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La
masculinidad: Una rosa del desierto, por Dani Leal. Ponencia presentada en el I
Encuentro Local de Hombres Igualitarios de Jerez. 20 de Octubre de 2004.
eldanileal@yahoo.es |
La
identidad masculina es un invento concebido para mantener y legitimar el
viriarcado blanco heterosexista capitalista. Entiendo por viriarcado blanco
heterosexista capitalista la prevalencia
y supremacía de determinados valores viriles en la división estructural de la
sociedad, valores que se supone deben de encontrarse en los “machotes” y que
éstos han de imponer sobre todos los hombres para que sea asegurado el dominio
de las mujeres y de todos aquellos hombres que son considerados
“afeminados”, o lo que es lo mismo en el imaginario patriarcal, “
amariconados”.
Esta
dominación de lo masculino se suele justificar con términos biologicistas. Se
suele partir la división entre hombres y mujeres que intenta hacernos olvidar
el hecho de que los “machotes” en cuanto
“machotes”, el hacerse hombre, es el producto social de un trabajo histórico
continuado, constante, multifuncional, imbrincado desde diversos puntos y
colectivo sobre el cuerpo y en el cuerpo. Un trabajo histórico que socializa lo
biológico, un trabajo del que cada dispositivo denominado hombre elije
participar o disentir.
La
diferenciación sexual no es más que una excusa que se toma como referente para
la construcción de desigualdades. El sexo marca y entrena para el
género, pero jamás determina el prisma desde el cual enfocamos,
sentimos, actuamos y nos relacionamos con el entorno y con nosotros mismos. Ningún carácter asignado a lo masculino es innato, la
virilidad, el hacerse y rehacerse hombre es un marco relacional que solamente se
entiende en relación a y con un entorno que injuria, minusvalora, humilla y
oprime los valores en contra a los que se construye la virilidad y lo viril: La
feminidad y la homosexualidad. En la mano y en el corazón de cada hombre está
el de-generarse y el desmarcarse del “ servicio machista obligatorio” que le
proponen.
Hay todo un discurso “montado” que supone que los hombres son
como son por biología, un discurso que intenta legimitar el “status quo”
con el barniz de una supuesta “cientificidad neutral”. Ese discurso manipula
los dichosos cromosomas xy, diciendo que esa patita que supuestamente falta en
los hombres para ser xx, es la que esconde hechos como que los hombres mueran
siete años antes que las mujeres sin explicación alguna que lo demuestre salvo
los hábitos sociales.
Por poner un ejemplo bien clarificador, Zella Luria describe en su
artículo “Género y etiquetado: El efecto Pirandello” dos ejemplos bien
clarificadores en los cuales se muestra la importancia de las etiquetas sexuales
aplicadas a niños y niñas como pilares que construyen estereotipos de lo
masculino y lo femenino. Tomaremos como ejemplo uno de de ellos. En 1975 John
Money describe como dos gemelos verdaderos ( o sea, con la misma carga genética)
acaban siendo niño o niña. Debido a una penectomía por accidente en el
momento de una circuncisión defectuosa a los siete meses de edad entre el
aparato médico, educacional y familiar crearon el hecho de que uno de ellos y
ellas se considerada niña y actuara conforme al patrón social ofrecido.
A
la vez, podemos detallar que la masculinidad y de la feminidad son conceptos
construidos socioculturalmente. Tomaremos como muestra un botón. La antropóloga
Margaret Mead nos describirá en 1935 tres sociedades de Nueva Guinea como los
arapesh, los mundugumur y los chambuli: Si en los arapesh asistimos a la práctica
igualdad de roles entre hombres y mujeres ( ayuda, solidaridad, colaboración),
en los mundugumur asistimos a la igualdad entre hombres y mujeres en la adopción
de roles violentos, dominantes y agresivos,
mientras que en los chambuli observamos que en las parejas hetero es la
mujer la dominante, la impersonal y la dirigente y el hombre adopta el rol
opuesto.
Un
libro recomendable sobre la construcción de la masculinidad en diferentes
culturas es el de David Gilmore: Hacerse hombre, concepciones culturales de la
masculinidad ( Paidós). Un ejemplo
interesante es el de los yanomamo del Amazonas, descrito por Marvin Harris como
“El pueblo guerrero”. Cuando se habla de una cultura donde el machismo, el
duelo, la guerra y el menoscabo de lo femenino era la prioridad, creí por un
momento que este pueblo no habita en el Amazonas, sino en las Islas Azores. De
hecho, la palabra que utilizan para matrimonio es “ llevarse algo a rastras”
y “desprenderse de algo” es divorcio. No
muy lejos de los muy machistas comentarios y ritos masculinos que existen en
nuestro orden simbólico.
