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Pere
Compte i López
Licenciado en Psicología por Universidad Autónoma de
Barcelona.
D.N.I.: 33.937.641 - Z
Casacuberta, 41. 08560 Manlleu (Barcelona)
Telf.: 93 – 8506683
Dirección E – mail: percom@copc.es
Licenciado en Psicología por Universidad Autónoma de
Barcelona.
D.N.I.: 43.432.462 - K
C/ Bernardo Bransi, 59, Entlo 1ª. 08032 Barcelona
Telf.: 93 – 3570199
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Título:
Blancos
y negros, ¿existen los grises?:
Reflexiones entorno a la masculinidad y su relación con la violencia doméstica.
Area:
Mujeres.
En
el presente trabajo se habla de la masculinidad y de su relación con la
violencia doméstica. Defendemos la
idea de que la masculinidad no es algo inherente al hombre sino que es un
producto social.
Se
realiza un revisión critica de los procesos que sustentan el modelo tradicional
de masculinidad, hablando del concepto de género y de su relación con el
poder, del proceso de socialización y de cómo a partir de éste se va
confiriendo la identidad masculina. Finalmente se perfilan las premisas básicas
de la intervención con hombres agresores.
Masculinidad, violencia doméstica, género, socialización, identidad.
Este
trabajo aborda el tema de la masculinidad y su relación con el problema de la
violencia doméstica.
Partimos
desde una posición relacional o social, es decir concebimos la masculinidad
como el fruto de la relación del hombre con su entorno social. Es a partir de
este entorno social que el hombre interioriza su masculinidad mediante un
proceso de socialización, donde éste aprende como debe comportase en su vida
cotidiana.
Desde
nuestro punto de vista este proceso de socialización tiene unos efectos
perversos sobre la construcción de la identidad del hombre ya que parte de una
concepción de la sociedad y de la relación entre hombres y mujeres muy
limitada que no permite un desarrollo pleno de éste.
Mediante
el proceso de socialización el niño va interiorizando una serie de
estereotipos que son los que irán conformando su identidad, esta se basa en dos
características fundamentales:
Ser
el mejor, el más competitivo y el que más éxito tiene, es decir ser el más
fuerte, y
no
expresar las emociones, ya que esto es signo de debilidad.
Desde
nuestro punto de vista esta visión de la masculinidad es altamente negativa
para la interrelación de los hombres en su vida cotidiana ya que por un lado
exagera la importancia de la competición con los otros hombres y por otro lado
minimiza cualquier expresión de sentimientos o emociones, lo cual esta asociado
al mundo de lo femenino del cual hay que diferenciarse, claramente, para que no
quede la menor duda de la varonilidad de uno.
Esta
concepción de la masculinidad se sustenta en la sociedad patriarcal la cual ha
proporcionada la base para la construcción de hombres y mujeres desde
posiciones antagónicas, mientras que al hombre se le ha otorgado el papel de
fuerte y dominador la mujer ha de desempeñar el papel de débil y sumisa.
Desde
nuestra posición es en este punto donde se conecta la masculinidad con la
violencia doméstica. Desde pequeño
el niño (a partir del proceso de socialización) aprende que los fuertes son
los que tienen éxito en la vida mientras que los débiles no lo tienen, además
él como hombre a de tener éxito por lo que ha de ser fuerte y reprimir sus
“debilidades”.
El
niño va creciendo en una sociedad que cada vez le otorga más responsabilidades
y a la vez más poder y cuando llega el momento de tener una relación de pareja
lo “normal” es que sea él quien ejerza el poder en ésta, ya que desde
pequeño se le ha enseñado que los hombres son los que mandan y que
las mujeres deben obedecer. Es en este punto donde surge el problema de la
violencia doméstica cuando el hombre lleva al máximo extremo su ejercicio del
poder en la relación, es decir cuando utiliza la violencia física y psicológica
para imponerlo.
Por
lo tanto (y sin negar la responsabilidad del hombre agresor) creemos que la génesis
del problema se encuentra en las mismas estructuras sociales, las cuales
legitiman (por activa o por pasiva) las relaciones disimétricas entre hombres y
mujeres. Evidentemente nadie (o
casi nadie) va a reconocer explícitamente que esta de acuerdo con la violencia
doméstica, pero en ningún momento va a criticar la relación desigual que hay
entre hombres y mujeres en la sociedad, ya que esta se ve como natural o
inherente a la sociedad de la que formamos parte, y como se ha dicho
anteriormente en este punto es donde se sitúa la raíz de la situación de
violencia familiar.
