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Jesús
Casado
Licenciado en Filología Inglesa y co-autor de varios libros sobre teatro y terminología teatral. Desde 1985 es profesor en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Sevilla. Fue uno de los fundadores de "SomoS - Plataforma Gay-Lesbiana de Sevilla", y el primer presidente de la asociación durante los años 1995 y 1996.
Breve
Resumen:
Tradicionalmente,
"hombre" y "marica" han sido antónimos absolutos. La fobia
de los varones a lo homosexual sigue consistiendo básicamente en la defensa de
la propia virilidad. Pero a este escenario se ha incorporado recientemente un
nuevo personaje: el hombre gay. ¿En qué medida esta incorporación ha supuesto
un replanteamiento de los comportamientos y los valores sexuales masculinos?
Primeras Jornadas Estatales sobre la Condición Masculina
Jerez - 2001
LA VIRILIDAD “GAY”
En mi opinión, la incorporación de “lo gay” a
la sociedad globalizada no es tanto la consecución de unos derechos, a partir
de una redefinición de los valores sociales sobre los que se asentaba la
discriminación, como una desideologización provocada por una oferta comercial
que nos convierte de movimiento reivindicativo en “target group”
[1].
Al construirse como estilo independiente (es decir, como “target group”
definido), lo “gay” deja de suponer un riesgo para los valores tradicionales
de la virilidad. Indudablemente se incrementan los niveles de tolerancia,
visibilidad e, incluso, prestigio social, pero sigue existiendo como referente
superior (en la jerarquía de valores sociales) la virilidad tradicional.[2]
En definitiva, pienso que los indiscutibles avances en visibilidad, tolerancia y
respeto no han conseguido poner en entredicho los valores tradicionales de la
virilidad, que en realidad son la causa primordial de la homofobia, o rechazo a
lo homosexual.
En cuanto la virilidad tradicional se construye como
negación y supresión en el varón de “lo femenino”, y “lo homosexual”
se entiende como “inversión” (feminización, afeminamiento), los
homosexuales son percibidos (también nos percibimos) como “machos
defectuosos”. Pero también, y a raíz de los logros en la redefinición del
rol de la mujer, cumplimos paradójicamente el papel de “varones
alternativos” o “liberados” de las trabas del machismo, depositarios en
alguna medida de los “nuevos valores” del “hombre nuevo”. Si un hombre
demuestra comportamientos “alternativos” a los tradicionales (si comparte
tareas domésticas, muestra ternura, no rechaza la intimidad...) se piensa que
“debe ser homosexual”.
Por un lado, los homosexuales somos “víctimas”
(al igual que las mujeres) de las presiones machistas de la virilidad
tradicional (lo que nos lleva en parte a sentirnos exentos de responsabilidad en
cuanto a problemas como el maltrato a la mujer o la violencia de género, cuando
no a desentendernos completamente de ellos). Pero a la vez seguimos siendo
hombres[3],
y necesitamos construir nuestra masculinidad como elemento fundamental de
nuestra identidad.
En el necesario proceso, impulsado por el movimiento
gay desde sus primeros tiempos, de construcción de una identidad propia, el
hombre homosexual se ha esforzado por abandonar la imagen de “feminización”
o “afeminamiento” para verse a sí mismo, y ser visto por los demás, como
hombre, tan hombre como cualquiera. Y esta defensa de nuestra masculinidad lleva
pareja la defensa de aquellos privilegios que naturalmente nos deberían
corresponder como hombres, y de los que nos vemos desprovistos sólo en función
de nuestra sexualidad.
Tradicionalmente la sexualidad “homo” se ha
vivido exclusivamente como práctica sexual, con escasos vínculos afectivos, al
margen del resto de marcos sociales, y con frecuencia coexistiendo con una
socialización heterosexual: algo marginal o accesorio que no puede vincularse a
la profesión ni a las relaciones familiares o sociales. Una práctica sexual
con frecuencia ocasional y promiscua, compulsiva, genital... muy
“masculina”.
El movimiento gay, según mi experiencia en Sevilla,
no ha logrado nunca aglutinar a una mayoría de hombres homosexuales. La mayoría
nos dejaban hacer, cuando no pasaban completamente de nosotros sin sentirse
directamente implicados; incluso muchos se sentían molestos con nuestras
demandas. Gran parte de los reproches que llegué a conocer tenían que ver con
los temas de matrimonio y de visibilidad.
En cuanto al matrimonio, el rechazo expreso solía
formularse de esta manera: “¿Para qué pedimos algo que ya no quieren ni los
heterosexuales?”. Es cierto que la defensa de una institución tradicional que
se asocia con el patriarcado parece poco esperable de un movimiento que se
plantea una transformación social en profundidad. Pero en realidad, para muchos
hombres homosexuales la construcción de un proyecto común de convivencia e
intimidad aún resulta algo ajeno, cuanto más la institucionalización de dicho
proyecto.
En cuanto a visibilidad, el rechazo suele adoptar
esta formulación: “¿Por qué hay que decírselo a nadie? Cada cual que haga
lo que quiera y punto, nadie tiene por qué meterse, eso pertenece a la vida
privada de cada cual”.
