Roles
masculinos y construcción de una cultura de paz
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La
ponencia se enmarca en una investigación de Filosofía para la Paz que trata de
reconstruir las competencias humanas para hacer las paces. Se entiende la
cultura como la capacidad humana de cultivar las relaciones entre los seres
humanos y entre éstos y la naturaleza. Se establece una relación entre cultura
y responsabilidad por la que las formas de cultivar las relaciones humanas está
sujeta a que nos pidamos mutuamente cuentas de los sistemas de interrelación
que institucionalicemos. Así se revisan las conexiones entre los sistemas de
dominación masculina ejercida contra las mujeres y contra la naturaleza en el
marco de las culturas para la guerra.
Se reconstruyen las posibilidades humanas para cultivar las relaciones entre nosotros mismos y entre nosotros y la naturaleza alternativas a las culturas para la guerra, desde los análisis feministas que explicitan los subtextos de género ocultos en los discursos masculinos de seguridad y justicia, mientras se «relegaban» a las mujeres valores de «menor» categoría moral como la ternura, el cariño o el cuidado. Se proponen nuevos roles de hombres y mujeres en nuevas formas de entender la seguridad, la justicia, la ternura, el cariño o el cuidado en las culturas para hacer las paces.
1.
Introducción: La reunión de expertos convocados por la UNESCO en Oslo en 1997
como punto de partida
En
el primer contacto 1 que
tuve con las promotoras de este Congreso me sugirieron la posibilidad de
referirme en mi intervención a la reunión organizada por la UNESCO en Oslo en
septiembre de 1997. El título de aquella reunión de expertos, alguno de los
cuales participa también este Congreso, era «Roles masculinos y masculinidades
desde la perspectiva de una cultura de paz». Creo que es este título el que ha
inspirado el que me han sugerido las organizadoras para mi propia intervención.
1.1.
Las guerras nacen en las mentes de los hombres: la perspectiva de género
y el sexismo
Siguiendo
las propuestas del libro que publica las intervenciones de aquella reunión (Breines,
Connell et al., 2000: 10) el tema se incluiría en el conocido preámbulo de la
1
Estas reflexiones forman parte del proyecto de investigación «Los conflictos
nacionales y su dimensión cultural: estructuras nacionales y supranacionales e
investigación para la paz» financiado por la Generalitat Valenciana (España)
con el código GV99-71-1-09
Constitución
de la UNESCO 2 :
«puesto que las guerras nacen en las mentes de los hombres, es en las mentes de los hombres donde deben erigirse
los baluartes de la paz». Irónicamente,
es cierto que aquí «hombres» está usado como «nombre colectivo
genérico» en la acepción que María Moliner, ella misma mujer, recoge:
«se aplica a nuestra especie, o
sea la de los mamíferos racionales», en su útil diccionario de uso
(1997). Sin embargo, los temas que estos días nos reúnen, inicialmente
inspirados en el desarrollo de
propuestas feministas de mujeres, nos harían caer en la cuenta de que
efectivamente es en las mentes, esto es, en lo que decimos, callamos y,
en general hacemos los hombres, donde
han nacido las guerras y, por consiguiente, es en las mentes de los hombres, esto es, en lo que decimos,
callamos y, en general, hacemos, donde
tenemos la oportunidad, si queremos, de erigir los baluartes de la paz.
Evidentemente,
«hombre» ahora significa «individuo adulto de sexo masculino de la
especie humana» siguiendo el mismo diccionario.
Hablar
de esta manera ya es introducir la «perspectiva de género» como categoría de
análisis de lo que nos hacemos unos y unas a otros y otras, unos a
otras, unos a otros, unas a otros,
o unas a otras y cuantas más combinaciones nos permita nuestra
imaginación. Voy a proponer que no tener en cuenta la perspectiva de género
es hablar de forma «degenerada»: primero, en su sentido recogido en
el diccionario de «hacerse de peor
calidad», «menos vigorosos», «perder cualidades», «ser de peor calidad que
nuestros antecesores» (Martínez Guzmán, 1998b; en prensa).
Segundo,
no tener en cuenta la perspectiva de género es también actuar de forma
«degenerada» en un sentido nuevo aprendido del debate feminista. Ahora
«degenerado» significará «ser
ciegos» a las discriminaciones, exclusiones y marginaciones producidas
contra las mujeres en razón de las diferencias anatómicas obvias. Así,
«degeneramos» las relaciones
humanas cuando pasamos del género construido socialmente en las
diferentes culturas, al «sexismo» construido socialmente como forma de
dominación masculina. Esta
dominación masculina (Bourdieu, 2000) institucionaliza un tipo de
culturas y saberes que afirman que son neutrales respecto del género.
Efectivamente «han perdido la perspectiva de género». Sin embargo son
culturas y saberes «sexistas». En
realidad imponen unas culturas y unos saberes que tienen
implícito el ideal normativo de hombre, blanco, adulto, heterosexual y
occidental; es decir, de sexo masculino, de un determinado color, con un cierto
grado de «desarrollo» personal, una manera específica de entender el goce
sexual y situado en una parte concreta del mundo también «desarrollada». Es a
este ideal normativo de «masculinidad» 3
al que deben aspirar hombres y
mujeres. Como veremos, es este sexismo el que está asociado al sistema de la
guerra y, en general a la violencia que se considera genuinamente masculina (Reardon,
1985).
2
En realidad, según la información
estudiada en otros de mis trabajos (Martínez Guzmán, 1998b; en prensa) fue una
mujer, la antropóloga Margaret Mead (1994) quien por introdujo la idea de que
la guerra es una mala invención humana y no una necesidad biológica.
3
No me voy a detener en realizar un «estado
de la cuestión» de las nuevas masculinidades porque en este congreso participan algunos de los promotores de esta cuestión
como tema académico y de compromiso práctico.
