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Soledad Murillo de la Vega[1] |
Trascripción literal de la Ponencia expuesta en las Jornadas sobre la Condición Masculina,
SER INDIVIDUO O ACATAR LOS
GENEROS.
No sé quién soy, pero sufro cuando
me deforman
Witold Gombrowicz
Las mujeres tenemos dos culpabilidades en casa y en el trabajo
(Presidenta de una cooperativa Textil)
I. ORIGEN
DEL CONCEPTO GENERO: DE LA GRAMATICA A LA EPISTEME
INTRODUCCION.
Quiero empezar
agradeciendo la oportunidad que se me ofrece de compartir una mesa donde los
varones conjugan su papel de expertos con su experiencia personal. Resulta espléndido
romper roles que fragmentan a uno de esa manera.
Por seguir queriendo,
quisiéra aclarar qué es el concepto género. Me van a permitir que detalle sus
distintas acepciones, en un afán de explicar qué queremos decir cuando
hablamos de género.
El uso del término género no como signo de una división sexual-biológica sino como
resultado de una interpretación cultural del sexo pertence a un campo de
reciente exploración. Perspectiva que será el hilo conductor de nuestra
investigación porque la misma pretende arrojar luz sobre la dimensión
socio-cultural que ha sustentado el género. Y porque no es díficil constatar
que los sujetos con desventajas en la distribución de oportunidades,
tratamiento y condiciones de trabajo, sean o no conscientes de su desigualdad,
son mayoritariamente de un género y no de otro.
Las sociedades han
designado un espacio doméstico bajo la
exclusiva responsabilidad de la mujer. Si bien la reproducción es por su
naturaleza un hecho femenino, el cuidado y mantenimiento, más allá de las
edades que lo requieren se trata de una designación, con el fin de ejercer un
reparto de responsabilidades, funciones, espacios y tiempos, muy acorde con la
especialización, fórmula que entraña la división como táctica de apropiación
del trabajo, del saber, del ejecutar.
La división sexual de
los órdenes público-privado es un marco válido para el análisis de las relaciones
de género en todas las sociedades. La exclusividad del espacio doméstico,
pero no como titular del mismo, de la gestión de lo cotidiano, no de las
decisiones (patrimonio, testamento, etc). Emergen como elementos de un mecanismo
de sometimiento que requiere explicarse a partir de las "ventajas" que
ha reportado esta dicotomía en la convulsiva evolución de la civilidad.
Las definiciones de género
señalan, en su forma elemental, un accidente gramatical que sirve para indicar
el sexo de las personas, además de atribuirles características comunes. La
diferencia sexual en el lenguaje queda simbolizada a través de esta categoría
gramatical. La escueta referencia utilizada por los diccionarios en sus
entradas, asocia sexo a género, con una fórmula común: "lo perteneciente
a lo masculino-femenino". Esta aséptica forma de expresarse que se apoya
en el género como forma de nombrar lo masculino y lo femenino esconde bajo su
apariencia neutral otros laberintos. El proceso semiótico-linguístico presenta
un "femenino" carente de cualidad autonónoma dado que está obligado
a derivarse del masculino -genérico
universal-. Su identificación de tipo complementario con la acepción masculina
le convierte sin remedio en una forma secundaria (VIOLI, Patrizia.[i]).
El Diccionario de Símbolos
de E. Cirlot se desprende del modelo gramatical y, sin saberlo, nos muestra las
esencias de género en su entrada "Mujer":
"Corresponde en la esfera antropológica, el principio pasivo de la
naturaleza. Aparece esencialmente en tres aspectos, como sirena, lamia o ser
mostruoso que encanta, divierte y aleja de la evolución, como madre, o Magna
Mater, relacionándose con el aspecto informe de las aguas y el incosciente" [ii]
No me detendre en las
designaciones gramaticales como un recurso neutro de concebir el género, nos
interesa destacar las corrientes que lo situán más allá del signo de una
división sexual-biológica. La prolífica bibliografía sobre el género no
podría recorrerse sin soportar importantes omisiones [iii],.
