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Hay
que incorporar a los hombres a las políticas de igualdad de género |
Uno
de los temas de más actualidad a nivel internacional es el papel de los hombres
en el proceso hacia la igualdad de derechos y oportunidades entre los sexos. Una
preocupación que se va incorporando a la filosofía y los programas de las
organizaciones internacionales, que afecta a campos tan diversos como el poder,
las violencias, la salud, la sexualidad, la reproducción, la familia, el
trabajo, la economía, las relaciones entre los sexos y entre los propios
hombres, etc.
Desde la Declaración de Beijing (1995. 4ª
Conferencia Mundial sobre las Mujeres) en la que los gobiernos ya animaban a los
hombres a participar en todas las acciones por la igualdad de género, la idea
se repite en todos los foros que abordan la relación entre los sexos
(conferencias de lucha contra el SIDA, contra la violencia hacia las mujeres, la
infancia o la vejez, por la conciliación de la vida laboral y familiar, etc.)
El cambio social de las ultimas décadas impulsado por
la crítica y la lucha del movimiento de mujeres a conseguido cuestionar las
relaciones de poder entre los sexos y la legalidad de la dominación masculina.
La incorporación progresiva y estable de las mujeres
al mercado de trabajo plantea la necesidad del reparto del trabajo doméstico
(intendencia, crianza y cuidado de enferm@s)) y exige la corresponsabilidad de
los hombres.
La progresiva normalización de la homosexualidad y el
lesbianismo cuestiona la heterosexualidad como sinónimo de lo “natural” y
los modelos familiares.
Desde los años 80 en los países capitalistas
avanzados la vida de los hombres es cuestionada, por las reivindicaciones de las
mujeres y su propuesta de una sociedad en la que todas y todos gocemos de los
mismos derechos y oportunidades.
La igualdad de género ha sido una preocupación de
las mujeres de la que han participado pocos hombres, de hecho han sido ellas las
que le han dado significado público. Es lógico que siendo ellas las victimas
de la desigualdad hayan reivindicado su desaparición y que el tema no preocupe
a los hombres. Pese a que estas desigualdades afectan a todos los niveles de las
relaciones humanas.
En este punto es bueno reconocer que ya hay hombres
que luchan por la igualdad, que respetan a las mujeres, que se implican en lo
domestico y la crianza, que militan en organizaciones que han favorecido la
igualdad de género en la vida cotidiana y el acceso de las mujeres a puestos de
responsabilidad pública.
Pese a la oposición feroz de un porcentaje
significativo del colectivo masculino y la resistencia más o menos activa de la
mayoría, siempre a habido hombres que han apoyado las reivindicaciones de las
mujeres. El terreno en que más ha transcendido esta solidaridad ha sido en el
rechazo a la violencia masculina contra las mujeres.
A principios de los 80 algunos hombres profeministas
toman conciencia de que la forma en que mejor pueden contribuir a la lucha
contra la desigualdad es intentando convencer a los otros hombres de lo injusto
de la situación, de la necesidad de acabar con los comportamientos masculinos
que la reproducen y de que una vida mejor es posible tanto para las mujeres como
para los propios hombres. La perspectiva de género ha favorecido la comprensión
de la vida de las mujeres, contribuye a entender la de los hombres y permite
analizar las relaciones entre ambos.
Estos hombres traducen al masculino buena parte del
discurso feminista, e incorporan al mensaje que transmiten las ideas que van
surgiendo del análisis autocrítico (tanto vivencial como teórico) al que
someten a la masculinidad. Hoy son cada vez más los que creen que la satisfacción
de las reivindicaciones de las mujeres es necesaria porque repara agravios históricos
injustificables, al tiempo que permite mejorar nuestra calidad de vida y la del
resto de la humanidad.
La implicación de los hombres es necesaria porque si
somos parte del problema también lo somos de la solución. Porque la injusticia
de género esta directamente relacionada con la identidad masculina tradicional.
Porque aún son demasiados los hombres que participan de prácticas sexistas que
reproducen relaciones de desigualdad. Porque son muchos los hombres que
controlan los resortes que pueden satisfacer las
demandas de las mujeres y toman de decisiones que
perpetúan la desigualdad. Porque la injusticia de género solo se acabara
cuando hombres se unan a las mujeres para ponerle fin.
