HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO

Miguel Lorente Acosta

·         Fecha de nacimiento: 07 de octubre de 1962

·         Licenciado en Medicina y Cirugía con sobresaliente en 1986

·         Doctor en Medicina y Cirugía, Apto “cum laude”. Premio extraordinario del doctorado.

·         Médico Forense por oposición desde 1988

·         Profesor Asociado de Medicina Legal de la Universidad de Granada desde 1988

·         Académico correspondiente de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Granada desde 1996

 

PUBLICACIONES

·         51 publicaciones nacionales e internacionales relacionadas, fundamentalmente, con los siguientes temas:

o        Análisis del ADN en identificación humana dentro del terreno de la investigación criminal y en le investigación biológica de la paternidad y maternidad.

o        Medicina Laboral

o        Bioética, especialmente en relación con la investigación científica y los estudios genéticos

o        Agresión a la mujer

o        Violencia

 

LIBROS

·         El ADN en la investigación criminal y en la paternidad biológica. Editorial Comares, 1995

·         Agresión a la mujer: Maltrato, violación y acoso. Editorial Comares, 1ª edición 1998.

·         2ª edición 1999

·         Mi marido me pega lo normal. Editorial Crítica, 2001

·         Human Identification. Eaton Publisher (EE.UU.). (En edición)

·         “El Álbum de Fotos”. Capítulo del libro “ELLAS”.  Varios autores. Editorial Crítica 2001.

·         Varios capítulos y colaboraciones en diversos libros sobre “ADN en investigación forense” y “Agresión a la Mujer”

 

PREMIOS

·         Premio “Guirao Gea” la Real Academia de Medicina y Cirugía de Granada. 1990

·         Premio de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Granada. 1990 por el trabajo “Síndrome    de  Agresión a la Mujer”

·         Premio del Ilustre Colegio de Médicos de Jaén a la mejor publicación. 1994

·         Premio del Ilustre Colegio de Médicos de Jaén a la mejor Tesis Doctoral. 1995

·         Premio del Ilustre Colegio de Médicos de Granada 1996 por el trabajo “Programa para la   identificación genética  materno-infantil”

·         Premio “Mujeres Progresistas” 1999 (IX edición)

 

SOCIEDADES

Miembro de las siguientes sociedades científicas:

·         Sociedad Española de Medicina Legal y Forense

·         Sociedad Internacional de Genética Forense (ISFG)

·         Academia Americana de Ciencias Forenses (AAFS)

·         Academia Internacional de Medicina Legal

 

ESTANCIAS EN EL EXTRANJERO

·         Centro de Investigación y Formación Forense (FSRTC) de la Academia del FBI. Quantico, Virgina.    EE.UU. Desde 1992 un total aproximado de unos 2 años.

·         Universidad de Roma, Italia, 8 meses

·         Universidad de Pennsylvania, Philadelphia, EE.UU.,

 

OTROS MÉRITOS

·         Becado por la Unión Europea para llevar a cabo un estudio en la Universidad de Roma, sobre los aspectos bioéticos, legales y jurídicos relacionados con la el análisis del ADN en medicina forense.

·         Becado por el Comité Científico de la OTAN para desarrollar un estudio sobre los aspectos bioéticos del uso de la información genética y las bases de datos genéticas.

·         Asesor técnico de la Comisión mixta del Congreso-Senado sobre la “Violencia contra la mujer”

·         Invitado como ponente a múltiples congresos y reuniones científicas sobre los temas de investigación desarrollados.

·         Colaborador de  la Unidad de Formación y Asistencia Internacional (ITAUI) del FBI en el programa de LA-LEEDS (Latin American-Law Enforcement Executive Development Seminar).

 

 

 

MASCULINIDAD Y VIOLENCIA: CARACTERÍSTICAS DIFERENCIALES DE LA AGRESIÓN DEL HOMBRE A LA MUJER

 Miguel Lorente Acosta

Médico Forense. Jaén

Profesor Asociado de Medicina Legal.  Universidad de Granada

 

1.     MASCULINIDAD Y VIOLENCIA

 

Paradójicamente, en un mundo androcéntrico creador de una cultura patriarcal a imagen y semejanza del hombre, como concepto, como ser, a consta del no ser de la mujer, podríamos decir que la masculinidad no existe. Y no existe porque no ha sido planteada como tal, porque no ha necesitado un espacio, porque el hombre lo era todo y lo abarcaba todo; sólo la mujer, lo de las mujeres, como factor secundario y marginal tenía una cierta identidad propia, pues realmente nos se veía como un elemento de la sociedad.

 

Con esta actitud la masculinidad ha tenido que buscar un hueco, ha necesitado ser reinventada por muchos hombres y mujeres que estudian ese nuevo espacio, esa nueva forma de ver y verse en la sociedad, y, curiosamente, ha tenido que hacerlo en contra de muchos hombres. La masculinidad ha de abrirse camino planteando no sólo una nueva situación ante el futuro, también necesita hacer una revisión crítica del pasado, lo cual pasa por hacerla al propio presente, única forma de superar muchas de las actitudes y conductas que nos han traído hasta el punto en el que nos encontramos en la actualidad.

 

La violencia es un elemento fundamental para entender la distribución desigual de la sociedad y su perpetuación histórica, para comprender por qué  ha echado raíces  en nuestra cultura y cómo ha conseguido ser ocultada sin dejar de actuar como efectivo mecanismo de control y sometimiento de las mujeres. Todo ello sin negarla, sin decir que no es cierto que el hombre  haya estado y esté recurriendo a ella;  ha sido más eficaz presentarla como algo normal en las relaciones entre hombres y mujeres y como una conducta dirigida a conseguir lo mejor en la pareja, algo a lo que el hombre se ve necesariamente avocado por el bien de todos y de lo que la mujer debe aprender. Esa mezcla de voluntades y posibilidades en el hombre y, en consecuencia, de anulación de la voluntad e imposibilidad práctica en las mujeres, ha permitido que la utilización de la violencia por parte del hombre haya estado  presente desde el origen de la sociedad como parte de los mecanismos destinados y dirigidos a conseguir y mantener la desigualdad entre hombres y mujeres. El anonimato en la agresión se ha confundido con la inexistencia, la inexistencia ha conducido a la impunidad, y sobre la impunidad la violencia ha levantado su fortaleza, que ha ido creciendo hasta, paradójicamente, hacerse invisible. Ha sido, pues, esa normalización de la violencia contra la mujer en la relación de pareja la que ha permitido considerarla como algo habitual y propio de este tipo de relaciones, no su ocultación ni negación.  Cuando una mujer manifiesta “mi marido me pega lo normal, pero hoy se ha pasado”, significa que estamos fracasando como sociedad, y lo seguiremos haciendo hasta que no arranquemos de lo más profundo de su estructura la desigualdad y los instrumentos sobre los que se mantiene, entre ellos la violencia estructural de los hombres contra las mujeres.