En
este trabajo se pretende dar una visión diferente de lo planteado
anteriormente, no creemos que la masculinidad entendida de una forma tan
limitada sea la condición natural de los hombres, más bien (como ya hemos
dicho anteriormente es fruto de un proceso social) creemos que se puede trabajar
en la deconstrucción de este modelo de hombre tradicional y trabajar en la
construcción de un modelo de masculinidad que permita el desarrollo de todas
las esferas del hombre. Esta idea ha de ser central en el trabajo con hombre
agresores, es decir se ha de trabajar en la dirección de que conozcan y acepten
esferas de su propia persona que han sido reprimidas por una sociedad que les ha
exigido ser fuertes y competitivos.
Lo
que a continuación se les presenta es un trabajo de reflexión donde se revisan
y se comentan de forma crítica las bases que sustentan el modelo tradicional de
masculinidad y que legitiman la violencia ejercida por los hombres en el ámbito
de las relaciones de pareja.
El
género subyace en la base del proceso de categorización social, ésta hace
referencia a la creación de categorías para explicar la realidad social. La
principal consecuencia es que se
acentúan las similitudes entre los miembros de una misma categoría y las
diferencias entre los de diferentes categorías. Esto es lo que sucede con las
categorías de género, estas están construidas sobre la base de una asignación
de roles sociales diferentes, lo que produce una bipolarización entre ambas. En
esta asignación de roles el hombre recibe aquellos que socialmente tienen un
estatus superior, mientras que la mujer se ha de subordinar al hombre. Esta es
la base de la relación dominación - sumisión entre ambos.
La
construcción social del género simplifica la realidad, lo cual puede tener su
utilidad, pero por contra tiene una serie de efectos, a nuestro juicio,
perversos:
Ofrece
una visión de la realidad sesgada, al centrarse en las diferencias y obvia
los puntos de encuentro entre las dos categorías.
Nos
ofrece una visión de la realidad en términos de blancos y negros sin tener
en cuenta que hay una amplia gama de grises.
Obvia
que existen puntos de encuentros entre hombres y mujeres.
Una
de las principales características del género es que la mujer se ha de
subordinar al rol normativo o dominante que es el masculino, como producto de la
asignación de roles de prestigio al hombre.
Las
relaciones más evidentes en las interrelaciones sociales basadas en el género
son las de poder. Sau nos da una explicación de cómo se producen dichas
relaciones:
“El
modelo masculino, en tanto que modelo único fagocita lo femenino, lo reabsorbe
y lo hace “como sí”; lo femenino no masculinizable […]
y subordinado.” (Sau, 1988, Pág. 171)
Desde
las ciencias sociales hemos de trabajar en la reconceptualización del género,
teniendo en cuenta las intersecciones que se producen en toda relación social.
Creemos
que la única manera de acabar con este “circulo vicioso”, es comenzar por
romper con una descripción parcial de la realidad, ya que dichas relaciones se
sustentan en los blancos y negros. De esta manera podremos
comenzar la construcción de una realidad basada en unas relaciones igualitarias
de poder, en términos de poder compartido versus dominancia - sumisión.
Otro
de los elementos importantes en este proceso de construcción (o reconstrucción)
sería buscar las intersecciones positivas entre géneros, es decir más que
poner el acento en los aspectos diferenciadores remarcar aquellos que nos unen.
Creemos que esta debería de ser la premisa de trabajo de los hombres y mujeres
que trabajan en las ciencias sociales.
Decir
que el género es una construcción social equivale a afirmar que está
adquirido por las personas a través de un proceso de aprendizaje. Dicho
aprendizaje se realiza mediante el proceso de socialización de los individuos
en una determinada cultura.
