a la vida y vida a los años.
La
reproducción a base de emparejar los ventitrés cromosomas del hombre con los
de la mujer tiene grandes ventajas para nuestra adaptación al medio ambiente,
nuestra supervivencia y evolución, y, por lo tanto, para la mejora progresiva
de la calidad de vida. La causa fundamental es la gran diversidad que genera
esta amalgama de múltiples genes de diferentes estirpes.
Recordemos
por unos segundos el histórico 12 de febrero de este año, en el que los
investigadores internacionales del Proyecto Genoma Humano y la empresa Celera
Genomics, hicieron pública la secuencia de nuestro mapa genético. Una de las
revelaciones más sensacionales en este día grande de la ciencia fue que la
clave de nuestra complejidad corporal y de nuestra inteligencia no se basa en el
número de genes –-al parecer sólo unos 30.000--, sino precisamente en su
diversidad y en los millones de variopintas combinaciones y estructuras
multiformes que se crean entre ellos.
Cuando
nos planteamos nuestra identidad de hombre o de mujer, el orden de importancia
en que situamos nuestros atributos innatos –genes, hormonas, configuración
del cerebro-- y adquiridos –experiencias, educación y valores culturales--,
supone un desafío tan complejo como polémico. Los avances espectaculares en
genética hacen muy atractiva la idea del determinismo de los genes.
También
es cierto que no le faltan partidarios de la noción que apuesta por la supremacía
de las fuerzas sociales en la formación de nuestro carácter. La carismática
antropóloga de la Universidad de Columbia Margaret Mead, conocida casi tanto
por sus investigaciones como por no tener pelos en la lengua, en 1935 escribió:
”Podemos decir que muchos, si no todos, de los rasgos de la personalidad que
llamamos masculinos y femeninos, tienen tan poco que ver con factores biológicos
como con el vestido o el peinado que la sociedad asigna a cada sexo en una época
determinada”.
Por
mi parte, todos somos el producto de la mezcla de múltiples ingredientes genéticos
y ambientales, somáticos y espirituales, innatos y aprendidos, que trabajan
interconectados y en continua evolución.
Una
vez que aceptamos reconfortados los beneficios de un mundo dividido en un género
masculino y un género femenino, y aprobamos el hecho de que nacemos y nos
hacemos, pienso que antes de comentar sobre los nuevos modelos de masculinidad
nos puede ayudar hacer un brevísimo repaso de algunos aspectos históricos de
las relaciones entre hombres y mujeres.
Los
expertos suponen que los seres humanos que vivieron en los albores de la
prehistoria lo tuvieron muy difícil. Aparte de sufrir indefensos los azotes
mortíferos de las fuerzas naturales, a menudo tampoco podían protegerse de las
fieras hambrientas que les acechaban. A pesar de su vulnerabilidad imagino que
el hombre y la mujer nómadas mantenían relaciones gratificantes e intuían que
vivir merecía la pena. De lo contrario no podríamos explicar la existencia
milenaria y el desarrollo extraordinario de una especie tan espabilada y
consciente de sí misma como la nuestra.
Como
cabe suponer, no todos los expertos coinciden en cómo se dividía el trabajo
entre hombres y mujeres en el Neolítico, no obstante tenemos a nuestro alcance
bastantes datos antropológicos que respaldan la existencia de pueblos antiquísimos
que se sustentaban de la caza y de la recolección de plantas silvestres
comestibles en los que el varón y la hembra mantenían posiciones sociales
equitativas. Esta es la conclusión a la que llegaron las historiadoras Kay
Martin y Barbara Voorthies después de analizar metódicamente las costumbres de
decenas de tribus salvajes descubiertas en los últimos doscientos años. Con
todo, no es posible saber con certeza si estas observaciones recientes pueden
ser generalizadas a épocas prehistóricas.
Muchos
arqueólogos, después de examinar miles de estatuillas y amuletos de la Edad de
Piedra que representan señoras embarazadas de buen ver, como la Venus de
Willendorf o la Polichinela, han concluido que en tiempos pretéritos las diosas
madres gozaban de gran popularidad y las mujeres eran muy valoradas y pertenecían
a un colectivo privilegiado. De todas maneras, no hay que olvidar que la idolatría
o la adoración a imágenes femeninas, desde Afrodita o Atenea a las estrellas
modernas de Hollywood, pasando por la Virgen María en la Edad Media, ha
coexistido pacíficamente con la obvia devaluación y discriminación social de
las mujeres.
