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HOMBRES,
MOTOS Y RIESGO: ANDROCENTRISMO Y SEXISMO EN EL MUNDO DE LAS MOTOS, Página web: www.heterodoxia.net Página personal: www.telefonica.net/web2/sword/default.htm |

¿Qué
significa la moto en tu vida?[1][1][1]
-Tienes
el poder entre las piernas (Martin)
-Es
el sentido de la vida (Malcolm)
-¡Joder!
Te juro que amo a mi moto. (Jammie)
Durante
el curso 1998/99 realicé una investigación sobre la relación entre las
masculinidades y la conducción de motocicletas, que incluyó trabajo de campo
en la Motorcycling Society de la Universidad de Kent, con el objetivo de mostrar
como el sexismo afecta negativamente a los hombres y cómo se pueden abrir vías
para mejorar la calidad de vida de los hombres en sí. Durante el año 2003 seguí
desarrollando esta investigación con trabajo de campo en el “Poniente”
almeriense. Este artículo expone algunas de las reflexiones al hilo de estos
trabajos.
Felix
Ortega señalaba en ‘Masculino y femenino en la identidad de la juventud española’[2][2][2],
como uno de los elementos definitorios de la masculinidad de los Jóvenes
varones españoles el gusto por la velocidad, las motos y los coches. Esta pauta
de consumo diferencia juega un papel importante en el proceso de generización
en occidente. Luis Bonino en su artículo ‘Varones
y comportamientos temerarios’[3][3][3],
desarrolla la hipótesis de que los varones que se adhieren y rigidifican los
mandatos de la masculinidad hegemónica tradicional son más susceptibles a
llevar a cabo comportamientos aparentemente autodestructivos como fruto de la
necesidad de demostrar la condición masculina mediante pruebas y demostraciones
de arrojo. He tomado estas hipótesis para aplicarlas al campo del mundo de las
motos. La conducción de motos, ya sea temeraria o prudente, conlleva un alto
nivel de riesgo, un gran peso económico y un cierto grado de incomprensión y
prejuicios por parte del grueso de la sociedad. Mi tesis básica es que la moto
constituye un elemento central de la autoestima masculina tradicional, un falo.
Mi
propósito sería intentar explicar cuales son las poderosas motivaciones que
llevan a los usuarios de motos a conducir, identificarse con el vehículo y en
casos, con un estilo de vida, que se plantea opuesto a los convencionales y
acomodados estilos mayoritarios de vida. La aceptación del riesgo no proviene
de intentos autodestructivos, sino que tiene que ver con la necesidad de
mantener, reforzar y adquirir el modelo hegemónico tradicional de masculinidad
viril, forma parte de la cultura heterosexista occidental y sus presiones para
conformarse e identificarse con el modelo hegemónico de virilidad.
También realizaré una revisión del artículo de
Andrew Maxwell, ‘Motorcyclists and community in post-industrial urban America’.
La escasa bibliografía antropológica dedicada al tema resulta fuertemente
androcéntrica, ya que no sólo no contempla las presiones para identificarse
con los modelos hegemónicos de masculinidad como una de las principales
motivaciones latentes de los varones para ser rotundamente mayoritarios en el
mundo de las motos, sino que enmascara el sexismo del mundo de la moto, y en
algunos casos trata con condescendencia y paternalismo a las moteras
a.
Arriesgar la vida y utilizar el cuerpo
como forma de probar, identificarse y adquirir
masculinidades hegemónicas.
b.
b.
Sexismo
en textos antropológicos sobre el mundo de las motos:Revisión crítica del artículo
de Andrew Maxwell ‘Motociclistas y comunidad en la América urbana
post-industrial’.
Durante
el mes de mayo hice una salida a Hastings con algunos moteros. Me preguntaba
entonces por qué las fuertes sensaciones que la velocidad nos hacía vivir
durante el viaje, para ellos significaban placer y diversión, y yo lo único
que podía pensar era que no quería morir. En ese viaje tomé muchas de mis
mejores fotos. Creo que motivé a estos moteros a hacer las cosas más
arriesgadas que nadie pudiera imaginarse con la presencia de mi cámara.
Cuando
comencé a tirar fotos de moteros encontraba sumamente difícil capturar las
situaciones con espontaneidad. La presencia de la cámara entorpecía la
interacción, o simplemente la vehiculaba, la creaba modificando de una forma
nueva el juego de actuación cotidiano de la gente. No se trataba sólo de la cámara
sino del hecho de que alguien los estaba observando, alguien posiblemente
tramposo[4][4][4], pero que les llevaba a medir
sus comportamientos. Mi pasado no estaba limpio. Vendí mi moto el verano
pasado, y esto es lo peor que un motero puede hacer. Pude sentir sus dudas sobre
mí. Soportaba una imagen sospechosa. Me encontraba en una posición peligrosa
haciendo que el grupo sintiese que su gran pasión era cuestionada por alguien
perteneciente a la mayoría social. Yo podría ser un representante de esa
sociedad, un espía, alguien que iba a estereotiparles de nuevo y que iba a
promover renovados prejuicios. Mis objetivos no tenían nada que ver con un
intento de promover nuevos ‘pánicos morales y demonios populares’[5][5][5], sino que se trataba más de
un intento de comprender esta ‘cultura’. Al utilizar el término
‘cultura’ quiero referirme a un ejercicio de comprensión y crítica
-que implica autocrítica- y
no siempre justificación.
He
sido motero durante nueve años y sigo encontrando la ‘alteridad’ u
‘otreidad’ de los moteros, estimulante. Es una interesante área de estudio.
Cualquiera podría decir que están como una cabra, pero creo que esto es
precisamente lo que tenemos que entender, porque esta otra ‘weltanschaung’
es precisamente parte de nuestra propia cultura. Para A. Maxwell[6][6][6] lo que motiva a la gente a
realizar una actividad que generalmente se percibe como extremadamente peligrosa
y en la que uno se juega el pellejo, es la implicación con la moto y el sentido
de comunidad entre los moteros. Esta comunidad se convierte en una herramienta
efectiva de resistencia contra la fragmentación social que caracteriza la
sociedad urbana post-industrial. Considero que el argumento es parcialmente
correcto pero no enteramente satisfactorio. Surge así una segunda pregunta: ¿Por
qué la mayoría de los moteros son hombres? Y paradójicamente la pregunta se
convierte en respuesta, o por lo menos una respuesta parcial que nos da razón
de procesos sociales generales sobre ser hombre hoy en día. Los moteros pueden
ser representantes de los procesos generales de producción y reproducción
social de las masculinidades.
Los
comportamientos de riesgo desarrollados en las modernas sociedades occidentales,
específicamente la conducción de motocicletas, aportan un marco muy fructífero
en el que profundizar en las subjetividades masculinas contemporáneas. La mayoría
de los motociclistas son hombres. Además, las estadísticas de accidentes
muestran como los hombres están implicados en accidentes consecuencia de
comportamientos temerarios en mayor medida que las mujeres[7][7][7].

