HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO

 

Pere Compte i López

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José Luis Oreiro Alvarez

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 Título:

Blancos y negros, ¿existen los grises?:
Reflexiones entorno a la masculinidad y su relación con la violencia doméstica.

 Area:

Mujeres.

 

Resumen:

En el presente trabajo se habla de la masculinidad y de su relación con la violencia doméstica.  Defendemos la idea de que la masculinidad no es algo inherente al hombre sino que es un producto social. 

Se realiza un revisión critica de los procesos que sustentan el modelo tradicional de masculinidad, hablando del concepto de género y de su relación con el poder, del proceso de socialización y de cómo a partir de éste se va confiriendo la identidad masculina. Finalmente se perfilan las premisas básicas de la intervención con hombres agresores.

 

Palabras claves

      Masculinidad, violencia doméstica, género, socialización, identidad.

   

Introducción

Este trabajo aborda el tema de la masculinidad y su relación con el problema de la violencia doméstica.

Partimos desde una posición relacional o social, es decir concebimos la masculinidad como el fruto de la relación del hombre con su entorno social. Es a partir de este entorno social que el hombre interioriza su masculinidad mediante un proceso de socialización, donde éste aprende como debe comportase en su vida cotidiana.

Desde nuestro punto de vista este proceso de socialización tiene unos efectos perversos sobre la construcción de la identidad del hombre ya que parte de una concepción de la sociedad y de la relación entre hombres y mujeres muy limitada que no permite un desarrollo pleno de éste.

Mediante el proceso de socialización el niño va interiorizando una serie de estereotipos que son los que irán conformando su identidad, esta se basa en dos características fundamentales:

Desde nuestro punto de vista esta visión de la masculinidad es altamente negativa para la interrelación de los hombres en su vida cotidiana ya que por un lado exagera la importancia de la competición con los otros hombres y por otro lado minimiza cualquier expresión de sentimientos o emociones, lo cual esta asociado al mundo de lo femenino del cual hay que diferenciarse, claramente, para que no quede la menor duda de la varonilidad de uno.

Esta concepción de la masculinidad se sustenta en la sociedad patriarcal la cual ha proporcionada la base para la construcción de hombres y mujeres desde posiciones antagónicas, mientras que al hombre se le ha otorgado el papel de fuerte y dominador la mujer ha de desempeñar el papel de débil y sumisa.

Desde nuestra posición es en este punto donde se conecta la masculinidad con la violencia doméstica. Desde  pequeño el niño (a partir del proceso de socialización) aprende que los fuertes son los que tienen éxito en la vida mientras que los débiles no lo tienen, además él como hombre a de tener éxito por lo que ha de ser fuerte y reprimir sus “debilidades”.

El niño va creciendo en una sociedad que cada vez le otorga más responsabilidades y a la vez más poder y cuando llega el momento de tener una relación de pareja lo “normal” es que sea él quien ejerza el poder en ésta, ya que desde pequeño se le ha enseñado que los hombres son los que mandan y que las mujeres deben obedecer. Es en este punto donde surge el problema de la violencia doméstica cuando el hombre lleva al máximo extremo su ejercicio del poder en la relación, es decir cuando utiliza la violencia física y psicológica para imponerlo.

Por lo tanto (y sin negar la responsabilidad del hombre agresor) creemos que la génesis del problema se encuentra en las mismas estructuras sociales, las cuales legitiman (por activa o por pasiva) las relaciones disimétricas entre hombres y mujeres. Evidentemente  nadie (o casi nadie) va a reconocer explícitamente que esta de acuerdo con la violencia doméstica, pero en ningún momento va a criticar la relación desigual que hay entre hombres y mujeres en la sociedad, ya que esta se ve como natural o inherente a la sociedad de la que formamos parte, y como se ha dicho anteriormente en este punto es donde se sitúa la raíz de la situación de violencia familiar.

En este trabajo se pretende dar una visión diferente de lo planteado anteriormente, no creemos que la masculinidad entendida de una forma tan limitada sea la condición natural de los hombres, más bien (como ya hemos dicho anteriormente es fruto de un proceso social) creemos que se puede trabajar en la deconstrucción de este modelo de hombre tradicional y trabajar en la construcción de un modelo de masculinidad que permita el desarrollo de todas las esferas del hombre. Esta idea ha de ser central en el trabajo con hombre agresores, es decir se ha de trabajar en la dirección de que conozcan y acepten esferas de su propia persona que han sido reprimidas por una sociedad que les ha exigido ser fuertes y competitivos.

Lo que a continuación se les presenta es un trabajo de reflexión donde se revisan y se comentan de forma crítica las bases que sustentan el modelo tradicional de masculinidad y que legitiman la violencia ejercida por los hombres en el ámbito de las relaciones de pareja. 