No se trata de elaborar el estado de la cuestión sobre un tema tan amplio como
debatido, únicamente tomaremos aquellos autores o corrientes que sirvan para
clarificar las líneas maestras del concepto género. Especialmente porque éste,
a diferencia del sexo biológico -indiscutible- es una interpretación cultural
del sexo -algo completamente revisable. La categoría género se ha imbricado en
tres etapas representativas.
l. SIMONE DE BEAUVOIR,
cuestiona abiertamente la "diferencia". Hombres y mujeres son
resultado de una construcción cultural, no biológica: "No se nace mujer,
se llega a serlo". Se derriba la supuesta inferioridad pero con la misma
firmeza la supuesta superioridad, no hay cabida para detractores o idealizadores
en el discurso de la igualdad.
2. La década de los años
60 y 70, período del descubrimiento de las desigualdades de raza, género y
clase, presencia el resurgimiento del movimiento feminista, que en esta fase
rescatará lo personal de lo particular, de lo íntimo para elevarlo al estatuto
de público: "Lo personal es político".
3. La enunciación del género
como tal se debe a GAYLE RUBIN (1975) [iv], que lo denomina
"sistema sexo-género" para explicar cómo este elmento es
determinante en las relaciones de parentesco y matrimonio. El sistema
"sexo-género" sirve para articular posiciones de partida, que
analizen y den respuesta a una serie de problemas sobre los cuales otras teorías
habían fracasado al no explicar globalmente los mecanismos de segregación
sexual, quedando fragmentadas, o combinadas con otras categorías como: sexo,
raza, clase.
Joan KELLY fue la primera
historiadora en hablar de "relaciones de género", asociado
anteriormente a raza y clase. Se inicia, de este modo, un polémico debate
durante los años ochenta, su mérito reside en dotar a la categoría de
identidad suficiente para no quedar reducida a variable explicativa de segundo
orden. Historiadora, también, Joan W. SCOTT situará el género como elemento
constitutivo de las relaciones sociales y como una manera primaria de significar
las relaciones de poder. Los objetivos se unen: crear un cuerpo teórico, una línea
de investigación con sentido instrumental para interpretar de manera global los
efectos de la construcción social que ha "opuesto" jerarquícamente
lo masculino y lo femenino.
Las esferas doméstica y
privada son fuente de discriminación.:
"Para combatir la opresión de la mujer ya no basta con exigir únicamente
la emancipación política y económica de éstas, también es necesario poner
en cuestión la relaciones psicosexuales de las esferas doméstica y privada
dentro de las que se desarrolla la vida de las mujeres, y a través de las
cuales se reproduce la identidad de género"
[v]
Para ROSALDO, como para
las principales corrientes de la antropología social, la aparición de lo
"público", como entidad asignadora de espacios, data del siglo XIX,
inicio de la separación del hogar y del trabajo. Nosotros hemos remontado su
origen, situando en el siglo XVII, haciendo coincidir los comienzos de tales prácticas
sistematizadoras con la aparición del Estado en cuyo transito
naturaleza-cultura se fijan las representaciones sociales de los atributos
ciudadanos, como las cualidades del sujeto de contrato social, sujeto masculino,
con capacidad para representar y ser representado en los fueros políticos, de
este modo los espacios público-privado se van gestando como el progresivo
protagonismo en la vida pública, cuyo carácter exclusivo de un género,
condena al otro género, por oposición, a la cláusula de la no participación.
ADVERTENCIAS
SOBRE LOS USOS DEL "GENERO"
A pesar de considerarla
una perspectiva "útil" para los propósitos de nuestra investigación,
la misma utilidad que en el campo de la historia le concede J. W. SCOTT [vi],
no se pueden obviar la magnitud de los problemas con los que se enfrenta el
"género" como categoría :
"Es una forma de referirse a los orígenes exclusivamente sociales
de las identidades subjetivas de hombres y mujeres...una categoría social
impuesta sobre un cuerpo sexuado...El género es un tema nuevo, un nuevo
departamento de investigación histórica, pero carece de capacidad analítica
para enfrentar (y cambiar) los paradigmas históricos existentes" [vii]
Para SCOTT, el desafio
radica en conciliar la teoría de género con las reglas históricas, el
sometimiento al contexto y la puntualidad cronológica, los resultados no han
conseguido los objetivos, o son estudios "tan descriptivos que la teoría
se oculta, o se encaja <forzosamente> en teorías universales".
