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Algunas reflexiones y descripciones sobre el trabajo de Hombres contra la Violencia en Nicaragua, por Rubén Reyes Jirón. Puntos de Encuentro y Asociación de Hombres contra la Violencia Encuentro Centroamericano acerca de las masculinidades |
El punto de partida de esta
reflexión es que me identifico como un hombre contra la violencia. Con esto
quiero decir que pertenezco a un
colectivo de hombres que se ha comprometido a no ejerce violencia en sus
relaciones cotidianas, particularmente nuestras relaciones con mujeres. Algunos
de nosotros han sido violentos, otros no, pero todos tenemos en común que
nacimos y crecimos en una sociedad machista y patriarcal, razón por la cual, la
mayor parte de los varones estamos en riesgo de ejercer violencia alguna vez en
nuestra vida.
En un
estudio hecho en León con una muestra de 448 mujeres, el 60 % reportó haber
recibido algún tipo de abuso físico, psicológico o sexual por lo menos una vez
en su vida. El tipo de violencia más común es el abuso conyugal con 75% de los
casos de violencia mencionados. El 39% del total de mujeres maltratadas reportó
haber sufrido maltrato físico de parte de su compañero o novio alguna vez en su
vida.
Ahora,
esto para mí no son solamente cifras, yo fui testigo de maltrato en mi propia
familia. Yo vi a mi padre maltratar a mi madre cuando yo tenia 11 años. También
me tocó apoyar a un hermano que maltrató a su compañera el proceso de
separación.
Estas
experiencias con mi familia me han ayudado a ver que el maltrato a las mujeres,
no es algo que solo hacen los hombres malos, sino algo que cualquier hombre
puede hacer en determinadas circunstancias en su vida. Y es que mientras vivamos
en una cultura que dicta y justifica el maltrato hacia las mujeres, el ejercer
la violencia para nosotros los hombres es siempre una tentación.
Mientras
exista la desigualdad social entre hombres y mujeres, los varones siempre vamos
a poder hacer uso de la violencia con menor o mayor impunidad. Por esto es
necesario transformar todas las instituciones sociales que prescriben la
desigualdad. También necesitamos deshacernos de los prejuicios de supremacía de
los hombres.
La
violencia también tiene que ver con el hecho de que los hombres no nos
permitimos expresar dolor o miedo. Un hombre tiene que ser insensible, y si hay
un sentimiento que sí le esta permitido es el enojo. Y la única manera en que
hemos aprendido a expresar el enojo es a través de la violencia. El estereotipo
de héroes que aprendemos es el héroe que recibe golpes fuertes, pero lo único
que hace él, es sacudirse y responderle a su adversario con mayor ira. En un país que ha atravesado por varias
guerras y numerosos desastres naturales, el hecho que los hombres no sepamos
expresar nuestros sentimientos de dolor y enojo de una forma no violenta es algo
muy peligroso.
La
mayor parte de los hombres no ejercen la violencia de forma desalmada, sino que
actúan violentamente para compensar los sentimientos de impotencia y seguridad
que le producen las situaciones que amenazan o cuestionan su identidad
tradicional de hombre. Los varones aprendemos desde niños a reaccionar
violentamente cuando vemos amenazada nuestra identidad de hombres. Recuerdo que
cuando era chavalo, si otro chavalo ponía en duda nuestra hombría, le
mostrábamos los puños, y si la desafiante era una mujer le mostrábamos la
portañuela. Y es que pelearse
con otros hombres para defender el honor personal y tener sexo con mujeres son
dos de los requisitos de la masculinidad tradicional.
Para
ilustrar este aspecto puedo dar también el ejemplo de un hermano mío, quien vino
a buscarme un día para decirme que había golpeado a su compañera. Me lo dijo
llorando y parecía estar sufriendo mucho, por tanto sé que no había actuado de
forma desalmada. Me dijo que su compañera últimamente regresaba tarde del
trabajo con frecuencia, y aveces no regresaba. Que él se quedaba en la casa
porque no tenía trabajo, y que ella siempre le estaba reclamando sobre las
cosas que él hacía o dejaba de hacer. Y él se moría
de celos con la idea de que ella anduviera con otro hombre. Los sentimientos de
celos afectan el sentido de identidad y seguridad personal. Uno se siente
desvalorizado como hombre y mira a los otros hombres como una amenaza. Son estos
sentimientos de impotencia los que uno trata de compensar cuando actúa
violentamente.
Ahora,
el hecho de que estos sentimientos puedan llevarlo a uno a actuar violentamente
no quiere decir que esta violencia sea innata, ni que uno esté libre de
responsabilidad por su violencia. Por un lado, los sentimientos de desvalimiento
e impotencia en este caso son
socialmente creados ya que son el resultado de autopercibirse como menos hombres
que otros, por no cumplir con los requisitos de la masculinidad tradicional. Por
ejemplo, uno de los mandatos de la masculinidad tradicional es que el hombre
debe poseer a su mujer, si la mujer entonces da muestra de no ser poseída, el
hombre cree entonces que es falla de él, que es él el fallido, y el coro
interior de hombres así se lo confirman. Hay una voz interna de este coro de
hombres que le dice: “Esta mujer te la pegó, sos un cornudo, que vergüenza,
tenés que actuar como hombre, esa mujer tiene que ser castigada”. Aquí estamos
hablando de voces imaginarias que uno fabrica producto de la interiorización de
los mandatos de la masculinidad tradicional.