 

 

2. LA AGRESIÓN A LA MUJER: CARACTERÍSTICAS DIFERENCIALES

 

Para conocer cuales son las causas reales de la agresión a la mujer y diferenciarla de otro tipo de violencia interpersonal, tenemos que irnos a los cimientos de la conducta humana, a su origen y nacimiento. Toda conducta, no sólo la violenta, tiene dos componentes fundamentales, el instrumental y el emocional. El primero de ellos incluye a los objetivos y motivaciones del acto que se realiza, es decir, el porqué y el para qué de dicha conducta, o sea, qué pretendemos conseguir con ella y qué es lo que nos mueve a realizarla. Por su parte, el componente emocional se refiere a al carga afectiva –positiva o negativa- que ponemos al llevar a cabo dicha conducta, que puede ser con más o menos entusiasmo, rabia, odio, alegría,...

 

Al analizar la agresión a la mujer considerando estos elementos vemos que se trata de una conducta totalmente distinta al resto de las agresiones interpersonales. Y como tal deberá ser considerada y tratada.

 

Las causas, en la gran mayoría de las ocasiones, son totalmente injustificadas; las razones que dan los agresores se mueven entre no tener preparada la comida, haberle llevado la contraria, no haber estado en casa cuando llegó o llamó por teléfono, haberle quitado autoridad delante de los hijos u otras personas,... cualquiera de ellas es suficiente para que el hombre se crea con el derecho de corregir a su mujer por medio de la violencia. El objetivo que pretende conseguir con esa agresión no es ocasionar unas determinadas lesiones, producir un hematoma, unos arañazos a varias heridas, sino que lo que realmente busca es aleccionar a la mujer para dejar de manifiesto quién mantiene la autoridad en la relación y cual debe ser el papel que debe jugar cada uno en ella, quedando claro que el de la mujer es estar sometida a los criterios, voluntad y deseos del hombre y el estar controlada por él, que en cualquier momento puede pedirle cuentas de sus actividades. Por eso el hombre cuando agrede no finaliza la discusión o el conflicto con un golpe, que ante la desproporción de fuerzas sería suficiente para que la mujer cayera herida físicamente y derrotada psicológicamente, sino que el agresor, más fuerte físicamente y en una posición de superioridad, lleva a cabo una agresión caracterizada por múltiples y violentos golpes de todo tipo (puñetazos, patadas, bocados,...), recurre en ocasiones al uso de instrumentos u objetos lesivos (jarrones, bastones, objetos de la casa,...), a veces también a armas blancas e, incluso, a armas de fuego. Todo ello, insistimos, partiendo y disponiendo de una mayor fuerza física. El objeto de esta conducta es buscar el aleccionamiento e introducir el miedo y el terror, para que recuerde qué puede ocurrirle ante la negativa u oposición a seguir sus mandatos, y hacer, de este modo, más efectivas las amenazas que lanzará ante la más mínima contrariedad. Bajo este mismo argumento debe entenderse la frecuencia relativa del uso del fuego como elemento lesivo directo, en comparación con los otros casos y circunstancias en los que se utiliza del mismo modo. La inmensa mayoría de los casos en los que la agresión se produce prendiendo fuego a la víctima, normalmente habiéndola impregnado previamente de un líquido combustible, son casos en los que el marido o compañero agrede a la mujer, generalmente en un momento cercano a la separación, buscando su muerte o la producción de heridas que dejen importantes cicatrices para ocasionarle un mayor sufrimiento físico, psíquico y social, y para que recuerde cada vez que se mire los motivos y circunstancias bajo las que se produjeron. Y si todo eso no fuera suficiente para  conseguir sus objetivos, también se trata de una violencia extendida, es decir, que no se limita a la mujer, sino que cualquier persona de su entorno próximo que el agresor perciba o considere que la está ayudando o apoyando, puede ser víctima de sus agresiones. Bajo estos argumentos se producen frecuentes agresiones a familiares de la mujer y, sobre todo, a las personas con las que intentan iniciar una nueva relación. Pero donde debemos prestar especial atención es a las agresiones que se llevan a cabo sobre los hijos, los cuales sufren habitualmente agresiones psicológicas, por ser testigos de la violencia, y físicas al introducirlos como forma de agredir  a la madre. Pero también se llega al homicidio de los hijos de la mujer (en algunos casos eran fruto de una relación previa) al considerar que le van a ser arrebatados o para demostrar que es capaz de cumplir las amenazas vertidas. Desde 1997 son ya treinta y tres los niños que han sido asesinados por sus padres o compañeros de la madre en estas circunstancias, datos y elementos que nos deberían hacer ser especialmente cautos a la hora de valorar las amenazas que lanzan estos agresores.

 

Vemos cómo se trata de un tipo de violencia que se aparta por completo del resto de las agresiones interpersonales. La agresión a la mujer es inmotivada, desproporcionada, excesiva, extendida y con intención de aleccionar, no tanto de lesionar. Por eso el agresor es consciente de lo que hace y porqué lo hace, y por dicha razón nos encontramos con otra característica diferencial. A pesar de ese intento de relegar la agresión al ámbito privado del hogar y de mantenerla ocultada, resulta que al hombre no le importan los gritos ni las voces ni los ruidos que traspasan paredes y ventanas, ni tampoco realizar sus agresiones, especialmente las más graves, en lugares públicos, como vemos con frecuencia en los medios de comunicación: mujeres asesinadas en la calle al salir del trabajo, en una estación de autobuses, en un parque mientras su hijo jugaba, al volver de la compra,... El agresor no busca la nocturnidad ni parajes solitarios, no huye después, sino que comete la agresión y se entrega a la Policía o a la Guardia Civil, porque tiene que quedar bien claro que ha sido él el autor de la agresión. De este modo se demuestra a sí mismo y demuestra a los demás que no iba en broma, que su autoridad está por encima de muchas cosas y que, como dice el personaje de Muñoz Molina en Carlota Fainberg, Marcelo Abengoa, “...un hombre, por muy buena voluntad que tenga, es difícil, si es hombre, que pueda controlarse siempre”. Evidentemente el descontrol es “siempre” hacia la mujer.