Es
entonces cuando la construcción social de las diversas masculinidades, y las
relaciones entre los modelos hegemónicos y subordinados devienen en un marco válido
de comprensión sobre las poderosas motivaciones que explicarían el gusto y la
atracción masculina hacia las motos. Felix Ortega expuso con relación a los jóvenes españoles de mediados
de los 90, que –mientras que el alcohol parece haber dejado de ser un objeto
de consumo, cuando menos, exclusivamente masculino-, otros objetos de consumo y
valores asociados a éstos, surgen como elementos
típicamente definitorios de la masculinidad común. Los coches, las motos y el
gusto por la velocidad son algunos de estos valores consumísticos. Todos los
indicadores disponibles son totalmente concluyentes. La investigación de Ortega[8][8][8]
muestra que la mayoría de los hombres (por encima del 90%) están altamente
implicados con cualquier cosa que tenga que ver con la conducción. Así la pasión
por conducir resulta más atractiva para los chicos. Esa es la razón por la que
ellos comienzan a conducir antes, tienen coche o acceso al coche paterno antes.
Ser propietario de una moto es un deseo ampliamente satisfecho por los padres.
Además
los chicos disponen de más dinero, de normas horarias menos estrictas y de un
menor control de su sexualidad y amistades. Podríamos decir, que a grandes
rasgos, las normas parentales les dan un mayor margen de autonomía y una menor
sobreprotección frente a sus hermanas. Dentro del ocio que se comparte con las
chicas existen además patrones de consumo claramente diferenciados.
Principalmente los chicos dedican una mayor parte de su presupuesto a bebidas y
tabaco, a cines y espectáculos y a invitar a amistades, mientras que las chicas
se centran más en objetos de uso personal y comidas. En relación al consumo de
alcohol, son los chicos los principales consumidores, aventajando las chicas a
éstos, levemente en el consumo de tabaco.[9][9][9]
Los comportamientos de riesgo con motos no provienen de
intentos auto-destructivos. Se tratarían de comportamientos identificados con
la masculinidad hegemónica en la que los hombres deben negociar su condición
mediante demostraciones públicas, y pueden ser entendidos como formas
mediante las que los hombres pretenden conservar y salvar su propia imagen en
el ámbito público –entendiendo por público no únicamente situaciones con
presencia de otros sino situaciones en las que se actúa en referencia a
otros-. Los hombres no solo pueden usar sus cuerpos sino que coquetean con el
riesgo ya que ‘deben’ hacerlo para ser considerados ‘hombres’. Los daños
que en ciertos casos ocurren como consecuencia de los comportamientos de
riesgo son consecuencias no deseadas de diferentes intentos de probar y
afirmar la virilidad.
No todos los modelos de masculinidad hegemónicos o
tradicionales llevan sus mandatos a extremos auto-destructivos pero en los
extremos de la sumisión al modelo hegemónico tanto de feminidad (anorexia)
como de masculinidad (accidente laboral, accidente de coche o moto, accidente
en práctica deportiva de riesgo, adquisición de ETS o SIDA por no utilizar
preservativos, peleas cuando no su participación en ejércitos y conflictos
armados, o en grupos violentos o paramilitares...) existe una elevada
susceptibilidad a poner la vida al servicio de la afirmación de género,
elevando este rasgo de la subjetividad al principal rasgo identitario de la
persona. En el caso de las mujeres existen estudios sobre como la anorexia
viene provocada por una adhesión a los modelos de belleza femenina y que cómo
éstos están en función de los hombres y llevan a la autodestrucción o
negación de sí mismas[10][10][10].
En el caso de los hombres, las exhibiciones de audacia están en relación a
mostrar a otros hombres su virilidad. Evidentemente estoy simplificando aquí
en cuanto a las diferentes formas en que hombres y mujeres se conforman a los
modelos, simplemente quiero subrayar que en ambos casos estos modelos
benefician a los varones y sitúan a las mujeres como objetos sexuales y a los
hombres como sujetos en lucha entre sí.
En los modelos tradicionales de masculinidad existe
una relación íntima entre las definiciones sociales de la hombría y su
autoestima. La masculinidad no está dada en la condición biológica sino que
debe ser probada por la adquisición de la condición masculina (=humana)
mediante ritos de paso. La masculinidad está siempre en manos del
reconocimiento y la aprobación social. La adherencia con las definiciones
sociales hegemónicas de la masculinidad es necesaria
bajo el riesgo de estigmatización. La
masculinidad puede ser perdida si no se cumple con los roles básicos
asignados socialmente. Las motos serían potentes medios para mostrar y
construir esta adherencia.
Por ejemplo, cualquier tipo de cuestionamiento de la
condición masculina (ya sea negando su heterosexualidad –marica-, o su arrojo
–medianena-) es experimentado como un ataque a la persona en global, a su
condición humana, como puede observarse en la frase de una de las ilustraciones
del texto: ‘No balls, no falls’; significando que si no hay cojones, no eres
lo suficientemente hombre y consiguientemente no mereces reconocimiento ni
respeto, si no tienes caídas o simplemente arriesgas con la moto. La
masculinidad es corrientemente identificada con una sexualidad heterosexista y
homofóbica. E.S. Person expuso como fenómeno
central, que la sexualidad consolida y confirma el género en los hombres,
mientras que puede ser un rasgo de identificación más variable en las mujeres.
Aunque suele estigmatizarse a las lesbianas como marimachos y no femeninas. Las
formas en que la sexualidad confirma el género varían y mientras en las
mujeres ciertas preocupaciones centrales giran entorno a decencia/no decencia y
placer/peligro; en los varones giran entorno a competencia/no competencia y
miedo a la homosexualidad y respuestas agresivas a muestras afectivas entre los
varones. La masculinidad hegemónica se expresa a través de la sexualidad del
hombre contemporáneo. El hombre que se vive como incompetente sexualmente pone
en peligro su identidad y también su sexualidad. La eficiencia sexual cuenta como
uno de los pilares de la identidad masculina heterosexual[11][11][11].
Mi tesis es que las motos son
herramientas para una autoestima dentro de los modelos hegemónicos
tradicionales de subjetividad masculina. La moto es un ‘falo’, una
herramienta de placer, una herramienta de auto-estima, y un medio fundamental
con el conseguir reconocimiento social. El exhibicionismo de los moteros y su
audacia en la conducción convierte a las motos más en símbolos que en meros
medios de transporte. Las motos representan la independencia, el riesgo y la
valentía, status y poder. Esta esfera simbólica está relacionada con el
individualismo, el heroísmo y la agresividad. Andrew Maxwell afirma que
implicarse con la moto demanda asertividad incluso en las formas más tranquilas
y sofisticadas de conducción. Algunos moteros se refieren también a este
individualismo en el sentido de que la moto es ‘un excelente vehículo para
auto-expresarse’. Se apoya en la idea de que las motos son vehículos más
accesibles y tienen un tamaño más personal en comparación con los coches.
Pero estos argumentos no son más que mistificaciones que conllevan una ideología
‘psicologista’ del individuo. Habitualmente, las grandes compañías ofrecen
accesorios para personalizar o ‘customizar’ las motos y evidentemente
influyen poderosamente en los significados asociados con los accesorios y las
motos a través de sus campañas de marketing y la imagen del producto que
venden. El ‘mundo de las motos’ es un mundo altamente comercializado.

Prácticamente
todo sobre las motos está diseñado para la exhibición: los sonidos, las
fachadas barrocas de algunas motos, y las formas de conducción son concebidos
como un espectáculo. Conducir es actuar. Las velocidades desarrolladas, la
imagen de la moto, el tipo de sonido de los sistemas de escape[12][12][12], son buscados para asegurar la atención de los espectadores[13][13][13].
