HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO

MASCULINIDADES Y LITERATURA EN LOS ESTADOS UNIDOS
Àngels Carabí
Universidad de Barcelona

En las dos últimas décadas, los estudios dedicados al análisis de la masculinidad denominados Men=s Studies (Estudios de hombres), han experimentado un creciente desarrollo en las universidades de países como los Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido, Holanda, Australia, etc. y, recientemente, comienzan a tener un cierto protagonismo en nuestro país. Son programas que se encuentran integrados principalmente en el campo de las disciplinas humanísticas como la sociología, la antropología, la psicología, el cine y la literatura, entre otros. Su objetivo radica en la deconstrucción del paradigma de la normalidad de las sociedades patriarcales del mundo occidental que ha estado encarnado por la figura del hombre blanco, heterosexual y de clase media-alta.

Uno de los momentos históricos significativos para la revisión de la figura emblemática del patriarcado fue la década de los años 60. Una serie de movimientos sociales como el de los derechos civiles, el feminismo, el movimiento gay y el de la contracultura reivindicaron los derechos de los colectivos marginados a la vez que cuestionaron la jerarquía de raza, género, orientación sexual y clase en que está basada la construcción de la masculinidad tradicional.

En el movimiento de los derechos civiles, la población afroamericana, discriminada por el color de su piel, se organizó para reclamar unos derechos mermados desde los tiempos de la esclavitud. Las movilizaciones masivas, destinadas a conseguir la desegregación de las instituciones y de los espacios públicos, denunciaban la jerarquía del racismo institucionalizado y ponían en duda la supuesta superioridad de la raza blanca. Este movimiento tuvo asimismo un impacto crucial en el resto de los grupos marginados. A finales de la década, las comunidades hispanas, asiático-americanas e indio-americanas afirmaban su visibilidad y se unían a la población afroamericana en su denuncia de las prácticas racistas.

En la misma década, el movimiento feminista, impulsado en 1963 por libros como La mística de la feminidad de Betty Friedan vehiculaba la ansiedad de las mujeres norteamericanas, atrapadas en la domesticidad anodina del AAmerican way of life@ . Estimuladas por las nuevas ideas de liberación, las mujeres escaparon de sus jaulas de oro para reclamar su espacio en la calle. El movimiento feminista denunciaba los abusos del mundo sexuado en masculino y desmantelaba la supuesta superioridad del varón sobre la mujer.

Cuando años más tarde, en 1969, el colectivo homosexual se manifestaba en Stonewall y reivindicaba la pluralidad de las opciones sexuales, la heterosexualidad normativa quedaba puesta en entredicho. Los poetas se encargarían de invalidar los presupuestos de la sociedad consumista. Allen Ginsberg, miembro de la generación Beat, con su grito de guerra literario, Howl, 1956, propulsó la crítica de una sociedad abocada al conservadurismo y al materialismo sin sentido. El movimiento hippy, inspirado en estos poetas, pondría en tela de juicio, en la década siguiente, los valores del sueño americano.

Tras estos movimientos, el paradigma de la masculinidad tradicional -el hombre blanco, heterosexual y de clase media- era cuestionado, pero su posición hegemónica dentro de la estructura patriarcal y su construcción de la masculinidad permanecieron prácticamente inmutables hasta las últimas décadas del siglo. Se necesitaba un tiempo para que los diversos grupos marginados adquirieran una visibilidad propia, ajena a la mirada del sujeto del patriarcado, y pudieran estimular el actual estudio de la construcción masculina.

.           En el campo de los estudios literarios, uno de los objetivos para llevar a cabo la deconstrucción de los masculino radica en explorar la forma en que las figuras masculinas y su ideología han sido transmitidas. La intención es dejar de reproducir el enfoque académico tradicional y analizar, como indica Harry Brod en The Making of Masculinities. The New Men=s Studies, 1987, los parámetros de masculinidad que conforman a los personajes. Esto comporta, entre otros aspectos, investigar las relaciones entre varones,  los elementos jerárquicos que se aplican a las interacciones entre hombres y mujeres, el uso y la repartición de los espacios en función al género, la violencia, etc. La metodología utilizada es -entre otras disciplinas-, la historia social, los estudios psicohistóricos, la antropología y los estudios de género. Otro objetivo de los investigadores en el ámbito literario radica en recuperar a los hombres antisexistas, antirracistas y no homofóbicos de la historia, al tiempo que buscar, en los textos, alternativas positivas a los modelos de la masculinidad tradicional.

