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MACHISMO CON CONDÓN, por Alejandro Mosquera Guadarrama. Colectivo La Puerta
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Se establecen en consecuencia de roles muy bien
diferenciados para hombres y para mujeres, que se traducen en desigualdades, y
en la desvalorización de algunas emociones y sentimientos, así como sus formas
de manifestarlas, consideradas “de mujeres” o femeninas, Esto nos lleva a
los hombres a generar máscaras que nos permitan ocultar estas emociones y
sentimientos.
Hay una serie de mandatos sociales para los
hombres, los cuales nos plantean estar permanentemente tratando de demostrar que
somos hombres (como el ser
valiente, competitivo, egoísta, arriesgado, exitoso, fuerte física y
emocionalmente, potente sexual, deseado, conquistador, sabelotodo, heterosexual,
dominante, admirado, autoridad, autosuficiente, proveedor, agresivo, audaz,
mujeriego, buen bebedor, simpático, aceptado, no contar con nada que tenga que
ver con lo considerado femenino, etc, etc.), de tal suerte que los sentimientos
y las emociones, tendrán que estar manifestadas en esta lógica de los mandatos
sociales, o dicho de otra forma, no perder la “hombría”.
Estas ideas introyectadas desde que nacemos, en
la sexualidad nos llevaran a tener un comportamiento, también, que demuestre
“hombría”: un verdadero hombre nunca se
niega a la posibilidad de tener una relación sexual; puedo vivir mi sexualidad
con riesgos porque no me pasará nada, soy hombre; las relaciones sexuales son
cuando yo quiera y como yo quiera; a mi nadie me dice que no; cuando me dicen
que no, es solo por hacerse del rogar; como buen hombre puedo tener mas de una
pareja sexual; el hijo es de mi mujer; yo no soy un impotente sexual, es ella la
del problema.
Esta masculinidad tradicional, lleva a
establecer relaciones de poder de unos sobre otras. Y la competencia entre los
varones es permanente por ver quien es mas hombre que el otro.
La sexualidad en los varones se convierte en el
gran escaparate para demostrar que se es hombre, y hay una intención permanente
por “vivir una sexualidad muy activa”, y si en la práctica no es así, por
lo menos nos quedan las máscaras para aparentarla.
Al estarnos pensando como sujetos que deben de
tener el control de todo lo que este a nuestro alcance y de nuestras acciones,
la sexualidad se racionaliza de tal forma que las emociones gustos y deseos no
tienen lugar, eso se lo dejamos a las mujeres.
A
lo anterior haya que sumarle una serie de mitos y prejuicios que tenemos los
hombres respecto la sexualidad: para empezar, un verdadero hombre debe ser
heterosexual; todo contacto físico nos debe de llevar a una relación sexual;
los hombres tenemos mas deseos y necesidades sexuales que las mujeres; lo
importante en la relación sexual es la penetración; los hombres somos los que
llevamos la iniciativa en la relación sexual, por que nosotros somos los que
sabemos; una mujer con iniciativa sexual es digna de toda desconfianza; el
rendimiento sexual (ser bien aguantador), es muy importante, así como llevar al
orgasmo varias veces a la pareja, aunque esto en la práctica no ocurra muy a
menudo... pero no importa, ya se encontraran algunas justificaciones (los
hombres tenemos muchas preocupaciones encima).
Así,
ejerciendo el poder que las relaciones de género nos otorga y claro que siempre
dentro de las reglas establecidas: ser el activo, ser heterosexual, ser el
sujeto y no el objeto, en la sexualidad encontramos nuestra realización como
“verdaderos hombres”.
¿Y el placer?... ¿y el deseo?... ¿y las
emociones? Con este esquema de vivir la sexualidad masculina, en muchos momentos
quedan en segundo plano, lo importante es demostrar que se es hombre, que se
tiene el poder. De tal forma se hace cuestionable la realización verdaderamente
placentera de la sexualidad masculina. Sigue pesando mas lo que se supone que
debo de hacer (y así reafirmar mi masculinidad), que lo que realmente quiero y
deseo hacer.
Para
darle un toque final a todo lo anterior: socialmente hay “reglas” que no se
deben quebrantar: hombres y mujeres somos heterosexuales y la relación sexual
se hace “como es normal”. Con esto se reduce a una mínima parte el
potencial de la sexualidad y se sigue queriendo mantener en lo “anormal” y
“pecaminoso” toda una gran variedad de las manifestaciones y practicas que
tiene la sexualidad de hombres y mujeres.
Se
han generado una gran cantidad de mitos y prejuicios sobre la homosexualidad,
los cuales generan una serie de acciones de verdadera irracionalidad (desde de
correrlos del trabajo hasta el homicidio). La homofobia se ha convertido en
parte de las características de la masculinidad: el rechazo, marginación y
ataque a las personas homosexuales no es cuestionado en los diferentes círculos
en que nos movemos. Es más cuestionable y sospechoso un hombre que no tenga
manifestaciones homofóbicas. Esto, a pesar de que las cosas han ido cambiando
un poco.
El
sexo entre hombres, independientemente de cual sea su orientación sexual, se
constituye para algunos hombres también en una practica para demostrar su
virilidad y su “hombría”. Se mantiene una relación de poder de uno sobre
el otro: en estas relaciones también encontraremos el uso de la sexualidad para
reafirmar el “ser hombre”, sigue pesando la idea de que la penetración es
lo que define quien es “mas hombre”. La genitalización de la sexualidad
masculina, es independiente de ser homosexual o heterosexual. La penetración
concentra para los varones una acción de poder y control.
