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Género y Sexualidad Masculina |
JORNADAS
DE GENERO Y SEXUALIDAD, LA LAGUNA, MAYO 2002
José
Ángel Lozoya Gómez
Delegación de Salud y Genero
Género
y sexualidad.
El
género es
el mejor instrumento para acercarnos a la comprensión de la sexualidad.
Entiendo el género como el resultado provisional del proceso socializador de la
conducta y la subjetividad de hombres y mujeres en cada cultural o etapa histórica,
y la sexualidad como la forma de vivir o practicar el sexo, la expresión de cómo
hemos interiorizado la cultura, el género y las propias experiencias sexuales.
El
género es
una construcción cultural, una herramienta del sexismo para presentar como
producto de la naturaleza la relación jerárquica de los hombres sobre las
mujeres. Lo masculino y lo femenino es un intento de legitimar una desigualdad
cuestionada por el feminismo, que no consigue determinar la orientación del
deseo sexual pese a intentarlo con todas sus fuerzas, pero si que sea difícil
escapan a sus dictados (tal vez solo lo consigan las personas transexuales o
transgenéricas).
No
trato de negar la importancia de lo biológico,
pero soy escéptico respecto a la posibilidad de que los genes permitan
explicar la diversidad de conductas sexuales que se dan en las personas
razonablemente sanas. Sospecho de las intenciones de las investigaciones que
buscan la explicación genética de las diversas prácticas sexuales (sobre todo
la homosexualidad) y la posibilidad de modificarlas. Seria tanto como decir que
la heterosexualidad también se cura.
El
conocimiento de la anatomía y la fisiología nos permiten entender el cómo y el porqué de
cosas tan importantes como el funcionamiento biofisiológico de la respuesta
sexual, sobre todo si tenemos en cuenta que el modelo sexual hegemónico es
reproductor y se construye sobre la negación del placer, legitimando únicamente
el imprescindible para garantizar los embarazos. (Recordemos la película “El
rey pasmado”).
Es
difícil llegar a disfrutar de aquello que desconocemos que puede servimos para
el placer, sobre todo cuando la falta de información útil se acompaña de
prohibiciones (no te toques, no lo hagas,..). La búsqueda de sensaciones es
sustituida por expectativas, roles y prácticas antojadizas que explican por si
solas la mayoría de los problemas que conocemos como disfunciones sexuales.
No
estoy cerrado a los avances de la ciencia, pero lo que sostengo hoy es que
podemos modificar la realidad a través de nuestra intervención sobre lo
cultural, podemos reemplazar lo que hemos construido, cambiar la percepción
social sobre las conductas y redefinir los valores sobre los que se apoya el
sexismo.
La
sexualidad masculina.
La
heterosexualidad, el coito, la monogamia, la reducción del placer a los
genitales, la devaluación de la masturbación, la obligación de sentir deseo
hacia las mujeres y rechazo hacia los hombres, no son las consecuencias lógicas
de todo modelo sexual reproductor, sino una de las posibilidades sobre las que
nos ilustran la historia o la antropología. La finalidad de estas normas es
someter el deseo y limitar la búsqueda y la obtención del placer, al
mantenimiento y la reproducción de las relaciones de poder entre los sexos por
medio de la represión.
Nadie
niega que los hombres ocupamos un lugar de privilegio en el reparto de papeles,
pero algunos nos sentimos engañados por un paraíso de ficción que nos impide
ser felices y tener unas relaciones saludables con las mujeres. Es una relación
jerárquica que nos:
Exige sentir deseo solo con las mujeres, o para ser más preciso con las bellas, aunque al relacionarnos con ellas no sepamos si no es su envoltorio lo único que nos atrae, si nos relacionamos con ellas o con nuestro propio deseo.
Nos
obliga a tomar y llevar la iniciativa a pesar de nuestras inseguridades.
Garantiza
el orgasmo durante el coito aunque cada vez que escapa a nuestro control lo
vivamos como una puñalada trapera.