El
invento de la agricultura y la domesticación de animales hace unos diez
milenios fomentó un estilo de vida más sedentario, y estimuló la aparición
de asentamientos humanos densos y permanentes que, con el tiempo, se
convirtieron en ciudades. Un amplio grupo de historiadores sostiene que gracias
a la disponibilidad más previsible de comida aumentaron
el tiempo libre y las oportunidades de dedicarse a nuevas ocupaciones.
Como resultado, no tardaron en surgir todo tipo de artesanos, especialistas e
inventores.
Un
beneficio maravilloso de esta impresionante transformación social fue el
invento de la escritura por los sumerios. Este avance gigantesco permitió la
acumulación y difusión de ideas, ayudó a documentar las proezas de las
personas o los acontecimientos más notorios de los pueblos y a dar fe del
transcurso de la historia.
No
obstante, la creación de las ciudades hace unos seis mil años ofrece también
una cara siniestra de la convivencia entre hombres y mujeres. La concentración
de la población, el impulso del comercio y el desarrollo del militarismo,
fomentaron la competitividad, las diferencias económicas y las luchas por los
bienes y el poder. En esta competición, parece que las elites masculinas,
aprovechándose de la energía, el tiempo y el trabajo que las mujeres dedicaban
al proceso vital de la reproducción y al cuidado de los hijos, acapararon la
autoridad intelectual, social y económica. El monopolio masculino de la
escritura, la educación, las leyes y la organización política y burocrática
de la sociedad, así como del control del reparto de los frutos del progreso, no
tardó en convertirse en un principio tan natural y corriente como la salida del
Sol cada mañana.
Como
consecuencia, la historia oficial de la humanidad se convirtió en un escenario
en el que el hombre y la mujer interpretaban sus papeles respectivos. Ambos
contribuían al argumento y eran indispensables para que la función continuara.
La obra no podía representarse sin los dos. Pero la puesta en escena estaba
concebida y dirigida solamente por los hombres. Ellos escribían el guión,
seleccionaban a los actores y definían el significado de cada intervención.
Los hombres eran los artistas principales, los personajes más heroicos, las
estrellas de la trama.
Los
grandes profetas y sus doctrinas que aparecieron casi simultaneamente en la
Tierra hace unos tres mil años (Abraham, Jacob, Moisés, Lao-tse, Zoroastro,
Buda, Confucio, y unos seis siglos después Jesucristo y Mahoma) contribuyeron
al implacable y “moralmente justificable” desprecio social del sexo
femenino. Abundan las enseñanzas religiosas que defienden esta distorsión de
la figura femenina. Una frase atribuida a Buda atestigua: "El cuerpo de la
mujer es sucio y no puede ser depositario de la ley". Una oración hebrea
reza: "Adorado seas, Señor, nuestro Dios, Rey del Universo, que no me has
hecho mujer". Y según Tomás de Aquino, "El hombre está por encima
de la mujer, como Cristo está sobre el hombre".
Muchos
de los influyentes relatos de la Biblia han servido de recordatorio de que los
hombres son los únicos embajadores del cielo divino en este mundo. De hecho,
según el Génesis, Dios prescindió totalmente de la madre para la creación,
engendró al ser humano sin aliarse a ninguna diosa ni tener lazos familiares.
Su obra no incluye ninguna fuente maternal ni va unida al concepto de procreación.
En
mi opinión, las grandes religiones reveladas por profetas varones y promotoras
del culto en exclusiva a un Dios varón, han desfigurado durante milenios la
noción de igualdad de la mujer y el hombre. En este sentido, sus efectos
devaluadores sobre la mitad de la especie humana han sido probablemente más
profundos y duraderos que las ideas y conductas misóginas de todos los filósofos
y líderes civiles y militares juntos.
