|
MASCULINIDADES
NÓMADAS: |
José
Manuel Rodríguez Victoriano.
Departamento de Sociología y Antropología Social.
Universitat de València.
J.M.Rodriguez@uv.es
“La
superación del machismo parece la condición necesaria e imposible
para la supervivencia de nuestra especie”
Jesús Ibáñez[1]
INTRODUCCIÓN
“-¿Su
primera pareja fue hombre o mujer?
-Por cortesía no se lo pregunté”
Entrevista a Gore Vidal[2]
Las
profundas convulsiones y aceleradas transformaciones económicas, políticas y
culturales que ha experimentado la sociedad humana durante el proceso de
reestructuración del sistema capitalista de las tres últimas décadas han
acelerado la descomposición de las fuentes de legitimidad de las identidades de
la modernidad. En el contexto de las sociedades occidentales, los conceptos de
‘ postmodernidad’ (Lyotard, Lyon, Harvey), sociedad de la Información
(Castells), o era ‘Postsocialista’ (Frazer)
remiten a esta progresiva corrosión de las instituciones y
organizaciones que construidas en torno al
pacto Keynesiano entre capital y trabajo les servían de soporte. Las
identidades ‘sólidas’: trabajo, familia, masculinidad y feminidad... han
quedado a la intemperie. Su tendencia a desvanecerse en el aire ha obligado,
cada vez más hombres y
cada vez más mujeres, a adentrarse en el ámbito de la posidentidad (Jarauta).
La posidentidad del capitalismo tardío se caracteriza por ser un territorio
fractal, ambivalente. Un territorio complejo donde los sujetos devienen
‘sujetos en proceso’, según la expresión de Julia Kristeva, y se ven
impelidos a producir su continuidad identitaria mediante la reflexividad y la
constante negociación intersubjetiva.
Ante la angustia que provoca la reducción a cenizas de las
certezas que proveían las identidades modernas; ante la muerte del sujeto y de
la imaginación que predicaron los estructuralismos y posestructuralismos de la
teoría social contemporánea; emerge un espacio de apertura, un espacio teórico
para una imaginación radical, que tras desechar las ilusiones del narcismo
totalizador, es capaz de pensar y actuar nuevas posibilidades para la intervención
y la transformación social: Jesús Ibáñez, Bateson, Morin, Maturana,
Cornelius Castoriadis,Nancy Fracer, Jessica Benjamin Anthony Elliot, Bourdieu,
serían, entre otros, algunos de sus artifices. Frente al individualismo
voluntarista, su planteamiento propone la reivindicación de lo imaginario
social y su dimensión colectiva de
movilización; participa de una perspectiva concreta y material que subraya la
dimensión instituyente de la subjetividad humana y su potencialidad para la
transformación social; se sustenta en la concepción teórica del imaginario
social de Cornelius Castoriadis[3],
y en la revisión que de su propuesta realiza Anthony Elliott[4],
en su indagación crítica sobre el principio productivo de lo imaginario para
la subjetividad humana y para la
vida social.
El espacio teórico que propicia esta institución imaginaria
de identidades subversas abre la vía las hacía la construcción de
identidades masculinas nómadas. Unas identidades dialógicas, híbridas
y ambivalentes, capaces de poner en cuestión, mediante la fuerza de su propia
práctica política, la dominación masculina. Unas identidades reflexivas,
masculinidades débiles, con capacidad de revertir y de desertar de su condición
de género dominante, implicándose en estrategias interpersonales y colectivas
capaces de poner en cuestión las propias relaciones de dominación. En las páginas
que siguen se apuntan algunas notas para caminar en esta dirección.
LA
RELACIÓN DE DOMINACIÓN MASCULINA
“La
virilidad es un concepto eminentemente relacional construido ante y para
los restantes hombres y contra la feminidad, en una especie de miedo de lo
femenino[5]...”
P.
Bourdieu
Si
aceptamos que en el inconsciente no
hay masculino ni femenino, no nos quedará más remedio que ir a buscarlos
al catálogo actualizado de identidades masculinas y femeninas que
reproduce nuestro imaginario social[6].