Para analizar, por ejemplo, la literatura que surge a principios del siglo pasado en los Estados Unidos, es interesante comprender los cambios sociohistóricos que tuvieron lugar a finales del XIX y que propiciaron una radicalización de la masculinidad tradicional. La rápida industrialización que tuvo lugar en los Estados Unidos, como indica Michael Kimmel en Manhood in America, 1996, intensificó la separación entre hombres y mujeres. En la América rural del siglo XIX,  la mayoría de los hombres eran autoempleados -granjeros, tenderos, artesanos- y el concepto de hombría estaba en directa relación al sentimiento de autonomía y autocontrol que el varón tenía con respecto a su trabajo. Hombres y mujeres convivían en un entorno común atendiendo conjuntamente las tareas laborales y las domésticas. El tiempo era el de la familia y el cuidado de los hijos era compartido.

 La industrialización trajo consigo el desarrollo acelerado de las ciudades y América pasó de ser mayoritariamente rural, a convertirse en una sociedad urbana. La actividad laboral de los varones se desplazó a los nuevos centros de trabajo: las fábricas y las empresas. El trabajo en cadena significó la pérdida del control sobre la producción y la desaparición del espíritu del artesano, convirtiéndose el hombre en parte de la cadena de montaje. Los valores de autonomía y autocontrol, que definían el concepto de hombría, desaparecieron. Es en este punto donde la división entre el espacio público y el privado se intensificó. El hombre salió del entorno privado y dejó de participar en las tareas domésticas. Las mujeres, permanecieron en el hogar dedicadas a las labores domésticas y al cuidado de los hijos. La separación de estos dos ámbitos intensificó el alejamiento entre el mundo masculino y el femenino. El valor que primaba era producir -vinculado al mundo masculino- y todo aquello relacionado con el entorno femenino se infravaloró.

La actividad de las sufragistas -ya iniciada en el movimiento de Seneca Falls en 1848-  se intensificó a finales de siglo, pero la inseguridad que el varón experimentaba debido a los cambios sociales motivó el rechazo de los derechos reclamados por las mujeres. Aumentó el sexismo y la afirmación de la masculinidad tradicional quedó reflejada en Las bostonianas, 1885, novela de Henry James en la que los hombres manifestaban su resentimiento hacia las actividades feministas.

En las primeras décadas del siglo, el surgimiento de la nueva mujer, la Aflapper@ que llevaba el pelo Aà la garçonne@, la falda un par de palmos más corta, fumaba en público, viajaba sola, y bailaba al ritmo alocado de la música del jazz, intensificó la reacción de la masculinidad vigilante. El entorno laboral, con la entrada del teléfono y la máquina de escribir, propiciaron la entrada de la mujer en el trabajo -secretarias, telefonistas- lo cual fue vivido por los hombres como una feminización del espacio público. Los varones experimentaron un sentimiento de acoso dado que el trabajo dejó de ser un lugar exclusivamente masculino y el hogar estaba presidido por la esposa. Surgió la necesidad de sentirse hombre y de demostrarlo. La muscularización del cuerpo se convirtió en un signo externo de virilidad. Los hombres practicaban deportes e iban al gimnasio. A la salida, se reunían con otros varones en los recién creados clubs donde hablaban entre ellos de política, de economía, de deportes. Nunca de sus emociones ya que esto delataría un comportamiento tachado de femenino.

La literatura se convirtió en una vía de escape para este hombre atrapado. El género del Awestern@ proporcionó la fantasía del héroe noble, valiente, aventurero, cabalgando por las interminables praderas, siempre en solitario y por encima de todo, libre de relaciones afectivas con una mujer. Era un mundo de hombres, para hombres, ya que la presencia de las mujeres atentaba contra la integridad masculina.