Por otra parte, en el grupo de investigación que dirijo en la Cátedra UNESCO
de Filosofía para la paz, uno de
los investigadores y doctorandos, Joan Navarro está dedicando su investigación
doctoral al tema de las nuevas
masculinidades como aportación a la Investigación para la Paz y acaba de
escribir dos artículos para una Mini-enciclopedia
sobre cultura de paz y conflictos coordinada en el marco del Plan de
Cultura de Paz y No-violencia por la Junta de Andalucía y el-Instituto
de Paz y Conflictos de la Universidad de Granada
Lo
que por el momento me interesa destacar es que no tener en cuenta la perspectiva
de género como categoría de análisis
nos ha degenerado también como humanos, como
mujeres y hombres. Gracias a las aportaciones de las mujeres nos hemos
dado cuenta que con el sexismo como
sistema de dominación masculina, no sólo las mujeres, sino
todos los seres humanos nos hemos «degenerado»: hemos perdido calidad
humana. Es en este contexto en el
que interpreto el nuevo debate de la llamada segunda oleada de
los estudios sobre la masculinidad y las nuevas masculinidades (Brod y
Kaufman, 1994). Necesitamos nuevas
formas de culturas y saberes de cómo nos hacemos mujeres
y hombres, y pedirnos cuentas por ello, para estar atentos a quiénes
dejamos al margen. Como veremos,
dejar de ser ciegos para las discriminaciones sexistas, abrir los ojos a
las características culturales que establecemos y podemos establecer con
base en la categoría de género, nos abre los ojos a otras formas de
exclusión y marginación: indígenas,
negras y negros, «orientales», inmigrantes, «subdesarrollados», niñas y
niños...
1.2.
Una cultura de paz
Como
indica la introducción del libro que recoge las intervenciones de los expertos
convocados por la UNESCO:
Construir
una cultura de paz implica desaprender los códigos de la cultura
de la guerra que han impregnado nuestra existencia. Es decir, cuestionar
las instituciones, prioridades y prácticas
de esta cultura así como la producción, el
tráfico y el uso destructivos de las armas. Implica además, enfrentarse a la
noción de desarrollo basado principalmente en criterios económicos y
hacer frente a los diferentes tipos
de injusticias, discriminaciones y exclusiones.
Requiere
también que pongamos en cuestión el estrecho concepto de «seguridad» medido a menudo por el simple recuento de armas
y tanques, en vez de contemplar el
nivel de comprensión entre los pueblos (Breines,
Connell et al., 2000: 12)
Positivamente
podríamos describir esta tarea con los siguientes puntos del Manifiesto
2000 por una Cultura de Paz de la misma UNESCO (Martínez Guzmán, 2000a;
2000b; en prensa):
Respetar
todas las vidas, rechazar la violencia con un compromiso positivo con la
práctica de la no-violencia activa, desarrollar mi capacidad de ser
generoso compartiendo mi tiempo y
mis recursos materiales con los demás, escuchar para
comprendernos en la multiplicidad de voces y culturas en que nos
expresamos, preservar el planeta
que significa un consumo responsable y con criterios de justicia y,
finalmente, reinventar la solidaridad: reconstruyamos unas sólidas
relaciones entre los seres humanos.
Voy
a profundizar en estas cuestiones resumiendo en primer lugar las bases filosóficas
de mi propuesta de una filosofía para hacer las paces y sus relaciones
con las culturas para la paz, en
segundo lugar me referiré a la importancia de la categoría de género en
los Estudios y la Investigación para la paz y, finalmente, acabaré con
algunas sugerencias para trabajar
por culturas en las que aprendamos a hacernos mujeres y
hombres y a pedirnos cuentas por lo que nos hacemos, cómo nos los
hacemos y por si pudiéramos
hacernos las cosas de maneras diferentes.
2.
Reflexiones filosóficas sobre las culturas para hacer las paces
Voy
a matizar la propia fórmula de la UNESCO «cultura de paz». El contexto en el
que vengo trabajando últimamente
y, creo que el trasfondo de debates de este mismo
Congreso, invitan a introducir mayor diversidad en la fórmula.
Entiendo por cultura de forma muy
sencilla la recuperación de su sentido etimológico: cultura como cultivo de
las relaciones entre los seres humanos mismos y entre éstos y la
naturaleza, la forma humana de
habitar la tierra que es otro sentido de cólere, junto con adornar,
tratar con consideración,
proteger, practicar, honrar, venerar, celebrar con reverencia 4
.
4 No es fácil el tema de la definición de cultura y culturas. Para una
información relacionada directamente con
las masculinidades y las culturas pueden verse, al menos, Gilmore (1994) y
Hofstede (1998).
2.1.
Cultura como cultivo, cuidado y forma de «habitar» la tierra
La
apelación a la etimología en esta palabra como en otras no pretende dar un carácter
de definición esencial que imponga una manera normativa de entenderlas y
excluya otras. Más bien significa
la reconstrucción de las estelas o rastros (Austin, 1975: 190) de
las diferentes raíces que todavía iluminen lo que nos decimos, nos
callamos y, en general, nos hacemos
con las palabras. Son como destellos que nos permiten dar cuenta
de qué relatos y metáforas usamos, qué instituciones creamos, cómo
ejercemos nuestras capacidades,
poderes o competencias, a quiénes no reconocemos poderes, a quiénes
excluimos; pero también cómo decimos que nos queremos, con qué ternura
nos tratamos, cómo nos cuidamos
unos de otros, qué diferencias nos reconocemos. Por
decirlo con Foucault (1987), qué prácticas discursivas ejercemos y qué
relación entre saber y poder
establecemos. Siempre, a mi juicio, con la intuición de fondo de que nos
podemos pedir cuentas por todo ello y transformar lo que nos relaciona.
Así
pues, «cultura» será una característica peculiarmente humana: la de
cultivarnos, cuidarnos entre
nosotras y nosotros y a la naturaleza, la forma humana de «habitar» la
tierra, de tratarla con consideración. En nuestra metodología la
dicotomía entre naturaleza y
cultura es una trampa. «En filosofía es frecuentemente una buena política,
cuando un miembro de un pretendido par cae bajo sospecha mirar también
sospechosamente la parte de apariencia más inocente»(Austin, 1981: 43).