Todas
estas circunstancias ejercieron un impacto determinante en la división del
trabajo entre hombres y mujeres. De forma que las ocupaciones permitidas a los
miembros de cada género, más que ser el resultado de distinciones biológicas
o de capacidades y talentos naturales, dependieron de jerarquías sociales
basadas en el poder de algunos hombres sobre otros hombres y en el dominio casi
absoluto del colectivo masculino sobre el femenino.
La
necesidad de mano de obra promovió la institucionalización de esclavitud de
los grupos estigmatizados como inferiores o perdedores. La institución legal de
la esclavitud se convirtió rápidamente en un pilar de la sociedad tan
resistente que en muchas culturas ha sobrevivido hasta nuestros días. La
aceptación universal de la explotación de la mujer por el hombre y su exclusión
de las oportunidades económicas, de las fuentes educativas y del proceso político
no tardaron en vincularse, más o menos formalmente, al concepto de la
esclavitud. Aunque hay que apuntar que las esclavas, además del trabajo forzado
aportaban a sus amos servicios sexuales y un suministro regular muy lucrativo de
niños esclavos.
Los
monarcas y los oligarcas que componían el grupo de los influyentes y
potentados, casi siempre eran hombres. Y cuando se inventaron las repúblicas sólo
eran hombres los electores y los elegidos. Es cierto que de vez en cuando aparecía
una mujer dirigente, pero esta escena ha sido la excepción que confirma la
regla. Sólo en las últimas décadas las democracias han concedido a las
mujeres el derecho al voto, y en algunos países las mujeres aún no gozan de
este derecho.
Desafortunadamente,
este desequilibrio y desigualdad social robó a la humanidad la posibilidad de
descubrir nuevos talentos entre quienes siempre actuaron en papeles secundarios.
Y quienes se adueñaron de la responsabilidad de tener que dirigir la obra también
salieron perjudicados, pues la pesada carga de la que se apropiaron les impidió
liberarse y experimentar la pura alegría de convivir en un ambiente ecuánime,
solidario y libre de opresores y oprimidos.
Una
vez evocadas estas breves memorias del pasado, que sin duda guardamos todos en
nuestro inconsciente colectivo y modelan nuestra identidad, describiré el
contexto más cercano en el que germinaron los modelos de masculinidad más
positivos.
El
siglo XX se caracteriza, entre otras cosas, por ser testigo de asombrosas
conquistas de la ciencia (relatividad, energía nuclear, ingeniería genética),
maravillosos inventos tecnológicos (aeroplano, televisión, lavadora, internet),
medicinas milagrosas (vacunas, antibióticos), y por propulsar el espectacular
avance del género femenino hacia la.10 igualdad social y económica
con el masculino. Un ejemplo fue la adopción del sufragio de las mujeres en los
países más desarrollados: Entre otros, Alemania, Italia y Suecia en 1919,
Estados Unidos en 1920, España en 1931, Francia en 1944 y Suiza en 1971.
Quizá
la conquista social más notable del siglo XX fuese el descubrimiento de que el
hombre no es la única medida de todo lo humano, sino que hay dos medidas: el
hombre y la mujer. Este hallazgo cambió la conciencia de nosotros mismos
incluso más que el invento de Copérnico de que la Tierra no es el centro del
Universo.
Nadie
niega que la condición de mujer ha experimentado una evolución extraordinaria
en las últimas décadas. El movimiento feminista y la disponibilidad de métodos
de control de natalidad seguros y efectivos, especialmente a partir de la salida
al mercado de la píldora anticonceptiva en 1960, el primer fruto de la medicina
de la calidad de vida, han sido los dos acontecimientos de más peso en esta
transformación.
Hoy
casi todas las mujeres son conscientes de la estrecha relación que existe entre
la procreación y la supervivencia propia. La mayoría está convencida de que
para participar en igualdad de condiciones en la vida económica, política y
social de nuestro tiempo, es esencial poder controlar su fecundidad. Cada día más
mujeres van a la universidad, ocupan posiciones de liderazgo, se casan más
tarde y tienen menos hijos. La participación de las madres en el mundo laboral
no ha dejado de crecer.
Cuando
la procreación era esencial para la supervivencia de la especie, la familia de
padre proveedor y de madre prolífica era casi inevitable. Hoy, sin embargo, la
imagen del hombre en el trabajo y la mujer en la casa ha sido relegada a la
historia, y las realidades sociales y económicas se han encargado de
transformarla en un ideal que hubo que defender, en una reliquia del pasado.