Nos
proponen hacer de macho sin descanso, nos proponen “ese servicio machista
obligatorio” constantemente, haciéndoselo saber a los/as demás, fingiendo y
aparentándolo. Esta construcción se inicia desde el mismo momento de nuestro
nacimiento, el hombre nace y el varón se hace. Nunca se termina ni nunca se es
demasiado hombre, ser hombre es una tarea continuada e inacabable.
Es por ello, que la identidad masculina se halla siempre en peligro. El
miedo ancestral de los hombres es a afeminarse, a amariconarse. Aprendemos la
masculinidad siguiendo al filósofo francés Didier Eribon mediante la teoría
de la injuria, del insulto ( marco simbólico que excluye y aparta ante todo lo
femenino, y/o lo construido como amariconado – Determinadas utilizaciones del
cuerpo, determinadas expresiones, determinados espacios-). Además, los
“grandes hombres” mesiánicos están obligados
a aniquilar a toda identidad distinta / difuminada a la suya, los hombres están
entrenados para aniquilar la posibilidad de irrupción de cualidades afeminadas
en sí mismo y aniquilarlas en los/as demás. Ser hombre es una guerra constante
contra las cualidades “femeninas”.
Los
hombres se aniquilan
cuando en vez de decir estamos tristes nos enfadamos, cada vez que
transcribimos nuestro dolor en ira, y cuando en vez de contar nos callamos
soportándonos o contamos cuentos que culpabilizan a los/as demás. Tomemos como
muestra la represión del llanto y la ira que se inscribe
en nuestras venas del cuello; o sea, que los más violentos y lo más
reprimidos que más van de macho suelen ser lo que más vena tienen.
Ese
aprendizaje se muestra intergeneracionalmente en esa jaula de los hombres, esa
rayuela simbólica que son desde el nacimiento la escuela, el bar, el estadio de
fútbol, el mundo del trabajo en el cual los mayores modelan, novatean y
corrigen a los aspirantes de esta supuesta aristocracia que es ser hombre,
integrando códigos, ritos, lenguajes y reglas corporales que adecuan y moldean
el cuerpo entre otras muchas cosas a ponerlo en peligro, y a soportar el dolor y
el sufrimiento para luego transmitirlo a los nuevos alumnos de “macho”.
¿
Cuáles son los valores que se defienden haciendo guardia sobre este banquito?.
Si los chicos seguimos a rajatabla las órdenes sobre cómo comportarnos que nos
dijo el bruto de turno –o más bien, nuestros abuelos y padres-, se trataría
de: Jugar al juego de la masculinidad tradicional, sobrevalorando las conductas
supuestamente masculinas y negando/reprimiendo las conductas no propias de la
hombría: Por ejemplo, Ser independiente-no depender. No necesitar ayuda-
Autosuficiencia. No fracasar-Ser exitoso .Rígido emocionalmente-Reprimir
llanto. Algunas afirmaciones de interés serían:
-Ser
fanfarrón, temerario, competitivo, con capacidad de emplear la violencia,
arriesgado.
-Sé relacional, lógico
y científico.
-Evitar
la intimidad porque te hace vulnerable, no sentir que se siente, no pedir ayuda
ni entregarla,
-No
ser inseguro, ser cuidado pero no cuidar.
-El
cuerpo entendido como máquina y no desde una perspectiva integral, un cuerpo
para el trabajo y dividido en partes; desintegrado. El culo no se toca, el culo
no se disfruta, del culo se habla como insulto. Qué curioso que el culo nunca
aparezca cuando se habla del cuerpo. Qué curioso que el ano no aparezca, es
terror a la pasividad, a ser penetrado, a ser afeminado y por tanto poco viril.
El imaginario masculino relaciona a ano con homosexualidad y con pérdida de la
virilidad. Si queréis salir del armario de la virilidad decir que disfrutáis
de vuestro ano, que a través del mismo alcanzáis vuestra próstata, y que os
corréis de gusto. A partir de ese momento, disfrutarás de desprenderte de uno
de los grandes tabúes y dejarás –olé, ese gesto tan viril- de ser macho.