Incluir a los hombres en la lucha por la igualdad
tiene importantes beneficios, incrementa su responsabilidad en el cambio, los
hace más autocríticos, los compromete en el diálogo entre los sexos, favorece
que aprecien los beneficios que pueden obtener.
También es cierto que los hombres tienen problemas
que requieren la atención de los gobiernos y de los programas destinados a
favorecer su implicación en el cambio (fracaso escolar, muerte prematura,
atrofia emocional, conciliación de la vida laboral y familiar,..) pero no a
costa de las mujeres.
Es previsible un incremento de la implicación de los
hombres en las políticas de género, junto a la necesidad de deconstruir la
masculinidad tradicional, pero también que se agudicen los conflictos con los
sectores que perciben el cambio como beneficioso exclusivamente para las mujeres
sin ver que la igualdad de género nos beneficia tanto como a ellas. Acelerar el
ritmo de la incorporación del colectivo masculino a la defensa del cambio es
una de las mejores formas de afrontar este riesgo.
En cualquier caso las iniciativas de género
masculinas están muy poco desarrolladas e impulsar programas de hombres desde
las políticas para la igualdad conlleva dos peligros:
1. Que al hablar de las preocupaciones, intereses y
problemas de los hombres se frene el ímpetu por la igualdad de las mujeres, que
de ninguna manera puede dejar de ser el eje central de las políticas de género.
2. Que se ponga a cargo de los programas, de y para
hombres, a varones sin la adecuada sensibilidad, convicción o formación en el
discurso de la igualdad, que derive en una complicidad con el sufrimiento de los
hombres menos igualitarios en conflicto con las mujeres.
Para la implicación de los hombres en el cambio hay
que tener en cuenta que el trabajo con ellos debe estar unido, sobre todo en las
instituciones, al trabajo con las mujeres, para conocer sus esfuerzos y sus
discursos, reduciendo el riesgo de que los hombres desarrollen nuevas formas de
dominación. Los programas de hombres han de ser una demostración práctica de
cómo compartir los intereses de forma pacífica y democrática.
Al tiempo hay que adoptar políticas de género
integrales que se adecuen a las relaciones entre mujeres y hombres.
Las organizaciones políticas, sindicales o ciudadanas
han de ser expresión y reflejo, tanto en sus propuestas como en su organización,
de la igualdad que dicen impulsar, invitando a sus miembros a reflexionar sobre
las relaciones de igualdad en sus vidas personales, profesionales y sociales,
para que impulsen el cambio general en la organización.
En qué consiste un programa de y para los hombres.
La única experiencia institucional en el Estado Español
es, desde septiembre de 1999, el Programa Hombres por la Igualdad, de la
Delegación de Salud y Género del Ayuntamiento de Jerez (hombresigualdad.com).
Una referencia inevitable.
El trabajo institucional hacia las mujeres impulsado
por los Institutos, Concejalías y Programas de la Mujer, hizo que algunas de
las que aprovechaban las actividades les ofrecían, se lamentaran de que al
volver a casa dispuestas a comerse el mundo, se encontraban con el marido de
siempre, con frecuencia un hombre voluntarioso en un medio hostil que carecía
de modelos que le sirvieran de referente en un cambio al que no se oponía. A
estas mujeres les costaba entender que las administraciones no impulsaran
programas para hombres con objetivos similares a los que existían para las
mujeres.
Su demanda coincidió con la propuesta de montar un
programa institucional dirigido a los hombres del autor de este texto y la
apuesta de dos feministas, una Concejala (Antonia Asencio) y una Directora de Área
(Valentina de Jesús), decididas a impulsar, con apoyo del Alcalde (Pedro
Pacheco), la Delegación de Salud y Género. La primera experiencia feminista
que aspiraba a superar las políticas de igualdad dirigidas casi en exclusiva a
las mujeres. Su aspiración, acabar con cualquier tipo de discriminación entre
los sexos, convencidas de que el objetivo de la igualdad exige profundizar en
las medidas que contribuyan a la plena equiparación de la mujer, al tiempo que
se incorpora a los hombres a este proceso de cambio social.
