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DIARIO DE JEREZ, |
TRIBUNA LIBRE
¿Violencia doméstica o violencia masculina?
El próximo día 25 de noviembre es el Día Internacional de la Violencia Contra la Mujer. Según un estudio de la ONU, la violencia sexual supera al cáncer, la malaria y los accidentes de tráfico como causa de mortandad o invalidez en las mujeres de entre 15 y 44 años. En España en 1997 hubo más de 18.000 denuncias por malos tratos y 91 mujeres asesinadas a manos de sus compañeros o ex parejas. En Andalucía 3.744 mujeres presentaron denuncias por malos tratos en los ocho primeros meses de 1999.
La gravedad de los hechos y la polémica que vienen suscitando me animan a participar en la denuncia de tanta violencia y llamar la atención sobre cual creemos que sería la respuesta masculina si las víctimas fueran hombres a manos de sus mujeres o ex parejas.
La violencia es una forma de ejercicio de poder a través de la fuerza que busca resolver conflictos, eliminando obstáculos, para doblegar la voluntad del otro (o la otra). Llamo poder a la capacidad de tomar las propias decisiones y a la de controlar la vida o los actos de los o las demás. Conviene distinguir entre violencia y maltrato, porque la primera puede darse entre iguales e incluso y por sorpresa del débil al fuerte, pero en el maltrato (agresión repetida y prolongada) el elemento básico no es la agresividad sino la desigualdad de poder que conduce a una asimetría relaciona!.
Si no hacemos diferencias de género al hablar de la violencia doméstica creamos la sensación de una agresión puntual no precedida de maltrato, una violencia en términos de igualdad en la que las víctimas son en la misma proporción hombres o mujeres y con ello, aún sin pretenderlo, relativizamos y atenuamos la responsabilidad de los agresores.
Pero las estadísticas son testarudas y no dejan de demostrar que nos enfrentamos a un problema de violencia masculina contra mujeres con las que decidieron compartir la vida y a las que intentan dominar y controlar. Los violentos son hombres adultos con una mística de la masculinidad tradicional muy asumida, que aspiran a poseer una mujer obediente, experta en leer y satisfacer sus necesidades a cambio de su protección.
Todos hemos sido criados en una sociedad machista y somos responsables de mantenerla. Pero ni la necesidad de cambiarla, ni el hecho de que nadie estemos libres de culpa, nos puede impedir declarar que cada cual es responsable de sus actos y que los hombres violentos tienen una cuenta pendiente con sus víctimas y otra con la justicia. Tal vez la forma más perniciosa de violencia legitimada sea admitir cierto nivel de castigo físico para educar. No es razonable pretender que le pegamos a alguien por su bien (hijo o hija, novia o esposa), por haber hecho algo mal y querer que nos este agradecido/a por ello. Los agresores no son enfermas mentales o por lo menos sólo lo son en el mismo porcentaje que e! resto de los hombres, de hecho cuando llega la policía suelen parecer más calmados y racionales que las mujeres, en tanto que ellas, llamadas psicológicamente, acostumbran a presentar signos de enferma mental. Cuando dicen que perdieron el control mienten, en realidad ganan el control sobre su mujer porque consiguen que ella se mantenga a la defensiva, pendiente de él y de sus necesidades, renunciando a las propias.
Lo urgente es garantizar la protección efectiva de las víctimas y que los maltratadores se sientan rechazados, sobre todo por el resto del colectivo masculino. La solución, potenciar la independencia económica de las mujeres y promover roles de género igualitarios que disocien la masculinidad de la agresión, el dominio y el honor.
¡Basta de violencia masculina contra las mujeres!
José Angel Lozoya Gómez
(Coordinador del programa "Hombres por la Igualdad" Delegación de Salud y Género)