-Entender
la sexualidad como forma de conquista y placer obligatorio, mantener la imagen a
cualquier precio, completa y rígidamente heterosexual, espera de una mujer. La
sexualidad es una vía de
demostración de dominio y superioridad sobre mujeres, y competición con otros
hombres.
.Sé
heterosexual. Centrar la sexualidad en el coito, el placer mediante él es
obligatorio. Respecto al pene, el infierno masculino está poblado de cuchillos
que lo cortan, si la tienes más grande, eres más potente y tienes más
capacidad de engendrar. Conquista,ligón, reprime las manifestaciones de ternura
y cariño públicas, controla las privadas. Sexualidad como demostración ante sí,
demás hombres y mujer que es un “macho”.
De
hecho, éstos axiomas que nos construyen como hombres son incuestionables aunque
indemostrables, son las articulaciones del esqueleto que sustenta la hombría
tradicional: Homófoba, misógina, poder-jerarquía-violencia-heroicidad. ( O
sea, no ser mujer ni un bebé pasivo ni amar a otros hombres, ni ser uno más)
1.
La homofobia. En las sociedades occidentales avanzadas (en ardor guerrero) la
dominación masculina se fundamenta en la íntima e indisoluble relación entre
el mantenimiento de la identidad masculina como lugar del sexismo y la
heterosexualidad coital, penetradora y reproductora. La heterosexualidad es el
medio privilegiado de mantener el status social como medio de propiedad, como
garantía del control de las mujeres ( “ de lo femenino” ) y de la transmisión
androcéntrica de la riqueza. De hecho, la progresiva aceptación de la
homosexualidad que conllevará afortunadamente la desaparición de la
heterosexualidad lejos está de derrotar el matri-patrimonio como forma de
transmisión de riqueza.
Por
supuesto, el machismo y la misoginia también existen “en la movida gay”.
Podríamos detenernos en el análisis de los hombres del cuero y los bear
(osos), pero eso excede los límites de esta reflexión. Simplemente, es
observable mezclándonos en los bares de ambiente con esos guapísimos marines
entrenados para matar y para violar en las masacres colectivas en las que
participan.
2.
La misoginia. Uno de los valores en que se sustenta la masculinidad tradicional
es: no tener nada de las cualidades denominadas como “ femeninas, es más
minusvalorarlas y combatir contra ellas aniquilándolas. Cualidades que
socialmente son las menos valoradas aun siendo imprescindibles. Las cualidades
asignadas como femeninas son las menos valoradas aunque solamente se echan en
falta cuando no se ponen en práctica, siendo de necios confundir valor con
precio p.e. el cuidado de los/las demás no se paga o se paga muy mal- ¿ Qué
sería de la sociedad sin las tareas básicas de cuidado?.
Ser
en definitiva, lo que el orden patriarcal constituido, denomina como
“raro”.Se dice de un hombre de verdad en tono de mofa que se “afemina”
cuando en su caso es influido por su pareja femenina, teniéndose en cuenta que
la broma surge más de ser influenciado por alguien que el machismo y los
machistas consideran como inferior y menos válido, no estando en juego lo que
se hace, sino lo que supuestamente se pierde: “ la hombría”.
3.
Poder, jerarquía, violencia y heroicidad. Hay detalles que se invisibilizan
para no debatirlos. Ante las reticencias de Woodrow Wilson sobre la conveniencia
de la intervención norteamericana en la I Guerra Mundial, Rooselvet le acusó
de querer “afeminar la hombría americana”. Se olvida que los que hoy están
haciendo la guerra son en su inmensísima mayoría hombres orgullosos de su
virilidad y supuesta valentía en el combate. Quienes utilizan la violación
como forma sistemática de guerra son hombres y los mandos militares y políticos
que manejan el cotarro son hombres jerarcas poderosos.
El 90% de los asesinos el asesino es hombre.
El
poder es jerarquía, y la jerarquía es poder. Ya conocéis el principio de
Peter “ En una sociedad jerarquizada verticalmente, cada individuo puede subir
en el escalón jerárquico hasta el nivel de su incompetencia y ahí se queda.
Ya no puede subir más porque al ser incompetente no puede hacer méritos, pero
tampoco puede descender porque sería un demérito para él y su empresa.” .
La masculinidad tradicional está educada en y para el poder, ya sea manteniéndolo
a nivel público tanto como en el privado. Y en un poder que emplea y es
violencia.