Siguiendo
a Aranguren (1997) creemos que la familia patriarcal es la principal transmisora
de los modelos de diferenciación de géneros, así como también de las
relaciones de poder. Nuestra posición ante el tema queda perfectamente recogida
en el siguiente fragmento de Maquieira y Sánchez:
“El
patriarcado, cómo todo sistema de dominación, expresa y reproduce la
desigualdad delimitando espacios jerárquicos dotados de significación que
operan como barreras que incluyen o excluyen a los grupos subordinados.” (Maquieira
y Sánchez, 1990, Pág. VIII)
Consideramos
que la familia patriarcal fomenta
una relación antagónica hombre/mujer, construyendo el género femenino como
complementario del principal, que es el masculino. Esta situación, tal como
comenta Colom (1992), favorece la polarización de los aspectos positivos hacia
un polo, el masculino, y los negativos hacia
el otro, el femenino. Está basada en términos de poder, producidos por la
excesiva jerarquización de los roles de género, así como también limita el
crecimiento personal y la autonomía de los individuos, lo cual provoca la no
participación en la toma de decisiones, con los efectos que esto provoca en términos
de deterioro de la autoestima.
De
nuevo topamos con el principal escollo de nuestro trabajo: La percepción
sesgada de la realidad en términos de blanco y negro.
Es
a partir del proceso de socialización que el niño aprende cual es la norma genérica,
así como lo que se espera de él en función de su género. Esta adhesión a la
norma genérica actúa como un factor de poderosa influencia que recorta la
percepción de la realidad, poniendo en duda muchas veces si se está cumpliendo
totalmente con el rol asignado a su género: “Ser suficientemente varonil” (Bonino,
1991).
Askew
y Ross dan por sentado que:
“…gran
parte de la conducta descrita como “masculina” es aprendida y que se ve
reforzada por ideas estereotipadas sobre que significa ser varón en esta
sociedad […] incluso antes de que los niños hayan abandonado la guardería ya
absorben nociones estereotipadas sobre la masculinidad.” (Askew y Ross, 1988,
Pág. 17-19)
Desde
nuestro punto de vista más que un proceso de aprendizaje activo y explícito,
el comportamiento descrito como masculino es el resultado de un proceso de
interiorización de normas sociales, que se produce por el mismo proceso de
socialización del individuo en la cultura y en su realidad social.
Creemos
que este proceso de socialización pone barreras a nuestro crecimiento como
personas, así como también nos ofrece una visión sesgada de la realidad, por
lo tanto sirve para perpetuar la relación dominación - sumisión entre hombres
y mujeres.
Concebimos
la identidad cómo un proceso de relación con nuestro entorno social
(socialización) e influenciado por los estereotipos (prototipo), que tiene cómo
consecuencia la identificación con el endogrupo y la diferenciación con el
exogrupo.
Según
Jayme y Sau:
“se
nace con una neutralidad psicosexual, no llegamos al mundo con una identidad de
género predeterminada pero desde el momento en que se hace una asignación de
sexo de acuerdo con los genitales externos, se refuerza continuamente la
masculinidad o feminidad.” (Jayme y Sau, 1996, Pág. 63)
De
esta afirmación deducimos la importancia del cambio de los patrones de
socialización, que rompa con el refuerzo continuo de la masculinidad o
feminidad, ya que el hecho de que nazcamos con unas características físicosexuales
diferentes sólo implica el hecho de que físicamente diferimos en algunos
aspectos, mientras que es a partir del
proceso de socialización dónde se va generando o construyendo nuestra
identidad social, basada en unas supuestas diferencias parciales, sin tener en
cuenta los puntos de encuentros (grises).
Existe
la necesidad de sentirnos parte del endogrupo para desarrollar y mantener
nuestra identidad masculina (Shapiro, 1992) y diferenciarnos del exogrupo, pero
a la vez esta situación provoca el temor de que existan varones más varoniles
que nosotros (Marques, 1981), dada la visión hipercompetitiva que existe dentro
del endogrupo. Es importante destacar que la autoestima esta sobrerreforzada en
el mundo masculino (por bajo que estés en el endogrupo, siempre estarás por
encima de todas las del exogrupo) (Aranguren, 1997), es decir reiterar la
supremacía del endogrupo.
Como
se puede apreciar, la identidad masculina se establece en términos de
competitividad obviando aspectos no relacionados con ésta. Existe la necesidad
de reforzar la masculinidad desde la divergencia o diferencia de la feminidad.
Una de las necesidades básicas de los hombres es mantener la supremacía
masculina. Como consecuencia de ésta, se perpetúa una visión de la realidad
en blanco y negro.