2.2.
Cultura y naturaleza se entrelazan
Los
seres humanos sabemos de «lo natural» cuidándonos de lo que nace, brota, se
engendra, crece; como destellos de las raíces nasci en latín, phýo
en griego y en última instancia
gen- en indoeuropeo que significa dar a luz o parir (Roberts y Pastor,
1997) que es una función femenina. Por su parte cultura se remonta
a la raíz indoeuropea k w el-
que indica revolver, mover alrededor. Con la cultura removemos, nos
movemos alrededor, nos cuidamos,
tratamos con consideración, lo que nace, brota, se engendra y
crece. Además con una cierta actitud de perfeccionamiento, de
acabamiento, de finalidad (telos),
circular; como cuando de algo decimos que «nos ha salido redondo».
No
hay forma de saber lo que es «natural» sin cuidarnos de ello, sin cultivo, sin
cultura. De ahí que resulte tan sospechoso cuando alguien o algunos, se
arroguen el poder único de saber
qué es natural y qué no es. Aunque sea una afirmación que diga de
sí misma que es universal y neutral respecto del género, hay que ver qué
otras formas de saberes excluye,
que otras formas de cultura margina, qué tipo de saberes somete
(Foucault, 1992).
Así
pues cultura y naturaleza se entrelazan o entretejen. Forman como una urdimbre
en la que siempre podemos desconstruir
lo que tenga de excluyente y dominadora de unos
seres humanos con otros y la naturaleza, para reconstruir los
lazos de otra manera.
2.3.
Cultura y responsabilidad: la urdimbre de la valoración moral de las
relaciones humanas y las diversas culturas
«Cultura»
como capacidades, poderes o potencialidades humanas para cultivar y
cuidarnos de nosotros mismos y la naturaleza está relacionada con «responsabilidad
moral». Es decir con las capacidades, poderes o competencias humanas
para valorar lo que nos hacemos
unos a otros, pedirnos respuestas y responsabilidades. Si se quiere
decir de manera más grandilocuente: proponemos una relación entre
cultura y libertad.
La
cultura es un ejercicio de libertad por el que nos damos cuenta que podemos
hacernos las cosas de muchas maneras diferentes y pedirnos cuentas por
ello. A pesar de la grandilocuencia del término lo estoy usando de forma
modesta: no me refiero a la libertad
«total» que, desgraciadamente puede devenir «totalitaria»; como cuando
hablamos de «verdadero» no me refiero a la «verdad, toda la verdad y
nada más que la verdad». Decir
que algo lo hemos hecho libremente o no, es una dimensión de
evaluación de lo que nos hacemos, como decir de una emisión que «es
verdadera» es una dimensión de
valoración de su ajuste con los hechos y, en general, con quienes nos
comunicamos e interactuamos (Austin, 1975: 173).
«Cultura»
y «libertad» en su interrelación con «responsabilidad moral» reciben
estelas o rastros de sus
respectivas etimologías a través de la palabra «habitar». «Moral» procede
del latín mos que viene a traducir êthos y éthos.
Êthos (con «eta») tiene el significado
más antiguo de residencia, morada o lugar donde se habita y también
tiene la acepción de «carácter»
o «modo de ser». Éthos (con epsilón) introduce el sentido de hábito
en nuestro comportamiento que puede
ser educado, precisamente porque es «carácter» y no
mera naturaleza (páthos) (Aranguren, 1968: 24 ss.).
En
la interpretación en que vengo trabajando el hecho de que los seres humanos
tengamos capacidad de educar nuestro carácter para adquirir unos
comportamientos que generen hábitos éticos o morales, tiene mucho que ver con cómo
compartamos nuestra morada, nuestra
forma de vivir de cuán hospitalarios seamos con las otras y los otros
«diferentes». De ahí que no podamos alardear de seres morales si
«tememos a los extranjeros», a
los extraños, a las otras y los otros diferentes, que es el significado de
«xenofobia». Mientras que hospitalidad en griego es filoxenía,
amor al extranjero, al extraño, aunque sea trágico (Derrida y Dufourmantelle,
2000). El verbo xenizo significa hospedar,
acoger, tratar hospitalariamente, pero también maravillar, turbar con cosas
extrañas; y xenía significa lazo, derecho mutuo de hospedaje,
hospitalidad. Por eso más que
leyes de extranjería necesitamos leyes de hospitalidad que regulen la posesión
común de la tierra como una expresión de los lazos entre los y las
diferentes, porque con ello nos va
nuestra propia capacidad de considerarnos seres morales (Martínez Guzmán,
en prensa).
«Cultura»
como ejercicio de la libertad con la que nos cuidamos unos y unas de otras y
otros y establecemos lazos entre nuestras diferencias, de los que siempre
nos podemos pedir
responsabilidades, nos hace reconocer la diversidad de maneras en que los seres
humanos individuales y los grupos de seres humanos nos podemos hacer las
cosas a nosotros mismos y a la
naturaleza. Es decir, la diversidad de culturas. En este sentido ya
no existe la cultura, sino que desde la urdimbre de conceptos que
estamos tejiendo, existen las culturas,
como existen diversas formas de «hacer las paces». De ahí mis
matices a la fórmula inicial de la UNESCO «cultura de paz» y su
reconstrucción como «culturas
para hacer las paces».
2.4.
Los lazos «sólidos» de las relaciones humanas: el poder comunicativo y la
actitud performativa
Las
culturas para hacer las paces nos muestran entrelazados a los seres humanos
desde nuestra diversidad. Estos
lazos de los que nos damos cuenta en nuestras relaciones
constituyen la solidaridad originaria a las interacciones humanas.
Cada uno y cada una constituimos
nuestra identidad propia en el marco de esas sólidas relaciones que nos
permiten reconocernos a cada una y cada uno en su peculiaridad. Igual que
no hablaba de «libertad total»,
ni de «toda la verdad», tampoco me refiero a «identidad absoluta o
esencial», personal o colectiva, que pueden devenir «identidades
asesinas» (Maalouf, 1999).