El
hecho de que estas ideas y estos sentimientos sean producidos en la interacción
dinámica entre el individuo y la sociedad, no quiere decir que él no debe
responsabilizarse por sus acciones violentas. Ya Sartre planteaba que la
libertad consiste en que uno pueda
modificar los condicionamientos sociales en correspondencia con su propio deseo.
Uno es por tanto dueño de sus actos y sentimientos y no debe responsabilizar a
otras personas por los mismos.
Sin
embargo, asumir responsabilidad por los actos propios es un reto, la tendencia
es que deneguemos o justifiquemos actos que son proscritos por la ley o por la
moral. Hay un viejo chiste de presos, que le cuenta a cada nuevo interno: “aquí
todos somos inocentes”. Esto ilustra muy bien la tendencia humana a no hacernos
cargo de nuestras faltas. En el trabajo con hombres es por tanto, necesario
ayudarle a los hombres a hacerse cargo de sus actos. Para tal efecto, la mayor
parte de los programas gringos
hacen uso del modelo de Duluth, que consiste esencialmente en enseñarle a los
hombres que detrás de sus actos de violencia siempre está la decisión de dominar
y controlar.
En
una visita a un programa de
atención a hombres en Canadá, yo ví como a un nuevo integrante lo acorralaban y
lo presionaban para que dijera: “Mi nombre es fulanito de tal, yo estoy aquí por
que agarré a mi mujer a golpes...”. Si el hombre no hacía esto, entonces le
decían, “No vas a poder permanecer en este grupo si no reconocés que maltrataste
a tu mujer, y este es un delito penalizado por la ley”. Sin duda que es
necesario, que las personas se hagan responsable por sus actos, este es el
primer paso para empezar a cambiar, pero yo no creo que logramos eso si
acorralamos a la persona, y la forzamos a decir mecánicamente: “Yo maltraté a mi
esposa, reconozco que estaba tratando de dominarla y controlarla”. Yo creo que en un programa de atención a
hombres sería más efectivo que durante las primeras sesiones el hombre se
sentara y escuchara a otros hablar
de sus experiencias. De esta forma, los otros le sirven de espejo y pueden
ayudarle a reflexionar. Claro que hay que tener en cuenta la seguridad de la
mujer y para tal efecto, tener un compromiso por escrito firmado por el hombre y
hacer contacto con la mujer para asegurarse que está cumpliendo con este
compromiso.
Otro
error en este tipo de trabajo es hacer la distancia moral nosotros los héroes vs
ellos los villanos. Cuando los hombres nos hacemos sensibles a los derechos de
las mujeres, corremos el riesgo de querernos ver a nosotros mismos como buenos y
ver a otros hombres como malos. Esta es una equivocación, pues ningún hombre
está realmente exento de ejercer ya sea violencia o formas sutiles de dominio.
Personalmente reconozco que en el caso de violencia conyugal no puedo decir que
son solamente los vecinos los que son violentos, y que mi familia es sana.
Y es que
yo fui testigo del maltrato que recibió mi mamá de parte de mi papá, y mi papá
no se caracterizaba por ser particularmente violento, siempre fue un hombre
tranquilo y pacífico. También me tocó apoyar de cerca a mi hermano para que
dejara de maltratar a su ex compañera, buscara como cambiar y saliera adelante
en la vida. Yo mismo, aunque nunca he maltratado físicamente a una mujer, cuando
era un adolescente incurrí en acoso sexual a las muchachas. Y estos son todos
comportamientos que tienen que ver con la cultura del machismo en la que todos
hemos sido criados. Entonces en el caso de la violencia conyugal estoy más
convencido que cualquiera puede actuar violentamente con las mujeres.
Y esto como nos enseñó Foucault tiene que
ver con cómo se ejerce el poder. Cualquier lugar donde alguien esta en una
posición de gobernar a otras personas, y si las otras personas no cuentan con
los recursos para hacer que esta gobernabilidad sea regulable o reversible,
entonces ese poder es abusable. Y los hombres por lo general estamos en una
posición de abusar del poder, porque aprendimos a creer que somos superiores a
las mujeres y porque la sociedad nos ha dotado de privilegios por ser hombres.
Son estas pues, las condiciones que posibilitan que una gran mayoría de los
varones podamos incurrir en actos de violencia conyugal.
Que
ningún hombre está exento de maltratar
me lo recuerda aún más el hecho que algunos de nuestros compañeros de la
Asociación de Hombres contra la
Violencia, han maltratado a sus compañeras ya siendo parte de nuestro colectivo.
