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Péter Szil |
Nació en Hungría. Se formó como psicoterapeuta en Suecia y EEUU. Ha
sido uno de los iniciadores de los grupos de concienciación sobre el rol
masculino en Suecia a principios de los años 80. Desde hace trece años vive y
trabaja en España. Es co-autor de un libro sobre el Control Natural de la
Fecundidad y del libro “Masaje cotidiano”.
Resumen de la intervención:
La
pornografia (de las palabras griegas porné + grafia, “la descripción de la prostituta”) no es un tema, sino
una relación determinada entre las mujeres (o a veces hombres) que se presentan
como objetos y un “comprador” invisible. Es esa relación, y no el tema que
distingue la pornografia del arte erótico. Los hombres que han desarrollado su
identidad sexual con la ayuda de la pornografía, y por eso no han aprendido cuál
es la diferencia entre fantasía y realidad, tienen que volver más tarde también
a la pornografía para obtener una confirmación de esa identidad. Por eso
muchos hombres viven una vida doble: en el mundo de las fantasías pornográficas
y en la relación personal con una mujer. Sin embargo, estos dos mundos nunca se
tocan, ya que la relación personal requiere del hombre que ponga al desnudo su
interior (incluso ante si mismo), mientras que la iconografia pornográfica le
sugiere que todo existe solamente fuera de él y que ser hombre no es una
vivencia que nace desde dentro, sino es una hazaña proyectada al mundo
exterior.
Ponencia
LLevo
trece años trabajando en España y durante la mayor parte de este tiempo he
tenido la suerte y el privilegio de poder colaborar con hombres que también se
preocupan por el tema de la masculinidad desde una perspectiva profeminista. Aún
así, en todo ese proceso de toma de conciencia y de toma de posición (que tan
elocuentemente se resume en el título de estas Primeras Jornadas Estatales
sobre la Condición Masculina: "Los hombres ante el reto de la
igualdad"), apenas he visto que se tocara el tema de la pornografía, a
pesar de que es algo omnipresente y que nos afecta precisamente donde se supone
que más posibilidad de encuentro íntimo y de condiciones de igualdad podríamos
tener entre ambos sexos.
El
tema es difícil de tocar también porque la línea divisoria entre pornografía
y arte erótico se ha hecho muy difusa. Esta confusión es por supuesto
conveniente para los intereses económicos que mueven una de las industrias más
rentables de nuestra cultura. Al mismo tiempo está
también alimentada por la aceptación ignorante e ingenua de una prensa
que se considera liberal y de hombres que se consideran progresistas y
partidarios tanto de la libertad sexual como de la igualdad entre los sexos.
Alguien que quiere desmarcarse de la pornografía fácilmente puede verse en el
campo de los enemigos del aborto libre o de la libertad de prensa o del
oscurantismo católico.
En
mi propio desarrollo personal y sexual la pornografía no ha tenido prácticamente
ninguna influencia, ya que he crecido en Hungría en los tiempos del telón de
acero, detrás del cual la pornografía era simplemente ausente. Tenía yo 17 años
en el año 1968, una fecha rememorada por muchos no porque haya sido cuando yo
perdí mi virginidad, sino por dos acontecimientos que cambiaron el rumbo de la
historia contemporánea de ambos bloques en que el mundo estaba dividido en
aquel entonces: el mayo de las revueltas estudiantiles de algunas metrópolis
del mundo Occidental y la primavera de Praga en el bloque soviético. El
aplastamiento violento de este último evento en el verano del mismo año también
supuso para mí la pérdida de mi virginidad política. Tengo que confesaros que
los que seguimos con simpatía aquella tentativa llorábamos con amargas lágrimas
de rabia la entrada en Checoslovaquia de los tanques del bloque soviético no sólo
porque hicieron volver a la clandestinidad cualquier intento de dotar "el
socialismo existente" de un "rostro humano", sino porque también
condenaron al mismo destino las postales de mujeres soples que sé
(vendieron) vendían abiertamente en las calles de Praga, algo insólito en
aquellas latitudes y en aquellos tiempos.