Considero
«identidad» como un concepto dinámico que siempre lo entendemos en
interacción con diversidad. De hecho, ser « “el mismo” no significa
siempre lo mismo» (Austin, 1975:
121): no es lo mismo hablar de mí como el mismo padre de mi hija, el
mismo marido de mi esposa, referirme a mi identidad valenciana, «la
misma» que todos los valencianos,
que ser «el mismo» profesor para mis estudiantes. Soy el mismo y soy
diverso según la constitución de mi carácter (êthos) que no es
natural (pathos), sino siempre
constituido en interrelación sólida con las otras y los otros. Son una
identidad y una solidaridad interrelacionadas y siempre sometidas a la
interpelación mutua de cómo vivimos,
cómo nos cuidamos, cómo nos acogemos, o cuán hospitalarios somos con la
diversidad y las y los diferentes, si queremos ser valorados como seres
genuinamente morales.
Esta
actitud de verme inmerso en una urdimbre sólida de identidades en mutua
constitución es característica de la actitud performativa (Austin,
1971; Habermas, 1985; Strawson, 1995). Es diferente de la actitud objetiva que
nos distancia a unos y unas de otros
y otras para considerar que somos «neutrales», o que «no tenemos
responsabilidad» unas y unos de otros y otras porque no valoramos y
referimos simplemente a hechos
(Martínez Guzmán, 2000c; en prensa). En la actitud performativa
siempre nos estamos comprometiendo unos con otros. Siempre hay una
continua configuración o per-formación
(formación intensa) de identidades en mutua
reciprocidad que surge de lo que esperamos unas y unos de otras y otros,
de las expectativas que generamos y
la posibilidad de pedirnos cuentas sino «estamos a la altura» de esas expectativas. La performatividad es la dinámica
de nuestra configuración mutua de
identidades basadas en la solidaridad originaria que tenemos en las formas de
cultivar nuestras relaciones.
La
performatividad es el ejercicio del poder comunicativo. Según Hannah
Arendt (1996: 200 ss.) el poder
comunicativo aparece en el estudio de una de las tres actividades de los
seres humanos que llama «acción» y que tiene como condición la pluralidad.
Las acciones humanas sólo son
posibles porque los seres humanes somos plurales, esto es,
iguales y distintos. En el discurso y en la acción es donde ejercemos el
poder. «Poder corresponde
a la capacidad humana, no simplemente para actuar, sino para actuar
concertadamente. El poder nunca es propiedad de un individuo; pertenece a
un grupo y sigue existiendo
mientras que el grupo se mantenga unido» (1998: 146).
En
mi interpretación diríamos que hay como una intersubjetividad originaria que
nos liga sólidamente a unos seres
humanos con otros y otras. Esta sólida interacción comunicativa es un ejercicio de poder, una realización de
competencias o capacidades para
actuar concertadamente, que se muestra en la fuerza de los que nos
hacemos, decimos y/o callamos, y
que técnicamente se llama fuerza ilocucionaria o performatividad (Austin, 1971; Martínez Guzmán, 1998a;
1999).
Estamos
tan ligados unos a otros por lo que nos hacemos, decimos y callamos que
cuando las otras y los otros captan la fuerza con que hacemos, decimos o
callamos algo
están legitimados a pedirnos
cuentas por los compromisos y responsabilidades que
asumimos en la ejecución o performación de lo que nos hacemos
unos a otros y otras y a la
naturaleza. Pedirnos cuentas unos y unas a otros y otras por lo que nos hacemos
es ejercer nuestra libertad
comunicativa: «la posibilidad recíprocamente presupuesta en la acción comunicativa, de tomar postura frente a una elocución
o manifestación de un prójimo y
frente a las pretensiones de validez entabladas con esa manifestación, las
cuales se enderezan a un reconocimiento intersubjetivo» (Habermas, 1998:
185).
Es
cierto que hay unas consecuencias perlocucionarias que no tienen ese
grado de exigencia de compromiso y
responsabilidad que se muestra en las fuerzas ilocucionarias
cuando nuestra acción es afortunada. Podemos realizar acciones
desafortunadas que están sometidas
a que se nos pidan cuentas cuando nuestros interlocutores han captado
la fuerza ilocucionaria con que hemos hecho, dicho o callado algo. Sin
embargo, en las consecuencias
perlocucionarias hay menor fuerza normativa. Evidentemente se nos
pueden pedir responsabilidades, pero las consecuencias perlocucionarias
de nuestras acciones en cierta
manera «nos asustan» porque pueden ser imprevisibles e introducen
una gran dosis de arbitrariedad en lo que nos hacemos (Austin, 1971).
Creo
que podríamos comparar el poder comunicativo como la per-formación de nuestra
identidad sólidamente ligada a la de las otras y los otras para actuar
concertadamente, con las
posibilidades de vivir en paz, de hacer las paces. De hecho, etimológicamente
«paz» en latín está relacionada con «pacto», con la posibilidad de
actuar según los tratos que
hagamos, de llegar a acuerdos, de actuar, pues «concertadamente».
En
cambio, la violencia es la ruptura del poder comunicativo de algunas y
algunos a favor de otros; la
ruptura de la solidaridad intersubjetiva originaria a las relaciones
humanas; del poder de actuar concertadamente; de la falta de
reconocimiento de la libertad
comunicativa para algunas y algunos; el estallido de la fuerza, cuando los
medios superan a los fines y se reducen a meras herramientas que
introducen la arbitrariedad en la
imprevisibilidad de las acciones humanas y, muchas veces, recurren a
la guerra como árbitro final. La dosis de arbitrariedad que la
violencia introduce en las consecuencias
de nuestras acciones es una muestra de la fragilidad de muchas de las acciones humanas (Arendt, 1998: 112, ss. 148). Creo que esa
arbitrariedad se relacionaría con
la imprevisibilidad de las consecuencias perlocucionarias.