El
movimiento feminista ha permitido a la mujer abrir una brecha definitiva en la
estructura social del poder masculino, penetrar en el reino de la economía, de
los negocios, de las profesiones y del poder político controlado
tradicionalmente por el hombre. En los últimos treinta años, la preeminencia
social masculina ha sido paulatinamente invadida por la cultura femenina. La
mujer ha desafiado al hombre a cambiar su personalidad y a adaptarse a una nueva
dinámica de pareja. La metamorfosis de la mujer está produciendo cambios de
ajuste en el varón. El avance social y económico de la mujer ha sido un agente
de evolución para ambos sexos, y mientras las mujeres se liberan de los
estereotipos del pasado, los hombres tratan de deshacerse de una imagen varonil
dura, trasnochada y difícil de soportar.
Por
ejemplo, en el escenario del hogar el padre ha sido hasta hace poco un actor
remoto, impalpable, que cuando aparecía lo hacía entre bastidores, en un
segundo plano de la saga familiar.
Pienso
que este alejamiento es quizá la razón por la que el primer desafío que se
planteaban muchos padres era elegir su papel. Algunos padres que escogían el
del hombre cazador que necesita estar libre de las responsabilidades de la
crianza de los hijos para poder proveer o proteger a la madre y a la prole.
Otros representaban
el personaje de rey mago que, estando casi siempre fuera de casa, nunca retorna
al hogar sin traer regalos para todos. Ciertos padres adoptaban el modelo del
amigo, del compañero, y no tenían una presencia real hasta que los hijos no
eran lo suficientemente mayores como para hablar con conocimiento de temas que a
él le interesaban.
Otros
desempeñaban la misión de autoridad moral suprema, de juez que dictamina lo
que está bien y lo que está mal. Aunque estos papeles podían superponerse o
conjugarse en uno solo, coinciden en una característica: el ejercicio de la
responsabilidad a distancia.
A
lo largo de la historia del hogar los padres han brillado, sobre todo, por su
ausencia. Demasiados niños han sido cuidados solamente por la madre. En estos
hogares a menudo se sentia un enorme agujero, un cráter en el que se miraba
intensamente y se buscaba a un ser que por no estar presente, estaba presente.
Esta es la causa de la epidemia de hambre de padre o el deseo persistente
e insaciable de conexión emocional con el padre que han experimentado tantos jóvenes.
Esta
necesidad insatisfecha provoca un sentimiento crónico de pérdida, aparte de la
dificultad para relacionarse con figuras paternales o de autoridad.
Una
excusa frecuente para justificar la falta de envolvimiento paterno en el
cuidadode los hijos han sido los mitos que rodean al instinto maternal,
como esa fuerza natural, propia de los genes femeninos, que presuntamente equipa
en exclusiva a las mujeres con las cualidades emocionales necesarias para
asegurar el desarrollo saludable de los niños. Hoy, sin embargo, sabemos que
las aptitudes necesarias para cuidar de los hijos no.13 dependen de una energía instintiva, sino de ciertos aspectos
temperamentales de la persona y de fórmulas y comportamientos que en su mayoría
se aprenden. De hecho, no hay razón alguna para que los hombres no las puedan
aprender.
Todos
los arquetipos son resistentes al cambio, pero uno tan potente como el de la
figura paterna dura y distante resulta especialmente tenaz. La imagen idealizada
del varón, labrada en las viejas losas del Olimpo y del Génesis, que sedujo al
hombre a buscar sin descanso el poder, el éxito, la superioridad y la
independencia a costa de cualquier precio, aún perdura en la memoria colectiva,
envuelta en el celofán brillante de mitos y estereotipos. En cierto sentido las
expectativas de nuestra cultura han colocado al padre ante una trampa casi
insalvable: para que el hombre sea considerado "un buen padre" tiene,
ante todo, que satisfacer su función de proveedor, lo que le obliga a pasar la
mayor parte del tiempo fuera de la casa. Pero, al mismo tiempo, su ausencia del
hogar tiende a producir en los niños problemas de carencia afectiva e
inseguridad. Sin embargo, cada día hay más padres que sinceramente desean que
su papel en el hogar se amplie más allá de la simple misión de mantener a la
familia. Optan por ser más activos y más tangibles y sienten que, si fueran
libres de escoger entre su ocupación profesional o dedicarse al hogar, elegirían
lo último.