Hombres por la Igualdad empezó a andar y ha crecido
con una Delegación que ya contaba con dos programas dirigidos a la mujer de
gran tradición. Las actividades compartidas son muy numerosas y entre tod@s han
ido concretando una imagen, un discurso de género y actividades dirigidas al
conjunto de la población, al tiempo que se impulsan iniciativas específicas
para mujeres y hombres.
El programa de hombres ha contribuido a esta
experiencia con un discurso inequívocamente solidario con las reivindicaciones
de las mujeres, que invita a los hombres a asumir sus responsabilidades (tanto
en los espacios públicos como en los privados) en relación a las mismas.
Pero también ha avanzado en la detección, estudio,
difusión y abordaje de problemáticas específicamente masculinas relacionadas
con la salud, las conductas de riesgo, las adicciones, la responsabilidad
reproductiva y profiláctica, la paternidad, la autonomía en lo domestico, la
violencia, la solución de conflictos, la competitividad, la amistad entre
varones, la homofobia, el fracaso escolar, la atrofia emocional o el impulso de
formas no sexistas de organización.
Ha difundido los discursos de los hombres igualitarios
y contribuido al surgimiento de los dos grupos de hombres de la ciudad, intenta
mostrar los cambios que algunos hombres están asumiendo para que sirvan de
modelo al resto, combate la violencia contra las mujeres implicando a los
hombres en su rechazo, lucha contra la homofobia para favorecer la diversidad,
propone cambios en la legislación laboral para facilitar la conciliación de la
vida laboral y familiar (permisos de paternidad, horarios flexibles,..) y trata
de adecuar el discurso de la igualdad a las diferentes problemáticas tras
comprobar que se puede llegar a cualquier colectivo si se es capaz de adecuar el
discurso a sus necesidades.
La demanda (inexistente al principio) y las
posibilidades de intervención crecen por encima de los recursos del programa,
sin que las iniciativas del mismo hallan sido jamás motivo de crítica pública.
Más bien al contrario, goza de una excelente reputación y es llamado a
participar en muchos más foros de los que puede atender.
A modo de conclusión.
Tener claro que no se puede estar a favor de la
igualdad sin tener como prioridad la lucha contra la desigualdad, no nos
descarga de la responsabilidad de contribuir al diseño de un futuro compartido
con las mujeres, de experimentar las ventajas de la igualdad, y de evitar a los
niños y las niñas un mundo del que no son responsables.
La escasez de experiencias institucionales son
consecuencia de la debilidad del movimiento de los hombres igualitarios, de la
falta de claridad sobre su necesidad y sus objetivos, de cierta desconfianza en
sectores del feminismo, del retraso de las fuerzas políticas en entender que la
igualdad entre hombres y mujeres requiere la implicación de los hombres, de la
dificultad que tienen los hombres que se dedican a la política para asumir el
objetivo de la igualdad, al intuir que hacerlo les exige ser autocríticos con
aquellos aspectos del modelo masculino tradicional que les han ayudado a
triunfar.
Además de necesaria la implicación de los hombres es
inevitable y va a contar con una atención creciente de las instituciones, la
pena es que no exista un proyecto claro que evite las improvisaciones y
favorezca, con ellas, la resonancia de los discursos basados en el agravio
comparativo en relación a las mujeres, como los que mantienen las asociaciones
de padres separados.
Pero
además es necesario el impulso del movimiento de hombres igualitarios, un hijo
“natural” del feminismo, que ha de tener en su desarrollo entera libertad
para definir sus objetivos y el contenido de sus reivindicaciones. Necesitamos
seguir profundizando en las ventajas que tiene para los hombres cuestionar el
modelo masculino tradicional en sus prácticas cotidianas como la mejor forma de
impulsar un proyecto de concienciación y organización, apoyado que no tutelado
por el movimiento de mujeres. Un movimiento que contribuya con su trabajo y sus
propuestas a la implementación de políticas de igualdad con apartados diseñados
por hombres y dirigidos a ellos. Una política integral desde la perspectiva de
género puede seguir soñándose, pero sin la implicación masculina no será un
sueño compartido.