 

 

3. VIOLENCIA ESTRUCTURAL

 

La agresión a la mujer se ha convertido en una violencia estructural, a diferencia de los otros tipos de violencia interpersonal, que son considerados como parte de la violencia externa.

 

La violencia estructural se caracteriza porque tiene su origen y se fundamenta en las normas y valores socio-culturales que determinan el orden social establecido. Surge, por tanto, desde dentro y actúa como elemento estabilizador de la convivencia bajo el patrón diseñado, puesto que contribuye a mantener la escala de valores, a reducir los puntos de fricción que puedan presentarse en las relaciones de pareja entre hombres y mujeres, y desde ahí a las relaciones entres hombres y mujeres en la sociedad en general, por medio de la sumisión y el control de la mujer, y a recluir y confinar este tipo de conductas al ámbito de lo privado, ocultándolo y dejando entrever una cierta normalidad y aceptación si por alguna causa los hechos lograran traspasar la barrera levantada entre lo público y lo privado. De esta manera se aleja de esa vida pública que continúa inalterada e incólume, consiguiendo la ausencia de crítica, puesto que no se puede criticar  lo que no existe o lo que no se ve, y favoreciendo la perpetuación del orden por medio de la reproducción de conductas y la transmisión de valores.

 

Por el contrario, los otros tipos de agresiones, aquellas que forman  la violencia externa, se apartan de las normas y valores sociales, tienen su origen en factores que están al margen de lo aceptado por la sociedad (drogas, robo, delincuencia en general, racismo, grupos ultras,...) por lo que actúa como una elemento desestabilizador de la situación y ataca directamente a la convivencia y al orden establecido. El hecho de que la primera haya sido privatizada y limitada al hogar o a la relación, y que la segunda aparezca en el seno de la vida pública, también contribuye a que la percepción y valoración de la sociedad sea distinta, ya que la violencia externa crea una mayor sensación de riesgo al poder afectar a cualquier persona en determinadas circunstancias.

 

En ocasiones resulta difícil aceptar esta división y las consecuencias derivadas de considerar una violencia estructural. Generalmente ocurre porque cuando se plantea siempre se piensa en los casos conocidos, aquellos que trascienden y que generalmente lo hacen a través de los medios de comunicación, más por las consecuencias especialmente graves que hayan podido tener, que por un interés sobre ellos. Pero pocas veces se presta atención a los casos que no llegan a ser públicos, es más, en alguna ocasión los vecinos o familiares  saben o sospechan que están ocurriendo, pero prefieren ignorarlos. Todos ellos, más del 90% de los que ocurren, pasan desapercibidos, más por ser negados que por no haberse enfrentado a ellos. Son muchos los que llegan a los juzgados, los que acuden a un servicio de urgencias, los que se presentan en una consulta de un centro de salud o los que son simulados como accidentes, estos sí, domésticos,... pero no se ven. Por ello nunca se pueden contraponer a los graves, a los públicos, y por dicha razón se cree que se está actuando correctamente frente a este tipo de violencia.

 

Un ejemplo que puede ser clarificador lo encontramos en alguna forma delictiva que se producen a diario en nuestra sociedad. Quizá el más significativo lo encontremos en el tráfico y venta de drogas. Hace unos años existía una gran persecución y una vigilancia mucho más estrecha de los puntos de venta y de las personas que comerciaban con las diferentes sustancias tóxicas ilegales, lo conocidos como camellos. Se actuaba de forma más contundente frente a las demandas de los vecinos de los barrios donde esto ocurría, y siempre predominaba la percepción de que  las drogas podían afectar la convivencia pacífica y suponían un riesgo para el resto de los ciudadanos, especialmente para los más jóvenes.

 

Pero de un tiempo a esta parte se ha comprobado como determinados puntos de venta en lugares específicos, habitualmente barrios marginales, lo que hacen es mantener un cierto orden y la convivencia tranquila al facilitar que los consumidores puedan adquirir su dosis sin correr el riesgo de que ante la falta de droga su desesperación pueda llevarlos a perder el control y alterar el orden general; como, además, todo ello ocurre alejado del centro de la sociedad, en lugares donde esas imágenes son frecuentes y, en cierto modo, aceptadas, pues se relaja la vigilancia y se adopta una actitud de permisividad para evitar crear o aumentar el conflicto. De este modo,  no es extraño ver en los medios de comunicación como los consumidores de drogas  van con toda tranquilidad y a plena luz del día a estos lugares de compra sin que se produzcan altercados, y como, al contrario, cuando se produce un mayor control y se dificulta o impide la adquisición de sustancias tóxicas, surgen los problemas.

 

Salvando las distancias en cuanto al tipo de conductas específicas y a las consecuencias de una y otra, con la agresión a la mujer existe una permisividad si se produce en determinadas circunstancias y en pequeñas dosis, amparadas por ese orden androcéntrico que no la quiere en el ámbito público, pero que la necesita en el privado. Todo ello se debe a que se trata de una violencia estructural.

 

4. TERRORISMO DE GÉNERO Y TERRORISMO POLÍTICO

 

Las características anteriormente expuestas  nos pueden llevar a entender una situación delicada por su significado e impacto sobre  la sociedad, pero al mismo tiempo necesaria de abordar para desenmascarar la cruda realidad que se esconde bajo esos velos y mantas que ocultan la agresión a la mujer. Por otra parte, ese argumento que se viene utilizando desde diferentes foros no siempre es bien entendido, y conviene presentar los parecidos y las diferencias para delimitar mejor los posicionamientos.

 

Nos referimos a la denominación de la agresión a la mujer como “terrorismo de género” y su contraposición al terrorismo político; y cómo las actitudes frente a uno y a otro son completamente distintas, pues nos encontramos en el origen y en su fundamentación ante dos tipos de violencia diferentes. Mientras que el terrorismo político es parte de la violencia externa, el terrorismo de género lo es de la violencia estructural. La comparación de ambos tipos de conductas nos ayudará a demostrar la gravedad de la agresión a la mujer en términos de resultados.