Son
padres más hogareños, expresivos, afectuosos y, en definitiva, más humanos.
Cada
día más hombres se enfrentan al penoso desafío de compaginar sus actividades
laborales con sus deseos de padre. Dilema que refleja el enorme reto que supone
ser un buen padre en nuestros tiempos. Por otra parte, a menudo perdemos de.14
vista el término medio, o el
padre razonablemente bueno. Y es que el modelo de padre sólo ha sido
representado en extremos opuestos, bien el padre trabajador, respetable y hogareño;
bien el padre egoista, indiferente y malévolo.
Los
nuevos modelos de masculinidad no se configuran a base de símbolos viriles
idealizados, sino con atributos temperamentales concretos. Estos modelos
incluyen la preocupación genuina por la supervivencia de la especie y la
vinculación al proceso diario de sustentación de la vida. Otro componente es
la escala de valores que favorece la igualdad y deprecia las jerarquías, y que
situa el bienestar tangible de los compañeros y compañeras de vida por encima
de ideologías y conceptos abstractos. Estos nuevos modelos de masculinidad
alimentan la antipatía por la violencia y ensalzan la negociación y el
consenso como métodos predilectos para resolver conflictos. Son modelos que se
nutren de una buena dosis de empatía, esa capacidad que nos permite ponernos de
verdad en la realidad ajena, y de flexibilidad para captar las fuerzas que
continuamente transforman nuestro ser y el medio que nos rodea. En definitiva,
los nuevos modelos de masculinidad se configuran de las cualidades vitalistas y
humanizantes de la persona.
La
nueva masculinidad se manifiesta en el ambiente escolar y universitario, en el
trabajo, en las actividades de ocio, pero sobre todo en las relaciones de pareja
y dentro de la familia. Estos modelos más positivos se basan en expectativas de
igualdad, contienen receptividad a las exigencias feministas y una dosis
importante de la nueva sensibilidad masculina.
Por
ejemplo, las parejas de hoy aspiran no sólo a ser mejores amigos, compañeros
íntimos y cónyuges sexuales, sino a la realización profesional o laboral de
ambos fuera del hogar y la participación activa en el cuidado y educación de
los hijos. Para muchas parejas, este concepto de relación impone altas
exigencias. Con todo, este es el prototipo de convivencia al que aspiran cada
vez más hombres y mujeres.
Sin
embargo, nuestra cultura alimenta tres tendencias, muy arraigadas en la tradición,
que se interponen en el desarrollo de los nuevos modelos de masculinidad más
positivos: El culto al “macho”, la competitividad y el principio
diferenciador de “los otros”.
Me
explico, nuestra sociedad todavía glorifica la "hombría", el Rambo,
celebra los estereotipos duros de la masculinidad. Esta figura idealizada suele
estar representada por el hombre agresivo, implacable, y siempre seguro de sí
mismo. Un ser que reta sin miedo, persigue el dominio de los otros, tolera el
dolor sin inmutarse y no expresa sentimientos afectivos. Esta imagen masculina
impregna la subcultura de los niños, sus lecturas, sus programas televisivos,
sus deportes y sus juegos de video.
La
segunda tendencia cultural que socava los nuevos modelos masculinos es la
competitividad. En nuestra cultura se exalta la rivalidad y se admira el triunfo
conseguido en situaciones de enfrentamiento que, de una forma más o menos
obvia, siempre requieren un vencedor y un vencido.
Hoy
sufrimos manía de concurso. La creencia que el antagonismo y la pugna son
elementos necesarios y deseables en todas las actividades de la vida diaria está
profundamente imbuída en la sociedad masculina de Occidente.