La tentación de inferir
lo que se desea confirmar es díficil de esquivar en cualquier investigación
que se preste a seguir un esquema teórico. De igual forma, atenerse en sentido
estricto a la búsqueda de conceptos con "idéntico" sentido puede
generar rigidezes o cortapisas innecesarias. Por recurrir a un ejemplo, cuando
SCOTT J.W señala como uno de los principales obstáculos para la instrumentación
de la categoría género y que ésta no haya sido nombrada como tal hasta
mediados del siglo XX, puesto que anteriormente los paradigmas históricos no
reflejan en sus discursos tal concepto, [viii]
está incidiendo en una advertencia fundamental: no yustaponer una teoría con
pretensiones de validez a-histórica y recoger atentamente los signos que
deparan cada formación social; pero añade una condición: únicamente aquellos
que se ajusten a los contenidos de las categorías teóricas actuales podrán
ser interpretados como tales.
Al atenerse a esta pauta
se corre el riesgo de excluir la mayor parte de acontecimientos capaces de
explicar dispositivos de poder en determinadas prácticas sociales. Creemos que,
a pesar de que no se nombraba el género como tal, la construcción cultural que
le determina cuenta con los materiales precisos para su formación. En el siglo
XVII se perfilan evidencias sobre conceptos estrechamente conectados a la
categoría género: la ciudanía como atributo restringido, y en el siglo XVIII:
la expulsión de la "razón", o la transformación de la familia como modelo
de gobierno [ix]
(la familia suministra datos al Estado: asentamientos, epidemias, movilidad
laboral, natalidad) y posteriormente como instrumento
de gobierno (con el aumento de la población, se configura en segmento, en foco
de gubernabilidad: prescripciones morales, sanitarias, jurídicas), elementos de
secundarización de espacios y sujetos. No se nombra, se actúa, del mismo modo
que la acepción "fuerza de trabajo" no se inicia a partir de su
definición marxista del trabajo asalariado por cuenta ajena.
En otro ámbito de análisis,
como el proceso productivo, también son detectables deficiencias en la
perspectiva de "género". Para la economista Veronica BEECHEY [x],
no hay teoría capaz de mostrar la construcción del género dentro del sistema
productivo. BEECHEY constata que su utilización dentro de la esfera de la
producción es todavía rudimentaria y se centra, sobre todo, en señalar las
diferencias entre hombres y mujeres.
Tres líneas de análisis
pueden subsanar la limitación de su instrumentación: La revisión del concepto
cualificación, detectar diferentes formas de "gobernar" dependiendido
del género de los que producen y relacionar el proceso de aprendizaje con el
mercado primario de trabajo.
El problema de
rigurosidad que perciben las autoras, desde
diferentes intereses y disciplinas con respecto a la instrumentación de
la categoría "género", nos sirve de pretexto para exponer el uso que
de esta perspectiva hemos dado en nuestro análisis.
Siguiendo el hilo de sus
reflexiones, se perfilarían dos posibilidades, por un lado continuar la
tendencia que "expurga" los paradigmas históricos en busca de
indicios y sospechosas referencias para deducir posibles sesgos discriminativos
(lo que SCOTT denomina estudios descriptivos) o bien, exponer un inventario de
diferencias (de lo que BEECHEY acusa). Una tercera via supone conocer y
adentrarse en la propia lógica de la corriente de pensamiento sobre el cual se
construye un paradigma para someterse a la trama de su propia línea de
argumentación. Así, por ejemplo, el "entendimiento contractual"
marca la filosofía política del siglo XVII, en las propias reglas del Contrato
Social hallamos materiales clave para nuestro análisis: l. Una condición de
participación en el pacto social consiste en disponer de propiedad privada, 2.
Para fundar una sociedad civil se ha de "ceder" un poder individual en
beneficio de un poder social. (¿Qué sujetos se adaptan a estos
requerimientos?).
Si nos centramos en la
producción, la línea argumentativa se ajustará a los mismos parámetros,
revisar la validez de conceptos económicos, no con la intención de añadir
variables comparativas, sino de introducirse en sus propias formulaciones para
conocer su alcance y contenido. De este modo, ante la categoría "cualificación"
, no reflejaremos su indicencia en el índice de participación relativa de
hombres y mujeres en el mercado de trabajo, serán sus definiciones, la formación
histórica de su significado, su vinculación a un tipo de actividad y no a
otras, sobre lo que obtendremos el cuerpo de datos más relevante.
Esencialmente nos
interesa saber "QUIENES" son los destinatarios de los esquemas,
condiciones, juicios y valoraciones que subyacen en las principales concepciones
que han intervenido en delimitar dos espacios (público/privado -doméstico), y
con su bifurcación, dos asignaciones sobre su ocupación por derecho propio.