Género y poder

El género subyace en la base del proceso de categorización social, ésta hace referencia a la creación de categorías para explicar la realidad social. La principal consecuencia  es que se acentúan las similitudes entre los miembros de una misma categoría y las diferencias entre los de diferentes categorías. Esto es lo que sucede con las categorías de género, estas están construidas sobre la base de una asignación de roles sociales diferentes, lo que produce una bipolarización entre ambas. En esta asignación de roles el hombre recibe aquellos que socialmente tienen un estatus superior, mientras que la mujer se ha de subordinar al hombre. Esta es la base de la relación dominación - sumisión entre ambos.

La construcción social del género simplifica la realidad, lo cual puede tener su utilidad, pero por contra tiene una serie de efectos, a nuestro juicio, perversos:

Una de las principales características del género es que la mujer se ha de subordinar al rol normativo o dominante que es el masculino, como producto de la asignación de roles de prestigio al hombre.

Las relaciones más evidentes en las interrelaciones sociales basadas en el género son las de poder. Sau nos da una explicación de cómo se producen dichas relaciones:

“El modelo masculino, en tanto que modelo único fagocita lo femenino, lo reabsorbe y lo hace “como sí”; lo femenino no masculinizable […]  y subordinado.” (Sau, 1988, Pág. 171)

Desde las ciencias sociales hemos de trabajar en la reconceptualización del género, teniendo en cuenta las intersecciones que se producen en toda relación social.

Creemos que la única manera de acabar con este “circulo vicioso”, es comenzar por romper con una descripción parcial de la realidad, ya que dichas relaciones se sustentan en los blancos y negros. De esta manera podremos comenzar la construcción de una realidad basada en unas relaciones igualitarias de poder, en términos de poder compartido versus dominancia - sumisión.

Otro de los elementos importantes en este proceso de construcción (o reconstrucción) sería buscar las intersecciones positivas entre géneros, es decir más que poner el acento en los aspectos diferenciadores remarcar aquellos que nos unen. Creemos que esta debería de ser la premisa de trabajo de los hombres y mujeres que trabajan en las ciencias sociales. 

Socialización

Decir que el género es una construcción social equivale a afirmar que está adquirido por las personas a través de un proceso de aprendizaje. Dicho aprendizaje se realiza mediante el proceso de socialización de los individuos en una determinada cultura.

Siguiendo a Aranguren (1997) creemos que la familia patriarcal es la principal transmisora  de los modelos de diferenciación de géneros, así como también de las relaciones de poder. Nuestra posición ante el tema queda perfectamente recogida en el siguiente fragmento de Maquieira y Sánchez:

“El patriarcado, cómo todo sistema de dominación, expresa y reproduce la desigualdad delimitando espacios jerárquicos dotados de significación que operan como barreras que incluyen o excluyen a los grupos subordinados.” (Maquieira y Sánchez, 1990, Pág. VIII)

Consideramos que la familia patriarcal  fomenta una relación antagónica hombre/mujer, construyendo el género femenino como complementario del principal, que es el masculino. Esta situación, tal como comenta Colom (1992), favorece la polarización de los aspectos positivos hacia un polo, el masculino, y los negativos  hacia el otro, el femenino. Está basada en términos de poder, producidos por la excesiva jerarquización de los roles de género, así como también limita el crecimiento personal y la autonomía de los individuos, lo cual provoca la no participación en la toma de decisiones, con los efectos que esto provoca en términos de deterioro de la autoestima.

De nuevo topamos con el principal escollo de nuestro trabajo: La percepción sesgada de la realidad en términos de blanco y negro.

Es a partir del proceso de socialización que el niño aprende cual es la norma genérica, así como lo que se espera de él en función de su género. Esta adhesión a la norma genérica actúa como un factor de poderosa influencia que recorta la percepción de la realidad, poniendo en duda muchas veces si se está cumpliendo totalmente con el rol asignado a su género: “Ser suficientemente varonil” (Bonino, 1991).

Askew y Ross dan por sentado que:

“…gran parte de la conducta descrita como “masculina” es aprendida y que se ve reforzada por ideas estereotipadas sobre que significa ser varón en esta sociedad […] incluso antes de que los niños hayan abandonado la guardería ya absorben nociones estereotipadas sobre la masculinidad.” (Askew y Ross, 1988, Pág. 17-19)

Desde nuestro punto de vista más que un proceso de aprendizaje activo y explícito, el comportamiento descrito como masculino es el resultado de un proceso de interiorización de normas sociales, que se produce por el mismo proceso de socialización del individuo en la cultura y en su realidad social.

Creemos que este proceso de socialización pone barreras a nuestro crecimiento como personas, así como también nos ofrece una visión sesgada de la realidad, por lo tanto sirve para perpetuar la relación dominación - sumisión entre hombres y mujeres.