Desde la Antropo-psico-sociología de inspiración crítica,
las líneas de investigación de esta búsqueda
se han dirigido a explorar la articulación entre las diversas expresiones
identitarias del tandem sexo-género con su producción socio-histórica. Las
huellas de esta exploración muestran tres recorridos complementarios[7]:
a) el análisis de las formas en que las personas y los grupos incorporan las
características de sexo socialmente construidas y las ‘naturalizan’; b) la
correlación entre las construcciones sociales de sexo-género con los contextos
sociales que les dan sentido y reproducen; c) la constatación del estrecho vinculo entre la diversidad de las
identidades de género y las relaciones de poder que socio-históricamente las
producen.
Se
trata de tres direcciones que desvelan una misma determinación estructural: la
relación de dominación de las mujeres por los hombres. Esta relación fabrica
las representaciones dominantes de nuestro
imaginario social y antropológicamente constituye
la matriz de todas las relaciones de dominación. Se trata, siguiendo a
Jesús Ibáñez[8],
de una relación de orden antisimétrica, generadora, a su vez, de clases de
orden y regulada por la relación (razón) a/b. Es decir, sujeto/objeto,
significante/significado, forma/materia, en definitiva dominante/dominado,
hombre/mujer, propietario/proletario o adulto/niño.
De este modo ‘masculino’ no nombra sólo a uno de los
sexos, mombra a la razón (masculina) falocrática de división en dos sexos. De
este modo, en palabras de Ibáñez: “El término ‘hombre’ designa a la vez
a la mayoría dominante y a la ley de la dominación: los hombres se dividen en
hombres y mujeres. La intersección entre ambos conjuntos es vacía (los
homosexuales son expulsados de la realidad), y la unión igual a ‘hombres’
(las mujeres no son nada). El
hombre (como padre) es la forma equivalente, las mujeres o los niños las formas
relativas... el hombre es sujeto (pone la forma) y la mujer objeto (pone la
materia). La mujer es materia como madre. Hay una correspondencia entre las tríadas
“papa/mama/nene” y “capital/tierra/trabajo”. (1994:28).
Como vemos, la razón de dominación masculina escinde a los
seres humanos. Concentra toda la información en el numerador y toda la
pasividad en el denominador. Se reserva el azar y atribuye la norma. En un
primer momento, mediante esta razón que organiza
prohibiendo, se separa y se pone por encima a los hombres, construidos
desde la condición de sujetos, de las mujeres, producidas desde la condición
de objetos.
En un segundo momento, la contingencia histórica que produce
esta relación de dominación se naturaliza. Ataviada con los disfraces de la
naturaleza o la biología, la relación de poder que implica la dominación
masculina deviene un destino, una determinación natural. Cómo observa Bourdieu[9],
lo propio de los dominadores es hacer reconocer como universal su manera de ser
particular; construir una estructura estructurante que registre las diferencias
históricas que produce como propias de la
‘naturaleza’ y las inscriba
como esquemas de pensamiento de aplicación universal, es decir, como verdades
‘objetivas’ , ‘autoevidentes’ y propias del ‘sentido común’:
“
Unas diferencias –escribe Bourdieu (2000:20)- y unas características
distintivas (en materia corporal, por ejemplo) que contribuyen a hacer existir,
al mismo tiempo que las ‘naturalizan’ inscribiéndolas en un sistema de
diferencias, todas ellas igualmente naturales... de manera que las previsiones
que engendran son incesantemente confirmadas por la evolución del mundo,
especialmente por todos los ciclos biológicos y cósmicos”.
El
papel del lenguaje es central en
todo este proceso de socialización; con el aprendizaje del habla, la cría
humana interiorizará la segregación sexual, la
maquina machista de la lengua: lo masculino, lo femenino; lo cojonudo y
lo coñazo.
LAS
TRIBULACIONES DE LA CONDICIÓN MASCULINA.
Frente
al orden de dominación masculina podemos identificar[10],
cuatro posiciones, que a modo de Tipos ideales weberianos, dan lugar a un ámplio
abanico de identidades masculinas. Las dos primeras posiciones: la conversa y la
perversa, respectivamente están completamente dominadas por la razón falocrática.
Las identidades que se agrupan en
torno a las dos últimas: la reversa y la subversa, la ponen en cuestión, la
primera mediante la denuncia radical de la injusticia que
sostiene la razón masculina, la segunda poniendo en cuestión los
fundamentos ideológicos de su dominación. Veamoslas en detalle.
