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La mía es una mirada periférica al menos por dos
motivos: el país y el idioma. A pesar de ello quiero hablar de la necesidad de
impulsar un discurso y un movimiento de hombres por la igualdad, que permita
conciliar la solidaridad con las reivindicaciones del movimiento de mujeres, con
el derecho de los hombres a la felicidad en el nuevo orden social.
La identidad masculina solo es eso que en leguaje
coloquial llamamos “masculinidad”. Una construcción social que nos
remite a la existencia simbólica de un Modelo Masculino Hegemónico, que
reclama obediencia a unas reglas definidas desde la noche de los tiempos, y en
relación a cuyos mandatos -valor, honor, tesón, firmeza, poder,..- medimos los
hombres nuestra virilidad. La masculinidad hace referencia a eso que últimamente
llamamos “género masculino”, a los atributos y roles en que se socializa a
los hombres y al resultado que se persigue, un patrón cultural que presenta
importantes diferencias históricas y geográficas, de raza, etnia, grupo o
clase social.
Estas diferencias constituyen la mejor prueba de que
ninguno de los modelos conocidos son la consecuencia natural de los cromosomas
XY o de la presencia del pene, aunque se nos presenten como si lo fuesen para
poner a la naturaleza como coartada y ocultar las estrategias de poder que
persiguen las asignaciones de género. Pero la gente desconfía de la naturaleza
e interviene para asegurar la virilidad de sus hijos desde que nacen. La
sociedad transmite que un hombre ha de ser fuerte, seguro, independiente,
competitivo, autosuficiente, importante, heterosexual, etcétera.
En ese hacer a los hombres, se nos induce una
identidad complementaria a la feminidad y opuesta a la homosexualidad, que
implica un conjunto de privilegios y obligaciones legitimadas por la cultura,
para perpetuar las relaciones de dominación entre los hombres y de estos sobre
las mujeres. Tal vez la formula más usada para asegurar la desigualdad entre
los sexos siga siendo la de protección por sumisión. Un modelo fuertemente
cuestionado por el movimiento de mujeres que está cambiando a los hombres.
Aunque lentamente vamos aceptando y asumiendo la igualdad legal y la real.
La masculinidad es por tanto un producto social dinámico
capaz de evolucionar con el entorno, una forma de ser y de vivirse que el
consenso social modifica y puede dejar de producir. En este momento, al menos en
occidente, en sociedades en las que las mujeres se liberan de la protección y
de la sumisión, crecen las dudas acerca de lo que significa ser un hombre de
verdad, y no dejan de aparecer versiones de la masculinidad en crisis con los
modelos tradicionales. Son tantas que muchos estudiosos han optado por hablar de
las “masculinidades”.
Versiones o masculinidades, la evolución de los
colectivos masculinos son experiencias concretas de enorme interés. Su evolución
nos ayuda a identificar y combatir las resistencias al cambio en los varones más
recalcitrantes, al tiempo que aprovechamos el ejemplo de los hombres más
igualitarios para ver por donde caminar. Estos últimos sirven de modelo, aún
sin pretenderlo, para quienes se lamentan de la falta de referentes masculinos
que legitimen su cambio.
No trato de sugerir la posibilidad de una masculinidad
igualitaria en la que no creo, porque toda masculinidad continuaría siendo una
cuestión de identidad que reforzaría las identificaciones imaginarias y simbólicas.
Los hombres antisexistas no podemos permitirnos el lujo de ignorar que la función
del género ha sido y es legitimar las desigualdades de poder entre los sexos.
Por eso, y porque parece insinuar que todo lo nuevo es mejor, no me gusta hablar
de “nuevas masculinidades”.
Lo que sostengo es que el cambio de los hombres
occidentales es evidente, aunque no irreversible. Pese a las resistencias,
matizadas por la clase social, la edad, la etnia, la orientación del deseo
sexual o la ideología, la mayoría de los hombres se ven a sí mismos como
reflejos suavizados de sus padres, creen que el cambio es justo e inevitable, se
adaptan al mismo por la presión del entorno, se quejan de que vaya tan rápido,
y no faltan los que temen que pueda acabar en una inversión de las relaciones
de poder.
Las expectativas sociales respecto al papel que deben
desempeñar los hombres y las mujeres esta transformando sus funciones y sus
relaciones interpersonales. El número de cometidos que pierden la asignación
de género no para de crecer. Cada día son menos los hombres que se ven así
mismos como los únicos responsables del bienestar económico de la familia, o
los que creen tener la última palabra en las decisiones familiares, y más los
que se implican en lo doméstico, la anticoncepción, la crianza o la
profilaxis.