Identidad 

Concebimos la identidad cómo un proceso de relación con nuestro entorno social (socialización) e influenciado por los estereotipos (prototipo), que tiene cómo consecuencia la identificación con el endogrupo y la diferenciación con el exogrupo.

Según Jayme y Sau:

“se nace con una neutralidad psicosexual, no llegamos al mundo con una identidad de género predeterminada pero desde el momento en que se hace una asignación de sexo de acuerdo con los genitales externos, se refuerza continuamente la masculinidad o feminidad.” (Jayme y Sau, 1996, Pág. 63)

De esta afirmación deducimos la importancia del cambio de los patrones de socialización, que rompa con el refuerzo continuo de la masculinidad o feminidad, ya que el hecho de que nazcamos con unas características físicosexuales diferentes sólo implica el hecho de que físicamente diferimos en algunos aspectos, mientras que es a partir  del proceso de socialización dónde se va generando o construyendo nuestra identidad social, basada en unas supuestas diferencias parciales, sin tener en cuenta los puntos de encuentros (grises).

Existe la necesidad de sentirnos parte del endogrupo para desarrollar y mantener nuestra identidad masculina (Shapiro, 1992) y diferenciarnos del exogrupo, pero a la vez esta situación provoca el temor de que existan varones más varoniles que nosotros (Marques, 1981), dada la visión hipercompetitiva que existe dentro del endogrupo. Es importante destacar que la autoestima esta sobrerreforzada en el mundo masculino (por bajo que estés en el endogrupo, siempre estarás por encima de todas las del exogrupo) (Aranguren, 1997), es decir reiterar la supremacía del endogrupo.

Como se puede apreciar, la identidad masculina se establece en términos de competitividad obviando aspectos no relacionados con ésta. Existe la necesidad de reforzar la masculinidad desde la divergencia o diferencia de la feminidad. Una de las necesidades básicas de los hombres es mantener la supremacía masculina. Como consecuencia de ésta, se perpetúa una visión de la realidad en blanco y negro.

Esta identidad tan estereotipada tiene cómo consecuencia el bloqueo de  los rasgos supuestamente pasivos como temor, dolor, tristeza, vergüenza, ternura, compasión, …(incompatibles con la competitividad). Lo que se produce es la negación de parte de uno mismo (Aranguren, 1997). El varón concreto queda así condenado a ser un héroe “inocente”, sin dar cabida a la fragilidad (Bonino, 1991). Como es lógico deducir, esto tiene una serie de efectos negativos. Thompson (1991) nos indica algunos de éstos: dolor emocional, estrés, recibir daño físico, distancia emocional, …y a la larga, en algunas ocasiones, producir maltrato físico para mantener la posición de dominación en la jerarquía social.

Siguiendo a Cruz y cols. (1990) actualmente ni hombres ni mujeres podemos funcionar como seres humanos completos, ya que sólo podemos desarrollar una parte de nuestra identidad, ésta viene prefijada por el proceso de socialización, a partir del cual interiorizamos normas y valores acordes con nuestro género, es decir o blancos o negros, ya que se supone que ésta es la mejor manera de ser socialmente productivo.

Por lo tanto creemos que ni el modelo masculino ni el femenino (tan rígidos) son ideales para un desarrollo equilibrado de las relaciones sociales, por tanto como afirma Flecha:

“…mientras que para los hombres todo lo relativo al mundo femenino no deje de suponer una perdida de estatus, una humillación y para la mujer “lo masculino” el único medio para incorporarse a nuevas funciones sociales, va a variar poco la situación.” (Flecha, 1996, Pág. 85)

De aquí surge la idea de identidades compartidas, que no es más que la superación de las barreras que ejercen sobre la identidad determinados estereotipos y normas sociales. Sería romper con la tipificación de roles masculinos y femeninos para dar lugar a una identidad basada en roles compartidos, donde los hombres podamos dar riendas sueltas a las exteriorizaciones que nos están vetadas por la rigidez de la identidad masculina basada en los estereotipos de género. En cierto modo con esta propuesta pretendemos aportar nuestro “granito de arena” a lo que Badinter (1992) sugiere en su libro XY. La identidad masculina: Deconstruir el ideal masculino tradicional para pasar a un nuevo modelo de virilidad que nos permita ser personas en el amplio sentido de la palabra.

Este nuevo modelo debería estar basado en las siguientes premisas. (Thompson, 1991):

 

Tal proceso debería culminar en la consecución de un nuevo modelo de hombre, dónde como dice Bell:

“…una masculinidad que nos permita, al tiempo que sacar adelante nuestras ambiciones profesionales, expresar nuestras emociones y participar en la crianza de nuestros hijos.” (Bell, 1982, Pág. 258)

 

Masculinidad y violencia

Antes de hablar de violencia creemos que sería importante dejar clara la diferencia entre la agresividad, y violencia y agresión. Pese a que son conceptos que, a priori, parecen hacer referencia a un mismo fenómeno creemos que esto no es así ya que explican realidades bien distintas la una de la otra.