La
identidad conversa se pliega e identifica plenamente con el orden falocrático,
lo asume sin fisuras y trata de mejorarlo. Es una identidad tradicional,
pre-moderna, patriarcal e integrista. Los varones socializados en este guión
devienen auténticos ‘Padres Padrones’. Aunque en el núcleo duro de las
sociedades occidentales del capitalismo tradicional, las formas extremas de esta
posición estan en vías de extinción, siguen siendo una fuente inagotable de
violencia física y psiquica ejercida contra las mujeres[11].
Por poner un par de ejemplos: la novela de Ben Jelloun ‘La noche del pecado’
(Alfaguara, 1997) proporciona una buena descripción literaria de las
identidades masculinas conversas en las sociedades mediterráneas tradicionales,
también del miedo que los hombres sienten frente a las mujeres; en términos
menos literarios, determinadas sentencias de los tribunales españoles[12]
o las actitudes de determinados políticos como el actual alcalde de Madrid,
encarnan la violencia simbólica de la identidad del machismo rancio y converso.
La segunda posición, la identidad masculina perversa, es la
dominante en las sociedades occidentales del capitalismo de consumo, parece
negar las diferencias entre hombres y mujeres sosteniendo su presunta igualdad
pero en el fondo las confirma. En el paso del capitalismo de producción al
capitalismo de consumo, la crisis de la familia patriarcal, la primacia de lo
económico sobre lo social y de lo individual sobre lo colectivo han convertido la igualdad formal en la fuente de toda
legitimidad social. El capitalismo de consumo tiende a borrar las diferencias y
a igualar a hombres y mujeres en tanto que de mercancias; a su vez, mantiene las
estructuras institucionales de poder que generan las desigualdades sociales que
los diferencian. Sin embargo, su
realidad virtual se impone. El simulacro de sus cuentos sustituye la realidad de
sus cuentas. La igualdad virtual
ante la ley, ante el mercado y entre los géneros acaba presentándose como una
igualdad real capaz de ocultar las desigualdades realmente existentes. La
corrección política exige convertir virtualmente a todos los hombres y a todas
las mujeres en iguales entre sí.
El tozudo análisis empírico de la realidad social nos muestra que hay algunos
que son más iguales que otros y otras. En efecto, la igualdad en nuestras
sociedades se traduce para la mayoría de las mujeres en una dominación
encubierta en una condición masculina de segunda mano: doble jornada, mayor
tasa de paro y mayor precariedad laboral[13].
Las
identidades masculinas perversas viven y se construyen en este simulacro. Por
una parte se benefician de él; por otra se perciben amenazadas por el auge del
poder femenino. Obligadas a
compartir su espacio con las mujeres, en la educación, en el trabajo, en la
familia buscan su diferencia y su supuesta superioridad en la naturaleza de su
condición varonil y, cuando lo hacen con rigor, descubren que se han asomado un
abismo.
La consciencia de la insoportable levedad de lo masculino
transforma la intimidad de la masculinidad perversa. Sus actitudes sexuales
oscilan entre la adicción y la impotencia[14].
Su afectividad deambula, por el ‘normal caos del amor’[15]entre
uniones y separaciones. En definitiva, la masculinidad perversa desbordada
tiende a polarizarse en dos direcciones: la
agresividad de la defensa narcista de la condición varonil (y si somos los
primeros, bueno ¿y qué?); o la impotencia y la desgana de un papel que viene
grande. Pondre sólo un ejemplo de esta masculinidad perversa se trata de un
programa de televisión que lleva por título ‘De que hablan las mujeres’,
donde alrededor de cien mujeres dirigidas por un apuesto varón expresan sus
reivindicaciones de igualdad. En fin, sin dejarse arrastrar por el llamado
‘sindrome de Estocolmo’ es fundamental reconocer que la razón masculina
impone sus coerciones a los dos términos de la relación y, en consecuencia,
los propios beneficiarios, los varones, aún siéndolo no dejan de estar
dominados por su dominación[16],
algunos desertan
HACIA
UNA TRANS-MASCULINIDAD
“¿Cómo Deberíamos entender el eclipse del imaginario socialista centrado en términos tales como ‘intereses’, ‘explotación’ y ‘redistribución’? Y, ¿cómo deberíamos interpretar el surgimiento de un nuevo imaginario político centrado en las nociones de ‘identidad’, ‘diferencia’, ‘dominación cultural y reconocimiento? ¿Representa este cambio la caída en un estado de ‘falsa conciencia’? o, más bien, ¿remedia la ceguera cultural de un paradigma materialista, justificadamente desacreditado por el fracaso del comunismo soviético?.