Responsabiliza
del placer de nuestra pareja, hasta tal punto que no conozco a ningún
hombre que no se sienta algo responsable cada vez que su pareja no llega al
orgasmo en la relación.
En
estas circunstancias no puedo por menos que lamentarme de una sexualidad que
oscila entre el placer y el cumplir, entre el ir a disfrutar o ir a examinarse,
entre la responsabilidad y las metas. Un modelo con demasiadas normas, estrecho,
rígido y autoproclamativo,.
En nuestra cultura el deseo es cosa de hombres, una ventaja que nos permite vivirlo como positivo y al hacerlo lo potenciamos favoreciendo nuestra excitación y el orgasmo. El problema no es que se nos reconozca sino que se nos exija tener que demostrarlo y saber gestionarlo. De esta forma el sexo nos esclaviza disfrazado de lo que más nos apetece.
Tenemos
que estar dispuestos a disfrutar y capacitados para hacer disfrutar, o más
exactamente, se espera que disfrutemos por lo que hacemos disfrutar a nuestra
pareja. Somos educados para que nuestro placer tenga más que ver con la
satisfacción del deber cumplido que con la intensidad o duración de las
sensaciones placenteras.
Nos
enfrentan a modelos inalcanzables (Casanova, Don Juan y los actores pomo) que
exigen: tamaño, potencia, promiscuidad y eficacia (más, con más y mejor).
¿Ocultamos
los hombres nuestros sentimientos o carecemos de ellos?, ¿Somos caballeros
encerrados en armaduras oxidadas o pinochos, trozos de madera luchando por
humanizarse?. No estoy seguro, porque tener tenemos, aunque con frecuencia los
ocultemos para no comprometemos.
Los
sentimientos masculinos son con frecuencia de lo más parecido a un bonsái,
el resultado de un esmerado proceso de poda y falta de espacio en el que echar
raíces. Conservan todo su potencial genético pero están atrofiados y
consiguen que hacer el amor y practicar el sexo al mismo tiempo sea una
experiencia poco frecuente en la sexualidad masculina.
Somos
el producto inacabado de una socialización
que nos:
Presenta
la confianza como peligrosa y considera “mariconadas” aficiones como la
poesía o la danza
Dice
que es poco viril expresar sentimientos como el amor, la ternura o el interés
por el otro (la otra)
Responsabiliza del éxito o fracaso del encuentro sexual sin educarnos para ello ni permitirnos conocer de nuestro cuerpo mucho más que los genitales.
Limita la posibilidad de reconocer y aceptar el propio deseo y la capacidad para implicarnos afectivamente en unas relaciones condicionadas por las metas y la necesidad de éxito.
Exige satisfacer a nuestra pareja y convierte este objetivo en una exigencia personal y el propio orgasmo en una descarga física más o menos oportuna y placentera.
Identifica
el coito con la relación sexual completa convirtiendo el resto de prácticas
en precalentamientos o mediopensionistas. Además de meta y final, el coito
es una masturbación en la vagina, poco respetuosa con la mujer y su
sexualidad.
No
podemos hablar de desigualdad de género en lo social y de igualdad en la cama,
ni decir que el ámbito de lo privado es el más resistente a la igualdad
(trabajo doméstico) y pensar que en el más privado de los ámbitos son
posibles cambios significativos.
Durante
la juventud los chicos se lamentan de algunas de las exigencias de su rol pero
sucumben a las “ventajas” de un modelo que les da “identidad” y les
ayuda el la conquista. Algunos de los más majos se quejan de que las chicas los
eligen como amigos pero ligan con otros mucho más machistas.
Es
difícil escapar a los mandatos culturales. Una de las paradojas del modelo, es
que necesitamos la aprobación social para sentirnos autónomos, adultos y
autosuficientes. “No me importa el que dirán” dicen los jóvenes cuando más
esclavos son de la dictadura de su pandilla. El modelo les supone tantas
habilidades que sugerir no poseerlas cuestiona su virilidad.