El
héroe siempre marca el camino a seguir, está en la cumbre, recibe y da
parabienes bien simbólicos o materiales y tiene un alto reconocimiento público.
El héroe de verdad cree que su puesto es insustituible ya sea en el sindicato
ó en la asociación. Compite
rastreramente y continuamente para mantener el status, ocultando sus
debilidades. Prefiere morir por la causa, a causa de dicha causa. Un héroe de
verdad sacrifica a quienes quiere y se sacrifica por la causa que le da
identidad. Fíjense en Abraham: Como decía Joseph Vicent Marqués “Abraham,
capullo, Isaac no es hijo tuyo” ( Como los hombres que inmolan al Dios actual:
El dinero ( Omnipresente, invisible
y omnipotente), por sus afectos.
No
está de más, que cada hombre analice el Sméagol ó el Gollum que hemos sido,
somos, o llegaremos a ser. Ese personaje del Señor de los Anillos que pierde
amistades, luz, alegría, juventud y belleza por el poder, por el anillo de
poder por el cual se asesina, se pelotea, se miente, se chivatea, se insulta, se
ignora.. Esa ansia de poder y de prestigio que muestra a tantos hombres solos
acariciándolo, apropiándose y mostrando el trabajo que no le pertenece,
amedallándose la charreterra del prestigio viril, quedándose solo en esa
batalla continúa por la conquista ya sea de mujeres, cuentas corrientes, ó
afirmación ante sí mismo de que es inexpugnable, poderoso, en definitiva,
“bien macho”.
A
los hombres se les educa y suelen asumir mostrarse o aparentar, intentar ser
poderosos héroes, poderosos guerreros, ser brillantes gracias a que se apropian
jerárquicamente del trabajo de quienes se construyen como subordinados/as. La
virilidad no se ocupa pero se aprovecha de las tareas de intendencia, de
aquellas que solamente se ven cuando no se hacen, el héroe no se ocupa jamás
de hacer las fotocopias, de las mezquindades del cálculo y el ahorro, del
vencimiento de los plazos, de recoger la mesa. Una ética del cuerpo del arriba,
del dominio, de la frente alta. En la Cabilia Argelina se prohíbe explícitamente
en la sexualidad hetero que la mujer esté encima del hombre, así como la mayor
ofensa en la muy viril Roma era que las
relaciones de ambrosiae ( placeres) entre hombres la sexualidad dominadora la
empleara el subordinado en la cadena de producción. El sociólogo francés
Daniel Weltzer-Lang estudiará en las cárceles francesas como la hombría se
perderá cuando la sexualidad es dominada por otros hombres, como el macho es
quien viola y la mujer es el que es violado. Una educación masculina inter e
intraclasista que nos muestra independientes, autosuficientes, con tolerancia máxima
al dolor, arriesgándose continuamente, sin trabajar en equipo, individualista e
insolidario ( por lo tanto injustos y/o aprovechados).
Los
hombres son educados para ser héroes, hombres poderosos con una misión llena
de misiones a cumplir. Elegidos a comerse el filete del mundo en un bocado. Esa
vida de los hombres como odisea personal nos la muestran Maradona, Ulises, El
Vaquilla, Neo -el elegido de Matrix- esa odisea personal que como señala el
sociólogo Óscar Guásch y que suscribo es la odisea personal del gran héroe
de nuestros días que dice “ no os imaginéis que vine a poner paz sobre la
tierra. No vine a poner paz, sino la espada” Lucas 12,51. Ese gran héroe que
dice “ Quien no tenga su espada, venda su manto y cómprese una” Lucas, 22,
36. Ese heroísmo de Jesucristo que también es heroísmo “marica” en
ocasiones, sustentado en valores construidos como "afeminados", a fin
de cuentas hablamos del héroe de una bella novela de aventuras que fundamenta
su trayectoria en el amor y la solidaridad, héroe prestigioso que nada sería
sin sus discípulos y de quienes cantaran sus gestas. ( Que quizá por eso lo crucificaron los de Roma). El héroe
masculino de hoy en día es el Camacho que tras gritar, maltatar y amenazar a
sus supuestos subordinados que no le obedecen se autoinmola y abandona herido,
hundido, perdiendo, pero con ese supuesto pundonor de los hombres.