No sólo las carreteras, sino bares, pubs, discotecas, entradas del lugar de
trabajo, garajes, gasolineras, concentraciones de motos, ‘rallies’,
carreras... son los habituales lugares de encuentro y exhibición[14][14][14]. La exhibición pública
tiene una doble función en la
autoestima masculina. Como símbolo de poder económico y status las
motos refuerzan la autoestima del propietario, basándose más en valores o
‘logros sociales’ (poder económico, status, prestigio social basado en
cualidades de competitividad) que en logros afectivos u otro tipo de
reconocimientos sociales que no estén asociados con los roles masculinos
tradicionales. Gran parte de las prácticas en relación a las motos podrían
caracterizarse con el concepto Vebleniano del consumo ostentoso.
Es
así como he intentado mostrar en mi reportaje fotográfico ‘Motos, hombres y
riesgo’, este coraje masculino. Esta valentía o coraje se desarrolla en dos
escenarios. La conducción temeraria, o incluso simplemente la conducción, y en
segundo lugar la posesión de una motocicleta lleva asociado un alto peso económico
–vestimenta especializada, accesorios, impuestos, gasolina, seguros,
mantenimiento, la moto en sí... - que hacen que el propietario dedique gran
parte de sus recursos a la moto. En este sentido la moto es un objeto de lujo
magnifico para mostrar el status económico, por otro lado existen propietarios
que no tienen un poder económico muy alto pero que trabajan muy duro para
mantener un objeto que para muchos de ellos es lo más preciado en su vida.
A.Maxwell da cuenta de estos fenómenos de dos maneras. Una es que examina la
media de ingresos anual de los motociclistas norteamericanos. La media de los
moteros es sensiblemente más alta que la media de la población general
($33.200 frente a $28.900). Y sobretodo, la media de ingresos anual de los
miembros de la ‘Asociación Americana de Motociclistas’ es de $57.300. En
segundo lugar, Maxwell da cuenta de la siempre masculina identificación y
preocupación por el trabajo como símbolo de status. Sus informantes a menuda
habla de la ansiedad asociada a la pérdida del trabajo o producida por
movimientos laterales o de bajada en la escala social. Cita entonces un famoso
dicho: ‘Trabajar para conducir, conducir para trabajar’[15][15][15].
Las motos son máquinas muy caras. El mantenimiento de los costes para los
moteros son un peso económico muy alto que garantiza que el propietario tiene
una situación económica acomodada o que se deja la piel en mostrar un supuesto
poder económico. Habría que matizar ya
que existen motos de diversa cilindrada pero en general cada propietario adapta
motos de distintos precios y prestigio a los entornos sociales a los que
pertenece. Así un alto ejecutivo mostrará una moto de gran cilindrada con
orgullo, mientras un adolescente de barrio se mostrará
orgulloso con su scooter.
Pero para Andrew Maxwell existen tres tipos de ideas estereotipadas,
que han sido creadas y difundidas por el periodismo sensacionalista y que no
responden a la realidad de los moteros:
-
Los moteros no son,
fueron o potencialmente pueden ser rebeldes moteros fuera de la ley.
-
Los moteros no son
varones de clase media que están intentando revivir su juventud al tomar la
decisión de hacer una inversión en una cara moto (generalmente una Harley-Davidson).
A este grupo se le ha asignado el nombre de ‘rubbies’ jugando con el sonido
de la palabra ‘yuppies’, y señalando su alto poder adquisitivo, su falta de
lazos familiares y de pareja y su búsqueda de aventura y eterna juventud.
-
Y el tercer
estereotipo que Maxwell ataca sería que los motociclistas son unos
irresponsables que aman el riesgo y que como tal se merecen sufrir accidentes.
De
estos tres estereotipos, que Maxwell plantea como falsos, no puedo aceptar como
estereotipo más que el primero, pero en cualquier caso no creo que la cuestión
sea estar de acuerdo o no, para mí el problema es más radical y pasa por
formular correctamente el problema, y para mi lo problemático del artículo de
Maxwell es que pretenda hacer un retrato robot que retrate a un motero medio,
que finalmente deforme una realidad que por diversa no se atenga a medias
(pongamos que porque la varianza sea muy alta). ¿Tiene alguna utilidad hacer un
retrato de un motero medio, de la sociedad norteamericana? Si bien hay una
perspectiva de fondo que a mí parece acertada: evitar cierto peligro de la
antropología que es la exotización; sin embargo falta en este artículo la
descripción en sí... Maxwell nos dice que ‘NO’ son los moteros pero jamas
intenta describirnos quiénes son, y mucho menos intenta hacer un análisis
epistemológico de sus presupuestos teóricos, de su metodología de investigación,
ni de las hipótesis de las que parte para formular su investigación.
Y
volviendo al tercer de sus ‘estereotipos’ por combatir, Maxwell acepta que
la conducción de motos implica unos riesgos mayores frente al coche pero expone
que no hay estudios sobre seguridad en la conducción de motos y la visión de
los moteros como unos locos por el riesgo responde a los estereotipos creados
por los automovilistas, ya que para él los moteros son unos incomprendidos y la
sociedad no conocen quiénes son en realidad. Para reforzar la idea del
estereotipo cita como los automovilistas suelen referirse a las motos como ‘matacicletas’[16][16][16].
No negaré que existan grados altos de desconocimiento sobre la seguridad en la
conducción de motos en la población general pero no puedo apoyar la idea de
que no exista un grupo amplio de motociclistas que juegan con su vida y la de
los automovilistas con gran asiduidad y que los moteros encuentran especial
placer en aterrorizar a los automovilistas. Lo cual no significa que sea
justificable ni una condena ni una absolución para todos los motociclistas, o
ni siquiera para aquellos que disfrutan de poner en peligro a otros vehículos.
Podría
citar el caso de ‘Jerome’ uno de mis informantes en la Universidad de Kent,
que encontraba especial placer en tomar las curvas pegado a los coches mientras
conducía a su misma velocidad; y sólo después de la curva y después
de haber asustado al conductor y pasajeros, decidía adelantar dando gas a final
de curva. Por supuesto esto ocurría en carreteras sin arcén, sin visibilidad y
de doble sentido, porque sino no tenía gracia. En cualquier caso este fenómeno
no es algo anecdótico pero tampoco aplicable a todos los moteros. Valorar en qué
medida este rasgo puede ser característico es una tarea a realizar todavía. En
cierta manera Maxwell reconoce este especial placer que un grupo bastante amplio
de moteros tiene en fastidiar a los automovilistas:
Posando, manteniendo una pose, en el caso de los conductors de motos custom,
por ejemplo, implica la suposición de la admiración por parte del público. Él
o ella asumen que alguien, frecuentemente desconocido, les presta atención y
esa atención supone una aprobación. Aunque en ciertos casos la desaprobación
es igualmente deseable (p.291)[17][17][17]
La
imbricación entre heterosexismo, demostraciones de habilidad y poder, enmarcan,
en mi opinión, el contexto del uso de motos. Conducir puede ser una experiencia
muy satisfactoria, puede ser una práctica muy segura y no necesariamente tiene
por qué estar vinculado a comportamientos de riesgo aunque la realidad muestra
que de hecho existe esta relación. Sin embargo, los moteros son conscientes del
factor inevitable de riesgo que está implicado en el uso de las motos y que es
necesario aceptar. Esto no significa decir que los accidentes están siempre
causado por la imprudencia de los moteros.