Veremos qué efectos registra esta oposición en el espacio público contemporáneo,
definido especialmente por un mercado de trabajo cambiante, y cuya maxiva
participación parece borrar las diferencias entre dos espacios muy perfilados.
En síntesis y
recapitulando, tomaremos el concepto privado para desacreditar su universalidad
en base a su economía del tiempo y la disposición de sí mismo, en sentido más
cualitativo del término, la recreación de una intimidad en singular.
Destacaremos la
inoperancia de su uso en relación a conocer "la vida privada" de las
mujeres, específicamente en relación a la esfera pública (la integración en
el mundo laboral), y apuntaremos que el principio de igualdad puede fosilizarse
como ideal regulativo en cualquier texto o recomendación sobre su aplicación,
mientras la distribución de espacios permanezca inalterable y provista de una
racionalidad técnica, económica o social.
Ni una se cultiva a sí
misma por habitar un espacio configurado a tal fin, según rezan las
definiciones más precisas al respecto, ni la reproducción biológica marca -en
exclusiva- la actividad doméstica, sin cargas familiares se ejerce con igual
destreza todo aquello que requiere la creación de un espacio, su
confortabilidad, mantenimiento, y administración ecónomica, donando un tiempo
a aquel o aquellos que lo comparten, de cuya sustración obtienen el tiempo
excedente para su realización privada.
DEL
GENERO A LA CATEGORIA INDIVIDUO
Si
bien la categoría nos ha servido para entender discriminaciones, creo que ya es
el momento de atreverse a dar pasos más ambiciosos. A desterrar lo que de
sujeción, ataduras hay en las pautas de género masculinas y femeninas, y
obstinarse en ser sobre todo, uno mismo, en otras palabras un individuo más
singularizado, menos pendiente de cumplir los mandatos de género.
Siempre
me he preguntado ¿porqué nos parecemos todos tanto, los hombres entre ellos y
las mujeres entre nosotras? Qué nos hace partir de semejanzas y porqué resulta
tan caro (los peajes del cambio) "salirse" del guión.
Cómo hemos interiorizado formas de expresión, estilos de vida, aspiraciones tan masculinas o tan femeninas. Quiero que me acompañen en el recorrido de una teoría que puede ofrecernos puntos clave para entender de qué hablamos cuando lo hacemos de género: la teoria de los roles. Pero a esta teoría no la vamos a dejar sola, sino que la vamos a contestar desde la teoría del individualismo. Por una parte, la homogeneidad, y por otra la idisiosincrasia. Nada extraño si pensamos cómo es la biografía de cada uno y de cada una.
LOS
ROLES: IDENTIDAD Y CREDENCIAL [2]
La
sociología del conocimiento parte de una premisa: que la realidad se construye,
es decir, que la sociedad hay que interpretarla dentro de un momento histórico,
de unas condiciones sociales determinadas. Y es, precisamente, bajo este esquema
temporal como se despliegan todas las obligciones y expectativas que contienen
los roles sociales. Lo que era condenable puede, en un futuro, ser admitido,
porque las circunstancias han asimilado cambios que permiten nuevas
definiciones.
¿Cómo
se conforman los roles? Peter Berger y Thomas
Luckmann son unos pioneros en complicar el mapa, y mostrar que no sólo se
representa un papel, sino que funcionan como códigos de conocimiento (decir
estoy casada, es una información escriturada de antemano en el ámbito social),
además de proveerse de buenas reglas de actuación (estar casada, conlleva una
serie de limitaciones que se saben determinadas exteriormente).
Convertir
en ley, lo qe podría ser pura arbitrariedad (cada “una” estaría casada a
“su” modo) precisa de unos buenos ingredientes. Para empezar los roles están
provistos de elementos tan múltiples como certeros, porque para fijar una semejanza en
el desempeño de los papeles que juegan las mujeres (y los hombres) han de
cuidarse hasta los últimos detalles.
Primero,
debe aprenderse a muy temprana edad. La primera instancia es una institución
como la familia, en la cual se asimilan los significados sociales, en otras
palabras, lo que el discurso social recomienda para comportarse como niños y niñas.
No sólo a través del lenguaje, sino de actos cotidianos, como los hábitos,
que les introduce en una articulación de espacio y tiempo a penas perceptible
en las rutinas diarias.