Si
esto somos, esto quisieron que seamos y cada hombre eligió aceptar y mantener
este modelo con el silencio ante la injusticia. Olvidemos las excusas. En
definitiva, nos proponen a los chicos ser cómplices de estos valores, y cada
uno de nosotros tiene en su mano obedecerlos ó desobedecerlos. La condición de
las personas libres, como decía Erich Fromm, es la desobediencia ante aquellas
situaciones que no compartes. Hombres ¿ Seguiremos siendo esclavos de estos
valores con los que esclavizamos a los/as demás y a nosotros mismos? ¿ Cuándo
saldremos todos del armario de la virilidad?
Analizando
si es posible olvidar nuestra identidad masculina, desde mi punto de vista el
punto de llegada es la desaparición y olvido de la masculinidad, pero el punto
de partida es la diferenciación y disociación respecto a la masculinidad hegemónica,
esto es, el hecho de posicionarme como hombre igualitario es cuestión
simplemente de una estrategia política ( y por tanto pública: Lo privado es
personal) para la desaparición de esta categoría.
Me resultan graciosas las propuestas que tienen como fin en sí mismo
crear “ un nuevo hombre” ó que denominan que lo importante es “ser
persona” y tratan de igualar bajo este término las desigualdades obviando las
posiciones de partida distintas.
De
momento, el hombre igualitario no
es más que la respuesta política a los controles sociales relativos a
virilidad y dejará de tener sentido cuando dicho control social desaparezca; un
hombre igualitario que surje en primer lugar y gracias a quienes
tradicionalmente han puesto en solfa la raíz misma del sexismo y el reparto genérico:
El movimiento feminista, el movimiento gay-lésbico y el movimiento pacifista (
el de los cobardes más valientes) sin los cuales la crítica sobre el papel de
la masculinidad quedaría cojo. De hecho, creo que es imposible considerarse
hombre igualitario siendo homófobo, machista ó militarista.
A
la vez, me parece saludable reflexionar juntos con aquellos hombres igualitarios
que de ninguna de las formas quieren perder la categoría de “ser hombre”.
Los varones llevan toda su vida intentando ser hombres. Si la identidad
masculina es el constructo necesario para legitimar el sexismo y la
heterosexualidad hegemónica, cualquier forma de construcción de una nueva
identidad masculina diferente, plural, saludable y solidaria me parece una
contradicción entre los términos. Hablar de
una masculinidad igualitaria, una virilidad débil, un patriarcado
solidario, de hombres sensibles y débiles me parece una contradicción entre
los términos tales como “inteligencia militar”, “bombas inteligentes”,
“ amor sufrido”, “televisión interactiva”, ó “el sol negro” de los
alquimistas. Buscar una nueva forma de masculinidad vuelve a mantener el peligro
de la loa al Dios de los Hombres.
Cada
vez que se habla del cambio de los hombres parece que los hombres temen perder
su masculinidad, como si no fuera precisamente de eso de lo que se trata. La razón
de que quizá los varones se estén esforzando por mantener nuevos términos,
nuevas masculinidades sea quizá por el hecho de que quizás ésa sea lo último
que les quede: Cuando no se presume de nada, se presume de varón, de ser un
machote, de tener dos cojones. Así pues, propongo eliminar toda alegría de ser
hombre, simplemente ganamos de chiripa la única carrera de nuestra vida entre
millones, el orgullo que da tener
dos huevecillos y una churrilla. Si el riesgo es cosa de hombres, arriesgémonos
a desaparecer nosotros mismos.
No
encuentro mejor ejemplo que ejemplifique lo que quiero transmitir que la rosa
del desierto que del desierto viene y es sal y arena. Ya no es desierto, ha
renunciado a él, está en otro sitio. Algún día desaparecerá, pero de
momento se mantiene para dar constancia de su belleza, de una belleza que nació
en el mismo momento que dejó de ser desierto para ser rosa, de una belleza que
espera que se multiplique. Porque si otro mundo es posible, hombre, y está en
nuestros corazones, necesita de la desaparición de la hombría para hacer un
mundo más bello con nuestras manos.
Estas
palabras no habrían sido posible sin la atenta (y en ocasiones) maravillada
lectura de textos de Josep Vicent Marqués, Daniel Weltzer-Lang, Óscar Guasch,
Pierre Bourdieu y Michel Foucault. Asimismo, las reflexiones y sugerencias
cotidianas de mis compañeros José Ángel Lozoya y Antonio Martínez son parte
integrante e indispensable de este texto. Gracias asimismo a mis compañeros del
grupo de hombres igualitarios “Hombrecitos de madera”, con los que tantas
risas y charlas de todo corazón compartimos.