A
partir de esta introducción sería necesario comenzar a desglosar entornos
sociales y grupos que conducen motos, las características de las redes de
moteros y el significado que da cada agregado social implicado a la conducción
a su actividad. En este sentido me referiré al artículo de Andrew Maxwell para
criticar aproximaciones mistificante y reduccionistas de las distintas formas de
comprender el uso de motos. Mi interés será discernir hasta que punto el uso
de motos sirve como apoyo a la reproducción de visiones androcéntricas y
sexistas, así como para ilustrar nuevos procesos de afirmación de
masculinidades discriminatorias hacia las mujeres y agresivas hacia los hombres.
Poseer una moto aporta refuerzos a hombres con relación a su autoestima,
comprender estas motivaciones ayudaría a la toma de conciencia de los propios
hombres sobre las limitaciones y problemas que acarrea la adhesión a unos
modelos que les benefician pero sólo relativamente, dado que los costes
personales pueden ser muy altos: altos niveles de estrés o accidentes con
consecuencias muy graves. Sobretodo, desde un punto de vista eudemonista, cabría
considerar que una auténtica felicidad solo cabe con justicia y ésta está más
que en entredicho con el sexismo actual de los varones occidentales, y entre
ellos los moteros.
-Introducción.
-Los moteros como víctimas.
-Auto-justificándose como motero.
-Paternalismo
y sexismo en la aproximación a las mujeres en el mundo de la moto.
Sin
embargo para Andrew Maxwell lo que
motiva a la gente a realizar una actividad que es generalmente percibida como
extremadamente peligrosa y en la que uno arriesga la vida y la integridad física,
es que la implicación y el sentido de comunidad de los moteros, unidos por
lazos de solidaridad, les permite resistir a la fragmentación del globalizado y
capitalista final de siglo. Esta solidaridad se propone es inclusiva de
diferentes grupos sociales (rompiendo las barreras de género, edad, raza,
posición social)[20][20][20].
El autor reconoce una diversidad de estilos de vida dentro del mundo de los
moteros e intenta atacar los prejuicios y estereotipos contra los moteros como
seres antisociales, y que son promovidos de forma decisiva por los medios de
comunicación de masas y el periodismo. Para Maxwell la imagen de los moteros
como seres antisociales responde a una minoría que no es representativa del
motero medio, al que él pretende defender de los estereotipos y prejuicios en
virtud de su condición de experto. Discutiré aquí el artículo de A.Maxwell
intentando extraer algunas conclusiones sobre su discursividad dentro del
contexto de una lucha política por la definición de las prácticas asociadas a
este vehículo y las enmarcaré en las dinámicas de reproducción social de la
subordinación de las mujeres.
‘Dadas
presiones externas en forma de incomprensión del público, de políticas de
acoso y discriminación, y las fricciones internas... ¿Cómo es que los moteros
han seguido conduciendo durante los últimos treinta años?. (p.286).[21][21][21]
‘Argumentaré
que en contra de la incomprensión general, el motociclismo es un elemento
fundamental en la vida de los americanos comunes, y que han persistido
conduciendo durante varias décadas’ (p.265)[22][22][22]
Comparto
con Maxwell un cierto punto de partida, que es el intentar comprender qué hace
a los moteros persistir en una práctica que parece llena de tantos
inconvenientes y dificultades. Pero a la hora de situar cuáles son estas
dificultades e inconvenientes, y de intentar entonces explicar cuales son los
procesos que hacen que el balance de elementos positivos y negativos se decline
por los primeros, diferimos. Para Maxwell los inconvenientes están fuera de la
práctica en sí, y los puntos positivos son bien sabidos para los que cómo él
participan del motociclismo. En mi caso creo que la interacción entre el público
y los actores situados en esta arena son de otro carácter. Si bien podríamos
coincidir en contemplar en cierta manera a los hombres como víctimas, en el
caso de Maxwell son víctimas de la incomprensión social y la marginación,
mientras que yo no considero que estén siendo marginados y sólo en ciertos
casos los podría considerar víctimas de un sistema sexista internalizado que
les puede llevar a la autodestrucción o a sufrir graves daños físicos y/o psíquicos.
Desde mi punto de vista el androcentrismo no es positivo para los varones.
El
autor del artículo intenta hacer una caracterización de los moteros en la que
oscila por distintas formas de definición. Atiende desde su punto de vista las
visiones exteriores e interiores. Intenta trazar los límites que delimitan la
comunidad atendiendo a la negociación intra y extragrupal. Comienza intentando
romper con los estereotipos exteriores sobre los moteros como seres al margen de
la ley, como seres peligrosos y antisociales[23][23][23],
analiza tanto las imágenes construidas desde la segunda guerra mundial en
EE.UU. como las sensaciones de discriminación y las políticas de las
organizaciones de consumidores de motos frente a la discriminación.
Dibuja
a los moteros como una comunidad en lucha, cohesionada[24][24][24]
y persistente en su lucha por conducir motos, practica que ha sido socialmente
estigmatizada fruto de los estereotipos promovidos por los medios de comunicación[25][25][25].
En este sentido parece teorizar según el mismo modelo tomado por teorías
americanas de las comunidades discriminadas por razones étnicas, o de
preferencia sexual. El modelo americano de lucha contra la discriminación que
ha triunfado entre gays y lesbianas, ha sido el de creación de una comunidad
segregada en la que refugiarse y apoyarse para luchar por la aceptación social
y el reconocimiento. Si bien se ha mostrado una poderosa herramienta para la
consecución de derechos civiles para estos grupos, querer pasar por el aro de
este modelo de comunidad a la comunidad motociclista me parece una tomadura de
pelo. Los moteros pueden estar mal vistos por ciertos sectores sociales, pero ni
hay legislaciones que les nieguen el derecho a adoptar, a casarse, o a montar en
moto en público o en urinarios públicos, pocas familias echan a sus hijos o
hijas de casa porque se hayan comprado una moto, y no conozco de ningún país
donde los grupos reaccionarios apaleen motociclistas, donde se diga que los
motociclistas sufren de pandemias por su fallo moral de conducir motos o que
exista la pena de muerte para los que monten en moto.
Por
otro lado, las organizaciones de motociclistas giran entorno a distintos modos
de entender el uso de motos: desde la industria con todas sus ramificaciones, a
asociaciones de consumidores, hermandades, asociaciones que contemplan su práctica
como un hobby, asociaciones de trabajadores con motos, grupos deportivos, grupos
deportivo-comerciales, grupos identificados con ciertas marcas o modelos, grupos
de las fuerzas de orden público o del ejército que utilizan motos, grupos
juveniles con una estética determinada en la que la moto constituye un elemento
central, etcétera.
Andrew
Maxwell sitúa como modelo de referencia de la comunidad a la Asociación
Motociclista Norteamericana (AMA). Hace un rápido repaso a la historia del boom
del consumo de motos en EE.UU. a partir de los años 60. La rápida expansión
del mercado de las motocicletas se debió a diversos factores: el nuevo acceso a
máquinas baratas y potentes provenientes de Japón –que trajo consigo una
nueva concepción del motero ya no más identificada con el ‘bad boy’-, a un
ambiente de crítica radical de la cultura, de descrédito de las instituciones
y de inestabilidad económica y política que invitó a refugiarse en mundos
privados. El grueso de los moteros llevaría conduciendo desde aquellos años,
dando una media de 21 años conduciendo). Los procesos macro de fragmentación
por la reestructuración del capital en los años 80 explicarían por qué no es
una comunidad localizada sino que se constituye en su interacción en el viaje
para Maxwell. Es cierto que es observable como la solidaridad entre moteros se
percibe con mayor facilidad en las carreteras que en los entornos urbanos, se
podría citar el caso de la ‘obligación’ de asistencia al motero con
problemas mecánicos o el saludo, que Maxwell señala, pero de ahí a hablar de
una comunidad creo que existe un salto. Por otro lado su discursividad es poco
clara en cuanto a la relación de los procesos de expansión del capitalismo y
los motociclistas. Una de sus tesis parece consistir en que los moteros resisten
los procesos de fragmentación porque sus actividades forman parte precisamente
de la cultura comercial capitalista y participan del capitalismo[26][26][26].