Segundo,
debe reproducirse sus mecanismos, repetirlos y extenderlos (la teoría de la
reproducción social profundiza en estos aspectos). Las tácticas son
impecables, porque repitiendo las
mismas acciones no se regitra ninguna sensación de aprendizaje, se eliminan las
dificultades, puesto que de existir alguna recomendación en el mundo del hogar,
ésta siempre se remite a un hecho concreto: “no
hagas”, “no toques”, “ten cuidado”; pero en ningún caso se sabe
que se están interiorizando futuras formas de comportamiento.
Este dispositivo de internalización precisa de una observación en un
contexto afectivo.
Niñas
y niños presencian en el hogar una distribución de tareas y de conductas que
no son neutras, sino que están generizadas. Observan en la madre (y la red de
mujeres de su habitat) organizar un espacio íntimo [3],
como responsables del mismo, aunque tengan otras actividades de tipo remunerado.
Mientras que vivencian la misma dosis de responsabilidad en el padre (u otros
varones) en un espacio situado “fuera” del recinto doméstico: el espacio
laboral. Nos encontramos con una severa división de responsabilidades, que al
ser “sexuadas”, se ha denominado división sexual del trabajo.
Tercero,
una pasiva interiorización debe incluir todo el universo simbólico, es decir,
el mundo de las las imágenes, lo implícito. Lo simbólico se activa en los
propios juegos y objetos que los contienen, cuentan con extraordinarias
representaciones, donde el sujeto participa directamente. Cualquier cuadrilatero
puede ser un fuerte, en una cocinita se preparan alimentos invisibles. A esta
simbolización se suman las reglas y los contenidos del juego.
Respecto
a la niña se registra una redundancia, como juego de
simulación del espacio doméstico, cuyos elementos elige (y se le
facilitan). En el capítulo de juguetes entran utensilios de uso habitual en el
hogar, o de belleza personal, muñecos filiales cada vez más bebés, incluso
con funciones fisiológicas incorporadas. El cuidado de los otros,
con todos sus “complementos” (cochecitos,
casitas, cunitas) que recrean los vínculos de una niña que aprenden a jugar a
las mamás prematuramente.
Nosotros
pensamos que la domesticidad es una actitud, no sólo se ciñe a la suma de
tareas y la responsabilidad que conlleva, sino que se manifiesta como una predisposición
para priorizar las demandas ajenas, frente a las propias. Una receta
contraria al cuidado de sí misma, a la ganancia que se obtiene de la apropiación
de sí. Ingredienes difíciles de hallar en las ofertas de juegos “para niños”,
centrados en la inventiva, el cálculo,
la asimilación del riesgo, o bien, el
“como sí” de un conflicto, presupuestos que contemplan los diseños de los
juegos orientados a la demanda infantil masculina. El niño establece una analogía
con las reglas del mundo público, cuyos modelos de interacción que, para
bien o a su pesar, le dotan de otros recursos.
Nuestra
primera socialización no cuenta con mensajes explícitos. La cotidianidad no se
piensa se actúa, y aquí reside su fuerza porque ninguna persona congela su
vida diaria para reflexionar sobre sus acciones, simplemente sigue las pautas
aprendidas. En virtud de este mecanismo, se llega a creer que lo que sucede
todos los días, adquiere el rango de “natural”: lo que debe ser. Gracias a
esta transacción, lo que hemos interiorizado,
se objetiva, lo convertirnos en social, como si estos hechos no fueran
producto de la actividad humana, sino totalmente externos a nosotros, algo que
asumimos tal como se nos da.
El
significado de responsabilidad doméstica, no se autopercibe como fruto de una
división artificial, al internalizarse logra convertirse en un cometido
ineludible. Las mujeres pagan un fuerte tributo cuando sienten que “delegan”
sus responsabilidades, porque el sentimiento de culpa no tarda en aparecer,
seguido de una sensación de extrañeza, de perplejidad por no adaptarse a “lo
que otras mujeres hacen”. Una incertidumbre que no se resuelve apelando a los
condicionamientos sociales, sino que se inscribe en el estrecho marco de lo
personal, como si fuera un déficit individual, y no una poderosa pauta
estructural, de ahí el malestar que se genera.