La
Filosofía para hacer las paces en la que vengo trabajando es realista. Reconoce
las competencias violentas de los
seres humanos que producen todo ese tipo de rupturas y
sus consecuencias de marginación,
exclusión y dominio, donde el poder ya no es más
poder legitimado por la concertación, sino violencia y arbitrariedad.
Pero es realista también porque
reconoce, así mismo, las competencias humanas para hacer las paces.
Así la Filosofía para la paz es la desconstrucción y desaprendizaje
de las competencias para actuar de manera violenta y la reconstrucción de
los destellos indicadores de las competencias
para hacer las paces (Martínez Guzmán, en prensa), asumiendo con toda
humildad cuán «imperfectas» pueden ser esas paces (Muñoz, 2001).
3.
La importancia de la categoría de género en la Investigación y los Estudios
para la paz: una perspectiva filosófica
3.1.
El sexo masculino de la violencia en los rastros etimológicos de algunas
culturas
Hasta
ahora parecería que yo mismo estoy cayendo en la trampa de hacer un discurso
«degenerado» en mi sentido de ciego a las diferencias de género y a qué
género se magnifica y a cuál se
excluye. Ciertamente, salvo pequeñas concesiones gramaticales,
he estado hablando de seres humanos en general incluso cuando he citado a
autoras. La trampa, como sabemos,
está en no ser consciente que «en general» significaba
solamente hombre, blanco, masculino con todas las peculiaridades
concretas de mi propia identidad.
Es
el momento de «recuperar la calidad humana» perdida en mi propio discurso.
Para ello veamos en primer lugar
los indicadores que en la misma controvertida palabra
violencia encontramos (Martínez Guzmán, 2001; en prensa):
En
lenguas de raíz indoeuropea (Roberts y Pastor, 1997) significa «fuerza vital»:
la raíz indoeuropea es g w
ei- de donde viene vita en
latín y bíos en griego. «Violencia» es la
cualidad de «vio-lento» formado por la raíz vis que es fuerza y
el sufijo -lent que da intensidad
a la raíz que acompaña (como por ejemplo en «sucu-lento» que significaría
«intensamente sabroso». Así pues significa fuerza intensa, fuerza
total. Ciertamente vis, fuerza
también es desconcertante porque igual podemos hablar de «la fuerza del cariño»
que de «las fuerzas armadas». Parece, como hemos en Arendt que no toda
fuerza tiene por qué ser
excluyente.
Vis
se relaciona con virtus que
además de virtud, significa energía, valor, valentía,
esfuerzo. Aquí es donde empezamos a darnos cuenta de la masculinidad de
la violencia, la fuerza y la virtud
porque las tres se relacionan con vir, varón o poseedor de
cualidades viriles. La raíz indoeuropea tanto para virtud como para varón
es wiro
Incluso la relación entre
virtud y masculinidad puede abrirnos los ojos a una
interpretación de la misma o moral o ética, basada en las virtudes, no
de manera «universal», como
decimos sin tener en cuenta la perspectiva de género, sino
genuinamente masculina.
Entre
estos rastros etimológicos se encuentra también «violación» en general como
«transgresión», pero también como allanar, invadir, profanar y,
especialmente, forzar un hombre a
una mujer a satisfacer su deseo sexual.
En
mi interpretación, coherente con la propuesta de Arendt y mi reflexión sobre
la performatividad, los seres
humanos, especialmente los hombres, ejercemos fuerzas,
poderes que pueden ser positivos y estar relacionados con la vida. Ya hay
problema en que «seamos
especialmente los hombres» los que ejerzamos esos poderes. El problema
se muestra con mayor crudeza cuando es una fuerza «desbocada», intensa,
con consecuencias arbitrarias que
pueden llegar a escapar del control de las cuentas que nos
podemos pedir unas y unos a otros y otras, que sería el sentido profundo
de violencia.
En
este contexto son importantes los sentidos en que cuando tenemos conductas
violentas podemos estar «fuera de sí», desenfrenados, sin conciencia
de nuestros propios límites, de
nuestra «condición humana». Para estos «sentimientos» el
diccionario de María Moliner recoge «desapoderado», es decir, soy
violento cuando «pierdo el dominio
de mí mismo», la conciencia de mí mismo. Añado por mi parte que
este adjetivo, «desapoderado», también puede relacionarse con las
aportaciones de las feministas
relativas a la necesidad de «apoderar» o «potenciar» (empower) a
quienes hemos excluido. Con la
violencia estamos desapoderados nosotros mismos, pero también dejamos de reconocer los poderes, capacidades o
competencias de aquellos y aquellos
a quienes excluimos.
En
griego la violencia es bía que ya hemos dicho que se relaciona con vida,
bíos. En este caso, como
ilustra Aristóteles, somos capaces de entender lo que es un movimiento violento, porque sabemos cómo funcionarían las cosas «naturalmente»
(Aristóteles, 1977: Física, IV 8,
215 a 1-6). Ya he señalado mi interpretación de «naturaleza» y
«cultura» como nociones entrelazadas. Mi adaptación ahora de la
propuesta aristotélica es que tenemos alguna idea de cómo funcionan las cosas en
nuestras construcciones sociales básicas,
y la violencia viene a «forzar» esa manera de funcionar.
Por
otra parte en griego hay otra palabra, hybris, que alude a la arrogancia
humana, masculina, de asumir la
condición humana y de querer ser como se imaginan que son
los dioses. Esta arrogancia
produce la violación de la justicia y los males que aquejan a la vida social y el cultivo de la tierra, y será vengada por
la diosa Némesis (Jaeger, 1971).
De alguna manera la palabra hybris la relacionaríamos con el sentido que
recogíamos de «desapoderado» significando falta de asunción de la
propia condición humana y llegar a
estar «fuera de sí».
En
tercer lugar, también para los griegos hay una sospechosa relación entre
virtud y masculinidad, como hemos
visto en latín. La educación en la virtud para los griegos, es
la adquisición de un comportamiento excelente (areté). Sin
embargo inicialmente areté tenía
un sentido viril entendido como el valor del aristócrata (aristos).
