HOMBRES POR LA IGUALDAD
EXCMO. AYUNTAMIENTO DE JEREZ   DELEGACION DE SALUD Y GENERO

TERESA JIMÉNEZ VILCHES

Trascripción literal de la Ponencia expuesta en las Jornadas sobre la Condición Masculina,

Buenas tardes. En primer lugar quiero agradecer a la Delegación de Salud y Género del Ayto. de Jerez la invitación para estar presente y participar en esta mesa, pero también quiero aprovechar el marco de estas jornadas para transmitir también mi felicitación más sincera a Antonia Asencio, su responsable, y por supuesto a todas las personas que habéis contribuido a que estas jornadas sean una realidad.

Me dicen que me presente muy brevemente. En trazos breves os diré que soy licenciada en Filosofía y Letras y de profesión soy profesora de Enseñanza Secundaria, que comenzé mi actividad o participación política en el ámbito que yo creo que es una escuela, la escuela real de política que es el ámbito municipal, un Ayuntamiento pequeñito de la Alpujarra granadina, de donde yo soy, de Lanjarón y que después de eso he tenido otras experiencias, en la Delegación Provincial de Educación muy, muy breve en el Parlamento de Andalucía y ahora, desde mayo del año pasado en el Instituto Andaluz de la Mujer.

Por centrarnos un poco en la cuestión que planteábamos en la mesa redonda, a mí me gustaría comenzar a compartir una afirmación que creo que es muy elemental, pero no por ello menos importante y es que vivimos en una sociedad en transición. Una sociedad en la que yo creo que conviene recordar, al menos con dos o tres pinceladas muy breves, cuales son los antecedentes de ese momento de transición, de esa sociedad de transición para saber también cuales son las razones que hacen que esta transición esté siendo durante demasiado tiempo una transición problemática.

Decir en primer lugar que yo creo que es una transición que en muy poquito tiempo ha desestabilizado un sistema, el sistema sexo-género tal y como estaba establecido y nos explicaba magníficamente Ana de Miguel, pues casi desde la noche de los tiempos. Una desestabilización que exige de hombres y mujeres un replanteamiento cotidiano de cual es nuestra condición. Hace unos días, a principios del mes de octubre recordábamos una batalla, una auténtica batalla campal, como fue la que tuvo que librar Clara Campoamor para hacer posible el derecho de las mujeres a votar. Yo no quiero entrar en los pormenores de aquella batalla, pero si los analizásemos hoy, podrían parecer casi una antología del subrealismo, porque subrealista eran las afirmaciones que hacían los diputados a la hora de valorar la competencia femenina. Citaré algunos, como “inmadurez intelectual”, “falta congénita de juicio de las mujeres”, “el confinamiento de las mujeres a los ámbitos naturales, como pueden ser el hogar, el convento y como mucho la beneficencia”, eran entonces lo que constituían para nosotras el orden natural. Un orden natural que a lo largo del siglo XX se ha mantenido, aunque hemos ido descubriendo evidentemente su absoluta y radical artificialidad.

El gesto de Clara Campoamor hace 70 años no fue ni muchísimo menos un gesto aislado, sino no habría sido siquiera posible. No fue un gesto aislado, sino que ella intentó hacer realidad unas consignas que habían sido puestas por el tapete, como también nos explicaba magníficamente Ana, por la razón ilustrada y también por la Revolución Francesa en una apelación, en una llamada a la igualdad universal. Pero una igualdad universal que no era tal, porque en realidad la igualdad universal se traducía únicamente en la igualdad entre los hombres, nunca en la igualdad entre hombres y mujeres, siendo nosotras el término no marcado.

Desde entonces, y me voy a referir al marco occidental, yo creo que se han sucedido en nuestras vidas acontecimientos muy profundos, muy variados, de diversa índole, acontecimientos sociales y económicos, que han propiciado el acceso de las mujeres a la educación, al trabajo, y simultáneamente han propiciado la construcción de un orden jurídico que recoge, al menos sobre el papel, al menos en la teoría, el derecho a la igualdad. En menos de medio siglo, (en este último medio siglo) creo que se han producido más cambios en la dialéctica de los sexos, que en todo los milenios anteriores, porque las mujeres éramos desde la cuna futuras esposas, garantes de la procreación, administradoras del hogar, depositarias del orden religioso, depositarias también de la moral sexual, esposas abnegadas de un hombre que ejercía sobre nosotras muy diversos modelos de autoridad, toda la autoridad que le concedía un sistema organizado desde el patriarcado.

Pero en menos de 50 años, en los últimos 50 años las mujeres hemos pasado a ser también desde la cuna proyectos de mujeres bien cualificadas, proyectos de mujeres económicamente independientes, gestoras de una sexualidad libre de ataduras, madres voluntarias, compañeras de un hombre, creemos, que en condiciones de paridad de criterios y de poderes, es decir, mujeres que hemos construido nuestra vida en un régimen, al menos teórico de igualdad. Pero ante la rapidez con que todo este proceso se ha desarrollado, la pregunta que se impone es ¿cómo hemos respondido hombres y mujeres a esa tan rápida revolución de las identidades de género y a la nueva dialéctica que han traído consigo?