Su mundo no es viable sin las inversiones y apuestas del capitalismo en la energía
de los hidrocarburos, en las infraestructuras de carreteras y en grandes compañías
multinacionales de motos, con el marketing asociado, etc.
Con
esto y otros datos podemos inferir que para Andrew Maxwell los moteros son
‘viajantes’. Básicamente son propietarios de motos de gran cilindrada que
utilizan las motos en viajes de larga distancia y que tienen una fuerte
identificación personal con la moto, de manera que consideran este tiempo
montando en moto como la parte importante o significativa de su vida. Pero esta
definición es excluyente y contradice sus propias proclamas de cómo la posesión
de una moto unifica e integra a la comunidad[27][27][27].
Intenta matizarse señalando que: ‘(...)
sería inapropiado sugerir que la comunidad motociclista esta siempre tranquila,
confiable y armoniosamente unida entorno a un grupo central de valores. Existe
frecuentemente, un considerable nivel de sospecha y desconfianza’.[28][28][28]
Pero cuando pretende desarrollar los motivos de diferenciación interna y
conflicto, los trivializa remitiéndonos a las discusiones sobre si los moteros
se saludan o no entre sí cuando circulan por las carreteras[29][29][29],
si las motos japonesas son mejores o peores que las americanas y a las
discusiones relacionadas con el ruido de los silenciadores y del uso del casco.
El autor contextualiza esta última discusion en el americano debate entre la
santificación de los derechos individuales y los derechos de la sociedad. Los
dos grupos en pugna serían ‘bad boys’ (Harley, customs) y ‘good boys’ (sportbikes,
turismo). Ambos proclaman la seguridad de sus prácticas. Unos plantean que una
moto ruidosa es el mejor seguro y alerta para el resto de automovilistas
(legitimando así su negativa a usar casco, no atendiendo al problema del ruido
y el rechazo social que provoca hacia los moteros, y situando a los coches como
el peligro y principal enemigo al mismo tiempo que se niega la posibilidad de
sufrir caídas en solitario). Otros defienden el uso de casco al mismo tiempo
que acepta la inevitabilidad de sufrir accidentes y ataca el uso de
silenciadores muy ruidosos, abanderándose así como el lado sensato de los
moteros frente a los ataques de la sociedad[30][30][30].
Pretende también tratar el papel del género y la raza en los encuentros de
moteros, pero este punto lo desarrolla posteriormente y yo lo así lo haré
también.
Casi
al final del texto expone su tipología (Motorcycles and people) que constaría
de: ‘cruisers’ llamadas comúnmente en España ‘customs’ o ‘chopper’;
‘sportbikes’, llamadas comúnmente en España ‘deportivas’,
‘pepinos’ o ‘batidoras japonesas’; y ‘touring and sport touring bikes’, también llamadas
‘dressers’ y en España denominadas ‘motos de viaje’[31][31][31].
A cada subtipo le corresponde un tipo de moto que está diseñada para un tipo
diferente de conducción y que resulta en un rasgo de identificación de cada
subgrupo, pero según el autor a todos les corresponde una funcionalidad de
exhibición pública, y reconocimiento (ya sea positivo o negativo)[32][32][32].
Como seguiré analizando, de esta forma excluye muchos uso de las motos y
construye una categoría de motero medio, que resulta fuertemente
discriminatoria. Básicamente es discriminatoria porque al construir esta
categoría del motero medio y asignando a ésta una esencia o ethos, resulta la
exclusión de todos aquellos que usando motos no se identifican su requerimiento
de implicación con la moto. De nuevo casi como en las primeras teorizaciones
sobre la homosexualidad, todos aquellos que utilizan la moto como un hobby, como
un deporte, como una forma de transporte, o como una forma de ganar dinero, no
son moteros porque no han internalizado el ‘ethos’ característico o han
hecho una internalización parcial. Por su interés reproduzco el pié final al
que relega, lo que para mí es muy expresivo de sus presupuestos ideológicos:
‘No
trato de sugerir que cualquiera que compre y conduzca una moto es un
motociclista. Ser meramente propietario no es equivalente de, ni resulta
necesariamente en ser un motero. Para algunos y en contra de la naturaleza de la
máquina y de la relación de uno con ella, la propiedad y la conducción de una
moto es más un hobby que un estilo de vida. Para tales personas la
internalización del ‘ethos’ es incompleta, parcial e instrumental, y
es expresada por ejemplo durante los fines de semana y en ciertas situaciones
para la gestión de la apariencia.’ (Pie final nº10)[33][33][33]
Durante
el texto intenta hacer una definición del motero por exclusión. Montar en
moto no sería ni una afición, ni un deporte (dejando de lado una parte
importantísima de la industria, imagen y gente que construye, forma parte y
se mueve en el mundo de las motos, y dejando de lado fundamentalmente todo lo
que se refiera a las motos trail, moto-cross o de trial.) De hecho afirma que
para el motero medio conducir no es un deporte borrando así cualquier
diferenciación interna y un alto porcentaje de las actividades de la moto. Y
si hay algo que evita fundamentalmente es centrarse en uno de los elementos
centrales y que la moto es un negocio, es un mercado de consumo en el que se
mueve un volumen económico muy importante como el mismo reconoce y al que
apela para atacar la desatención de las ciencias sociales hacia este mundo.
Construye
la idea de un ‘ethos’ motociclista sobre la idea de una identificación
del motociclista con la máquina, de una fusión de máquina y
conductor en interacción con el medio en el viaje de larga distancia. Quedarían
fuera todos aquellos que no se identifiquen como pertenecientes a la comunidad
de los moteros, que no posean motos de viaje de larga distancia o que utilicen
la moto para actividades lucrativas (o para actividades lucrativas de
transporte y no de imagen, matizaría).
De
hecho, el uso de motos para el autor no es un hobby porque es un estilo de
vida, pero se practica en el tiempo libre y él mismo analiza las dinámicas
de trabajo, tiempo libre y peso económico de mantenimiento de la moto. Aporta
como apoyo a su idea de las motos como estilos de vida, que gente que ha
perdido su trabajo sin posibilidades reales de viajar en moto lo sigue
realizando, vive para la moto a pesar de no tener dinero para las actividades
necesarias de la vida cotidiana. Esta aparente contradicción, es posible
gracias a las sensaciones de libertad y de felicidad personal por esta
‘sensación de libertad’ (las comillas son mías) que el motero
experimenta.