En este proceso, y pese a que la homofobia del
entorno, aprenden a ver su propia experiencia como una versión actualizada de
la masculinidad. La mayoría trata de orientarse en un escenario que no han
provocado ni lideran. Lo hacen entre la nostalgia y el sentido de la justicia,
con la esperanza en un mundo nuevo que imaginan más justo, pacifico y
solidario. Intentan redimirse de la masculinidad al tiempo que se interrogan
sobre los beneficios que para ellos supone la igualdad.
La identidad masculina es como un barco a la deriva,
que se desplaza por los efectos del feminismo y las críticas de los hombres
homosexuales. Pero se trata de un cambio que apenas cuestiona la dominación
masculina, ni elementos identitarios tan importantes como la competitividad, la
búsqueda del poder, el riesgo o el uso de la violencia en la solución de los
conflictos. Asignaciones de género que van más allá de las relaciones entre
los sexos y que empiezan a compartir las mujeres, sin que hayamos sabido
explicar hasta qué punto ayudan a entender los conflictos bélicos que asolan
el planeta, la propagación del VIH-SIDA o el deterioro del medio ambiente.
A medida que se implican en la igualdad, los hombres
van descubriendo problemas que no tenían planteados como propios, necesidades
concretas que les hacen ver la necesidad de incorporarse a reivindicaciones clásicas
del movimiento de mujeres, en temas como la conciliación de la vida laboral y
la familiar, o la presencia paritaria en espacios con asignación de género
discriminatoria. Un buen ejemplo de estas reivindicaciones en versión masculina
es el permiso laboral por paternidad, que concilia la no discriminación de la
mujer en el acceso al mercado de trabajo, la asunción por el padre de todo el
trabajo doméstico en ese periodo, y su derecho a disfrutar de esta etapa de la
vida de su hij@.
La homofobia es la otra clave del cambio de los
hombres. La homosexualidad ha representado el reverso de la virilidad:
contranatural, afeminado, inseguro, sensible. Etiquetas que todos hemos
intentado evitar para reafirmar la propia masculinidad, aunque los homosexuales,
como no todo es educable, no hayan conseguido doblegar la orientación de su
deseo sexual, pese a lograr la mayoría, sin especiales problemas, interiorizar
el resto de los rasgos de la masculinidad o beneficiarse de buena parte de los
privilegios de género. Los hombres tienen deuda impagable con este sector del
colectivo masculino por el dolor que les ha causado y les causa.
Pero la normalización de la homosexualidad y el fin
de los estereotipos sexuales, con ser vital para los colectivos afectados, no lo
es menos para el resto de los hombres. Nadie duda, y muchos temen, que la
superación de las etiquetas sexuales ampliará la libertad de todos en la
expresión del deseo sexual, favorecerá la diversidad, y ayudará a explorar
facetas con poca tradición viril como la sensibilidad, la afectividad o la
confianza entre los propios hombres. A medida que la homofobia se diluye, los jóvenes
occidentales se aventuran en campos como la moda o la cosmética con una
naturalidad que hace poco despertaría dudas sobre su hombría.
El cambio de los hombres no puede seguir haciéndose a
expensas del esfuerzo de las mujeres y de las minorías sexuales, no podemos
dejar que sigan cargando con la responsabilidad de abrirnos poco a poco a otras
facetas de la existencia, cuando de lo que se trata es de ser capaces de asumir
cada vez más la tareas cotidianas y la supervivencia misma, los ingresos y la
vida afectiva. Lo habitual es que hasta los hombres heterosexuales más
igualitarios deban buena parte de su cambio a la constancia de sus parejas, con
las que siguen en deuda en el reparto de las tareas domésticas.
Cada vez son más los hombres conscientes de sus
responsabilidades personales y colectivas, como resultado de una reflexión
autocrítica realizada a veces en grupos de hombres, que les ha llevado
cuestionar la propia identidad y evitan reproducir el sexismo. Algunos creemos
que la mejor contribución que pueden hacer al cambio es convencer al resto de
los hombres de la necesidad de apoyar los cambios en las estructuras de poder,
los ordenamientos sociales y la organización de la vida cotidiana, para
favorecer el acceso de las mujeres a las esferas laborales, políticas y
sociales, impulsando para ello las medidas de acción positivas que se vean
necesarias.
Esta implicación de los hombres va a contar con un
estimulo creciente en las políticas de igualdad porque es justa y necesaria, al
tiempo que la mejor respuesta frente a los discursos basados en el agravio
comparativo, que mantienen algunas asociaciones de hombres, que se presentan
como los auténticos defensores de la igualdad y se sienten maltratados por las
mujeres y las leyes que las protegen.