Yo creo que hemos respondido con extraordinaria agilidad, sobre todo en los esquemas más inmediatos de la organización social. Yo creo que vivimos en una sociedad en la que el modelo de familia patriarcal está siendo sustituido a una velocidad vertiginosa por una gran variedad de fórmulas de relación y de convivencia, muchas de ellas muy novedosas y que creo y espero que sean mucho más igualitarias, pero creo también que esa rápida evolución en las estructuras económicas y sociales no ha ido acompañada de una recomposición de los espacios del poder, de una recomposición de los escenarios ideológicos y de una recomposición de los códigos simbólicos, que son por cierto, tres realidades que no viven separadas sino que forman parte de las inercias tremendas y de la tendencia también a la autoconservación de la cultura patriarcal.

Por poner algunos ejemplos que puedan propiciar el debate, en primer lugar:

-         El acceso a las mujeres a la educación y al empleo, no ha venido acompañado de un acceso paralelo a los ámbitos de decisión y a los ámbitos de participación y todavía seguimos hablando y seguimos sintiendo techos de cristal en la vida académica, en la vida cultural, en el mundo del trabajo, de la empresa y también por supuesto en la esfera política.

-         En segundo lugar, la codificación estética de la imagen femenina, es decir, nuestra imagen en los medios de comunicación sigue siendo absolutamente retrógrada y se mueve en esquemas muy tradicionales que son los del amor romántico o el esquema de lo corporal-sexual. Por su parte, yo creo que la codificación estética masculina sigue primando una posición dominante tanto en la esfera económica como en los múltiples aspectos de la esfera intelectual y social, donde estamos empezando a equipararnos, pero empezando a equipararnos siempre por debajo, estamos empezando a ver hombres que hacen la colada, que miman a un bebé, estamos empezando a ver modelos de hombres, si me permitís la expresión, “hombres enrollados” que empiezan a recuperar su status social demostrando un cierto lado que también podíamos clasificar de femenino, tradicionalmente.

-         En tercer lugar, yo creo que las propias dinámicas de rol de las familias siguen preservando papeles consagrados a la mujer, como pueden ser el de ama de casa y papeles tradicionales consagrados al hombre como ser el soporte económico de la familia y casi casi invitado a la organización del hogar.

-         Y en cuarto lugar, y no quisiera poner yo el colofón trágico a esta pequeña relación, yo creo que la violencia de género sigue siendo el modo más salvaje de pervivencia de una estructura de dominio en la que hemos sido el segundo sexo, una propiedad subgénero del varón entre otras cuestiones.

Yo creo que estos cuatro ejemplos, que tienen además una evidencia estadística enorme, suponen o son demostraciones de que ese reajuste de las condiciones masculinas y femeninas, los imperativos de la igualdad son todavía una tarea en curso, es decir, no es una tarea que esté ni muchísimo menos cerrada. Esa igualdad, yo creo que necesita, y estas jornadas lo plantean con muchísimo acierto además, una redefinición de la femineidad, una redefinición de la masculinidad que vaya mucho más allá de la inercia de los estereotipos. Y creo que los responsables máximos de esta tarea común, además de los medios de comunicación, pues somos los hombres y mujeres, los padres y las madres, todas las personas que se dedican a la educación, porque desde esos ámbitos podemos incidir en una construcción de la identidad femenina y de la identidad masculina que esté basada en primer lugar en el respeto al otro y en segundo lugar en el reparto proporcional tanto de méritos como de obligaciones y por supuesto de poderes.

La receta desde mi punto de vista nunca puede estar basada en la confrontación. Yo creo que se han pasado ya los tiempos de la confrontación cerrada, yo creo que la receta tiene que basarse en un regateo de opiniones, tiene que basarse en el diálogo y en la confianza que no significa no estar atentas y atentos a los planteamientos que se ponen encima de la mesa. Yo creo que tanto hombres como mujeres estamos viviendo el desconcierto que ha traído este cambio rápido y hombres y mujeres somos copartícipes en la creación de un nuevo modelo, de una nueva tradición que tiene que basarse siempre en el reconocimiento de la igualdad pero también en el respeto a la diferencia. Por tanto la solución podría estar en establecer un nuevo pacto social y establecerlo desde la igualdad.

¿Qué saldo de identidad arrojará este esfuerzo que tenemos que hacer hombres y mujeres?. Pues yo creo que arrojará un saldo que no es otro que el de la emergencia  del valor persona muy por encima de las identidades sexuales que cada uno y cada uno tengamos.

Gracias.