Pero
la propia sorpresa que el autor expresa es una forma de llamarnos la atención
sobre las fuertes motivaciones que llevan a los moteros a continuar ‘en la
carretera’ por encima de todo tipo de costes personales y renuncias. Con lo
cual enfatiza que existen fuertes satisfacciones personales en el hecho de
conducir que compensan todos los inconvenientes, discriminaciones y
frustraciones provenientes de una sociedad alienante. Pero sitúa los
inconvenientes y problemas siempre fuera de la actividad de la conducción de
la moto, negando que simplemente conducir una moto implica unos niveles de
riesgo altos y un peso económico muy fuerte. Mediante sus propios ejemplos
queda patente que él es profesor universitario y que está dando por supuesto
un mundo de seguridad económica, una sociedad fordista que se está viniendo
abajo pero a la que él pertenece y queda patente que la realidad general del
propietario de motos medio americano es más que solvente que la media de la
población, y que las motos se convierten en muchos casos en objetos de lujo,
y en útiles herramientas de ‘distinción’ con las que mostrar el poder
económico y la independencia, ya sea fingida o real. Él mismo aporta datos
sobre el elevado nivel socioeconómico de los moteros en EE.UU.[34][34][34]
Por
otro lado al utilizar los conceptos de estereotipos y discriminación basada en
el estereotipo (prejuicio deberíamos decir), se está apuntando a una serie de
teorizaciones que tuvieron gran predicamento en los años 60 pero que incluso
hoy en día están en declive en la Psicología Social. El estudio de las formas
en que construimos inferencias sobre las acciones de los otros y las propias, el
análisis de la atribución causal y más recientemente el ‘análisis de
discurso’[35][35][35],
ha llevado a romper con la moderna y etnocéntrica idea de que existe una forma
correcta de percibir las intenciones de los otros y de que existe gente con
estereotipos y personas “desprejuiciadas”. Básicamente toda inferencia
causal tiene una apoyatura en estereotipos y prejuicios. Por ejemplo,
recientemente se están rescatando las teorías de Gustav Ichheisser. Este autor
parte de la 'imagen del otro' para analizar
los 'malos entendidos'. Las personas piensan que perciben las cosas tal como son
(sin problematizar), pero están percibiendo bajo unos supuestos. Este autor
distingue entonces entre expresión e impresiones. La expresión relaciona las
tendencias internas con las manifestaciones. Las impresiones se refieren al
significado de las manifestaciones vistas desde fuera. Ambos están socialmente
construidos y son el terreno de los malos entendidos. La incoherencia se suele
comprender como un error pero Ichheiser expuso que el error es una fuente de
conocimiento. Hablar de falsas interpretaciones supone dar por supuesto que
existen interpretaciones correctas, de esta manera la tradición en psicología
social (especialmente en la cognitiva que habla de sesgos), naturaliza éstas.
Para Ichheiser los malos entendidos son hechos sistemáticos propios de la
naturaleza humana, y los enmarca en el contexto social: se trata de sesgos ideológicos,
propios de nuestra cultura. De esta forma intenta explicar como la psicología a
naturalizado y asumido el individualismo que es propio de nuestra cultura,
sobreestimando así la unidad de la persona, su coherencia y estabilidad. De
hecho la psicología se alinea constantemente en el marco de la salud y de la
intervención, sus objetivos están mediados por la eficacia y la
operacionalidad del conocimiento, intentando predecir. Pero Ichheiser diría que
la persona no es idéntica a lo largo del tiempo y el espacio, y que el
individualismo lleva a situar en la persona el locus de la responsabilidad y de
la acción, siendo funcional a un sistema capitalista que necesita de sujetos
predecibles. De hecho, ya Weber había situado en la ética protestante y el espíritu
del capitalismo, en su liberalismo está atención al individualismo.
Se
desprecian así los aspectos que no concuerdan con la identidad personal (Por
ejemplo, los estudios de disonancia cognitiva que enfatizan la necesidad de
coherencia lógica). Windisch desde otro enfoque coincidiría con Ichheiser en
que las formas cotidianas de explicar los fenómenos no guardan necesariamente
una lógica formal pero que a pesar de ello son perfectamente efectivos. Por
otro lado y más relacionado con el juego de las máscaras interaccionistas,
Iccheiser señala que la psicología no solía atender tanto a que los sujetos
forman parte del contexto, de la situación así como que los sujetos son
diferentes en las diferentes situaciones institucionalizadas, de forma que varían
las expectativas recíprocas y en cada contexto se mantiene una relación focal
diferente.
El
énfasis en el concepto de ‘éxito/fracaso’ que hace la psicología supone
una fuente de errores mediada por la mitología burguesa del éxito y del mérito
personal. Se instituye así una meritocracia en la que los resultados de la acción
son debidos a los méritos de los individuos y no a factores situacionales.
Imbuidos en nuestra cultura en una mitología de la felicidad donde si uno hace
lo que ‘debe’ hacer, tiene que necesariamente tener éxito, de manera que si
uno no tiene éxito es que no ha obrado correctamente (sería entonces un
desviado). La exteriorización (impresión) de felicidad o del pesimismo
cumple entonces funciones diversas según los valores culturales vigentes. En un
mundo mediado por la injusticia y cruzado por vectores de poder, el estereotipo
supone una forma de blindar la propia imagen y la autoestima. Pero los
estereotipos ya no pueden ser sesgos de ciertas clases de personas que no han
alcanzado un desarrollo intelectual y moral superior, sino que es un factor de
“malos entendidos” en cierta manera universal. El buen ‘conocimiento’
consistiría en la capacidad de poner en cuestión los propios prejuicios y
marcos de interpretación (obvios, no problemáticos). Pero se trata de una
cuestión de grados de flexibilidad-rigidez entorno a la autoreflexividad. A su
vez, nuestros marcos simplificadores están mediados por las relaciones en las
que estamos insertos, por el contexto. En una situación de grave conflicto
existe una menor capacidad de distanciamiento que en una situación distendida.
De
este esquema teórico podríamos subrayar el intento de superar los extremos del
circulo de la interpretación, en el que discursividades diferentes resultarían
absolutamente inasequibles e inconmensurables, se legitimarían por sus propias
normas; y el círculo de la universalidad, donde todo es conmensurable gracias a
una razón universal. En la vida cotidiana se nos plantea la unidad (univocidad)
como un ‘desideratum moral’, pero lo evidente es la pluralidad. Ser
consciente de que hay personas y situaciones que nos resultan opacos,
incomprensibles sería un paso hacia una actitud democrática.
Habitualmente
se da la tendencia a moralizar situaciones de incomprensión, de malos
entendidos, situaciones de desacuerdo. Y esto es creo lo que Andrew Maxwell está
haciendo en lugar de intentar desentrañar las dinámicas sociales entorno a la
moto. Cuando se refiere a estereotipo señala en ocasiones las respectivas
formas despectivas que tienen conductores de motos y coches para referirse entre
sí, pero su núcleo central gira entorno a los estereotipos externos hacia los
moteros y el nefasto papel de los medios de comunicación. En las conclusiones
reiterará este esquema teórico apuntando que el público general necesita de
éstos para poder dar una respuesta sobre cuestiones que desconoce y que son de
gran complejidad:
‘Los limites que delimitan la comunidad frente al resto de la sociedad
son erigidos y mantenidos también por aquellos que no montan en moto. Es
central a este proceso el acto de estereotipación realizado por los medios de
comunicación. Como mecanismo que posibilita a la gente simplificar las
dificultades comprendidas en una consideración rigurosa de las complejidades
que entrañan las diferencias ( y mientras tanto también definir en parte la
naturaleza de la diferencia), la estereotipación provee respuestas preparadas y
frecuentemente incorrectas sobre quiénes son los motociclistas y por qué
conducen.’ (p.293)[36][36][36]
‘¿Qué
ha hecho conducir durante los últimos treinta años a los motociclistas?