Fanfarronadas
aparte los hombres perciben sus relaciones sexuales como pertenecientes a un ámbito
tan privado que convierte la intimidad en secreto y les impide hablar de sus
inseguridades y fracasos en público, en especial con otros hombres. La
experiencia demuestra que los jóvenes casi nunca plantean sus dudas en público
pese a ser los chicos mayoría entre los usuarios de los teléfonos de información
sexual y centrar la mayoría de sus preguntas en temas como el tamaño y la
forma del pene o en como dar placer a su pareja.
Convencido
como estoy de que el heterosexual se hace he de reconocer que en lo que al rol
sexual se refiere el mandato que más cuesta desobedecer es la heterosexualidad,
esa prohibición de sentir deseo sexual hacia otro hombre y la obligación de
sentirlo hacia las mujeres. Es una orden que niega la diversidad del deseo y la
expresión del grado de bisexualidad de cada cual.
No
consigue que la homosexualidad desaparezca ni que su fantasma deje de convivir
con la mayoría, pero la sexología protege las conciencias de los más poniendo
el énfasis en las conductas al tiempo que relativiza la importancia de las
experiencias juveniles aisladas o las fantasías.
En
la medida que aceptemos que la autoestima del heterosexual adulto en sus
relaciones con las mujeres, depende de su éxito en la respuesta y la ejecución,
entenderemos lo frágil que es. Depende de una excitación fluctuante y una
erección involuntaria, una eyaculación difícil de controlar y la obligación
de proporcionar placer a un cuerpo diferente al nuestro, de cuya respuesta
sexual sabemos poco y con frecuencia equivocado.
Son
estos y otros fracasos, en relación a las expectativas masculinas, los que
inhiben el deseo, afectan a la respuesta sexual y bloquean la iniciativa,
haciendo sufrir a quienes les sucede, al tiempo que les convierte en objeto de
estudio y clientes de terapias sexuales reparadoras, poco interesadas en
cuestionar los roles sexuales más allá de lo estrictamente necesario para
satisfacer la demanda. Eso cuando no los refuerza, al requerir de la mujer que
acepte penetraciones sin excitación para que su pareja recupere la confianza en
su erección o se le pide que lo masturbe con una frecuencia determinada para
que vaya aprendiendo a controlar la eyaculación, por poner solo dos ejemplos.
Debates
aparte que no puedo desarrollar pero no me resisto a señalar son:
La
resistencia
masculina a la anticoncepción, que
se expresa a través del rechazo al uso del condón, nos responsabiliza del
número de embarazos no deseados y las dificultades para erradicar las ETS y
el SIDA.
Los
celos, otro producto cultural que tiene que ver con el temor a perder lo que
creemos que nos pertenece. Son un sentimiento que la juventud identifica
como propio y cotidiano, tal ver el que mejor les permite entender la ecuación
protección por sumisión, tan importante para visualizar las relaciones de
poder entre los sexos y las raíces de la violencia masculina contra las
mujeres.
La
homosexualidad, el
colectivo masculino que más ha contribuido a la crisis de la
heterosexualidad y a romper algunos moldes del modelo masculino tradicional,
sin cuestionar necesariamente las relaciones de poder entre los sexos ni
vacunarlos de la propia misoginia. Una posibilidad que casi todos los
hombres han aprendido a negarse por miedo a las consecuencias, y por temor a
que le guste y no puedan volver a cambiar de acera.
La
prostitución:
Una
actividad ilegal que ampara múltiples formas de opresión y explotación
de la mujer.
Un
tipo de sexualidad que forma parte del imaginario erótico masculino,
con historias que pueblan nuestras fantasías de sexo “a la carta”,
poder y riesgo (aventura).
Un
modelo de subordinación sexual de las mujeres que conserva una
influencia sobre el conjunto de la sexualidad masculina poco analizada
por los hombres más igualitarios.