Si
bien los roles no se eligen, es cierto que a medida que la biografía del sujeto
gana terreno, se exponen a sufrir algunas modificaciones. Pero este paso no está
exento de problemas. Para empezar, es necesario acreditar la propia experiencia,
no depreciar lo que se siente esté, o no ,conforme al debido cumplimiento del
rol femenino. Pero el mecanismo que conforma el rol es sumamente sofisticado,
porque mantienen un fuerte componente normativo, se rigen por reglas de actuación,
este hecho implica que “separarse”
de sus máximas, expone al sujeto a un primer acto de deslealtad. En esta
situación la tensón está servida: entre los mandatos de rol y sacar un mejor
rendimiento de lo personal, potenciar lo que es de cada una.
Sin embargo, no podemos escapar a una pregunta ineludible ¿cómo puede articularse lo biográfico, autoafirmarse, cuando el ideal del amor propio ha sido vinculado a un rasgo egoísta..., en el caso de las mujeres?
SER
SUJETO O LA LEALTAD AL GENERO
Definida
interaccionalmente, la lealtad supone la existencia de acatamiento ante las
expectativas del grupo (la familia u otros sujetos) y del macrogrupo (el orden
social). Frente a estas expectativas un sujeto adquiere el compromiso de asumir
determidadas actitudes para cumplir debidamente los mandatos de rol, a cambio el
grupo le reconoce, le otorga el mayor de los sentidos: la identidad.
De
esta forma el rol se transforma en una señal de (re)conocimiento, puesto que si
lo ejerzo según lo recomendado, garantizo la legitimación de su desempeño en
otras mujeres y, al mismo tiempo, “me” garantizo socialmente ante los demás,
puesto que me identifican en función de “mi” rol. El sistema familiar, como
otras instituciones sociales, son por naturaleza incompatibles con el sentido de
propiedad individual.
Ser
sujeto, es conservar lo particular, lo específico, lo singular, para negociar
–no incorporar y acatar- los valores socialmente aceptados po todos. Ser
sujeto, decía Agnes Heller, necesita producir un yo, para socializarse en
virtud de su particularidad. Actuar desde
la propia biografía representa validarse en un espacio . ¿Pero quién
estima, valora el espacio? El orden social ha marcado una jerarquía con los
espacios, público, privado y doméstico. El esquema es sencillo, se marca un
referente predominante – lo público, lo político, lo laboral- lo objetiva
(dicho de otra manera: tecnifica su valor) y lo pone en circulación con la
misma estrategia seguida por los roles: apelando a la ciencia, a la naturaleza,
al sistema de expertos (encuadrado en el momento histórico correspondente).
Todo vale para no cuestionar la arficialidad de este escenario.
La
lealtad al género completa la identidad de rol femenino.
La naturaleza de género cristaliza en los discursos, en los enunciados.
Lo femenino se ha poblado de signos que denotan su esencia: la veneración, la
obediencia, la debilidad, la dulzura, la revalorizada capacidad de sentir la
alteridad donde el sentido del “otro” está en el origen de todas las
pprioridades. Todos estos elementos son transversales a la activación de roles:
esposas, hijas, compañeras, madres, en un extenso repertorio de papeles.
Si
este es el escenario, habría que pensar en qué paradoja caen las mujeres
cuando el amor propio entra como sinónimo de orgullo y vanidad, precisión que
no afecta a la población masculina. Al hablar de individualismo, en ningún
modo se instaura el confortable ideal del trono infantil de la autocomplacencia.
De profundizar en su origen, ha sido una virtud griega, ilustrada, del
utilitarismo del XIX, hasta la esencia de las democracias, siempre ligado a un
principio moral que enfatiza no despreciar lo que sólo a uno le concierne. El
individualismo ha sido tratado como una excelencia, como una virtud ética
porque el reconocimiento de los demás precisa de una previa acotación de lo
propio. Fernando Savater, llega más lejos y lo relaciona con el altruirmo,
porque sólo si uno se toma en cuenta no se transforma en una caridad mutilante
para los demás (que,curiosamente, siempre son los que menos “se” tienen).
Decir
esto no es una recomendación moral, es un requisito de integración en una
comunidad más global, En el siglo XVII, ya el primer texto constitutivo del
Estado (El levitham) se recordaban los
beneficios de la propiedad de sí, como un fundamento del pacto social. Si bien
ha pasado mucho tiempo desde que el filósofo Hobbes, ideara el tránsito de la
Edad Media a la Edad Moderna, es cierto que en el caso de las mujeres, tomarse
en cuenta, en el doble sentido de autocuidado y autoreferencia todavía se
desliza dentro de un esquema de culto hacia uno mismo, cercano a la onmipotencia
o el narcisismo. Manifestar abiertamente el trato que deseo para conmigo misma
va acompañado de una sensación de egoísmo
culpabilizador.