 

El primer problema, en general, es pensar que hay una violencia peor que otra cuando el resultado es similar y los objetivos parecidos. Toda violencia es grave y es perniciosa para la convivencia presente y futura de las personas. A partir de esa premisa podremos hacer matizaciones dependiendo de criterios como las circunstancias, los objetivos, las motivaciones, el resultado, las formas de llevarla a cabo,... pero siempre como parte del problema. Centrándonos en la reflexión planteada, en el análisis del terrorismo político y del terrorismo de género, nos encontramos con una serie de elementos comunes. Pero quizá antes debamos atender al propio concepto de terrorismo.

 

Una de las definiciones más utilizadas es la dada por el FBI. Lo define como el “uso ilegal de la fuerza o la violencia contra las personas o la propiedad para intimidar o coaccionar a un gobierno, a la población civil o a cualquier segmento de ellos, como medio de conseguir objetivos políticos o sociales”. Partiendo de este concepto vemos que existen una serie de elementos comunes que son fundamentales para alcanzar ese criterio de terrorismo, y otros elementos que se diferencian y que matizan los distintos tipos de terrorismo, como de hecho ocurre entre los diferentes grupos terroristas según la ideología, los objetivos (políticos o de acción), el tipo de lucha,... y no por ello dejan de ser terroristas.

 

El elemento fundamental que se pretende conseguir por medio de la violencia y de la fuerza es la creación de una situación de terror; es esa capacidad intimidatoria y coercitiva obtenida por medio de los ataques puntuales y, sobre todo, de la amenaza, cierta en cuanto a posibilidad, pero totalmente abstracta en cuanto al momento y a la forma de materializarse, la que da sentido al terrorismo. A partir de ese escenario el agresor, de un tipo u otro, consigue imponer sus ideas, someter al resto y obtener beneficios y privilegios por medio de la violencia, situación que no conseguiría sin el recurso a la agresión ni al terror.

 

Pero para que el terrorismo no sea considerado como una forma de violencia organizada en contra o hacia la consecución de determinados objetivos, necesita de dos  componentes. Por una parte un cierto apoyo o respaldo social, tanto para sentirse con cierta fuerza moral, como para argumentar su conducta en nombre de ellos; y en segundo lugar, una justificación o corresponsabilización de la conducta violenta empleada. Así, el terrorismo político justifica sus acciones debido a la opresión ejercida por el Estado, las instituciones,... y los hacen responsables de las consecuencias de sus acciones; del mismo modo que el agresor justifica la conducta violenta sobre la mujer por factores externos, como el alcohol, o internos, generalmente derivados  de la conducta de la mujer, y, en consecuencia, la hace responsable por provocarlo, por no hacerle caso o por enfrentarse a él.

 

En ambos tipos, político y de género, el terror está presente por medio de las amenazas, y la efectividad de su conducta no deriva tanto de los resultados de la violencia sobre determinadas personas en forma de muerte o lesiones graves, como de la existencia de una situación de agresividad mantenida que puede concluir en la agresión puntual.

 

Pero también existen unas diferencias significativas que hacen que la reacción social y la percepción sean completamente distintas, precisamente por tratarse  de una violencia estructural en el caso del de género, y de una violencia externa en el terrorismo político.

 

La agresión a la mujer se produce en el ámbito privado, mientras que el terrorismo político se desarrolla en lugares públicos. La primera se ejerce amparada en ciertos valores y costumbres asumidas por la sociedad, mientras que el segundo se enfrenta a ella y a sus instituciones. Las víctimas de la violencia de género están situadas en una posición social inferior al agresor y sólo pueden  ser mujeres, especialmente, los casos más graves, las que no siguen las imposiciones de su pareja. En el terrorismo político la víctima puede ser cualquier ciudadano, aunque también se intenta presentar a algunas de ellas como en una posición superior, especialmente con relación a su vinculación con algún cargo o puesto en algunas de las instituciones u organismos que son considerados  como ejecutores de la política contraria a sus ideas. La puesta en escena de uno y otro también es diferente. La agresión a la mujer tiene características de crimen desorganizado, cargado de espontaneidad y aparentando un cierto descontrol por parte del agresor. Esto hace que rápidamente se encuentren justificaciones derivadas de una pérdida de control de la conducta, fundamentalmente por la presión emocional o por la ingesta alcohólica. No se sigue de reivindicación alguna o demanda, parece como si todo hubiera empezado momentos antes  por una causa puntual y hubiese terminado con la agresión, sin continuidad ni relación con nada ni apoyo por parte de nadie. Algo entre dos personas. El crimen político, por el contrario, demuestra una gran preparación y planificación que considera los detalles más insignificantes, tras su comisión va seguido de una reivindicación presentada como motivada por un conflicto social, que previamente se han encargado de crear y potenciar, consiguiendo, así, aunque sea de forma minoritaria, un apoyo explícito, que a su vez retroalimenta todo el entramado y permite continuar en una dirección determinada.

 

Los casos de agresión a al mujer son vistos como sucesos aislados, nadie los pondría como parte de una estrategia común, cuando en realidad están contribuyendo a la perpetuación de una  desigualdad social entre hombres y mujeres, que deriva hacia el control y la sumisión de estas y favorece la aparición y el uso de la violencia. En cambio, cuando se habla de terrorismo, refiriéndose al  político, cualquier manifestación o conducta es considerada parte de él, entendiéndolas como diferentes planes de una misma estrategia.

 

Como hemos apuntado con anterioridad, no se trata de poner en competencia uno frente al otro, toda violencia es mala y tiene efectos negativos sobre la sociedad, el interés de llevar a cabo este análisis por aproximación es hacer ver que el uso del terror derivado de una estrategia de agresividad mantenida salpicada de violencia y agresiones puntuales conduce a una situación objetiva de amenaza, que es alimentada con ataques reales sobre personas y objetivos concretos. Y que esto ocurre y es parte tanto de los diferentes terrorismos políticos como  de la agresión a la mujer, y así debemos reconocerlo. No se trata de restarle importancia a uno, sino de dársela también al que lo tiene y no se le reconoce, porque esta diferente actitud hacia uno y otro, no es por casualidad, sino por la distinta consideración e impacto que tiene la violencia estructural respecto la violencia externa.

 

Un concepto interesante de cara al futuro, y que quizá se aproxime más a la violencia de género, ha sido recientemente introducido bajo la denominación de “crimen por odio”. Concretamente fue el Senado estadounidense quien en 1993 se refirió a este tipo de conductas violentas como aquellos “ataques criminales realizados sobre una persona o su propiedad basándose en la raza, color, religión, nacionalidad, etnia, sexo u orientación sexual de la víctima”. El estado de Massachussets fue el primero en regular este tipo de delitos, ampliando la definición anterior a la posibilidad de que la víctima presente alguna minusvalía y considerado en el origen que dichos elementos en las características de la víctima pueden ser la causa de la conducta criminal de forma parcial o total.