A final de cuentas la mayor parte
de los hombres tenemos en común algo de la masculinidad tradicional, y algo de
los mandatos del coro de hombres hemos interiorizado. Otra explicación es que a
final de cuentas somos seres humanos y como tal cometemos errores. Por tanto,
creer que somos los buenos y poner a otros en el club de los malos no nos ayuda
ni al cambio personal, ni a facilitar que nuestra propuesta sea apropiada por
otros hombres.
Para
plantearnos construir en nosotros y en nuestra sociedad una nueva masculinidad,
necesitamos creer que los hombres no somos solamente potencialmente violentos,
sino que tenemos también el potencial de establecer relaciones de justicia y
cariño. Para facilitar este cambio
personal y social también es importante
poder vernos con auto-campasión y ver a otros con compasión. Compasión en
el sentido de reconocer que somos seres humanos y estamos lejos de la
perfección. Por tanto, no se trata de ser hombres perfectos, sino de ser hombres
dispuestos a reconocer nuestros errores, aprender de los mismos, enmendarlos y
seguir adelante tratando de no maltratar ni de hacernos daño a nosotros mismos,
ni dejarnos maltratar por otros. Para decirlo en positivo, se trata de asumir en
la vida personal una ética de la justicia y del cuidado de nosotros mismos y
nuestras relaciones.
Experiencias de trabajo con
hombres en Nicaragua
En
Nicaragua hay varias organizaciones que han incursionado en el trabajo con
hombres.
·
Puntos
de Encuentro ha hecho investigaciones y campañas contra la violencia cuya
audiencia han sido los hombres. Es también uno de los temas que se trabajan en
talleres de liderazgo con jóvenes
·
CANTERA
ha desarrollado un curso de masculinidad que realiza cada año, paralelamente con
talleres de identidad femenina. Lo cierran con un taller mixto de negociación
entre hombres y mujeres.
·
Hay
otras experiencias de organizaciones como CISAS que ha trabajado el tema de
masculinidad y salud sexual y reproductiva. Está también, la experiencia del
CIPRES, una organización de apoyo a cooperativas campesinas, que ha integrado el
trabajo de género con hombres en su programa.
La Asociación y el
Grupo de Hombres contra la Violencia
Hace
cuatro años, fundamos la Asociación de Hombres contra la violencia, desde la
cual hemos estado haciendo talleres de reflexión sobre identidad masculina y
violencia. También estamos comenzando La Campaña del Lazo Blanco, que como
ustedes saben es la campaña contra la violencia hacia las mujeres más extendida
a nivel mundial.
Con
respecto al trabajo con hombres que maltratan hay ya algunos esfuerzos, y desde
la Asociación nos hemos sumado a estos esfuerzos y estamos en la marcha de
comenzar a hacer un trabajo de educación con hombres que maltratan.
7
años antes de la Asociación fundamos el Grupo de Hombres contra la Violencia por
iniciativa de algunos hombres ligados a ONGs que habían empezado a trabajar con
hombres el tema de la equidad de
género.
Nos
dimos a conocer en Diciembre del 93 en una presentación pública con el lema: “La
Violencia también empobrece la vida de los hombres”.
En
1995 hicimos el primer Encuentro Nacional de Hombres contra la Violencia, al
cual vinieron 80 hombres y que contó con gran presencia campesina. La mayor
parte de estos hombres venían de un Plantón campesino. Eran campesinos que se
habían plantado por tres meses frente a la Universidad Centroamericana,
reclamándole al gobierno sus títulos de propiedad. Nosotros aprovechamos para
hacer talleres sobre el machismo, la violencia y nuestra propuesta de cambio.
Los campesinos mostraron apertura. De ahí salió la reflexión que dice que el
machismo es difícil de superar porque tiene las raíces profundas como el
eucalipto, pero cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de arrancar de la
raíz el machismo eucalíptico.
Dos
años después hicimos otro Encuentro Nacional, al cual asistieron hombres del
sector salud, y de aquí salió una relación de colaboración con la OPS y hay
planes de hacer más trabajo de reflexión y cambios en las políticas con el
sector salud.
En
julio del año 2001 hicimos el tercer Encuentro Nacional. A este asistieron más
de 250 hombres. Alrededor del 70% de ellos habían estado en nuestros talleres y
otras actividades de reflexión, y el otro 30% se acercaban por primera vez al
tema. Fue interesante observar los distintos niveles de reflexión en que se
encontraban. Algunos plantearon su temor de que con estos planteamientos los
hombres nos estamos enterrando el cuchillo solos, pues estamos dando paso a que
las mujeres nos manden. Otros hombres compartieron sus propias experiencias de
lucha con el tema en sus relaciones. De cómo les costó al principio permitir que
sus compañeras participaran en proyectos de desarrollo o en grupos de mujeres,
pero que poco a poco habían visto a sus compañeras crecer, y que ahora ellos se
proponían crecer también para poder acompañarlas a ellas.
Fruto
del trabajo que han hecho la Asociación y otras organizaciones como CANTERA,
CISAS y Puntos de encuentro, se han formado otros grupos de hombres en los
departamentos y otras comunidades rurales: El Movimiento campesino contra la
Violencia de las comunidades rurales de Chinandega y El Grupo de Hombres contra
la Violencia de Jalapa, Nueva Segovia.