Años
más tarde, con 23 años de edad, llegué a Suecia como refugiado político para
descubrir lo lejos que aquellos semidesnudos tan torpes estaban del contenido de
las muchas tiendas de pornografía en cualquier población escandinava. Pero la
segunda mitad de los años 70 no era sólo la época del pleno auge de la
pornografía en Escandinava, sino también de un movimiento feminista que elevó
su voz contra la humillación de las mujeres en ese tipo de publicaciones y de
un movimiento de hombres pro feministas que empáticamente hizo eco de las
reivindicaciones de ellas. Posteriormente he trabajado más de dos décadas como
psicoterapeuta con hombres con problemas sexuales y de pareja, he dirigido
cursos de autoconocimiento corporal para hombres, he facilitado grupos de
concienciación sobre el rol masculino y he conocido de cerca la actitud de
muchos hombres en cuanto a la responsabilidad reproductiva en los cursos de
control natural de la fecundidad que he impartido. Todas estas experiencias me
han confirmado que lo que es humillante para una parte en una relación no puede
ser de provecho para la otra parte tampoco: la pornografía como educación
sexual hace no menos daño a los hombres que a las mujeres.
El
tema de la pornografía y sus aspectos psicológicos, históricos, artísticos,
etc., necesitan por supuesto una aproximación mucho más amplia que lo que yo
puedo permitirme aquí. Voy a centrarme en el daño que sufren los hombres que
reciben su educación sexual de la pornografía y como ésta contrarresta también
la posibilidad de lograr relaciones de igualdad y de verdadera intimidad entre
los sexos.
El
daño mencionado se puede resumir en los siguientes puntos:
1.
La pornografía separa la sexualidad de los hombres tanto de los sentimientos
propios como de las relaciones cotidianas y de esta manera contribuye a la
disociación como rasgo dominante del modus vivendi masculino.
2.
La pornografía contrarresta la igualdad y el acercamiento entre los hombres y
las mujeres.
3.
La pornografía fomenta la irresponsabilidad reproductiva de los hombres.
4.
La pornografía fomenta la aceptación e incluso el uso de la violencia en las
relaciones entre los sexos.
Antes
de entrar en cualquiera de estos puntos quiero establecer una distinción clara
entre pornografía y arte erótico. La diferencia entre ambos no está en el
tema, sino en la relación.
Pornografía
es un término de origen griego que significa "la descripción (grafia) de
la prostituta (porné)". O sea que la función de la pornografía viene a
ser la misma que la de la prostitución: con la ayuda de objetos sexuales (en
este caso la representación de mujeres, o, menos frecuentemente, de hombres)
servir la sexualidad de un comprador/espectador. Por eso la línea de demarcación
entre arte erótico y pornografía no está entre los desnudos de Interviú o
Play boy y las representaciones explícitas del acto sexual. Ambas cosan son
pornografía, la diferencia está solamente en la altura del umbral de estímulo.
Los gestos, las posturas y los morritos de las mujeres en las portadas de
Interviú transmiten el mensaje de que ellas están dispuestas a satisfacer
gustosamente cualquier deseo imaginado del comprador. Estas imágenes no dejan
ninguna duda de que el personaje principal de la pornografía no es la persona o
el acto que se retrata en la imagen, sino el comprador o el espectador invisible
que de una manera u otra se está masturbando con lo que ve. La pornografía no
es "buena" o "mala" según si es más blanda o dura. Es un
servicio, la elaboración de un instrumento.
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Por el otro lado el arte erótico surge cuando un artista se relaciona con su tema de una manera erótica, revela algo de sí mismo y nos transmite su propia vivencia. Miremos por ejemplo esta "Escena erótica" que de hecho es el título de este dibujo del joven Picasso. El mismo motivo en una imagen pornográfica se representaría con la mujer de cara al público, ya que en la pornografía la relación no es entre las partes que están embarcadas en una experiencia sexual, sino entre la persona que está mirando (el comprador) y el objeto sexual que se le presenta. Diluir la línea divisoria entre erotismo y pornografía es un elemento básico del mito de la pornografía. Sin embargo lo que la pornografía hace desaparecer es precisamente el elemento misterioso sin el cual el erotismo se convierte en pornografía -- y el círculo está cerrado. |
Por
supuesto, lo más fácil para mostrar los códigos de la pornografía es
ilustrarlos gráficamente. Al mismo tiempo considero que estas imágenes están
ya demasiado grabadas en nuestras mentes como para tener que darles espacio en
este contexto también y de esta manera prolongar una historia que yo mismo
intento desmontar. Por eso he decidido no utilizar aquí imágenes pornográficas
en el sentido cotidiano de la palabra. Esta decisión no me priva sin embargo de
la posibilidad de revelar los códigos intrínsecos de la pornografía y su
diferencia del verdadero arte erótico, ya que los mismos códigos son
ampliamente usados también por todo tipo de publicidad. Esto no es ninguna
casualidad, sino una confirmación indirecta del hecho al que ya la misma
etimología del término ("descripción de la prostituta") nos remitía:
la pornografía no es un tema (en este caso la sexualidad) sino una relación
(la misma que la publicidad intenta establecer) entre un comprador y su objeto
Así que utilizaré dos imágenes que al parecer no tienen nada que ver
con la sexualidad, pero sí con el tema de estas Jornadas: "Los hombres
ante el reto de la igualdad".