 

Este tipo de crímenes está considerado como una forma de terrorismo y, aunque en principio pueda parecer que van orientados a regular posibles ataques puntuales e inconexos entre sí, lo significativo es cómo ya en el siglo XXI la condición de mujer sigue apareciendo como una motivación para realizar primero y justificar después la agresión, y para instaurar un toque de queda en determinados lugares y momentos. En definitiva, para crear esa situación de amenaza que pone en riesgo a la mujer y que justifica al control y la vigilancia del hombre bajo un falso concepto de protección y cuidado. Vemos como después de los siglos la idea del Derecho Romano de la “fragilitas feminis” continúa estando presente en el consciente o subconsciente individual y colectivo, y cómo se ampara la utilización de la violencia como moneda de cambio a la protección social, familiar, física,... que el hombre le da. Él aporta estabilidad, control, seguridad, orden,... y la mujer debe ofrecer obediencia y sumisión; los mismos criterios que se le piden que aporten unos y otras a la sociedad.

 

La solución pasa, sin lugar a dudas, por el derribo o la modificación de la estructura que protege y da cobertura a este tipo de conductas y actitudes.

 

 

6.     TRATAMIENTO DEL AGRESOR

 

Uno de los elementos donde más se aprecia la actitud social y, sobre todo, institucional hacia la agresión a la mujer es en las medidas sobre el agresor, hacia el hombre. Todavía se sigue pensando que el maltrato es algo propio de hombres violentos, marginales y con problemas de diferente tipo, desde el consumo de sustancias tóxicas hasta situaciones relacionadas con el trabajo (desempleo, contratos basura, exceso de trabajo,...). La realidad es otra y bien distinta.

 

Si hay algo que define al agresor es su normalidad, hasta el punto de que su perfil podría quedar resumido de forma gráfica en los siguientes tres elementos: hombre, varón, de sexo masculino. Una normalidad social y conductual que sólo se modifica cuando el caso es denunciado, pero hasta ese momento todos lo consideran como una persona dentro de la normalidad por dos circunstancias fundamentales: porque se acepta que el hombre pueda utilizar la violencia sobre la mujer para corregirla y establecer su criterio en la relación,  y  porque dicha agresión se produce en el hogar, es decir, en el ámbito privado, quedando como un tema de pareja en el que nadie puede ni debe entrometerse. Cuando alguno de estas circunstancias no se cumple, bien porque la agresión se produce fuera del hogar o porque ciertos elementos hagan pensar que  las agresiones se están extralimitando en esa capacidad  correctora o de control, es cuando la sociedad, y no siempre,  empieza a poner reparos. A pesar de ello, la actitud hacia la conducta del hombre siempre  refleja cierta comprensión y justificación, de ahí que  una de las medidas que más se reclaman desde las instituciones es la rehabilitación del agresor.

 

La agresión a la mujer no es obra de enfermos ni de hombres con trastornos de personalidad ni de individuos que llevan a cabo sus agresiones bajo los efectos del alcohol o de otras sustancias tóxicas. Se trata de personas normales que deciden recurrir a la agresión para conseguir el objetivo pretendido (controlar y someter a la mujer), haciéndolo cuando perciben que dicha conducta no les va a suponer ningún perjuicio (inician y aumentan de intensidad la agresión cuando la relación se refuerza, de modo que la dependencia afectiva de la mujer es mayor), y mostrando un elevado control durante la agresión, lo cual les permite dirigir los golpes hacia determinadas zonas donde las lesiones no van a ser visibles cuando la mujer salga a la calle, controlando la intensidad y utilizando toda una argumentación verbal paralela que responsabiliza a la propia víctima de la agresión y justifica sus conductas violentas.

 

¿Qué es lo que vamos a tratar entonces? El agresor no muestra arrepentimiento en la mayoría de las ocasiones, pues no se siente responsable; él no quiere agredir a la mujer, pero ella “le obliga a hacerlo” o “lo hace por su propio bien”. Y no debe andar muy descaminado en sus argumentos cuando el 46’1% de los europeos piensa que la mujer provoca al agresor, tal y como hemos mencionado al referirnos al Eurobarómetro de marzo de 2000.

 

En la práctica nos encontramos con tres grupos de razones que inciden para que instauren programas destinados al tratamiento del agresor. El primero toma como referencia a la mujer, el segundo al agresor y el tercero hace hincapié en los planteamientos políticos.

 

1. Los argumentos que quizá son más destacados son los que tienen en la mujer víctima de las agresiones las razones fundamentales para llevar a cabo estas iniciativas. Se toma la actitud de la víctima como justificación para subrayar la conveniencia del tratamiento  rehabilitador del agresor, ya que en un porcentaje elevado de los casos, a pesar de denunciar a su pareja, la mujer manifiesta sentimientos de amor hacia él, indicando que no le busca ningún mal y que no quiere que vaya a la cárcel, simplemente que deje de pegarle; de hecho en no pocas ocasiones  retira la denuncia o no acude al juicio para evitar las consecuencias jurídicas de la denuncia. La lectura superficial de esta situación es clara, si el hombre va a la cárcel estamos actuando en contra de la pareja porque estaremos agravando la crisis, y en lugar de resolver un problema lo vamos a acrecentar. Puestos a defender este argumento se justifica diciendo que, además, si el marido ingresa en prisión la situación económica de la familia se va a ver afectada y los hijos van a sufrir también las consecuencias del encarcelamiento del padre, teniendo en cuenta, por otra parte, que este se debe a una denuncia de la propia madre.

 

La mujer víctima de agresiones repetidas y sometida a una situación de violencia continua va sufriendo una serie de lesiones psicológicas que van disminuyendo su aptitud para interpretar lo que le está ocurriendo y su capacidad de respuesta. Todo ello la llevan a reinterpretar la realidad que esta viviendo bajo el patrón que establece el agresor, llegando a producirse una disociación de esa realidad en la que la agresión se ve como normal y la culpa recae sobre ella misma. En estas circunstancias la mujer cree que sus sentimientos hacia el agresor son de amor, cuando en realidad predomina el temor y la culpabilidad, ya que ni ella misma lo considera del todo responsable, porque de algún modo lo es ella.