A
mayor numero de conquistas sexuales (sin importar si es con otro hombre o una
mujer), hay una sensación de mayor virilidad en muchos varones. No en pocos
casos, aun se hacen competencias y apuestas para ver quien logra mas
“conquistas”.
El
asunto de ser potente sexual, a un buen porcentaje de hombres les causará
conflicto: quedar mal dejará en entredicho su “hombría”, no ser muy
diestro en la relación sexual le podría costar perder a su pareja. Y estos
temores, muy recurrentes, antes de una relación sexual, en efecto, puede traer
resultados poco satisfactorios en el momento del encuentro sexual. La permanente
necesidad de demostrar su masculinidad, se hace presente antes, durante y después
de la relación sexual, quedando de nuevo en segundo plano, el goce, el deseo y
las emociones.
Hay
muchas reticencias la uso del condón... un alto porcentaje de hombres lo ubican
como posible distractor o inhibidor de su desempeño sexual. ¿es realmente el
condón factor de inseguridad? ¿o posible causante de eyaculación precoz? ¿o
es la causa de una mala erección? ¿o mas bien las reticencias a usar condón,
tienen que ver con los aspectos que nos hacen sentir “verdaderos hombres”?
En
las relación heterosexual, principalmente, los hombres esperamos que la pareja
siempre este dispuesta cuando nosotros tengamos deseos de una relación sexual,
además que nos comprenda y nos demuestre cariño, pero por otra parte
desvalorizamos sus emociones, gustos y sus necesidades afectivas e
intelectuales.
Hay
una actitud de menosprecio a lo femenino, y esto lo aplicamos a la pareja, a la
cual decimos amar. Es pues la misoginia otro elemento presente en nuestras
relaciones cotidianas con las mujeres. Nos cuesta trabajo, rehuimos y nos da
miedo la identificación con lo considerado femenino.
La
percepción de la realidad y la forma de relacionarse y actuar en ella, para
nosotros los hombres es la válida, la de las mujeres se puede ver como con
falta de ubicación, con falta de claridad.
La
masculinidad tradicional, con la creación de mascaras que nos permiten ocultar
y reprimir emociones y sentimientos, se ve constituida también por una
superficial comunicación, en donde los hombres no manifestaremos claramente
nuestros temores, afectos, y sentimientos, es mas en muchos casos, simplemente
no aparecen ni siquiera insinuados. Claro que muchas veces, esperamos que la
pareja los adivine o intuya, y en caso dado eso nos permite no asumir lo que
sentimos. Se rehuye, y hasta molesta, que se nos hagan preguntas que implican
hablar de nuestras emociones.
Esta
nula comunicación, genera muchos desencuentros, y en el terreno sexual muchas
insatisfacciones, lo cual puede generar distanciamientos y rupturas afectivas, y
en el peor de los casos, relaciones de violencia y maltrato permanente.
La
percepción de la realidad y la forma de “movernos” en ella, para nosotros
los hombres es la acertada, pero en el caso de las mujres lo vemos como falta de
“tacto”, experiencia y de análisis. Creemos que lo único con verdadero
valor es lo masculino y todas las características que así lo definen, y así
actuamos imponiendo nuestra visón.
Ante
esto, hablar, comunicarnos en torno de nuestra sexualidad, de nuestros afectos,
sentimientos y emociones, de nuestros miedos, angustias y tristezas, no solo es
algo difícil de hacer, sino que también lo consideramos intrascendente.
La
desigualdad de género le quita posibilidades a las mujeres u hombres en una
relación de dominio, las posibilidades de solicitar y negociar el uso de condón
y por lo tanto hay una mayor posibilidad de prácticas sexuales riesgosas.
Habrá
que desechar, entre otras cosas, las ideas que asocian el condón solo con la práctica
sexual entre hombres, con todo la carga negativa y de estigmatización que se
hace sobre la homosexualidad, tratando de justificar que los heterosexuales no
necesitan usarlo.
Habrá
que revisar y reflexionar sobre nuestra práctica sexual, en donde la imposición
de nuestras decisiones es el actor principal. Hay que generar espacios de
comunicación y de acuerdo. Saber y respetar que le gusta y que no le gusta a la
pareja. Aceptar sus decisiones y quitarnos la idea que el “no”, quiere decir
“si”.
Construir
la comunicación de nuestra sexualidad con la pareja, ayuda a mejorar nuestra
relación sexual. No hay que confundir la coerción con comunicación.
La
intimidad no es necesariamente relación sexual, las caricias y demostraciones
de amor, no necesariamente deben de terminar en una acto sexual.
El
uso del condón, finalmente no cambia las relaciones de desigualdad y dominio;
no modifica las relaciones violentas; no termina con las actitudes misóginas y
homofóbicas; no establece relaciones de respeto y reconocimiento a la
diversidad... pero por lo menos, y es un paso importante en el ejercicio de
nuestra sexualidad, buscar el cuidado propio y el de la otra persona.
Esta
acción de usar condón, en efecto no es sinónimo de ausencia de machismo, pero
puede ser el gran paso para asumir responsablemente nuestro actuar sexualmente,
y bajo esta formación de la masculinidad, representa un buen inicio al
cuestionamiento de los “valores” que la constituyen.
a.espartaco@mexico.com