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Esta primera imagen es una publicidad comercial de un biberón de la marca Nuk. |
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Esta
otra es una publicidad no comercial para promover una mayor participación
de los padres en la crianza de los niños. En las dos imágenes aparece el mismo motivo: un niño y un hombre juntos, pero en la primera con los códigos de la pornografía y en la segunda con los códigos del arte erótico. ¿Cuál es la diferencia?
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Observemos
primero el código primordial, el de la relación de los personajes entre ellos
mismos y con el espectador. En el primer anuncio el niño mira hacia mí, el
futuro comprador de Nuk, sin más contacto
que el meramente físico con el hombre que le sostiene en brazos. De
hecho para las finalidades de la publicidad tampoco hace falta más relación
entre ellos, ya que el personaje adulto en realidad no está en la imagen porque
tenga que ver con el niño, sino para sustentar el mensaje que no tiene que ver
con la relación de los dos, sino con el producto que se nos quiere vender. Para
ese mismo fin el hombre está proveído de otros tantos códigos adicionales,
también propios de la pornografía, en cuyo análisis entraré enseguida. En la
otra imagen los dos personajes están sumidos en una relación íntima entre
ellos, de la cual nosotros sólo somos testigos, al igual que en el dibujo de
Picasso. Precisamente porque el artista pasa de nosotros y se limita a reflejar
su propia vivencia y la de los personajes retratados por él, nosotros, los
espectadores, podemos también contactar con nuestras propias vivencias y
reflexiones.
Veamos
ahora los códigos adicionales o secundarios que tanto en la pornografía como
en la publicidad son potentes transmisores de las mentiras en las que ambas
cosas se basan y al mismo tiempo divulgan. En el primer anuncio el hombre está
desnudo, lo cual sirve dos funciones. Por una parte vincula el producto a vender
con ciertos cánones estéticos requeridos por la cultura dominante, en este
caso un cuerpo musculoso, tallado en muchas horas de gimnasio. Por otra parte la
desnudez de ambos personajes junto a la ausencia de cualquier entorno alrededor
de ellos priva la imagen de referencias que pueden interferir con la idealización
a través de la cual se intenta hacer la publicidad más sugerente. En la otra
imagen tanto el hombre como el niño son personas ordinarias, nada de modelos,
ambos vestidos de una manera que sugiere cotidianidad.
En
ambas publicidades los hombres adoptan una postura que en el lenguaje visual de
la publicidad (utilizada también por la pornografía) denota femineidad. En ese
lenguaje lo femenino no se define por atributos secundarios sexuales sino por la
dirección de la mirada. Cuando una persona enfoca su mirada dentro del marco de
la imagen, esta persona es "femenina" y representa los valores que el
patriarquismo quiere reservar para ese sexo: pasividad, introversión,
dependencia, sumisión, servicio. En el otro polo, la masculinidad está
representada por la mirada clavada en el espectador o en una meta todavía más
lejana fuera del marco de la imagen. Todos hemos aprendido, más o menos
inconscientes, que este tipo de mirada denota actividad, extroversión, dominación,
independencia o sea "masculinidad".
En
la segunda imagen la mirada del hombre adulto que está enfocada en el niño
recobra el significado original del gesto, el propio de cualquier persona que
está centrada en el objeto de su cuidado y cariño. Precisamente por esto tiene
la capacidad artística de invitarnos a reflexionar sobre cómo trascender
divisiones de labores desiguales que atribuyen tal función cuidadora a un sólo
género. El anuncio de Nuk despoja el gesto de sostener en brazos a un niño de
todo contenido personal y, con la finalidad de vendernos algo, simplemente juega
con la paradoja que se crea al retratar a una persona con semblantes que
convencionalmente denotan virilidad en una postura que tiene las connotaciones
clásicas de la Virgen. (Entre paréntesis: los creadores del anuncio de Nuk
parecen haber pensado hasta en aliviar la pequeña sensación de incomodidad que
pueda causar a hombres "reales" el hecho de que se les asemeje con
mujeres. Para ese fin se les regala un símbolo fálico disfrazado de biberón a
la derecha de la imagen.) Todos los elementos de la imagen son reales, sin
embargo nada en ella es verdad y el texto que la acompaña ("Ellos también
pueden dar el pecho" y "Porque Nuk imita la perfección del pecho de
la madre") hace todavía más patente que se trata de una mentira.