 

Si en estas condiciones la mujer es preguntada sobre sus sentimientos hacia el agresor ella reflejará la misma situación que percibe en su interior, una situación deformada que ocultará su verdad interna y la realidad de lo que está viviendo. Antes de preguntarle sobre cualquiera de estos elementos la mujer debe ser tratada correctamente para recuperarla de las lesiones psicológicas derivadas del maltrato. Cuando  se haya producido y la mujer se recupere podrá preguntársele sobre las cuestiones antes planteadas y veremos como las respuestas serán muy distintas. Hacerlo antes, dejando incluso la posibilidad de que sea ella quien elija si el marido va a la cárcel o a la terapia, es victimizar aún más a la mujer, que se verá abrumada y superada por la situación y las presiones externas, y se sentirá aún más culpable por las consecuencias de su denuncia debido a los efectos inmediatos que produce y a las recriminaciones que recibirá de familiares, personas cercanas y de la sociedad en general. Paradójicamente al final tendremos un agresor que percibe que su conducta no es tan grave, pues sólo es merecedora de una terapia, y a una mujer más hundida que sigue en la relación de la que algún modo ha intentado salir, pero en la que ahora el hombre está más confiado y ella mas predispuesta a la victimización.

 

2. El segundo grupo de razones se centran en el agresor. El razonamiento también es sencillo: si hay una persona que agrede y otra que es víctima, y si sabemos que esta situación se repite, habrá que evitar que el agresor lleve a cabo su conducta corrigiendo ese comportamiento por medio de una actuación dirigida al autor del mismo.

 

Este planteamiento es aparentemente correcto, y digo aparentemente porque va destinado a la apariencia de la agresión a la mujer, no a su esencia. El fundamento del mismo es considerar que el agresor no sabe lo que está haciendo o que es incapaz de controlarse, en definitiva lo de siempre, o está enfermo o ha actuado alguna causa externa (alcohol o pasión) que le ha nublado el conocimiento o la capacidad de elegir entre la conducta violenta u otra alternativa.

 

La realidad es bien distinta, y tanto el análisis de las agresiones puntuales como del comportamiento que mantiene en la relación, así como los estudios llevados a cabo sobre grupos amplios de población, revelan que tras la conducta agresiva y violenta de los agresores se esconde una actitud concienzuda elaborada alrededor de los dos elementos del componente instrumental de la conducta humana: los objetivos y las motivaciones. El agresor pretende el control y la sumisión de la mujer responsabilizándola a ella misma de la agresión que sufre. Por eso sabe muy bien cómo, dónde, y cuándo llevar a cabo las agresiones para que estas no se vuelvan contra él.

 

Y si la situación es así, ¿qué es lo que vamos a tratar, y cómo  vamos a hacerlo?. Es cierto que cuando se estudian a los agresores que han sido denunciados y que han llegado al juzgado, su perfil psicológico muestra una serie de características que en principio podrían hacer pensar que serían susceptibles de tratar. Pero ocurre como ocurrió con el perfil de las mujeres maltratadas durante muchos años, que hubo numerosos investigadores y trabajos que partiendo del estudio de la víctima de maltrato obtuvieron un perfil característico y concluyeron que ese perfil podía hacer que esas mujeres fueran susceptibles de sufrir las agresiones. El error fue mayúsculo, pues dichas alteraciones eran consecuencia del maltrato, no causa del mismo.

 

Ahora esta ocurriendo algo parecido cuando al estudiar a los maltratadores denunciados se encuentran ciertos rasgos  y características psicológicas que pueden hacer pensar que son las que los llevan a este tipo de conductas. Muchos de ellos están sometidos a circunstancias sociales estresantes y tienen una imagen de sí mismos como personas normales y respetables (la magistrada Manuela Carmena relata una anécdota en la que uno de estos agresores que había matado a su mujer manifestaba en prisión “yo he matado a mi mujer, pero no soy ningún delincuente”). En estas circunstancias cuando son denunciados y se ven en un juzgado como consecuencia de unos hechos que consideran totalmente deformados, pero siendo conscientes de la repercusión social del hecho de haber sido denunciados, pueden aparecer algunas alteraciones psicológicas que, por tanto, son producto de la situación de denuncia y de la percepción e interpretación que hacen del hecho de que sus mujeres los hayan denunciado y de verse sometidos al procedimiento judicial.

 

Es cierto que a pesar de ello algunas de estos rasgos pueden afectar a la resolución de conflictos interpersonales o a la forma de canalizar y vehiculizar su frustración, pero dicha alteraciones también las tienen otras muchas personas que no actúan agrediendo a otras personas, y en ningún caso justifican el hecho de que sólo canalicen la agresión hacia la mujer.

 

El agresor, por tanto, sabe que lo que está haciendo está mal y es ilegal, que está penalizado y sancionado por las leyes, pero él establece los mecanismos psicológicos y conductuales para que esto permanezca oculto y ocultado. Desde el punto de vista psicológico se encarga de justificar su conducta y de incluir en la responsabilidad a la mujer, y conductualmente intenta que la agresión se quede en el ámbito privado de la relación que mantiene con la víctima.

 

El tratamiento puede actuar sobre todos estos elementos superficiales que presenta el agresor, pero no puede actuar sobre el agresor, porque el problema reside en la propia estructura de su personalidad, en toda la serie de valores y creencias que ha incorporado a su personalidad, por eso las modificaciones de su conducta dependen más de su voluntad que de cualquier otro factor.

 

3. El tercer argumento que proclama la necesidad de tratar al agresor es puramente político. Los razonamientos son los mismos que hemos expuesto con anterioridad, pero desde los órganos de decisión se ven de otra forma. El argumento básico y general sería el siguiente: en una sociedad patriarcal como la nuestra no se puede plantear toda una serie de medidas para recuperar a la víctima y socializarla por medio del trabajo, sin hacer nada sobre el hombre agresor, ya que podría ser considerado como discriminatorio. Esto no hace nada más que reflejar el carácter androcéntrico que nos rodea, pues no se plantea como una forma de evitar un conflicto con el amplio sector que tiene esos valores patriarcales, sino como una forma de entender el problema.

 

En el análisis que se hace desde los organismos políticos sobre los programas a desarrollar se ven dos partes. En una de ellas está la mujer con todas las medidas dirigidas a su situación, y en otra está el agresor, el cual también debe ser susceptible de ser tratado para ser rehabilitado y resocializado. El planteamiento es correcto en teoría, pero equivocado e ineficaz en la práctica.

