HOMBRES
POR LA IGUALDAD
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EXCMO. AYUNTAMIENTO
DE JEREZ DELEGACION
DE SALUD Y GENERO
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LAS
MUJERES MUERTAS
Eduardo Haro Tecglen.
Artículo aparecido en Diario El País, 27 de
Noviembre de 2003
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Asesinamos, nosotros – los españoles- más mujeres: de las que
confiaron en nosotros o creyeron en la igualdad. No es fácil saber por qué: se
combate la barbarie y no se estudia la cuestión porque seguimos en otra
barbarie intelectual que hace creer que todo análisis sin insultos es una
disculpa o una justificación y se convierte en “apología”, con el
terrorismo. Para un mal de siglos pedimos una reacción antigua: aumentar las
penas.
No creo que el asesino que se entrega a la Guardia Civil, el que se suicida o se
tira al monte, que ya no es la libertad de antaño, se vayan a contener por una
cárcel más larga. No creo que las pulseras emisoras, la vigilancia de la
amenazada, las órdenes de destierro sean tampoco suficientes. Hay un latido
terrible del tan estudiado juego amor-odio que lleva al asesino a
“perderse”, según el clásico vocablo de la copla española. Y es que vive
en esa cultura. La mujer árabe de la máscara nos dice que también somos árabes:
ocho siglos no pasaron así como así, y el protagonista cristiano tomó mucho
del antagonista vencido. Nos dirá que la iglesia española ha sido la
perseguidora de la libertad de la mujer, su carcelera en los conventos forzados
a perpetuidad, su aterradora con el mito del infierno, y que nuestras
autoridades civiles y militares han seguido esa enseñanza.
Y han inculcado en el hombre español esos sentimientos de honra y honor- allá
los filósofos que los distingan-, esos tribunales impíos de taberna y la calle
en que se burla al cornudo: el que está en secreto, creador de esos tribunales,
ya está por encima, pero ha dejado al imitador el rasgo de la violencia. Más
acá, las rápidas medidas de liberación de la mujer, que pedían los
anarquistas del XIX y las feministas del XX, han ido felizmente implantándose.
No del todo. Muchas sufren las palizas y los malos tratos porque no tienen dónde
ir; y esa estancia mansa alimenta la ferocidad del enemigo.
Las leyes del divorcio en este país se hicieron teniendo en cuenta la necesidad
de ellas, la justicia real; pero no dejan de echar sobre el hombre la idea de
cornudo unida a la de arruinado. No digo que sean éstas las bases de lo que
ocurre: no soy estudioso del tema. Pero sí que me temo que el gran asco global
del asesinato y el maltrato de mujeres nos lleva a la venganza más que al
estudio de la situación y al diseño cultural que debe plantearse.