En primer lugar el concepto de agresividad  hace referencia a aquel tipo de conductas que se encuentran en todas las especies, cuya finalidad es la adaptación al entorno, es decir la propia supervivencia del individuo y de la especie. Son conductas relacionadas con la ofensa, defensa, predación y ligadas a la reproducción (Carlson, 1990).

Cómo esta definición nos parece excesivamente reduccionista a la hora de explicar el fenómeno de la violencia doméstica y del comportamiento violento en general de los seres humanos, creemos que es necesario buscar definiciones que amplíen hacia los conceptos de violencia y agresión; que nos permiten hablar del problema como una cuestión relacional y no como una cuestión meramente biologista.

Nosotros nos situamos en la perspectiva de diversos autores (Bonino, 1991; Cantera, 1997; Cantera y cols., 1994; Corsi, 1995; Cruz y cols, 1990 y Fernández, 1997) que critican una explicación únicamente biológica de la violencia masculina y que la conciben como fruto de una construcción  social.

La violencia se puede definir como la aplicación de una fuerza excesiva a algo o a alguien, y la agresión cómo la violencia dirigida contra alguien con la intención de hacerle daño (Avila y cols. 1995; Corsi, 1995). Vemos como la agresión se dirige únicamente hacia las personas con una determinada intencionalidad.

Siguiendo a Fernández Villanueva:

“Los psicólogos sociales no debemos entender la agresión como un acto aislado, sino dentro de un proceso de interacción que esta potenciado por unas reglas de dominación y sumisión” (Fernández Villanueva, 1990, Pág. 19)

A partir de la pertenencia al género masculino, con los estereotipos que ello conlleva y las relaciones de poder que se derivan de dicha relación, es de donde surge la asociación entre masculinidad y violencia Esta viene legitimada por la sociedad patriarcal, la cual tiene como principal característica la represión, dado que establece una jerarquía de estatus entre dominadores y sumisas, a partir de la cual es “normal” que el hombre ejerza su poder sobre la mujer.

Siguiendo a Miedzian (1995) la violencia es una demostración de masculinidad (no ser marica[1]), educar mariquitas pondría en peligro la defensa de la sociedad tradicional. Los factores mencionados anteriormente justificarían la violencia ejercida por el sexo masculino, en pos de preservar el sistema patriarcal.

Decir que los hombres como grupo son más violentos no quiere decir que todos sean violentos (Miedzian, 1995), decir que los hombres son los únicos responsables de la violencia es dar una imagen excesivamente simple y parcial de la situación. Creemos que la violencia proviene, básicamente, de factores educativos y sociales que se escapan al control del hombre como individuo. 

Nos situamos en la línea de Cantera (1997):

“La situación de la violencia obliga la consideración de elementos culturales, políticos, económicos, históricos de nuestra sociedad.”

Queremos dejar claro que en una relación de violencia basada en diferencias de género, la víctima, generalmente, es la mujer; lo cual no nos permite afirmar que el hombre sea el único culpable. Culpable si de la conducta violenta en última instancia, es decir en la ejecución del maltrato, pero es importante analizar el porqué se ha llegado a esta situación y también qué factores de socialización han influido en la justificación de dicha violencia. Si caemos en el error de tratar al hombre como único culpable y la mujer como la víctima, estaremos tratando el tema en términos de blancos y negros, lo cual cómo ya hemos dejado claro simplifica la realidad y no aporta ningún elemento que pueda facilitar la solución de la violencia doméstica, pues tratando al hombre como único culpable solo dejamos lugar para la intervención desde el punto de vista penal; desde nuestro punto de vista es necesaria la intervención desde otros campos como puede ser el aportado por las ciencias sociales.

Este planteamiento no pretende, en ningún momento, justificar las agresiones contra las mujeres, sino que pretendemos potenciar el cambio del hombre mediante la revisión reflexiva de nuestra masculinidad (encontrar los grises) ubicada dentro de un sistema que constriñe nuestro desarrollo como personas.

Intervención

En el diseño de nuestro proyecto de intervención partimos de diferentes experiencias provenientes de Latinoamérica (Argentina, Puerto Rico, Nicaragua, México,...etc.).

      Con la intervención pretendemos disminuir la violencia doméstica mediante la intervención en hombre agresores, partiendo de la reflexión sobre la masculinidad y de qué significa ser hombre en nuestra sociedad.

Las premisas básicas serían:

      Este trabajo se realizaría mediante una intervención social basada en el trabajo grupal donde se facilite al hombre romper con los estereotipos de género que limitan su desarrollo.

 

 1] Mariquita: Se define como una persona cobarde, pasiva e insípida. (Miedzian, 1995, pág. 70)

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