(...) Las motos son máquinas que encienden pasiones. La gente las ama o las
odia. Aquellos que las aman conducen porque es divertido. Las sensaciones físicas
son comparables con aquellas experimentadas cuando se monta en bici. Los niños
intuitivamente lo saben, y automáticamente saltan del asiento trasero de los
coches cuando un motociclista pasa. También otra parte de la respuesta de por
qué la gente conduce tiene que ver con el hecho de que la moto es un
excelente vehículo para auto-expresarse[37][37][37].
La auto-expresión a través de las motocicletas se deriva de su
accesibilidad. La escala de la moto es mucho más personal que la de un coche.
Una moto puede ser fácilmente modificada para expresar la individualidad del
propietario. A través del uso creativo de los accesorios los moteros pueden fácilmente
convertir su moto en una exclusiva afirmación rodante sobre quiénes son, o
quiénes se imaginan ser. Otra razón muy importante que es frecuentemente señalada,
para conducir es que montar en moto le da a uno sensación de libertad, puedes
salir de la rutina y el estrés de la vida cotidiana. Pero la necesidad de
libertad ha sido tomada en un nuevo sentido’. (p.286-297).
El
autor en su apartado donde trata la tensión entre una concepción de la moto
como medio de transporte o como estilo de vida toma una estrategia discursiva
que consistiría en explicar el uso de las motos mediante razonamientos
psicologicistas, afirmando y haciendo propio el discurso de ciertos moteros.
A.Maxwell nunca entra a analizar con profundidad las razones que los moteros
aducen como motivaciones que les llevan a identificarse como tales. Maxwell señala
entre las razones que hacen de la conducción de motos un estilo de vida y no
un mero medio de transporte, que conducir es divertido, que las motos frente a
los coches son un excelente medio de auto-expresión por su tamaño más
humano o personal, y que da al motero una sensación de libertad que le libera
de las presiones y el estrés de la vida cotidiana. Su argumentación se
limita a hacer afirmaciones sin ningún tipo de apoyatura o quizá su
apoyatura sea su observación del trabajo de campo, pero en ese caso tendría
que dar cuenta sobre cuando se produjeron esas observaciones, que reflexiones
surgieron, que preguntas, por qué eligió esas respuestas, que base teórica
esta utilizando y como intentó confirmar sus ideas. Que afirme que las motos
son máquinas que encienden pasiones puede ser una afirmación aceptable
siempre y cuando no se quiera decir que para toda persona, en toda sociedad y
en todo tiempo, es un enunciado válido. Que constituya una pasión sería
conflictivo en cualquier caso. La segunda frase es más explícita: La gente
las odia o las ama. Sencillamente una afirmación inaceptable y tautológica.
Sociocentrismo
y escasa autoreflexividad.
Me
voy a detener en este parágrafo para analizarlo con detenimiento pues creo que
es sospechoso de socio-centrismo y de falta de reflexividad. La tesis es que las
motos no son meros medios de transporte y que su uso esta cargado de contenido
afectivo y simbólico. Estaría de acuerdo en el hecho de caracterizar a gran
parte de los conductores de motos como pertenecientes a una ‘gemeinschaft’,
a una ‘comunidad’ con la que se identifican y para los cuales esta
identificación juega un papel central en sus vidas. Incluso estaría de acuerdo
en defender que ciertos grupos de moteros declaran que las motos les aportan
diversión, medios de auto-expresión y sensaciones de libertad. Pero no puedo
estar de acuerdo en esencializar este discurso y en justificarlo.
Para
Maxwell ‘los que aman las motos’ (o sea, él) conducen porque es divertido y
hasta ‘los niños intuitivamente lo saben’, ya que las sensaciones que se
obtienen son similares a las de la conducción de bicis, lo cual se ve reforzado
por su observación de que los niños corren automáticamente al parabrisas
trasero del coche cuando una moto va a pasar el coche en el que viajan. Los niños
saben lo divertido que son las motos y las aman –como queda demostrado por el
hecho de mirar por la ventana trasera del coche- no sólo por observación de
las veloces motos (que cuando viajan en el coche de sus papas por las carreteras
del primer mundo) que les pasan, sino porque todos los niños tienen bicicleta y
montan en ella y se lo pasan muy bien con ellas porque sólo la utilizan para
divertirse. Y es que los niños si que saben divertirse. Esta extraña asociación
entre inocencia infantil y placer, es uno de los mundos simbólicos en los que
gira el mundo de la moto. Frecuentemente, los moteros se hacen abanderados de la
diversión, de la bacanal y del desenfreno. Las motos son jóvenes, y en un
mundo donde la juventud se ha convertido en una exigencia, las motos sirven a
fines de identificación con esta juventud.
Con
estas afirmaciones, Maxwell, esta negando tener que auto-explicarse y está
demostrando su sorpresa ante ‘los que no aman las motos’ que parecen no
comprender a los moteros, demostrando así no sólo su identificación con estas
explicaciones, sino que parece erigirse en representante y abanderado de la
lucha por la causa de los moteros incomprendidos. Al afirmar que ‘hasta los niños
lo saben’, está sibilínamente infantilizando a los que no comparten su amor
por las motos, irracionalizándolos cuando no negándoles la inteligencia. Lo
que los niños saben, podemos inferir, es que las motos son divertidas y que es
perfectamente justificable y éticamente legítimo amar las motos.
Tenemos
así que está afirmando su identificación con valores lúdicos que son
incuestionables. Pero que montar en moto en sí sea divertido me parece
ciertamente discutible y cuestionable. Cuando menos es discutible que sea así
de una forma esencialista y apoyaría esta afirmación en
mi propio trabajo de campo en el que en varios ocasiones, viajando como
pasajero en moto, tenía el convencimiento de que iba a morir en vista de la
conducción temeraria del piloto. No sé si morir es divertido, pero yo no lo he
experimentado así. Sin embargo, mi amigo y piloto con el que viajé estaba
experimentando sensaciones placenteras. Se puede argumentar que las sensaciones
que se experimentan como ‘paquete’ son muy diferentes que las que se
experimenta cuando es uno el que conduce, pero llevo más de nueve años
montando en moto y no encuentro nada que me diga que conducir motos sea
divertido en sí, además de que abría que analizar cómo esta hipotética
diversión motiva o no, a seguir conduciendo motos. Depende de para quién, cuándo
se utilicen, en qué condiciones de uso. En la conducción de motos no reside
ninguna esencia o ethos que las haga atractivas universalmente. Y es a partir de
la observación de que la mayor parte de moteros son hombres desde la que parto
para afirmar que este gusto masculino por las motos y la velocidad, forma parte
de formas de identificación y construcción de masculinidades hegemónicas
heterosexistas. En todo caso hay cientos de actividades humanas que son
atractivas, divertidas y en las que no se asumen tantos riesgos. Con lo que el
autor no está explicando: 1º ¿Quiénes son los motociclistas (Si es que se
puede dar una respuesta sencilla a la pregunta)?, 2º ¿Qué hacen estos grupos
y cual es la base de su identificación como comunidad? 3º ¿Por qué estos
grupos humanos desarrollan actividades entorno a las motos y no entorno a otras
actividades humanas –en su caso-?
No
me he detenido aquí sobre las otras dos razones que aduce, que serían las
posibilidades de expresión personal que dan las motos y las sensaciones de
libertad. Pero si quería retomar aquí brevemente una serie de reflexiones al
hilo del libro ‘Classic Motorcycles’ de Gary Johnstone. Existe una tensión
básica entre los conductores de diferentes vehículos: motos, coches, camiones
y autobuses. Maxwell señala la tensión básica entre coches y motos. Gary
Johnstone señala como en diferentes momentos históricos coches y motos han
cumplido funciones diferentes y han entrado en conflicto en distintos momentos.