Esta
identidad tan estereotipada tiene cómo consecuencia el bloqueo de
los rasgos supuestamente pasivos como temor, dolor, tristeza, vergüenza,
ternura, compasión, …(incompatibles con la competitividad). Lo que se produce
es la negación de parte de uno mismo (Aranguren, 1997). El varón concreto
queda así condenado a ser un héroe “inocente”, sin dar cabida a la
fragilidad (Bonino, 1991). Como es lógico deducir, esto tiene una serie de
efectos negativos. Thompson (1991) nos indica algunos de éstos: dolor
emocional, estrés, recibir daño físico, distancia emocional, …y a la larga,
en algunas ocasiones, producir maltrato físico para mantener la posición de
dominación en la jerarquía social.
Siguiendo
a Cruz y cols. (1990) actualmente ni hombres ni mujeres podemos funcionar como
seres humanos completos, ya que sólo podemos desarrollar una parte de nuestra
identidad, ésta viene prefijada por el proceso de socialización, a partir del
cual interiorizamos normas y valores acordes con nuestro género, es decir o blancos
o negros, ya que se supone que ésta es la mejor manera de ser
socialmente productivo.
Por
lo tanto creemos que ni el modelo masculino ni el femenino (tan rígidos) son
ideales para un desarrollo equilibrado de las relaciones sociales, por tanto
como afirma Flecha:
“…mientras
que para los hombres todo lo relativo al mundo femenino no deje de suponer una
perdida de estatus, una humillación y para la mujer “lo masculino” el único
medio para incorporarse a nuevas funciones sociales, va a variar poco la situación.”
(Flecha, 1996, Pág. 85)
De
aquí surge la idea de identidades compartidas, que no es más que la superación
de las barreras que ejercen sobre la identidad determinados estereotipos y
normas sociales. Sería romper con la tipificación de roles masculinos y
femeninos para dar lugar a una identidad basada en roles compartidos, donde los
hombres podamos dar riendas sueltas a las exteriorizaciones que nos están
vetadas por la rigidez de la identidad masculina basada en los estereotipos de género.
En cierto modo con esta propuesta pretendemos aportar nuestro “granito de
arena” a lo que Badinter (1992) sugiere en su libro XY. La identidad
masculina: Deconstruir el ideal masculino tradicional para pasar a un nuevo
modelo de virilidad que nos permita ser personas en el amplio sentido de la
palabra.
Este
nuevo modelo debería estar basado en las siguientes premisas. (Thompson, 1991):
Aceptar
nuestra propia vulnerabilidad.
Aprender
a expresar emociones (miedo, tristeza,…).
Aprender
a pedir ayuda y apoyo.
Aprender
métodos no violentos para resolver los conflictos.
Aprender
a aceptar actitudes y comportamientos tradicionalmente etiquetados como
femeninos como elementos necesarios para un desarrollo humano integral.
Tal
proceso debería culminar en la consecución de un nuevo modelo de hombre, dónde
como dice Bell:
“…una
masculinidad que nos permita, al tiempo que sacar adelante nuestras ambiciones
profesionales, expresar nuestras emociones y participar en la crianza de
nuestros hijos.” (Bell, 1982, Pág. 258)
Antes
de hablar de violencia creemos que sería importante dejar clara la diferencia
entre la agresividad, y violencia y agresión. Pese a que son conceptos que, a
priori, parecen hacer referencia a un mismo fenómeno creemos que esto no es
así ya que explican realidades bien distintas la una de la otra.
En
primer lugar el concepto de agresividad hace
referencia a aquel tipo de conductas que se encuentran en todas las especies,
cuya finalidad es la adaptación al entorno, es decir la propia supervivencia
del individuo y de la especie. Son conductas relacionadas con la ofensa,
defensa, predación y ligadas a la reproducción (Carlson, 1990).
Cómo
esta definición nos parece excesivamente reduccionista a la hora de explicar el
fenómeno de la violencia doméstica y del comportamiento violento en general de
los seres humanos, creemos que es necesario buscar definiciones que amplíen
hacia los conceptos de violencia y agresión; que nos permiten hablar del
problema como una cuestión relacional y no como una cuestión meramente
biologista.