Finalmente
en griego la trama de los conceptos relacionados con la noción de seguridad,
también es masculina. Asphaleia tiene que ver con aletheia,
con lo que no es falso, con fallar,
de raíz indoeuropea bhle- a su vez ambos relacionados con firmeza
masculina, fálica que conserva destellos etimológicos de las
mismas raíces (Dillon, 1996; Roberts y Pastor,
1997). Fijémonos además la relación de seguridad con verdad, y en todo el
juego etimológico, con la forma
masculina de entender el conocimiento verdadero, que nos ha
hecho imponer este saber masculino de herencia griega al resto de saberes
femeninos y de otras culturas, como ya hemos mencionado.
Por
otra parte en castellano y en latín, «seguridad» significa sine-cura,
llegar a estar sin preocupación,
sin necesidad de cuidarnos unos de otros que, como vimos, era unos de los sentidos de cultura que queríamos recuperar. Además,
como veremos, desde algunas propuesta
feministas, se denunciará precisamente que la ética construida de la
masculinidad, ha olvidado la capacidad de «cuidado», de curar-nos unos
a otros con ternura, que se han construido como actitudes femeninas
5.
5
También en el grupo de investigadoras e
investigadores de la Cátedra UNESCO de Filosofía para la Paz, una de las
doctorandas, Irene Comins, está realizando su tesis doctoral sobre la relación
entre la ética del cuidado y las culturas para hacer las paces. Así mismo, ha
escrito algunos artículos relacionados con estos temas para ya la mencionada
Enciclopedia de Paz de la Junta de Andalucía.
En
el hebreo de la Biblia(Léon-Dufour, 1976) la palabra equivalente a violencia, Hms,
tiene el sentido de transgresión de una norma, que los intérpretes
griegos tradujeron como injusticia (adikia).
El narrador del Génesis cuenta a través de la serpiente que los
seres humanos pueden ser como se han imaginado que es Dios (similar a
aquella experiencia griega de hybris).
Con la narración de esta experiencia nos damos cuenta
paradójicamente de la experiencia de libertad y de cuánto bien y cuánto
mal nos podemos hacer unas y unos a
otros y otros y a la tierra. Por eso después del descubrimiento de la
violencia, de la transgresión, se verán desnudos, sentirán
vergüenza, y temerán el futuro. Recordemos la arbitrariedad de la
violencia.
En
mi interpretación la violencia como transgresión altera el ajuste original de
las relaciones entre los seres
humanos y entre estos y la tierra, es injusta, subordina a las
mujeres, domina de manera depredadora a la naturaleza. El crecimiento y
la multiplicación fértiles de los
seres humanos, los animales y los frutos de la tierra, a
partir de la experiencia de la violencia serán vistos como penosos;
parir se hará con dolor, conseguir
el alimento con el sudor de la frente, porque la tierra ahora producirá
cardos y espinas. La paradoja de la relación entre libertad,
conocimiento y violencia va ligada
así mismo a la experiencia de la posibilidad de pedirnos cuentas por lo que nos
hacemos unos y unas a otros y otras y a la naturaleza: «¿Por qué os
escondéis?» Preguntaba Yahvé a
Adán y Eva. «¿Dónde está tu hermano?» preguntaba a Caín. Así
como da cuenta también de la «desazón» que nos produce a los hombres
el tener que cuidarnos unos de otras y otros: «¿Acaso soy el guardián
de mi hermano?» respondía Caín
(Martínez Guzmán, 2001; en prensa).
3.2.
La construcción masculina de la seguridad desde el miedo a la otra
Estamos
viendo cómo se puede desconstruir lo que hacemos con las palabras para
darnos cuenta de a quiénes excluimos y qué tipos de ideales proponemos.
Vemos así que por el rastro que
nos han dejado las palabras de las culturas que están en la base de
la tradición «occidental», la violencia es una conducta masculina,
paradójicamente relacionada con la
libertad de ejercer las potencias y capacidades humanas de formas
descontroladas y con las virtudes éticas, también predominantemente
masculinas y relacionadas con la
experiencia de «temor».
Precisamente
en algunas propuestas feministas y de estudios de las nuevas
masculinidades, la masculinidad de la violencia está relacionada con esa
experiencia de temor, miedo, falta de asunción de la fragilidad y
vulnerabilidad humanas masculinas (Brod
y Kaufman, 1994; Carabí y Segarra, 2000; Chodorow, 1984). Se recuperan las
explicaciones psicoanalíticas con una readaptación del complejo de
Edipo. Es precisamente el choque
entre la dependencia que el niño descubre que tiene de la madre
y las expectativas de «hacerse hombre» que se le generan, primero con
la figura del padre y, finalmente,
con una sociedad construida de manera masculina la que produce
temor por falta de asunción de la fragilidad masculina. Es por miedo al
reconocimiento de esa fragilidad
que los niños nos hacemos hombres violentos. Es por la falta de reconocer la
necesidad de ternura que los hombres desencadenamos conductas violentas
(Rof Carballo, 1997). Es en el juego de unas expectativas machistas que
nos hacemos hombres con una
masculinidad violenta (Miedzian, 1995). Es por la adopción del rol de
macho duro que perdemos la capacidad incluso de ser padres de nuestras
hijas e hijos (Lo Russo, 1998).
Este
trasfondo psicoanálitico está presente igualmente en la investigadora
feminista para la paz Betty Reardom
en un libro (1985) que vengo trabajando desde hace tiempo
(Martínez Guzmán, 1998b; en prensa). Esta autora establece una relación
entre la invención social de la
dominación masculina que, como hemos hecho nosotros, denomina «sexismo», y la invención social del sistema de
la guerra. Ambas invenciones están
simbióticamente unidas, es decir, se favorecen una a otra, son manifestaciones
gemelas del problema común de la violencia social y tienen una causa común.
