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Información
Jerez / ABC
19-mar-2001 |
Soy padre de un niño de ocho años y la experiencia me tiene tan contento como harto, no del niño claro (aunque me agobia y me cansa) sino de las tareas y responsabilidades que se derivan de asumir la paternidad.
Todo empezó el día en que tras sopesar, una vez más, los pros y los contras, decidimos liarnos la manta a la cabeza y buscar descendencia.
Por suerte mi pareja quedo embarazada en el segundo ciclo y no llegamos a mantener relaciones con o sin ganas en cada ovulación. Un amigo me contó que se sentía como un semental y vivía cada regla como una posible esterilidad, hasta que un test de embarazo les devolvió su integridad biológica.
Supongo que siempre sorprende todo lo que hay que comprar para recibir a una criatura, pero nadie me había advertido de la cantidad de reparaciones inaplazables que supuso poner la casa a punto.
Mientras compartía con mi pareja el embarazo y los miedos asociados al mismo (como será el parto, nacerá sano, sabremos criarlo), me hacia el firme propósito de asumir con la frecuencia necesaria la realización de tareas tan complicadas como cambiar los pañales, bañarlo o cortarle las uñas. Pero cuando nació tenia miedo de cogerlo por si le hacia daño.
Pronto entendí porque a mi pareja le deseaban “una hora cortita” antes del parto y “salud para criarlo” a partir del mismo. Los problemas reales, al menos para mí, fueron los gases, las cacas o su ausencia, las noches sin dormir y las dificultades para hacer de padre y cumplir con los horarios laborales. Los padres no tenemos individualizado el derecho a una baja parental, pese a la directiva europea que así lo aconseja.
No soy de los que creen en la obligación de experimentar la paternidad y creo que una buena educación sexual debe garantizar que solo sea padre quien comparta con una mujer este deseo. Pero tal como están las cosas, y pensando en las criaturas, considero más importante que los hijos/as sean asumidos que deseados.
Desde el primer día comprobé el poco mérito que tiene ser padre y lo difícil que resulta hacer de padre. Convencido, como estaba, de que tras el parto, a excepción del amamantamiento no hay ninguna necesidad del bebe que padre o madre no puedan satisfacer indistintamente, caí en la cuenta de que tenía que espabilar, porque nadie me había enseñado a cuidar un bebe, ni existen cursos de posparto para padres.
Mi hijo ha ido creciendo y siempre he echado en falta una escuela de padres. También he lamentado que los hombres no acostumbremos a comentan las cosas de nuestra prole, a compartir experiencias ni a damos consejos sobre los problemas que nos plantean.
He tenido que descubrir que una paternidad responsable pasa por cubrir las necesidades de nuestros hijos e hijas, y no puedo evitar la sensación de que lo hago peor que mi pareja.
Aun así la paternidad me ha ofrecido la oportunidad de aprender: a ponerme en el lugar del otro, a entender que lo mejor para él no siempre es lo que yo suponía; a expresar el cariño sin miedo al ridículo; a entender que me necesitan con más frecuencia de lo que me apetece; a cuidarlo y de paso a cuidarme, y a implicarme más en lo domestico por que es de justicia para con mi pareja y porque soy para mi hijo el modelo de lo que es ser un hombre.
José Ángel Lozoya Gómez
Programa “Hombres por la Igualdad”.
Delegación de Salud y Género.
Ayuntamiento de Jerez.