HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO
OTRO TERRORISMO
Por Antonio Muñoz Molina
El Pais Semanal
Noviembre 2000

No parece que sea legitimo ni vaya a servir de mucho esa publicidad de los nombres de los condenados por violencia doméstica que anda pidiendo José Bono, pero yo creo que seria mucho más ilustrativo publicar con letras bien grandes los nombres de los jueces que dictan una y otra vez sentencias vejatorias para las victimas y condenan a sus verdugos con una clemencia próxima a la complicidad. En España hay un terrorismo público que mata en nombre de la patria vasca, y hay un terrorismo privado que no tiene una chusma de aspecto normal y cerebro sanguinario que lo celebre, pero si una amable congregación de jueces y fiscales que tienden a no hallar ensañamiento en el acto de matar a una mujer de treinta o cuarenta puñaladas, ya que después de la tercera o la cuarta la víctima ya estaba muerta y la hoja del cuchillo no le hacía daño, o a considerar que un individuo que ha estrangulado a su mujer no merece una condena mayor de dos años, dado que el hombre parece que se ofuscó, y que en realidad cuando apretaba el cuello no tenía intención de hacer daño, y que además llamó enseguida al hospital y a la policía, y dio muestras de sentirlo mucho.

Hay días en que mata el terrorismo público, y días en que mata el terrorismo privado, y también los hay en que mueren víctimas de uno y de otro, y es curioso que a los dos se les dé el nombre sanitario de “violencia”, y que muchas veces se compruebe que lo peor del crimen fue que ya estaba anticipado, y que nadie hizo nada para prevenirlo, y que si hubieran cumplido la ley quienes tenían la obligación de defenderla, el criminal no habría dispuesto de la ocasión letal de actuar. Si a uno de los pistoleros que mataron al coronel médico de Sevilla no le hubieran absuelto escandalosamente del delito de linchamiento que todos, salvo el juez, le vieron cometer en un video que hiela la sangre, quizá habría estado en la cárcel esa tarde en la que el doctor Muñoz pasaba tranquilamente su consulta. Si esos terroristas que se crecen en el secreto de los pisos cerrados y de la debilidad fisica y el miedo de sus mujeres no tuvieran noticia cada día del poco valor que tiene para los jueces la vida de una mujer golpeada, amenazada y finalmente asesinada, es probable que actuaran con un poco más de cautela, y también que el miedo al castigo les detuviera la mano.

Leo hoy que el Gobierno reconoce que su plan de choque contra la violencia doméstica ha fracasado. Si no llega a ser por la noticia de su fracaso no habríamos sabido de la existencia de tal plan de choque. ¿Consistiría en anuncios, en campañas de concienciación, en talleres ocupacionales de tareas domésticas para maridos difíciles? O a lo mejor en chapitas lúdicas, como una que no sé si llegó a poner en circulación una de tantas subconsejerias andaluzas a fin de atajar enérgicamente el vandalismo de los fines de semana, y que decía, con el adecuado coleguismo de las administraciones públicas: “Yo voy de buen rollo”.

A los jueces españoles, incluidos los magistrados del Supremo, muchos abusos sexuales deben de parecerles más bien muestras de buen rollo, de esa picardía que salpimenta la vida, y las palizas domésticas, producto de una alegre afición masculina por el alcohol, pero es curioso que se vuelvan inusualmente severos las pocas veces que el cónyuge homicida es la mujer.

Como de costumbre, la demagogia de la realidad supera el extremismo de cualquier panfleto: una mujer sistemáticamente humillada y torturada, amenazada de muerte, reacciona un dia en defensa propia y mata a su agresor, y la condena es más severa que la que recibe cualquier hombre, y a la mujer con cuatro hijos pequeños a su cargo se le niega tenazmente el indulto; un hombre puede matar a su mujer alegando trastorno mental transitorio, y como no hay institución psiquiátrica en la que ínternarlo, el juez lo deja volverse tranquilamente a casa, a disfrutar de su recién ganada libertad conyugal, supongo.

Me acuerdo de la cara que tenía ese joven neonazi alemán en el momento en que un juez lo condenaba a cadena perpetua por el asesinato de un emigrante mozambiqueño: no había tenido la humanidad necesaria para respetar la vida de otro, pero ahora caía sobre él la conciencia abrumadora del castigo que le deparaba su delito, de la responsabilidad terrible de haber matado. No matarás, dice con seca claridad el código más antiguo que poseemos. Pero a los jueces españoles no les parece un mandamiento de primera importancia.