En mi opinión ninguna de estas posturas resulta adecuada...deberíamos considerar que se nos presenta una nueva tarea intelectual y práctica: aquella de desarrollar una teoría crítica del reconocimiento, que defienda únicamente aquellas versiones de la política cultural de la diferencia que pueden combinarse coherentemente con la política social de la igualdad”.
Nancy Fraser[17]
Aunque
pueda parecer inevitable que haya hombres y mujeres, la subversión imaginaria
de la razón masculina nos puede hacer aprender que no es necesario que siempre
seamos los mismos. Es más en términos ecosistémicos, parece hoy más cierto
que nunca, la reflexión de Jesús Ibáñez, que encabeza este texto, según la cual la superación del machismo, de la dominación
masculina es la condición necesaria e imposible para la supervivencia de
nuestra especie; la crisis ecológica es su más seria expresión en la
actualidad. En consecuencia, cuando algo es necesario e imposible a la vez, no
vale cambiar las jugadas, hay que cambiar las reglas del juego. Las posiciones
reversas y subversas parten de esta convicción. Son posiciones a construir
cuestionan la injusticia de la dominación masculina y ponen en evidencia
sus fundamentos ideológicos. No se trata de
que el orden masculino sea menos poder, ni que sea otro poder, se trata
de ir disolviendo ese poder
En
este sentido, la propuesta de una
identidad masculina débil, reversiva, contradice las representaciones del
imaginario colectivo y las prácticas de la relación de dominación masculina.
El concepto de masculinidad débil parece un oxímoron. Una figura de la retórica
que, como se sabe, surge al
aproximar dos palabras cuyos significados parecen contradecirse, Borges proponía
los ejemplos de la luz oscura de los gnósticos o el sol negro de los
alquimistas para ilustrar esta figura. No designa una contradicción en los
argumentos (antilogía), ni una contradicción en las leyes o en los principios
(antinomia). A diferencia de la
paradoja que dice que A no es A, y la antítesis que dice que A no es no A, el
oxímoron dice que A es no A. Su
traducción en términos psicoanalíticos sería: lo que nos es propio es sólo
la propia falta[18]
por eso nos identificamos con lo que no somos, y ese ser negativo es el sujeto.
Ni hombres, ni mujeres sólo sujetos, sujetos débiles pero sujetos.
Se
trata de una transmasculinidad dialógica que vaya más allá de la logica de
binaria la contradicción entre los géneros; Jessica Benjamin[19]
lo ha expresado del siguiente modo: “Los lados no son tampoco lo que parecían
dentro de la lógica binaria de La complementariedad genérica. En esa lógica
del Uno y el Otro no hay ningún lugar para
ambos o para los Muchos. Si el sexo y el género tal como los conocemos son atraídos
hacia polos opuestos, estos polos no son la masculinidad y la feminidad. Más
bien el bimorfismo genérico en sí sólo representa un polo; el otro es el
polimorfismo de todos los individuos”.
Se
trata de una posición consciente de su dimensión política que busca integrar
las políticas por la igualdad y la redistribución socioeconómica con las políticas
por el reconocimiento identitario de
género, étnico, nacionalistas, etcétera. Que sabe que la segunda no puede
suplantar a la primera sino que ambas deben integrarse. Este
planteamiento que implica que la injusticia económica y la cultural se
entrecruzan: las instituciones económicas más materiales tienen una dimensión
cultural irreducible; a su vez, las prácticas culturales más discursivas
tienen una dimensión política-económica constitutiva. Es decir, en palabras
de Nancy Fraser[20]
(1997:23), la injusticia económica y la cultural se encuentran entrelazadas y
se refuerzan dialécticamente. A menudo, su resultado es un circulo vicioso de
subordinación cultural y económica.
Los
caminos para trabajar estas posiciones están abiertos.