Esa causa común tiene que ver con
la explicación masculina de cómo funciona el psiquismo
humano:
1)Observamos
diferencias sexuales en la capacidad de reproducción.
2)
A los hombres les produce miedo: la dependencia de la madre, la
diferencia con las otras, la
vulnerabilidad masculina.
3)
Consecuentemente se construyen las diferencias de papeles según el género
como un sistema de dominación para
defenderse de la otra.
4)
Se construye la noción de seguridad como dominación para defenderse de
la amenaza de la diferencia, de la
alteridad.
5)
Se construye la noción de enemigo, a partir del miedo que tengo al otro,
manifestado inicialmente como miedo a la otra.
6)
Aplicado al sistema de la guerra: es la conversión en enemigo de carne y
hueso, del enemigo imaginario construido
como consecuencia del miedo a la diferencia.
7)
Aplicado a la socialización:
7.1)
A los hombres se les socializa para usar competitivamente la violencia con sus
iguales y la opresión con sus «inferiores» en el marco de su miedo a
la violencia. Pero sólo a las
mujeres se les permite expresar ese miedo.
7.2)
El miedo en el hombre se canaliza a través de la agresión, en la mujer por
medio de la sumisión.
7.3)
Esta relación agresión-sumisión tiene su máxima expresión en la violación:
forzar a una persona o personas
a la sumisión y acomodación por medio de la amenaza o el uso
de la fuerza y la violencia. La
amenaza de violación sirve para «mantener a raya» a las
mujeres, a los enemigos, a los colonizados, al otro, al diferente. Es la
metáfora última del sistema de la guerra, donde la violencia es el árbitro
final de las relaciones. Su legitimación
sirve para dar menos valor, deshumanizar, al amenazado de violación, al
enemigo, a la otra, al otro estado-nación.
Por
tanto, la construcción del género está herida desde su origen por
causa del miedo a la diferencia que
se convierte en sistema de dominación y se proyecta en el sistema de la
guerra. Por su parte, las causas estructurales de la violencia
social son la creación humano-masculina
de las relaciones sociales de acuerdo con la estructura psíquica
herida por el miedo a la diferencia Es desde este miedo a la diferencia
que los hombres construyen la
organización mundial de estados nacionales militarizados y la cultura de
la guerra.
Esta
herida originaria de la construcción del género cuyas diferencias se
convierten en sexismo o dominación
masculina tiene implicaciones para nuestra concepción de la
naturaleza y para nuestra concepción incluso, del saber, de la ciencia.
A la naturaleza, a la «Madre
Tierra» hay que dominarla, penetrarla y someterla como han puesto de
manifiesto así mimo las ecofeministas (Shiva, 1991). En la interpretación
de Reardom la destrucción ecológica
es misógina, porque parte del odio a las mujeres (miseo
significa «odiar» en griego); pero también es ginofóbica,
esto es, «temerosa» (de phobéomai,
que significa «temer», «tener miedo») de las mujeres, de lo femenino, de la otras y lo otro.
Las
implicaciones de esta herida originaria en la construcción social del género
que se convierte en sexismo
dominador producen una noción de ciencia como «cientificismo»:
esto
es, una concepción de la ciencia como un saber absoluto y universal, único y
anulador de los derechos de los saberes de las otras y de los otros
pueblos que, ahora, se siguen colonizando en nombre de la ciencia como han hecho ver
filósofas feministas como Sandra
Harding (1996; 1998) y yo mismo he revisado en otro lugar (Martínez
Guzmán, 2000c; en prensa). La introducción de la perspectiva de género
en la noción de ciencia, ya no es
para que haya más «mujeres» o «más indígenas» que sean científicos,
sino para convulsionar la misma noción de ciencia blanca, masculina y
occidental. Creo que desde los
Estudios Postcoloniales (Toro y Toro, 1999) podemos reivindicar el
derecho de los pueblos a utilizar su propio saber.
Igualmente,
dentro del campo de los Estudios para la Paz, esta concepción dominadora
de la sexualidad ha tenido importancia para la misma noción de «desarrollo».
Por una parte, los mismos informes
oficiales del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo Humano, han tenido que ir introduciendo la categoría de «género»
en su concepción inicial que ya
era un intento de superar la concepción del desarrollo como
mero crecimiento económico. Así se han dado cuenta de la «feminización
de la pobreza» y de la necesidad
de incorporar el llamado «índice de potenciación de género»
si se quería superar una concepción sexista del desarrollo (PNUD, 1996;
2000).
Por
otra parte los llamados Estudios del Postdesarrollo se relacionan con el ya
mencionado ecofeminismo y con las críticas a la sociedad industrial y a
la economía de producción
realizadas por los llamados «intelectuales desprofesionalizados» que se
reúnen en torno a Ivan Illich. Así según estos autores, si entendemos
el desarrollo como se ha hecho
desde la perspectiva de una concepción del mundo dominadora, blanca, masculina y occidental, o hay que considerarlo «mal
desarrollo» como le llama Vandana
Shiva (1991) o, de manera más radical todavía, no hay que lamentar su falta de
aplicación a todos los pueblos sino temer su triunfo (Sachs, 1996).
Ivan
Illich (1990) hace un lúcido análisis del sexismo en este caso entendido como
dominación masculina intrínsecamente ligada a la concepción económica
de la sociedad industrial y que
llama «el sexo económico». Es cierto que el género expresa una serie de
dualidades en las culturas. Efectivamente en las culturas patriarcales
esas dualidades son asimétricas y
es contra esa asimetría contra la que hay que luchar. Sin embargo, la
dominación sexista que expresa el sexo económico en la sociedad
industrial va ligada a la noción
misma de «economía industrial». Advierte que el mismo concepto de «rol»
que hemos usado como punto de partida tomado de la citada reunión de la
UNESCO puede ser una trampa. Para
Illich tal como se usa en sociología «rol es el dispositivo
gracias al cual la gente se convierte en parte de una pluralidad que se
analiza mediante conceptos carentes
de género». Mientras que «el género establece la relación mutua
entre dos términos que son mucho más profundamente otros, el uno
para el otro, de lo que jamás podrían
ser individuos actuando en sus roles» (91 s.).