Es cierto que una presión cada vez mayor hacia
“hacerlo público” es vivido como agresión por muchos que no viven en
condiciones sociales que lo hagan posible. Pero también es cierto que la noción
“vida privada” deja entrever de qué forma muchos seguimos entendiendo
nuestra homosexualidad exclusivamente como práctica sexual, independiente del
resto de nuestros ámbitos sociales. “No tengo por qué decir a nadie que hago
sexo con tíos, como ningún hetero tiene por qué decir que se va de putas o
que le gusta hacer cama redonda con sus vecinos del primero”. Por otro lado,
una excesiva “visibilidad homosexual” podría suponer un riesgo para la
existencia misma de los canales de encuentro entre hombres, tradicionalmente
clandestinos.
Las relaciones sexuales entre hombres, aún contando
con el tabú social en el que se dan, siempre han podido asociarse con ámbitos
exclusivamente masculinos, donde los hombres celebran —entre hombres,
liberados de la presencia de esos “bichos raros” que son las mujeres— su
propia virilidad: genital, compulsiva, externa, falocrática, promiscua. Desde
Esparta y el modelo griego hasta los internados, seminarios, cuarteles,
gimnasios... En estos ámbitos, los hombres practican el deporte del sexo con
otros hombres, sin renunciar por ello a su virilidad; los “maricas” son los
únicos que se ven privados, voluntariamente o no, de ella.
En nuestra sociedad existen aún multitud de trucos
para preservar la virilidad: desde “esto sólo es echarse una mano entre
colegas”, pasando por no besar en la boca o no enamorarse, hasta hacer
declaración pública de ser sólo “activo” y no “pasivo” (todo esto se
refiere siempre a lo que se dice que se hace, por supuesto, no a lo que
realmente se hace, siempre que permanezca oculto); también el truco de hacerlo
“por dinero” (la tarifa del chapero o la gratificación al adolescente
“para que se tome unas copas con su novia”). Pero el “marica” no suele
hacer sexo con otros maricas, sino con “hombres”. Y tan importante suele ser
la apariencia de virilidad para el supuesto “hombre” como para el “marica”.
Dentro del imaginario gay contemporáneo, junto a imágenes
más subversivas de androginia y ambigüedad sexual, siguen siendo predominantes
los mitos tradicionales de la virilidad (el albañil, el bombero, el cow-boy,
el policía, el paraca, incluso el skin-head), en una continua celebración
del hombre-macho. Ahora los gays, una vez recuperada nuestra virilidad, podemos
tener sexo con otros gays (a veces, como en los entornos “leather” o
“de osos”, en escenarios de celebración explícita de virilidad). En muchos
casos surge otro grupo interesante: los “bi-curiosos”, machos en toda regla
que ahora, gracias a la mayor tolerancia y visibilidad de la homosexualidad,
pueden hacer con gays lo que antes hicieron, con colegas o con maricas, sus
abuelos y tatarabuelos.
Y en gran parte de los usuarios del “ambiente”
(la oferta gay, comercial y no comercial), la ambigüedad sexual y la pluma
provocan tanto rechazo como entre las mujeres lo provoca la estética (y la ética)
que se identifica con el feminismo tradicional. “Que no nos confundan,”
dicen unas, “somos mujeres, no feministas.” “Que no nos confundan,”
decimos otros, “somos tíos, no locas.”
Aunque desde el movimiento gay/lésbico se han hecho
valiosas aportaciones para la construcción de una nueva masculinidad, gran
parte del imaginario gay y de la práctica sexual entre hombres sigue siendo en
gran medida una celebración, cuando no una búsqueda permanente y ansiosa, de
la virilidad tradicional. Una práctica sexual desgajada de todos esos otros
valores (intimidad, comunicación, compromiso, ternura...) que los hombres deberíamos
incorporar en la construcción de una nueva masculinidad. Así los hombres gays
nos alejamos de aquel modelo de “hombre alternativo” y, paradójicamente,
nos sometemos a los mismos patrones tradicionales, a la postre esencialmente misóginos
y homófobos.
En mi opinión, es urgente que los hombres
homosexuales hagamos una reflexión seria en cuanto a nuestra identidad
masculina, y en eso no somos diferentes de los demás hombres. A pesar de los
avances en tolerancia, respeto y visibilidad hacia la homosexualidad, los gays,
en cuanto hombres, seguimos sufriendo la presión de un modelo de virilidad que
no hemos puesto en cuestión, y que a la postre acaba teniendo un coste
personal, social y emocional enorme para los individuos.
Jesús Casado
Sevilla, noviembre 2001
[1] Es un fenómeno paralelo a la desideologización del movimiento de las mujeres, que tiene como logros indiscutibles su incorporación en numerosas parcelas de lo social, pero a la vez ha “pasado de moda” (es decir, ha sido “desactivado” en gran medida por el sistema, antes de llegar a transformar en profundidad los valores tradicionales).
[3] Aunque en el pasado existiera una identificación generalizada entre el hombre homosexual y la mujer, últimamente se ha deslindado suficientemente la frontera entre la orientación (homosexual o heterosexual) y la identidad de género; la posterior consolidación de un movimiento transexual ha aclarado suficientemente las diferencias.