[1] IBÁÑEZ, J. (1994) ), Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid, Siglo XXI. P. 99
[2]
Citado por OTEGUI, R. (1999) “La construcción social de las
masculinidades”, en Política
y Sociedad. P.
151
[3] Cornelius Castoriadis es: L’institution Imaginaire de la Société, Paris, Seuil, 1975, págs 7-8 . (existe traducción en castellano).
[4] El texto de Elliott, se titula: Teoría social y Psicoanálisis en transición. Sujeto y sociedad de Freud a Kristeva, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1975; en el ultimo capítulo Elliott sintetiza las posibilidades del imaginario social
[5] BOURDIEU, P. ob. Cit. p.71
[6] IBÁNEZ, J. (1994), Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid, Siglo XXI.
[7] OTEGUI, R. (1999) “La construcción social de las masculinidades”, en Política y Sociedad, nº 32 (pp. 151-160)
[8] IBÁÑEZ, J. (1994), El regreso del sujeto. La investigación social de segundo orden. Madrid, siglo XXI.
[9] BOURDIEU, P. (2000), La dominación masculina. Barcelona, Anagrama.
[10] IBÁÑEZ, J. (1994) El regreso del sujeto. La investigación social de segundo orden. Madrid, Siglo XXI. P.25
[11] El PAÍS, en su edición del jueves 7 de septiembre de 2000 informaba que el Instituto de la Mujer reconoce 600.000 malos tratos de mujeres al año en España.
[12] Sin ir más lejos, El PAÍS en su edición del domingo 17 de septiembre de 2000 ofrecía la siguiente noticia que copio literalmente: “El tribunal supremo ha rebajado de cinco años de prisión a una multa de 120.000 pesetas la pena a un hombre que abusó de una niña afectada de un ligero retraso mental, al entender que introducir los dedos en la vagina no siempre es un acto especialmente vejatorio, porque “son orgános que forman parte de las relaciones sexuales socialmente aceptadas...”
[13] Por citar sólo un dato, las mujeres españolas cobran, como han puesto de relieve las últimas investigaciones en este campo, un promedio de un 30 por ciento menos que los varones por realizar el mismo trabajo.
[14] GIDDENS, A. ( 1998). La transformación de la intimidad. Madrid. Cátedra.
[15] BECK, U. Y BECK-GERNSHEIN (1998) El normal caos del amor. Barcelona. El Roure.
[16] Las plazas de patrón, héroe o intelectual de reconocido prestigio son escasas. El modelo de competitividad viril es una fuente permanente de insatisfacción. Tanto para aquellos sujetos que no tienen distancia consciente con las enormes exigencias que el modelo demanda, como para aquellos otros que a pesar de contar una elaboración más reflexiva sucumben ante sus insaciables exigencias. Victimas sádicas, suelen expandir la frustación de su fracaso a su entorno más inmediato, las mujeres.
[17] FRASER, N, (1997), Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Santafé de Bogotá, siglo del Hombre Editores Universidad de los Andes.
[18] Ibáñez explica así la cuestión: “El hombre imagina que la mujer es el Falo (lo que él no tiene), la mujer se imagina que el hombre tiene el Falo (lo que ella no es). Porque al otro le falta, el Falo simboliza el goce: pues sólo se goza de lo que no se posee (es el sentido jurídico de goce o usufructo). El hombre le pide a la mujer su amor: la mujer satisface esta demanda d amor pero no tiene el objeto de deseo. La mujer le pide al hombre su amor: el hombre no puede satisfacer la demanda de amor, pero tiene el objeto de deseo (no puede satisfacer la demanda de amor pues allí precisamente carece de falta, tiene lo que no debería tener para dar lo que no tiene). De ahí la necesaria complementariedad: satisfacción de la demanda e insatisfacción del deseo, o insatisfacción de demanda y satisfacción de deseo, imposibilidad de ambas satisfacciones a la vez. Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando”. [18] IBÁNEZ, J. (1994), Por una sociología de la vida cotidiana. Madrid, Siglo XXI. P. 78
[19] BENJAMÍN, J. (1997), Sujetos Iguales, Objetos de Amor. Barcelona, Piados. P. 108.
[20] FRASER, N. (1997) Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición ‘postsocialista’,. Bogota, Siglo del Hombre Editores. Universidad de los Andes.