4.
A modo de conclusión: haciéndonos mujeres y hombres en las culturas para
hacer las paces. La ternura de la justicia
Voy
a finalizar con unos indicadores para seguir investigando académicamente y
trabajando en nuestro compromiso con la configuración de nuevas culturas
para hacer
las paces, en relación con
nuevas maneras de entender cómo nos hacemos mujeres y
hombres:
1)
Reconocemos que las culturas de las guerras son «culturas» y son de «hombres».
2)
Si no nos hemos dado cuenta de esta masculinidad de las culturas de las guerras
es porque hemos tenido una concepción
«degenerada» de la cultura: es decir, no hemos
tenido en cuenta las dualidades de género presentes en las relaciones
humanas y, paradójicamente, hemos
hecho una culturas «sexistas», esto es, de dominio del sexo masculino sobre el femenino.
3)
Con el «sexismo», del que nos hemos dado cuenta gracias a las investigaciones
de las mujeres todos los seres
humanos hemos salido perdiendo. Por este motivo necesitamos nuevas maneras de entender «cómo nos hacemos mujeres
y cómo nos hacemos hombres»,
nuevas feminidades y nuevas masculinidades.
4)
Además abrir los ojos a la dominación masculina nos ayudará también a abrir
los ojos a otras formas de exclusión
y marginación, por razones de raza, color de la piel, clase social, dominación colonial, concepción de la ciencia
y el desarrollo, etc.
5)
Para ello necesitamos repensar las relaciones entre cultura, cultivo, formas de
habitar, de cuidarnos unas y unos
de otras y otros y de la naturaleza, como una forma de revolucionar las culturas para hacer las guerras y
sustituirlas por culturas para hacer las paces.
6)
Abrir los ojos a las exclusiones como una forma de aplicar la desconstrucción
de cómo hacemos las cosas y la
reconstrucción de cómo podríamos hacérnoslas de otra
manera es una manera de afrontar la trampa de la dicotomía naturaleza y
cultura. Con las culturas removemos
lo que brota, lo que nace, lo que crece. No hay forma de saber lo
que es natural sin cuidarse de ello, sin cultivo, sin cultura.
7)
Además cultura está relacionada con libertad o responsabilidad moral: la
capacidad de pedirnos y darnos
cuentas por lo que nos hacemos, cómo habitamos la tierra y qué
acogida damos a las y los diferentes.
8)
Hay fuertes relaciones entre solidaridad originaria a las relaciones humanas,
capacidad de ejercer o performar 6
el poder comunicativo, la
libertad comunicativa de pedirnos cuentas y la posibilidad de actuar
concertadamente. De acuerdo Arendt esto es posible porque vivimos en el marco de
una pluralidad que nos hace iguales y diferentes.
6 La relación entre performatividad y cómo nos hacemos hombres y mujeres
ha sido estudiada por filósofas feministas (Butler, 1997; 1999) que también
han inspirado autoras preocupadas por las nuevas feminidades y masculinidades
como Jennifer Harding (1998). Sin embargo, creo que influenciadas por Derrida
(1989), a veces utilizan un concepto de «performatividad» que tiene que ver más
con performance como «representación» teatral y, algunas autoras, con
la iterabilidad de los textos que pierde el compromiso entre las personas que se
comunican. Por mi parte prefiero esta interpretación «comunicativista» de la
performatividad que siempre deja abierta la posibilidad de pedirnos cuentas de
lo que nos hacemos, decimos y callamos (Martínez Guzmán, en prensa)..
9)
Este poder comunicativo de actuar concertadamente indica maneras de hacer las
paces en el sentido etimológico de «paz» como la posibilidad de hacer
pactos. Mientras que la violencia
es la ruptura del poder comunicativo, de la capacidad de concertación,
de la solidaridad intrínseca a las relaciones humanas. Es una muestra de
la fragilidad de las relaciones
humanas, fundamentalmente masculina, y relacionada también con la
moral entendida a la manera masculina, como virtud, relacionada con vir,
varón o, en griego, con areté o
virtudes de los guerreros aristócratas.
10)
Hay unas reflexiones de influencia psicoanálitica que también han tenido
consecuencias en algunas investigadoras para la paz feministas, que
explican el origen masculino de la
violencia por el miedo a las mujeres a partir de la separación o ruptura
inicial de los cuidados y la ternura de la madre por parte de los «hijos».
Así se produce una violencia fruto
de la misoginia y de la ginofobia que da lugar a un sistema de
seguridad fálica y masculina que no valora la atención, el cuidado y la
ternura, sino en todo caso «la
justicia» ciega a las distinciones de género y a otras muchas exclusiones
como hemos visto.
11)
Las alternativas en las que estamos trabajando, suponen la inclusión de las
otras voces 7
a partir de las llamadas éticas
del cuidado, más sensibles, como complemento a
las éticas de la justicia, más cognitivas. Inicialmente nos dimos
cuenta que las éticas de la
justicia ciegas a la categoría de género, podían devenir sexistas, porque
excluían a las mujeres de los
asuntos públicos de la justicia. Posteriormente nos hemos dado cuenta lo
que los hombres nos hemos perdido respecto de la ternura, el cuidado y el
cariño por considerarlos propios
de mujeres. Una vez más lo que está mal es la dicotomía misma
porque la propia palabra «cuidado» procede de cogitare que
significa «pensar». Por tanto no
hay por una parte éticas cognitivas de la justicia y por otra éticas sensibles
del cuidado. Las nuevas feminidades
y masculinidades necesitamos tiernas razones,
cuidarnos de la justicia y comprometernos con la ternura de la justicia.
7
La autora más
citada como promotora de la introducción de las otras voces femeninas en los
discursos morales ha sido Carol Gilligan (1982; 1986) que ha inspirado las éticas
del cuidado a las que ya me he referido (Martínez Guzmán, 1997; en prensa)
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