Aparte
de los códigos visuales que denotan masculino y femenino, o los que determinan
la relación de los personajes tanto entre ellos mismos como con el público, el
rasgo en el cual el anuncio de Nuk más se asemeja a la pornografía es esa
objetividad falsa en la imagen. Por eso podemos aprovecharlo para reconocer los
códigos y los mecanismos utilizados por la pornografía sin tener que recurrir
a imágenes explícitamente sexuales.
Mostrar
la vida sexual en imágenes explícitas estuvo de moda en la Escandinavia de los
años 70. Hoy sabemos que las parejas que han compartido estos "materiales
de información sexualmente explícitas" en la cama y que han comparado sus
resultados con los de laboratorio de Master y Johnson, no necesitaban menos
terapias sexuales y de pareja que las generaciones anteriores a la revolución
sexual. En la primera mitad de los años 80 se ha escrito más y más sobre cómo
el fenómeno de las "desganas sexuales" iba conquistando terreno. Las
mujeres que en la literatura pornográfica siempre quieren "eso", en
la realidad seguían deseando más cercanía y relación personal que sexo, y
los hombres tampoco podían mantener el ritmo dictado por sus colegas, descritos
en la misma literatura como atletas sexuales. Para lo que nadie ha encontrado
receta en la literatura del "nuevo desorden amoroso" era cómo
conversar de ello en la pareja. La imagen completamente falsa que la pornografía
ofrece a ambos sexos sobre el otro y sobre todo lo demás que está detrás de
la realidad corporal que se puede fotografiar, no ha hecho desaparecer, sino ha
elevado a un nivel más alto la inseguridad y ha aumentado con otros años de
luz la distancia entre hombres y mujeres.
Como
dicen Pascal Bruckner y Alain Finkielkraut en su libro "El nuevo desorden
amoroso": La pornografía es a la vez ilusión y reportaje, aventura para
adultos y documentación de la sexualidad. Y precisamente en esta función suya,
como ilustración pedante de la libido, es donde aparece el rasgo más horrendo
y menos criticado de la pornografía. Las escenas atrevidas no sólo transmiten
las fantasías sexuales de los hombres, sino que, gracias a su estilo
constatador, las hacen aparecer como una realidad objetiva. Es así como la
ficción ideada por los hombres ocupa la sexualidad, de la misma manera que un
ejército vencedor ocupa un país hostil, desterrando del mundo todo aquello que
sea femenino."
La
idea de la pornografía como "material informativo sexualmente explícito"
e educación sexual es falsa por varias razones. Una es que si lo fuera,
entonces una vez adquirida esta información, tendría que desaparecer. Además
la información sexual es necesaria sólo para evitar riesgos y no para la
sexualidad en sí. La pornografía se hace incompatible con la educación sexual
precisamente en ese punto. En el mundo de las fantasías masculinas enmarcadas
en la pornografía el tiempo ocurrido entre el surgimiento del deseo y la
satisfacción del mismo guarda una proporción inversa con la sensación de éxito.
De esta manera seguir instrucciones como "desenrollar el condón
cuidadosamente sobre el pene erecto antes de cualquier contacto con la
pareja" no sólo empeora el cronometraje, sino es superfluo, ya que en la
pornografía cosas como el SIDA existen como mucho como un elemento de morbo y
las mujeres quedan siempre deleitadas pero nunca embarazadas.
No,
la pornografía no es educación sexual, ni refleja las ganas sexuales de los
hombres, sino el proceso a través del cual los hombres aprenden el rol
masculino. El peso casi paralizador de los roles sexuales ha constituido una
carga para los intentos de relacionarse de ambos sexos en otras épocas también.