Pero no acaba de surgir un discurso masculino
profeminista y no homófobo, con autonomía suficiente respecto al movimiento de
mujeres en la concreción de sus objetivos, capaz de llegar a la mayoría de los
hombres y de ilusionarles en el cambio. Un discurso capaz de ayudarles a ver que
la perspectiva de género permite encontrar alternativas a los problemas que
causa la masculinidad. Que oriente a los distintos colectivos masculinos,
propicie la coordinación de sus esfuerzos y contribuya a evitar sufrimientos
innecesarios a las mujeres, la infancia y los propios hombres. Que evite
responsabilizar a las mujeres del dolor de los hombres que tiene su origen en la
propia masculinidad, como los celos o el fracaso escolar, y les aliente a asumir
sus responsabilidades al tiempo que contribuyen a diseñar un futuro, que puede
seguir soñándose, pero que sin su implicación no pasara de la igualdad legal ni será un sueño compartido.
Entre los hombres antisexistas hay demasiada prudencia al hablar de “los costes” de la masculinidad y de los beneficios de la igualdad para los propios hombres, por creer que es egoísta pensar en nuestro bienestar cuando son tan graves las desigualdades entre los sexos, por la sensación de que al hacerlo se confunden las prioridades, por no ser nunca el momento oportuno, o por temor a parecer menos solidarios con las mujeres, pese a saber que el futuro de los hombres es parte del cambio, que necesitamos pensar y experimentar de manera diferente nuestra existencia, o que las ventajas de la igualdad son muy persuasivas en temas como la paternidad, la expresión de los sentimientos, la autonomía personal, la sexualidad o las expectativas de vida, porque ofrecen a los hombres la posibilidad de mejorar su vida y sus expectativas, ayudándoles a revisar sus conductas y cambiar sus actitudes.
La igualdad de derechos y oportunidades entre los
sexos ya es el discurso público hegemónico en occidente, un objetivo hacia el
que se avanza pese a los techos de cristal que frenan a las mujeres. Un dato que
invitaría al optimismo, si no fuera por los problemas de la masculinidad que
siguen victímizando a las mujeres, como el retraso de los hombres en
corresponsabilizarse de lo doméstico, o unos niveles de violencia inadmisibles.
La realidad es tan testaruda que obliga a articular el discurso masculino
igualitario con la lucha contra la desigualdad como prioridad.
Aún así, pese a que la igualdad exige a los hombres
la perdida de importantes parcelas de poder para reparar agravios históricos
injustificables contra las mujeres, es el argumento que mejor responde a esa
doble aspiración de justicia y felicidad que sugiere. Es una propuesta sencilla
de entender, un objetivo capaz de animarles a coincidir con las reivindicaciones
de las mujeres, una formula que evidencia lo infundado de sus temores a una
inversión de las relaciones de poder entre los sexos, la idea de que la perdida
de privilegios se acompañara de la perdida de responsabilidades y un montón de
oportunidades.
La igualdad de género equivale a la desaparición de
los géneros, es la consecuencia lógica del fin de las identidades, el
resultado del proceso de crítica y deslegitimación del sexismo, una herencia
de igualdad en un mundo que respete la diversidad sin hacer más distinciones
entre los sexos que las derivadas del proceso reproductivo: embarazo, parto y
lactancia, compatibles con que los hombres den el biberón o asuman la crianza.
Pero la igualdad de género puede acabar siendo una
versión “no sexista” del modelo masculino como referente universal para
hombres y mujeres, si no se produce una intervención consciente sobre este
proceso, que evite incrementar el dolor que provoca al conjunto de la humanidad
algunos de los rasgos más sobresalientes de la masculinidad.
Tenemos que socializar en la igualdad propiciando las
elecciones personales, siempre únicas e imprevisibles, sin olvidar que la
educación de los niños ha de reforzar valores poco frecuentes entre sus
iguales como la confianza, el respeto a la diferencia, la autonomía en lo doméstico,
la corresponsabilidad o la no violencia en la solución de los conflictos. Hay
que inculcarles una actitud crítica ante los mensajes sexistas que les llegan
en forma de exigencias, a través de la familia, la escuela, las amistades o la
televisión. Una actitud crítica frente a los privilegios masculinos, que les
solidarice con las reivindicaciones de las mujeres, sin verse discriminados por
responsabilidades históricas del colectivo masculino que no reproducen.
La igualdad de género es un objetivo que invita a
participar en el diseño de un referente universal que permita socializar a los
niños y las niñas en los mismos valores, aquellos que consideremos deseables
en cualquier persona con independencia de si proceden de la masculinidad o la
feminidad tradicional. Un fin que permite educar, también a los niños, en los
cuidados, la prudencia, la empatía o la expresión de los sentimientos,
convencidos de que no existen actitudes o conductas que resulten encomiables en
los hombres y censurables en las mujeres o viceversa.