Sin
embargo, las mujeres cuentan con el significante “sus” como dispotivico de
indentificación, califican como propio la práctica de funciones de cuidado,
otorgándoe el estatutode valores, o cualidades que sólo la mujer puede
sustentar, como si de atributos o dones se tratase. Dentro de la estructura
matrimonial, la misión de esposa, cuyo rol socialera cuidar delmarido, jutno
con el sentimientode pertenencia de los hijos, al rutular, ella misma, como
“ayudas” las tareas que esta área asume cualquiera que no sea la
responsable del hogar.
Para
terminar, anotar que en el informe los datos de las mujeres encuestadas denotan
partes en tensión y en equilibrio. Sus aspiraciones individuales –espacio
privado-, como sujetos que son, con la demanda del ejercicio de su rol,
especialmente en aquellos espacios donde se les categoriza como responsables
–el espacio doméstico-, hasta en aquelos ámbitos donde resulta inteligible
que pueda existir otros espacios que no se muevan por el rendimiento monetario
–el espacio laboral- .
Des-aprender, de-construir, en una estructura social que ensalza y sanciona, de acuerdo a normas de rol, no es tarea fácil, aún así, resulta importante transgredir las lealtades de rol, tener consciencia de la sujeción que conlleva atenerse a los referentes dados, así como los beneficios que reporta esta acomodación.
[1] Profesora Titular de Sociología de la Universidad de Salamanca, smurillo@usal.es
[2] Estas reflexiones forman parte del Estudio Las Relaciones de Poder entre Hombres y Mujeres, realizado a instancias de la Federación de Mujeres Progresistas. Publicado por el Ministerio de Asuntos Sociales. En Madrid. 2001.
[i]. VIOLI, Patrizia. El infinito singular. Ed. Cátedra. Col. Feminismos. Madrid, l99l.
[ii]. CIRLOT, Juan Eduardo. Diccionario de Simbolos. Ed. Labor. Barcelona, l985.
[iii]. No se recogen aquellas teorías sobre el género como la de N. CHODOROV, que describe un proceso de transición edípica distinto entre el niño y la niña, con importantes consecuencias sobre la autoestima, o la aportación de C. GILLIGAN, sobre la diferencia de género en función del logro y de la imagen de sí mismos, forman parte de la abundante referencia al psicoanálisis o las teorías del valor moral, resumidas bajo la idea de "cultura de mujeres" que cuenta con tendencias postestructuralistas francesas y analisis de las relaciones de objeto. Para una visión de la incidencia del género en los planteamientos freudianos ver.: DIO BLEICHMAR, E. El feminismo espontáneo de la histeria. Ed. S. XXI. Madrid, l99l. que une la síntesis al factor género.
[iv]. RUBYN, Gayle. "The traffic in women: notes on the "political economy" of sex", en REITER, R. (ed). Toward and Anthropology of Women. p: l57-210. N. York, Monthly Review Press. l975.
[v]. BENHABIB, Sheyla. "El otro generalizado y el otro concreto" en BENHABIB, S y CORNELL, D. Teoría feminista y Teoría Crítica. Edicions Alfons el Magnanim. Valencia. l990. pág. l48.
[vi]. SCOTT, Joan W. (1986). "El género: útil para el análisis histórico", en AMELANG, S. J. y NASH, Mary (eds). Historia y Género: Las mujeres en la Europa Moderna y Contemporánea. Edicions Alfons el Magnánim. Institució Valenciana d'Estudis i Investigació. Valencia l990. pp. 23-56.
[vii]. SCOTT, J.W. op. cit. pp. 28-29.
[viii]. "Esta ausente del importante conjunto de teorías sociales formuladas desde el siglo XVIII...aun reconociendo la "cuestión mujer"...en ningún caso hizo su aparición como forma de hablar de los sistemas de relaciones sociales o sexuales". SCOTT, J. W. op. cit. pp. 42
[ix]. FOUCAULT, Michel. "La gubernamentalidad". En FOUCAULT, Michel et al. Espacios de Poder, Ed. la Piqueta. Madrid, l981. pp. 9-26.
[x]. BEECHEY, Veronica. "Rethinking the definition of work". En JENSON, Jane et al. Feminization of Labour Force. Paradoxes and promises. Polity Press, Basick Blackwell. Londres, l988.