Las imágenes pornográficas sin embargo no sólo hacen exactos las partes y los
líquidos del cuerpo al aumentarlos por la cámara fotográfica de una manera
que excluye todo posible misterio, sino aumentan y proveen de contornos cada vez
más tajantes también los roles sexuales. El mundo de la pornografía está
habitado por hombres siempre activos que aunque estén completamente desnudos,
nunca revelan nada de sus entrañas (y aún menos alguno de sus aspectos débiles)
y por mujeres que aunque estén llevando a cabo una actividad febril física
siempre son pasivas porque no están realizando su propia sexualidad sino la
dictada por las fantasías masculinas. Por eso en este mundo todo es real y nada
es verdadero.
Es
como si los hombres que hayan tenido la pornografía como fuente de información
sobre su propia sexualidad y lo que es un hombre y una mujer, se vistieran de
una vestimenta mágica tejida de las imágenes y los textos pornográficos para
pasar a un mundo donde sus fantasías de deseos exagerados, dictados por el rol,
siempre se cumplen sin que tengan que enfrentarse con su propia inseguridad y
con las dificultades cotidianas de establecer y mantener relaciones. Las
personas que han formado su identidad sexual con la ayuda de la pornografía y
por eso no han aprendido la diferencia entre fantasía y realidad, tienen que
volver más tarde a la pornografía para reafirmarse en esa identidad. Por eso
muchos hombres viven una vida doble: en el mundo de las fantasías pornográficas
y en una relación personal con una mujer. Sin embargo, estos dos mundos nunca
se tocan, ya que la relación personal requiere del hombre que ponga al desnudo
su interior (incluso ante si mismo), mientras que la iconografía pornográfica
le sugiere que todo existe solamente fuera de él y que ser hombre no es una
vivencia que nace desde dentro, sino es una hazaña proyectada al mundo
exterior.
La
pornografía no sólo contrarresta los objetivos de educación sexual que
pretende cumplir. En lugar de ayudar a los hombres solitarios para encontrarse
sexualmente a sí mismos ha abierto también el camino a representaciones más y
más brutales del odio y de la violencia hacia las mujeres. De las películas
pornográficas "clásicas" a las películas "stunt" hay
menos trecho que lo que parece, incluso en el plano concreto. Un ejemplo: la película
"Garganta profunda" de 1972 fue la primera película porno que se
convirtió en un auténtico éxito de taquilla hasta en las salas de cine
"serio" del mundo entero, convirtiendo a una prostituta desconocida de
23 años llamada Linda Boreman en una pornodiva con el nombre artístico
de Linda Lovelace. Apenas diez años más tarde Linda Boreman logró
escaparse de su esposo y proxeneta Chuck Traynor y escribió su estremecedora
autobiografía "Ordeal" ("Ordalías"). En ella contó cómo
Chuck Traynor le ha estado forzando a prostituirse y a protagonizar películas
pornográficas a punta de pistola. La descabellada historia de "una mujer
con el clítoris en la garganta que escucha campanitas de iglesia con cada
orgasmo" era fingida por una mujer que vivía en un terror indescriptible
sin ninguna huella de gozo (y sin cobrar un duro) desde que conoció a Chuck
Traynor hasta que logró dejarle. Desde entonces y hasta su muerte en abril de
2002, ella actuaba como una ardiente activista contra la industria pornográfica,
pero esto nunca la llevó hasta la portada de la revista "Time", como
había ocurrido con "Garganta profunda". Lo más trágico de la
historia es que periódicos como EL PAÍS siguen refiriéndose a la película
como "un hito porno" y a ella como "la actriz porno que marcó la
libido de toda una generación". De esta manera se eterniza la humillación
total de una mujer por el proxeneta más exitoso de la historia: el fruto de su
terror resulta reflejar los deseos interiores de muchos otros hombres y sus
fantasías se convierten en realidad al ser aceptadas por otros hombres.
Por
todo eso considero que es muy importante que los hombres comiencen a dedicar
atención al tema de la pornografía. Es preciso retomar esa parte en su mundo
interior y en sus relaciones que la pornografía ha ocupado, desterrando de allí
no sólo lo femenino sino también la posibilidad de una masculinidad que es
capaz de relacionarse con el otro sexo. Estamos ante un tema parecido a la
violencia de género: las mujeres son víctimas de algo que se produce por
hombres, se consume por hombres y sirve para hombres (sin que por eso les
beneficie). Desmontarlo es trabajo de los hombres y no debemos delegar esa faena
a las mujeres.