 

El elemento fundamental para que el agresor continúe con su conducta de violencia sistemática sobre la mujer es la percepción que tiene de que se trata de un asunto privado de pareja y que no tiene porqué pasar nada fuera de ese contexto, y que si trasciende y llega a ser conocido, las consecuencias  son mínimas, en el sentido de que la sanción jurídica y la condena social son ridículas.

 

Si además de esto añadimos que como pena en lugar de esa condena va a tener la posibilidad de recibir un tratamiento, el agresor se verá reforzado en su posición de que se trata de una conducta que en el fondo no parte de su voluntad, sino del conflicto con la pareja y que el hecho no es tan grave, pues en lugar de ir  a prisión, como va el que agrede al vecino, lo que hace es ir a una terapia por las tardes durante una temporada.

 

La realidad también avala estos argumentos. En programas llevados a cabo sobre maltratadores en países con amplia experiencia en este tipo de terapias, el porcentaje de éxitos fue inferior al 3%. A la hora de valorar la recuperación del agresor hay que considerar dos factores fundamentales: el tiempo de seguimiento tras la finalización del tratamiento, y la situación de la pareja y cómo se comporta el agresor tras el tratamiento. No debemos olvidar que el agresor sale de una sociedad androcéntrica que minimiza y justifica la agresión y vuelve a ella tras la terapia. Esto quiere decir que la mujer sigue sintiendo cierta culpabilidad y el hombre cierto derecho a ejercer su autoridad natural de algún modo, aunque no sea por medio de la violencia física. Es como someter a un toxicómano a una cura de desintoxicación y después devolverlo al barrio donde la droga circula libremente y donde los conflictos sociales facilitan el recurso al consumo de sustancias tóxicas. Por eso se ha observado como muchos de los maltratadores abandonan, al menos temporalmente, la violencia física para ejercer la violencia psicológica, recurriendo incluso al chantaje de haber sido denunciado y haber tenido que someterse a una tratamiento “como si estuviera loco”. El agresor pretende el control y la sumisión de la mujer, y para ello no es necesario recurrir a la violencia física, existen otras formas igual de efectivas, especialmente cuando ya se ha ganado en experiencia.

 

El tratamiento del agresor se podrá plantear de forma individualizada tras analizar las circunstancias específicas de cada caso y las particulares de cada agresor, y siempre como medida complementaria a la pena, durante el internamiento en prisión, si este procede, o tras el mismo. Si el tratamiento es tan efectivo como para modificar los patrones masculinos del hombre, también debe de serlo para hacerle ver al agresor que la conducta violenta ejercida sobre la mujer es merecedora de la pena impuesta y que la mujer no es responsable de ello, sino él por la agresión cometida.

 

Planteado como una medida general y sustitutoria a la pena de cárcel es insistir en la poca gravedad de estos hechos. Y utilizar los argumentos de la repercusión sobre la familia y su economía es volver a justificar lo injustificable. Nadie se cuestiona las repercusiones económicas sobre la familia cuando el padre tiene que ingresar en prisión por otro motivo, ni nadie  plantea terapias específicas para recuperar  a otros delincuentes, sólo se recurre al objeto de las penas según nuestra Constitución cuando la víctima es la mujer y el agresor el hombre.

 

Cualquier medida que contribuya a solucionar el problema social de la agresión a la mujer es bien recibida y necesaria, pero no por ello cualquier programa vale. Las soluciones deben basarse en el conocimiento de la realidad que pretenden solucionar, y no en las apariencias en busca de oportunismos siempre rentables, sobre todo si los programas vienen a apuntalar la estructura androcéntrica que acoge estas conductas.

 

Hasta ahora, todavía para muchos, la mujer ha sido considerada como un objeto. Ahora corremos el riesgo de que se convierta en un instrumento por el cual obtener beneficios y rentabilidad de muy diversas formas. De no ser considerada se puede pasar a considerarla como un medio para buscar intereses particulares, lo cual puede ser tan peligroso como la situación que vivíamos en el presente del ayer.

 

 

6. REFLEXIONES FINALES: UNA CUESTIÓN DE PODER, UN PODER EN CUESTIÓN

 

La violencia contra la mujer es una violencia estructural amparada por el poder y a su vez sustentadora del poder. Bajo esta perspectiva la agresión a la mujer no es considerada como tal, o si lo es, son tantas las matizaciones que en ningún caso su significado llega a ser el de una agresión, podríamos decir que mantiene la forma, pero su objetivo no es producir un daño o quebrar una norma, sino todo lo contrario.

 

Nos encontramos ante lo que la Antropología ha denominado como “control social”. Esta visión antropológica resulta muy interesante para alcanzar el verdadero significado de las conductas, en este caso de las conductas violentas y la reacción social ante ellas, tanto desde el punto de vista individual como desde el colectivo e institucional.

 

Como dice Daniel Black, a veces, aunque sólo sea como un ejercicio de reflexión, conviene olvidar que el crimen, la agresión, es un hecho criminal. La criminalidad de un crimen viene definida por la ley, lo cual supone limitar el concepto a esa jurisdicción, pero no es la única. La mayor parte de los crímenes, lejos de ser una violación intencional de una prohibición, esconden un planteamiento moral y persiguen el restablecimiento de lo que el agresor interpreta como que es justo. De este modo, el agresor responde a lo que él interpreta como  una conducta desviada de la víctima, por lo que el crimen actúa como control social. Ese control social hace referencia a la actitud general de la sociedad, la cual posibilita la conducta individual que el agresor lleva a cabo sobre la persona que considera que ha realizado una conducta desviada de la norma social. La conducta individual del agresor es denominada “auto-defensa” (self-help) e indica una respuesta a lo que es considerado como un agravio o injusticia por medio de una agresión individual.

 

La agresión a la mujer encaja perfectamente en esta situación de control social por medio de la autodefensa violenta individual. Pero aún va más lejos y llega a la práctica de la denominada “responsabilidad colectiva” como mecanismo de control, según la cual las personas de una determinada categoría o grupo social se sienten con la responsabilidad de responder a los ataques y agresiones de cualquiera de sus miembros. Ya no es un hombre contra una mujer, ahora se trata de una cuestión de grupo. Esta actitud cada vez es más manifiesta, especialmente durante estos últimos años,  en los temas que afectan de manera directa a la mujer. Por una parte se desprecian etiquetándolos como “temas de mujer”, y por otra  se responde con agresividad y agresiones  ante los planteamientos y demandas. Predomina, en cierto modo, esa camaradería grupal sobre las actitudes individuales, pero siempre limitándolas al grupo, sin permitir que llegue a alcanzar la categoría de problema o cuestión social.