Dos autores emblemáticos de la literatura norteamericana de los años 20 se afanaron en mostrar a la mujer como una amenaza. F. Scott Fitzgerald en su novela El gran Gatsby, 1926, crea el héroe del sueño americano, autónomo y seguro de sí mismo mientras la imagen de Daisy, su amada, es fruto de su propia invención. En cuanto Daisy se manifiesta fuera del espacio del deseo masculino -es una mujer corrompida por el materialismo americano- el héroe muere, consternado por el desvanecimiento de su propia fantasía. Era necesario, para Fitzgerald,  demonizar a la mujer para justificar las limitaciones de su país y las de los hombres que lo habían construido. Ernest Hemingway sigue un camino parecido. Jake Barnes, el personaje central de su conocida novela Fiesta, 1926, necesita igualmente culpabilizar a una mujer - Brett-, de su impotencia sexual y de la impotencia intelectual que sentían los escritores de su generación. La Afemme fatale@ surge en la literatura y en el cine -Mae West es un ejemplo- como chivo expiatorio del malestar de los varones, quienes optan por apartarse del mundo femenino y relacionarse en un entorno homosocial con otros varones. De este modo, la masculinidad tradicional se autoalimenta y pervive intacta..

Algunas escritoras de los años 20 ofrecen, sin embargo, un discurso distinto con  modelos de relaciones intersubjetivas no jerárquicas entre hombres y mujeres. Edith Wharton, autora de La edad de la inocencia, 1920, -novela brillantemente llevada al cine por Martin Scorsese- aboga por la necesidad de liberar al varón aprisionado por las limitaciones de los valores patriarcales. El personaje femenino principal, Ellen Olenska (una espléndida Michelle Pfeiffer en el film), es una mujer profunda, independiente, conocedora de otras culturas, y con deseos de una madura libertad. Su abierta relación con Newland Archer -hombre casado y figura emblemática de la sociedad aristocrática del Nueva York de finales del siglo XIX-, provoca en él la necesidad de someter a análisis los valores de la masculinidad tradicional que le configuran. Aunque al final de la novela Newland, viudo por la muerte de su esposa, se aleja de Ellen por temor a los excesivos cambios que supondría una vida con ella, lo que resulta interesante es la exploración de las dudas de Newland, que anticipan los cambios del futuro hombre.

Otro ejemplo de reescritura de masculinidad es la novela Sus ojos miraban a Dios, 1937, de la autora afroamericana,  Zora Neale Hurston. Escritora atrevida y polémica de la llamada AHarlem Renaissance@en los años 20, Hurston crea a el personaje femenino de Janie, una mujer hermosa que, tras dos matrimonios fracasados por el sexismo de la sociedad afroamericana, contrae matrimonio con Tea Cake, con quien establece una relación de intercambio igualitario. Unos diez años más joven que ella, Tea Cake es un hombre honesto, desprovisto de afán de posesión y lúdico. Ambos comparten los espacios públicos y privados: trabajan juntos, ríen, pescan, juegan, comparten amigos y se deleitan en el amor. La relación entre los dos les afirma y les libera.

En el campo emergente de los estudios sobre la masculinidad, existe la necesidad de encontrar, en la literatura universal, modelos masculinos que propongan alternativas positivas a los varones tradicionales. Para colaborar en esta tarea, en el próximo volumen Grandes hombres escritos por mujeres, 2002, exploraremos algunos de los personajes creados por escritoras que se han aventurado a crear personajes de ficción con unas masculinidades nuevas, antisexistas, antirracistas y antihomofóbicas, y cuya atención se centra no ya en las diferencias entre hombres y mujeres sino en la búsqueda de los puntos en común.

Obras citadas

BROD, HARRY, The making of masculinities. The new men=s studies, Boston, Allen and Unwin, 1987
SEGARRA, MARTA, ÀNGELS CARABÍ (eds), Grandes hombres escritos por mujeres, Barcelona, Icaria, 2002
FITZGERALD, F.S.(1926) El gran Gatsby, Barcelona, Plaza y Janés, 1926
FRIEDAN, BETTY (1963) La mística de la feminidad, Barcelona, Sagitario, 1965
HEMINGWAY, ERNEST (1926) Fiesta, Barcelona, Planeta, 1926
JAMES, HENRY (1886) Las bostonianas, Barcelona, Seix Barral, 1971
KIMMEL, MICHAEL, Manhood in America. A Cultural History, The Free Press, Nueva York, 1996