El nuevo paradigma masculino
también tiene que superar el viejo principio de "los otros". Esta tácita
proposición postula que existen grupos de personas con las que tenemos muy poco
en común, ni siquiera una parte discernible de humanidad. No sólo son estos
grupos diferentes de nosotros, sino que, secretamente, son además menos
valiosos. El principio, casi siempre sobrentendido, de "los otros"
ofrece una disculpa para la marginación y descriminación, de los grupos
"diferentes" nos da permiso para pensar mal de ellos, rechazarlos,
deshumanizarlos y hasta cometer actos violentos contra ellos. Aparte de superar
estos mensajes y valores culturales que minan el desarrollo de los nuevos
modelos de masculinidad, las posibilidades de estimular actitudes y conductas
positivas aumentan considerablemente si reconocemos nuestras características
masculinas en lugar de negarlas, distorsionarlas o resentirlas. Los viejos
consejos socráticos de “conócete a ti mismo” y “la verdad te hará
libre” continuan siendo válidos. A medida que avanzamos en nuestro
conocimiento del género masculino nos resultará más fácil transigir con las
actitudes y tendencias típicas de los hombres que no podemos cambiar, estimular
o suprimir las que podemos cambiar, y distinguir las unas de las otras. Además,
este conocimiento nos ayuda a cuestionar las generalizaciones automáticas o los
juicios apresurados que hacemos unos de otros y a despojarnos de los prejuicios
venenosos, supersticiones sexistas y el narcisismo que albergamos.
Una
vez liberados de este lastre, podremos trabajar juntos para hacer más sólidas
y solidarias nuestras relaciones, no sólo con las mujeres sino también con
otros hombres.
La
liberación de la mujer unida al desarrollo de modelos masculinos positivos es
la fuerza necesaria para construir una sociedad más saludable, más íntegra, más
creativa y más plena que la simple suma de las dos partes. Como exhortó al
pueblo estadounidense en su discurso inagural de 1861 el presidente Abraham
Lincoln, que gobernó durante la enconada Guerra Civil y liberó a los esclavos
del Sur, “acabemos con nuestras divisiones y busquemos la unidad promoviendo
los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.
Una
vez que abandonamos posiciones rígidas, argumentos emocionales o
clasificaciones simplistas de “buenos” y “malos”, comenzamos a
comprendernos y a interesarnos con afecto por nuestros compañeros de vida y sus
circunstancias. Como atestigua un dicho antiguo, “el que no conoce nada no ama
nada, pero el que entiende también ama. Cuanto más se conoce algo más se
puede amar”.
Antes de
terminar, pienso que no haría justicia a la realidad humana si no recordara un
hecho tan reconfortante como cierto. Estamos vislumbrando el amanecer de una
nueva era para la convivencia. Una era mejor en la que la relación entre ellos
y ellas promete ser más equitativa, armoniosa y gratificante. Cientos de
estudios demuestran que las buenas relaciones entre hombres y mujeres son
identificadas cada día por mas gente como la fuente primordial de su felicidad.
Las relaciones satisfactorias constituyen una causa muy directa de alegría y un
antídoto muy eficaz contra los aguijonazos que inevitablemente nos proporciona
la vida. Y es que en el día a día la buena convivencia duplica nuestra dosis
de entusiasmo y reduce nuestra tristeza a la mitad.
REFERENCIAS
BEAUVOIR, Simone de: The
second sex, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1952.
FROMKIN, David: The way of
the world, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1999.
HOYENGA, Katharine Blick y
Hoyenga, Kermit T.: Gender-related differences, Simon & Schuster Inc.,
Boston, Massachusetts, 1993.
LERNER, Gerda: The creation
of patriarchy, Oxford University Press, Nueva York, 1986.
MARTIN, Kay y VOORTHIES,
Barbara: Female of the species, Columbia University Press, Nueva York, 1975.
MEAD, Margaret: Male and
female: a study of the sexes in a changing world, Morrow, Nueva York, 1949.
ROJAS
MARCOS, Luis: La pareja rota, Espasa Calpe, Madrid, 1994.----: Las semillas de
la violencia, Espasa Calpe, Madrid, 1995.----: Nuestra felicidad, Espasa Calpe,
Madrid, 2000.
WADE, Nicholas: Genome’s
riddle, few genes and much complexity, The New York Times, 13 de febrero, 2001.
WILSON, Edward O.:
Consilience, Alfred A. Knoff, Nueva York, 1998.