Nosotros
nos situamos en la perspectiva de diversos autores (Bonino, 1991; Cantera, 1997;
Cantera y cols., 1994; Corsi, 1995; Cruz y cols, 1990 y Fernández, 1997) que
critican una explicación únicamente biológica de la violencia masculina y que
la conciben como fruto de una construcción
social.
La
violencia se puede definir como la aplicación de una fuerza excesiva a algo o a
alguien, y la agresión cómo la violencia dirigida contra alguien con la
intención de hacerle daño (Avila y cols. 1995; Corsi, 1995). Vemos como la
agresión se dirige únicamente hacia las personas con una determinada
intencionalidad.
Siguiendo
a Fernández Villanueva:
“Los
psicólogos sociales no debemos entender la agresión como un acto aislado, sino
dentro de un proceso de interacción que esta potenciado por unas reglas de
dominación y sumisión” (Fernández Villanueva, 1990, Pág. 19)
A
partir de la pertenencia al género masculino, con los estereotipos que ello
conlleva y las relaciones de poder que se derivan de dicha relación, es de
donde surge la asociación entre masculinidad y violencia Esta viene legitimada
por la sociedad patriarcal, la cual tiene como principal característica la
represión, dado que establece una jerarquía de estatus entre dominadores y
sumisas, a partir de la cual es “normal” que el hombre ejerza su poder sobre
la mujer.
Siguiendo
a Miedzian (1995) la violencia es una demostración de masculinidad (no ser
marica[1]),
educar mariquitas pondría en peligro la defensa de la sociedad tradicional. Los
factores mencionados anteriormente justificarían la violencia ejercida por el
sexo masculino, en pos de preservar el sistema patriarcal.
Decir
que los hombres como grupo son más violentos no quiere decir que todos sean
violentos (Miedzian, 1995), decir que los hombres son los únicos responsables
de la violencia es dar una imagen excesivamente simple y parcial de la situación.
Creemos que la violencia proviene, básicamente, de factores educativos y
sociales que se escapan al control del hombre como individuo.
Nos
situamos en la línea de Cantera (1997):
“La
situación de la violencia obliga la consideración de elementos culturales, políticos,
económicos, históricos de nuestra sociedad.”
Queremos
dejar claro que en una relación de violencia basada en diferencias de género,
la víctima, generalmente, es la mujer; lo cual no nos permite afirmar que el
hombre sea el único culpable. Culpable si de la conducta violenta en última
instancia, es decir en la ejecución del maltrato, pero es importante analizar
el porqué se ha llegado a esta situación y también qué factores de
socialización han influido en la justificación de dicha violencia. Si caemos
en el error de tratar al hombre como único culpable y la mujer como la víctima,
estaremos tratando el tema en términos de blancos y negros, lo
cual cómo ya hemos dejado claro simplifica la realidad y no aporta ningún
elemento que pueda facilitar la solución de la violencia doméstica, pues
tratando al hombre como único culpable solo dejamos lugar para la intervención
desde el punto de vista penal; desde nuestro punto de vista es necesaria la
intervención desde otros campos como puede ser el aportado por las ciencias
sociales.
Este
planteamiento no pretende, en ningún momento, justificar las agresiones contra
las mujeres, sino que pretendemos potenciar el cambio del hombre mediante la
revisión reflexiva de nuestra masculinidad (encontrar los grises)
ubicada dentro de un sistema que constriñe nuestro desarrollo como personas.
En
el diseño de nuestro proyecto de intervención partimos de diferentes
experiencias provenientes de Latinoamérica (Argentina, Puerto Rico, Nicaragua,
México,...etc.).
Con la intervención pretendemos disminuir la violencia doméstica
mediante la intervención en hombre agresores, partiendo de la reflexión sobre
la masculinidad y de qué significa ser hombre en nuestra sociedad.
Las
premisas básicas serían:
Aceptar
nuestra propia vulnerabilidad
Aprender
a:
Expresar
emociones
Pedir
ayuda y apoyo
Métodos
no violentos para resolver conflictos
Aceptar
actitudes y comportamientos tradicionalmente etiquetados como femeninos como
elementos necesarios para un desarrollo humano integral.
Nuevas
formas de relación diferentes de la de dominación – sumisión.
Reconocer
a la mujer como poseedora de dignidad humana.
Este trabajo se realizaría mediante una intervención social basada en
el trabajo grupal donde se facilite al hombre romper con los estereotipos de género
que limitan su desarrollo.
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