Me refiero básicamente a una lucha de intereses comerciales y a unas políticas
que han beneficiado la expansión de medios de transporte impulsados por motores
de explosión con combustibles fósiles. Gary Johnstone señala que a comienzos
de siglo, ante una necesidad de medios de transporte baratos se solía a
recurrir a la motocicleta, pero como la revolución ‘Fordista’ unido a políticas
de familiarización hicieron que el mercado del transporte privado fuera copado
por nuevos vehículos que ofrecían una serie de comodidades superiores y a un
precio comparativamente mejor. Esto hizo que en los EE.UU. y específicamente
tras las dos grandes guerras la mayoría de las marcas y fabricantes de motos se
hundieran y ‘Indian’ y ‘Harley-Davidson’ quedaran como únicas
supervivientes, pereciendo posteriormente ‘Indian’. En Europa, específicamente
en Italia, las necesidades de transporte económico tras la segunda guerra
mundial, llevaron a la reconversión de la industria militar en industria civil
y a la creación de un nuevo tipo de motos: los scooters. Innocenti y Piaggio
liderarían la producción de motos, que de nuevo eran protagonistas como medio
básico de transporte. Sin embargo en el otro lado del Atlántico las motos
sobrevivieron como objetos de culto y lujo. Especialmente Harley Davidson
sobrevivió por un control de proveedores férreo y una política comercial
agresiva. Ellos construyeron su propia imagen mítica y legendaria, pero Harley-Davidson
es un invento de postguerra, mecánicamente son máquinas de calidad muy pobre y
no aportaron gran cosa en cuanto a innovación técnica o tecnológica, pero han
sobrevivido gracias al glamour con el que han rodeado a la moto, y eso se ha
incorporado históricamente en formas de comprender la moto que son más lúdicas
y cargadas simbólicamente que en otros lugares del mundo. Pero para Maxwell la
forma lúdica de entender la conducción de motocicletas tiene un claro
responsable-culpable: los medios de comunicación y los periodistas. Cito aquí
uno de sus parágrafos:
‘(...)En
los EE.UU., sin embargo, las motos no son percibidas de esta forma tan
utilitaria. (...) Además la redefinición de las motos con otras cosa que lo
que históricamente han sido se vincula con el encumbramiento de los coches como
el medio preferido de transporte en la cultura americana. La fuente de la
redefinición ya ha sido señalada en otro lugar de este ensayo, son los medios
de comunicación.’ (p.291). [38][38][38]
Podíamos colocar el coche dentro de esta tensión como el triunfador por el espacio situado al medio de transporte predilecto y la moto como el medio que en cierta manera se ha retirado a un medio de culto y sobre el que se han construido estilos juveniles, valores y hasta una serie de redes y comunidades. Pero este fenómeno no es exclusivo de las motos, sino de cientos de actividades humanas y en el mundo de los coches también podemos observar pasiones por marcas, por modelos, por coches antiguos, por la velocidad. Gran parte de los análisis que presento sobre los comportamientos de riesgo y las motos serían aplicables a ciertos ámbitos del automovilismo, pero la diferencia básica estriba en que estos círculos son minoritarios en comparación con la moto. ¿Por qué defender que los motociclistas constituyen una comunidad? Para Maxwell los enemigos parecen situarse en las filas de los automovilistas que estigmatizan a los moteros y que además prácticamente los ‘asesinan’. Pero ambos medios de transporte, son básicamente esto, y no deberíamos olvidar otros medios como camiones, furgonetas, autobuses y las tensiones generadas en las carreteras, aunque estos medios no suelen competir en el mismo terreno que sería el mercado del transporte privado de personas. Motos: medios de transporte o estilo de vida. Coches: medios de transporte o estilo de vida.... depende de para quién, cuándo... .Pero para dar respuesta a estas preguntas deberíamos atenernos a la historia y la construcción intersubjetiva de significados en un proceso social e histórico. Los trazos históricos que el autor presenta son escasos y nunca coherentes
-Paternalismo y sexismo en la
aproximación a las mujeres en el mundo de la moto.
Caracterizaría las ideas de Maxwell como socio-céntricas,
racistas y sexistas. Con esto no quiero hacerme participe del acríticismo
satanizador. Pero creo que es necesario señalar como a través de sus omisiones
se construye una imagen que responde a una política de integración del motero,
que el autor representa, en la imagen decente de la sociedad
WASP (Blanca, anglosajona, protestante) norteamericana. En cierta manera
se lamenta de la visión generalizada de las motos como simples medios de
transporte, objetos simplemente útiles. Cita como ejemplo el masivo uso de
motos de baja cilindrada en los países del Tercer Mundo[39][39][39]. Pero no solo eso, sino que se asombra de que
‘incluso en Londres’ las motos sean utilizadas como taxis y sean el vehículo
favorito de las mensajerías.[40][40][40] Opone a la imagen del motero solitario y fuera de la
ley, la de felices parejas de clase media que viajan por la red inter-estatal de
autopistas, imagen que tengo la intuición representa la práctica habitual del
autor. Por otro lado dedica algunas líneas a la discriminación de género y la
discriminación racial dentro del mundo de los moteros pero magnifica la
existencia de grupos de mujeres moteras y de grupos de moteros afro-americanos,
mistificando su aceptación por parte del grupo mayoritario, y sitúa a estos
subgrupos como minorías integradas y no en conflicto con el grupo mayoritario.
Casi los presenta como supervivencia ritualizadas de una situación que parece
haber desaparecido y que se sustentas en dinámicas e inercias que parecen estar
desfasadas temporalmente. Al intentar explicar los cambios ideológicos dentro
de los grupos de moteros, en lugar de enfatizar los nuevos procesos de
discriminación y reproducción de sistemas de opresión, desproblematiza éstos
para vender una imagen normalizante de los moteros. Sus datos sobre Estados
Unidos le parecen magníficos, dado el cambio desde un 1% de propietarias de
motos en 1960 a un 8% en 1990. Este cambio parece ir acompañado, según sus
propios datos, por una elevadísima posición social de estas mujeres (con una
media de $57.300 de ingreso medio anual, frente a los $28.900 dólares de la
población general y los $33.200 de media de los y las moteras en su conjunto).
Lo cual muestra que para un nivel de ingresos similar las mujeres no compran
motos en igual medida que los hombres o puede que implique que solo mujeres con
elevado nivel de ingresos e independencia económica, quizá con una mentalidad
‘masculinizada’ compran motos. En cualquier caso magnifica el hecho de la
aparición de una organización propia de mujeres (WOW) como demostración de la
falsa incorporación de la mujer al mundo de las motos. El autor incluso se
asombra del incremento de mujeres propietarias de motos señalando como el AMA
organizó en 1997 un Congreso Inter-estatal, el ‘Women & Motorcycling
National conference’[41][41][41]. Pero lo más paternalista es su forma de referirse a
la incorporación de las mujeres al mundo de las motos como propietarias unida a
la otra imagen que para el autor parece mostrarse como la imagen de la decencia
y la respetabilidad de los moteros. Las confronto aquí:
‘Las mujeres en número creciente están comprando y
conduciendo sus propias motos, y lo están haciendo con el apoyo y
aliento de los hombres.’[42][42][42]
‘Incluso la simple observación de aquellos que conducen, por ejemplo, de las múltiples parejas con cascos a juego que conducen grandes motos de viaje por la red interestatal de autopistas, sugiere que alguna gente