 

Comprobamos, pues, que la lucha entre la autodefensa y la ley del estado no terminó en la Edad Media como algunos historiadores manifiestan, y en la práctica comprobamos como el Estado sólo ha conseguido el monopolio del uso legítimo de la violencia de manera teórica, puesto que muchas personas recurren a la violencia de manera voluntaria y ven sus conductas como un ejercicio legítimo amparado por un contexto socio-cultural que así lo presenta, es decir, como un mecanismo de control social. La agresión a la mujer es un ejemplo característico de esta situación y por eso se produce de la forma en la que ocurre, y por eso se diferencia de otras formas de violencia interpersonal.

 

En estrecha relación con lo anterior nos encontramos con otra situación de interés, la capacidad disuasoria de la legislación frente a los crímenes de autodefensa. En un estudio realizado en EE.UU. un porcentaje significativo de hombres pensaban que “es mejor matar a alguien y salvar tu nombre y hombría, aunque vayas a la cárcel, que no hacerlo y quedar libre”.  A la hora de establecer medidas es fundamental ver si la conducta a disuadir  forma parte del control social y saber que conforme el hecho de la autodefensa es menos grave en las consecuencias, más difícil de disuadir resulta.

 

La actitud general también se manifiesta en este tipo de conductas, así se ha comprobado como los crímenes por autodefensa, los que colaboran en el mantenimiento del orden social, son tratados desde el punto de vista judicial y social de forma más benévola, lo cual ayuda a apuntalar las posiciones. Este grado de impunidad o de levedad facilita que se incrementen los crímenes por autodefensa de manera que cuando la ley o su aplicación es negligente estos delitos son más frecuentes.

 

En este sentido también se ha comprobado que la accesibilidad a la ley por parte del agresor y de la víctima condiciona la respuesta violenta de la autodefensa. Cuando la percepción de accesibilidad es baja para la víctima y para el agresor o sólo para la víctima, aunque no lo sea para el agresor, se produce un mayor número de crímenes por autodefensa.

 

Todo lo anteriormente expuesto nos da algunas claves para entender las características de la agresión a la mujer y cómo estos comportamientos se encuentran enraizados con las normas y valores de la sociedad, perdurando en el tiempo conforme se han mantenido esos valores esenciales. En ningún caso significa que existe una predisposición a actuar de manera violenta ni una ausencia de control o conocimiento en la conducta violenta por parte del hombre, sino todo lo contrario. El hombre sabe lo que está haciendo y por eso lo hace de forma que le suponga el menor perjuicio posible,  mantiene la voluntad para elegir entre llevar a cabo esa conducta o no desarrollarla, y es plenamente consciente de las consecuencias de la misma y de los objetivos que pretende mediante la agresión. Todo ello es parte del entramado social, de esas combinaciones maquiavélicas de las que hablábamos al principio en las que se mezclan las posiciones individuales y concretas con las generales y abstractas. Por eso la sociedad es responsable, no sólo por ser el origen del problema, sino por actuar de manera negligente ante él.

Somos conscientes de que estamos ante una situación de poder, la cuestión es si ese poder está en cuestión. Es cierto que es cuestionado, pero la realidad me hace ser escéptico en cuanto al resultado. ¿Por qué va a ceder el poder quien lo tiene?. El poder para quien lo ejerce tiene sentido en sí mismo, en su ejercicio, en su manifestación y en su representación, no sólo en lo que consiga con él. Puede ser contraproducente o perjudicial para el resto de las personas, pero da igual, el poder cuanto más injusto más poder aparenta ser, y eso en cierto modo ya es un elemento positivo para quien lo tiene.

Por eso una sociedad androcéntrica no va a renunciar al poder del machismo, podrá modificar las formas de manifestarlo, intentará evitar los puntos de fricción y los conflictos que puedan surgir, pero el poder estará ahí.  Es por eso que a pesar de que la igualdad está recogida en todas las declaraciones internacionales y en todos los textos fundamentales de los países, no se la reconoce en la práctica. Se trata, como tantos otros, de un concepto hueco por abstracto, vacío o vaciado, que necesita ser rellenado, darle un contenido propio, hacerlo material para evitar que cada uno le dé el suyo. Hasta ahora han predominado las valoraciones en negativo: la igualdad es la no-desigualdad, y esto vale para andar por casa, pero si la casa no es muy grande, sólo si nos referimos a un apartamento, y no muy espacioso. Ese concepto prevaleciente en negativo facilita, por una parte que lo que realmente es una desigualdad pueda no ser considerada como tal o se camufle bajo otros argumentos, como por ejemplo cuando se dice que las mujeres no es que cobren menos, es que rinden menos, se ausentan más,... aunque ese planteamiento no sea cierto; y por otra parte la igualdad mal entendida tiende a confundirse con similitud, sin considerar las diferencias. Todo ello exige que el concepto de igualdad tenga que ser un concepto concreto.

 Para conseguir una igualdad práctica en un contexto como el presentado debemos empezar por la conquista de un territorio desde el que negociar, puesto que no se va a producir una cesión del poder parapetado en la desigualdad. El feminismo es el instrumento más útil, efectivo y eficaz para conseguirlo, pero por eso no se quiere considerar. Es como una idea inmigrante en un continente androcéntrico, aunque llegue hasta nuestras costas es capturada y expulsada, y si logra quedarse, es reducida y recluida a guetos donde sólo se relacionan entre ideas similares, practicando su cultura y su religión, que siempre serán presentadas como amenazadoras de la cultura androcéntrica. Por eso, ante la necesidad de convivir con él se le denosta, se le demoniza y ahora también se le criminaliza con frases como “la culpa la tienen las feministas” . Necesitamos un feminismo compartido entre hombres y mujeres capaz de, primero conquistar ese terreno de igualdad para, luego, conseguir extenderlo al conjunto de la sociedad, de lo contrario caminaremos hacia una sociedad de hombres y mujeres viviendo en mundos separados y conviviendo en las relaciones sociales, pero habremos fracasado en la consecución de la igualdad y sólo habremos conseguido el “igual da”, hombre o mujer, pero con todas las dificultades para ella y todas las ventajas para él, puesto que no habrá valores ni sentimientos en él, sólo oportunidad y pragmatismo.